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Testimonio de Antonio García García

  • Escrito por Redacción

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Testimonio de Antonio García García

Antonio García García llegó al Santuario con la expedición proveniente de Jaén. Su padre, Juan García Gallego, prestaba servicios como guardia civil en la Comandancia. El grupo lo componían, además de su padre, su madre, María Josefa García Fernández, su hermana mayor, casada con el corneta Piqueras, su hermano Ramón, de once años, y él, que contaba con nueve años de edad. Fueron alojados en la casa de cofradías de Jaén, a escasos metros del Cerro de la Cuarta, a donde fue asignado su padre. Su relato se centra en las vivencias personales del último día de combate.

El día 1 de mayo de 1937 amaneció completamente despejado. Los primeros rayos de sol comenzaban a alumbrar las montañas y una fresca brisa inundaba el ambiente. En tiempos normales habría sido aquél un hermoso y esplendido día de primavera. Pero los acontecimientos que venían acaeciendo desde hacía varios días, con intensos bombardeos por cielo y tierra, así como los grandes movimientos de tropas enemigas observadas, hacían presagiar que éste sería un terrible día, peor que todos los anteriores.

En ese “hermoso” amanecer salimos de nuestro alojamiento, que era el único edificio de la plaza de las cofradías que aún se mantenía en pie, excepto la chimenea que la destruyó un obús. Salimos, como digo, mi hermano y yo de la mano de mi madre, toda nerviosa e inquieta, con el rostro triste murmurando muy bajito, no sé si rezando o lamentándose, pues parecía intuir la tragedia que se avecinaba. Nos dirigimos a un escondite entre las piedras que ya en otras ocasiones habíamos utilizado como refugio de los bombardeos de la aviación y de la artillería. Este refugio consistía en una pequeña zona despejada de vegetación y rodeada por unas grandes rocas de granito semejantes a enormes monolitos, situado a unos 150 metros del cementerio, al suroeste de la vaguada.

En este precario refugio permanecimos varias horas convencidos de que estábamos mejor protegidos de los disparos de la artillería, pero no tanto de los morteros, que constantemente castigaban toda la zona estallando sus proyectiles en donde menos se esperaba, causando terror y muerte.

A “nuestro” refugio se unieron otras personas que huían de sus escondites menos seguros. Una de las familias que se habían unido a nosotros, portaban sobre una manta sujeta por los extremos el cuerpo mal herido de una niña de unos doce o trece años, con el vientre reventado, sus ropas destrozadas que apenas cubrían el resto de su cuerpo. Su pecho subía y bajaba como si intentara respirar al tiempo que abría y cerraba su boca y los miembros inferiores casi desprendidos del tronco. Estas heridas fueron causadas por el impacto de un obús de mortero.

Como los gritos de la madre y familiares eran tan desgarradores y las posiciones de los milicianos estaban tan próximas, temiendo que nos localizaran, mi madre, por instinto de conservación, decidió que nos trasladásemos a otro lugar. Serían sobre las once horas aproximadamente.

Yo, todo confuso, no me daba cuenta exactamente del terrible drama que se estaba desarrollando en aquellos momentos. Recuerdo que mi madre, muy angustiada e inquieta, cuando salimos del anterior refugio, no sabía qué dirección tomar. Siempre con su mirada fija en el Cerro de la Cuarta, que era en donde se hallaba la sección en la que combatía mi padre y que sólo distaba de donde nosotros nos encontrábamos unos 250 metros.

Al este de la vaguada del cementerio vimos a varias personas detrás de unas rocas, que apenas les resguardaban y allí nos dirigimos, pues parecía que acompañados de alguien nos sentiríamos todos más consolados, aunque no más seguros. El grupo al que nos incorporábamos lo componían unas cinco personas. Entre ellos había un guardia civil retirado bastante mayor, acompañado de su esposa, otra mujer y un guardia civil muy joven, también con su esposa, que abrazados los dos, no hacían otra cosa que rezar y gemir de miedo como todo el grupo.

A unos 150 metros aproximadamente de donde nos hallábamos, en dirección oeste del Cerro Chico, como también le llamábamos al Cerro de la Cuarta, detrás de unas rocas, había un grupo de unos cuatro o cinco guardias civiles disparando sus armas hacia el lugar donde deberían estar los parapetos de la Cuarta Sección. Aquellos guardias civiles que disparaban a discreción desesperadamente, debían ser los últimos supervivientes hasta entonces de aquella sección que tuvieron la oportunidad de replegarse tras los insostenibles ataques finales del Ejército Rojo.

De pronto, el guardia civil retirado, en una actitud de furor patriótico, se puso en pie y empuñando el fusil que pertenecía al otro guardia civil joven, que seguía abrazado a su esposa gimoteando, se fue en dirección al grupo de guardias replegados tras las rocas, que seguían disparando hacia la parte alta del Cerro Chico, con su mejor intención de reforzarlos pero, inmediatamente regresó herido en el hombro izquierdo. Es probable, pienso, que no llegara ni a hacer un solo disparo.

En aquel instante vimos una terrible escena que fue lo que nos decidió a todos a abandonar aquel lugar. En el centro del grupo de guardias civiles que como digo disparaban en su repliegue hacia lo que fueran sus posiciones en el Cerro de la Cuarta, estalló un obús de mortero que deshizo por completo la pequeña resistencia que oponían aquellos bravos defensores. Vi cómo un guardia fue violentamente lanzado varios metros hacia atrás por la onda expansiva y metralla del obús. Otro guardia cayó bruscamente de bruces y un tercero se llevó las manos al vientre e inclinándose lentamente hacia delante quedó de rodillas haciendo un inútil esfuerzo para no caer al suelo ya mortalmente herido. No puedo precisar más detalles porque visto lo ocurrido por todos, emprendimos sin más dilación el repliegue hacia el Santuario, pues no había otro lugar al que pudiéramos dirigirnos en aquellos instantes.

Recuerdo que momentos antes de abandonar este último refugio, se unió a nuestro grupo otro guardia civil herido en una pierna que con mucho esfuerzo consiguió alcanzarnos. Según la dirección que traía, venía de la Cuarta Sección y, como mi madre lo conocía, le preguntó por mi padre, ya que pertenecían a la misma sección y habrían estado luchando juntos. El guardia dijo con cierta inseguridad que había sido herido pero que se encontraba bien.

Aquella fue una mentira piadosa. Mi padre en aquel preciso momento, o estaba muy mal herido o muerto. De aquella sección sólo se salvaron tres combatientes de los treinta que la componían: El brigada, jefe de Sección, Ángel Jiménez Claver, el guardia Ruperto González Sánchez, muy amigo de mi padre, y el guardia que se unía a nosotros herido en una pierna, que se llamaba Antonio García Díaz; después de retirado del Cuerpo con el grado de Capitán, vivió en Linares hasta su fallecimiento.

Como decía anteriormente, emprendimos la marcha en fila india hacia el Santuario por el lado este siguiendo una vereda circunstancial, usada a veces, por ser esa una zona no batida por el fuego enemigo que desembocaba próximo a la puerta lateral de la planta sótano de la Sala de Peregrinos, adosada a la parte este del templo, siendo el único lugar que aunque casi derruido ofrecía algún refugio.

Estábamos equivocados cuando cogimos aquella ruta pensando que aquella vereda estaba menos batida por el fuego enemigo. Durante todo el recorrido fuimos tiroteados, es muy posible que los disparos fuesen provocados por la presencia de los dos guardias civiles que nos acompañaban en el grupo. Un disparo levantó una polvareda al impactar junto a mi pie y yo, por instinto de conservación, me arrojé al suelo y escondí mi cabeza detrás de una piedra. Mi hermano Ramón que venía detrás creyó que me habían herido y al inclinarse sobre mí para socorrerme, yo me levanté ágilmente gritando: ¡No me han dado!, y continuamos la marcha bajo el incesante tiroteo. Por fin llegamos a la puerta de entrada del edificio adosado a la iglesia que le llamábamos Sala de Peregrinos. De la mano de mi madre, mi hermano Ramón y yo recorrimos cuantas dependencias nos fue posible, pues todo estaba derruido. Había montones de escombros, cadáveres, heridos o enfermos, gimiendo por todos los lados. Mi madre con el rostro angustiado y la voz trémula, preguntaba a cuantas personas podían responderle si habían visto a mi padre herido o como fuese. Pero en aquella confusión, que ya todo estaba perdido, nadie sabía nada y sólo se escuchaban lamentos de heridos, gritos de mujeres y llantos de niños.

Mi madre no perdía la esperanza. Pensaba que si le habían herido era probable que lo hubiesen trasladado al botiquín, pero por desgracia no fue así. En aquellas horas ya no existía ni botiquín siquiera. Recuerdo que en nuestro incesante deambular por pasillos, escaleras y dependencias hundidas buscando noticias de mi padre, fuimos a parar a unas habitaciones en la planta baja de la zona norte de dicha Sala de Peregrinos, que por estar en semisótanos habían sido menos afectadas por los bombardeos. Éstas debían ser la residencia del Capitán Cortés, en donde radicaba su Puesto de Mando, pero en aquellas horas, el Capitán Cortés ya había caído herido gravemente por el cañonazo de un tanque cuando en el exterior combatía en unión de los guardias que aún quedaban.

Se oían unos rumores extraños que yo no comprendía y entre gritos y lamentos de mujer y más llantos de niños escuché decir algo de una bandera blanca. Yo no me daba cuenta exactamente de lo que podía significar aquello, pero sí observaba que en una habitación que daba al pasillo y sobre el fogón de una cocina, varias mujeres y un guardia rompían y quemaban muchos papeles y no dejaban que nadie se acercara allí. Imagino que estaban cumpliendo las últimas órdenes del Capitán Cortés: destruir documentos confidenciales.

De pronto los gritos de las mujeres se agudizaron y angustiosamente estrechaban a sus hijos pequeños fuertemente sobre su pecho. Mi madre nos apegó a mi hermano y a mí sobre su regazo, ahogando nuestros sollozos y vimos cómo en pocos minutos quedaba invadido hasta el último rincón por milicianos empuñando sus armas y vociferando alegremente, la victoria conseguida.

No sé exactamente el tiempo que transcurrió desde que llegamos arriba hasta que vimos el primer miliciano. Bien podrían haber transcurrido unas dos horas. Al comprobar que no nos hacían daño sino que nos mandaban salir al exterior, cogidos siempre de la mano de mi madre, nos encaminamos calzada abajo con la intención, según nos dijo mi madre, de localizar a mi padre aunque fuese en los parapetos. Yo iba llorando y al cruzarnos con los soldados republicanos y milicianos que subían hacia el Santuario, algunos me preguntaban: “¿Niño por qué lloras?”, y yo contestaba, con voz entrecortada por los sollozos: “Porque han matado a mi padre”; alguno dijo, “pobrecillo”, otros nada y hubo uno que al hacerme la misma pregunta, yo respondí como a los demás, y entonces ese miliciano, con voz llena de ira, dijo: “A mí también me han matado a mi hermano y no lloro”. Al escuchar esta contestación del miliciano, mi madre apretó fuertemente nuestras manos y aligeró el paso, pues quiso que nos alejásemos cuanto antes de aquel individuo que Dios sabe cuales fuesen sus pensamientos en aquellos momentos hacia nosotros.

Por fin llegamos a la plaza de las cofradías y al entrar en la casa de Jaén, que había sido nuestro alojamiento durante todo el asedio, vimos perplejos cómo los soldados republicanos o milicianos saqueaban los baúles reglamentarios que cada guardia civil poseía, poniéndolos boca abajo con el afán de encontrar algún objeto de valor. Poco encontraron, pues se sabe que la situación económica de los guardias civiles nunca les permitió poseer joyas de gran valor, salvo algunos pendientes de oro heredaros de su madre o abuela, o un reloj de bolsillo parado de no usarlo. Lo que no tenía ningún valor material para aquellos hombres lo tiraban al suelo esparciéndolo a patadas; como medallas o escapularios de la Virgen de la Cabeza, algún vestido de señora o guerrera de gala y otras prendas guardadas con cariño para lucir el día que fuésemos liberados por las Fuerzas Nacionales, como siempre fue nuestra esperanza.

En un saco de loneta blanco que mi madre encontró pudo recoger del suelo algunas ropas y objetos de nuestra propiedad y con él nos salimos fuera de la casa. En esos momentos tan recientes de su victoria, todos aquellos hombres rebosantes de satisfacción deambulaban de un sitio para otro, entrando y saliendo de las ruinas de lo que en otros tiempos fueran casas de las Cofradías. Recuerdo cómo algunos milicianos paseaban imágenes sagradas, mutiladas, que mofándose de ellas golpeaban y les gritaban frases blasfemas entre carcajadas. Otros con un jamón medio consumido o tripa de embutido saqueado sin duda del exiguo economato, presumían ufanos entre sus compañeros del fruto de su pillaje y lo importante de su botín. Estas escenas fueron contempladas con ojos desorbitados por mi hermano Ramón y por mí que llenos de sorpresa y confusión no sabíamos discernir qué era mayor sacrilegio, si golpear a las imágenes sagradas u ostentar aquellos alimentos que mordían con un descarado desafío y desprecio a nuestro prolongado ayuno.

Ya estaban concentrando en la plazoleta a los prisioneros, que difícilmente podían sostenerse en pie. Por otro lado las camillas con heridos más graves y moribundos, los estaban disponiendo para su evacuación, unos a hospitales y otros a un penal como prisioneros de guerra. En cuanto a la población civil (mujeres y niños) también estaban organizando su evacuación hacia Andújar, en principio, después al Viso del Marqués, en la provincia de Ciudad Real. Mi madre lloraba en silencio junto a la esquina de la casa que fue nuestra residencia, apretaba nuestras cabezas sobre su regazo y nosotros también sollozábamos en silencio afectados por el dolor y la pena que mi madre sentía en aquellos momentos con su rostro transido de amargura por la tragedia que se cernía sobre nosotros. Parecía estar ausente, con su mirada fija en el Cerro de la Cuarta, que distaba unos doscientos metros de donde nos hallábamos en ese momento. La incertidumbre por la suerte que hubiese corrido mi padre, después de comprobar que no se hallaba entre los prisioneros o heridos que habíamos visto, la tenía inquieta e indecisa, dudando en quedarse donde estábamos, contemplando a los lejos el fatídico Cerro de la Cuarta, o reunirse con las otras familias que ya se aproximaban a los camiones que debían evacuarlas.

De repente mi madre reaccionó y dirigiéndose a mi hermano Ramón le dijo: tú quédate aquí mismo con el saco de las prendas que Antonio, continuó mi madre dirigiéndose a mí, vendrá conmigo al parapeto de vuestro padre porque no estoy tranquila sin saber que ha sido de él. Tal vez esté mal herido. Seguidamente dados de la mano, emprendimos el camino hacia el Cerro de la Cuarta, que es donde estaba el puesto de combate al que fue destinado mi padre desde el primer día del asedio.

Había una vereda que se hizo por el paso de los guardias civiles que subían y bajaban de dicha sección en los relevos. La vereda terminaba en el mismo centro de ésta, en una zona más despejada de rocas. Unos metros a la izquierda hoy existe un monolito conmemorativo del heroísmo que derrocharon allí los cabos Torrús y Dueñas con sus respectivas escuadras. El enclave del parapeto de mi padre quedaba situado a la derecha del mencionado monolito, siendo sólo visto al desembocar bruscamente la vereda tras un último recodo.

Mi madre y yo, unidos fuertemente de la mano, ascendimos al Cerro de la Cuarta, y ocho o diez metros antes de llegar al final de la vereda, empezamos a ver algunos cadáveres de guardias civiles ensangrentados. Un poco más arriba y a la izquierda estaba el cadáver de un guardia civil cuya postura y estado de mutilación me impresionó de tal manera que siempre que rememoro aquel momento, veo con la crudeza y realismo la misma escena como si sólo hubiesen transcurrido unas horas. El cadáver fue sin duda de un defensor del Cerro de la Cuarta, pues conservaba, aunque hecha jirones, la guerrera verde inconfundible de su uniforme. Su posición, boca arriba con los brazos en cruz y las piernas un poco entreabiertas. Tenía las dos manos destrozadas faltándole todos los dedos, como si hubiesen sido cortados a golpe de machete. Las cuencas de los ojos estaban vacías. Aquellos enormes boquetes oscuros los ocuparon no hacía mucho tiempo los ojos vigilantes de un valiente que sin duda fue torturado y rematado por sus implacables enemigos como pude deducir por la siguiente escena de la que fui testigo.

Con la mirada aún fija en aquel cadáver mutilado, continuamos andando y al torcer bruscamente la vereda desembocamos en el mismo lugar donde fue trinchera y parapeto de mi padre. El emplazamiento del parapeto principal estaba mirando a la vaguada formada por el Cerro de la Cuarta y el Cerro de los Madroños, zona ésta por donde se desarrollaban los más intensos combates, por considerar el Ejército Rojo que aquel cerrillo era la llave de la defensa de todo el Campamento. En la parte posterior del parapeto había un pequeño claro entre rocas y matorrales en donde al principio del asedio, entre mi padre y sus compañeros, construyeron un cobertizo con las chapas de los tubos y sacos donde nos lanzaban los suministros de avituallamiento la Aviación Nacional. El cobertizo lo utilizaban para resguardarse de las inclemencias del tiempo cuando permanecían fuera de los parapetos.

A espaldas del cobertizo aún existe, porque yo la he visitado varias veces, una roca grande con una amplia grieta en el centro que cabe un hombre de pie con relativa libertad de movimiento para poder disparar con un fusil. Esta grieta solía utilizarla mi padre como parapeto cuando el enemigo atacaba más intensamente ya que, por estar en un plano más elevado, dominaba más zona del campo de batalla.

Hago un inciso en mi relato para insertar aquí parte de los testimonios escritos que recibía mi hermano Ramón de un compañero de mi padre y del jefe de la sección, el brigada Ángel Jiménez laver, que corroboran mi narración:

“Tu padre y yo siempre estuvimos muy unidos ya que los casi nueve meses del Santuario fueron de permanencia en la defensa del “Cerro de la Cuarta”, o bien, el “Cerro de la muerte”, como solíamos llamarlo, puesto que todos los ataques que hacían los Rojos era contra el mismo, por ser la llave que impedía la entrada al reducto y como comprenderás la peor parte era para nosotros. Esto lo demuestra el no haber quedado de dicha posición nada más que el jefe de sección; otro que no recuerdo su nombre y yo, de los treinta hombres que la componíamos.

De tu padre recuerdo perfectamente su manera de ser. Era un guardia civil mil por cien, siempre en su sitio y sin demora en el cumplimiento del deber, dando consejos a los más jóvenes que, como yo, estábamos a su lado.

En lo referente a su muerte, poco es lo que puedo decirte ya que aquella mañana estuvimos defendiéndonos cerca el uno del otro, pero en diferente sitio. Lo vi muchas veces en “su peñasco” que tenía como parapeto, el cual consistía entre dos piedras grandes que formaban una grieta en la que él se introducía para desde allí defenderse.

Pero al emplazarse un tanque frente a nuestra posición con el único objeto de batirnos con su cañón, todos quedamos casi sin posibilidad de defensa, ya que contra tal arma no teníamos nada que hacer, por lo tanto casi todos procurábamos variar nuestros sitios para no ser localizados por el referido tanque, siendo los primeros en ser víctimas los guardias de la defensa del “Cerro de la Cuarta”.

A tu padre lo estuve viendo bastante tiempo defendiéndose al lado del cabo Torrús, ya herido en las dos piernas. Al quedar sin defensa el referido sitio, lo vi detrás de un peñasco en mi retirada tirado en el suelo y cubierto de sangre, por lo que supuse que estaba muerto. Como comprenderás, en aquellos momentos la confusión fue muy grande y más al vernos sin salvación posible. A los que se encontraban los rojos en el “Cerro de la Cuarta”, bien muertos o heridos, hicieron herejías con ellos. Pero sí puedo hacerte constar, que tu padre murió como un héroe...” (Esto lo firma el guardia civil Ruperto González Sánchez).

Por lo que se refiere al jefe de la sección, es decir, el brigada Ángel Jiménez Claver, en una carta que escribe a mi hermano, dice entre otras cosas:

“A tu padre, como al cabo orrús Palomo y a todos los que quedaban de su escuadra, la última vez los vi sobre las doce horas del día 1 de mayo, con un nerviosismo y arrojo extraordinarios, disparando al enemigo subidos sobre lo que llamábamos parapetos casi a cuerpo descubierto. El cabo Torrús tenía ya las dos piernas destrozadas de un cañonazo. Gritaban a los rojos desafiándolos. Al aparecer yo ante ellos, tu padre gritó: ¡mi brigada, viva España!, que contestamos todos con el mayor entusiasmo. Aquello era ya la locura...”.

Continúo ahora mi relato. Cuando mi madre y yo desembocamos bruscamente delante del cobertizo que los guardias habían construido, el cuadro que vi y que a continuación describo, me impresionó tanto que cuando lo recuerdo o relato a alguien, un escalofrío recorre mi cuerpo y un nudo en la garganta estrangula mi voz. Lo primero que vimos fue que en una depresión en el suelo, por el impacto de una bomba de la aviación, justo detrás del parapeto y delante del referido cobertizo, a un montón de cadáveres de guardias civiles amontonados de cualquier postura (no menos de quince), que pocos minutos antes se batieron heroicamente con un enemigo muy superior en número, bien armados, pertrechados y alimentados.

En la entrada al cobertizo, frente a mi madre y a mí, había dos milicianos agachados e inclinados sobre un pequeño baúl o cofre intentando forzar la cerradura con un machete, mientras que el compañero empuñaba una pistola “Star” de nueve milímetros largo de las que usaba reglamentariamente la Guardia Civil. Tan enfrascados estaban en su tarea que no se apercibieron de nuestra llegada. Cuando levantaron la cabeza y nos vieron, sus gestos eran de total sorpresa y reaccionando rápidamente el que empuñaba la pistola, en tono encolerizado y apuntándonos con el arma, nos grito más que preguntó: “¿Qué buscáis vosotros?” Mi madre enmudecida de terror no dijo nada, pero yo, en cambio, tal vez por mis pocos años no medí bien lo peligroso de la situación ni a lo que nos exponíamos y contesté: “Buscamos a mi padre que estaba aquí”. El mismo miliciano que empuñaba la pistola, haciendo un movimiento con la mano armada en ademán de que nos marcháramos, dijo: “Fuera de aquí si no queréis acompañar a éstos”, y señaló despectivamente a aquel montón de defensores mutilados por los disparos, la metralla y por los actos de salvajismo que aquellas dos fieras indudablemente cometieron con ellos momentos antes. Por la situación descrita es evidente que los fueron rematando, saqueando y amontonando sus cadáveres.

Sin mediar más palabra, mi madre tiró fuertemente de mí diciendo sencillamente, vámonos hijo, y emprendimos el regreso a donde nos esperaba mi hermano Ramón. Hoy pienso el esfuerzo tan grande que tuvieron que hacer aquellos dos malvados p para no asesinarnos al verse sorprendidos en tan crítica situación, máxime cuando en aquellos momentos estaban embriagados de sangre y odio de los que fueron sus enemigos.

Volvimos al encuentro de mi hermano que ya estaba muy preocupado. En la expresión de nuestros rostros se podía ver nuestra amargura, conscientes de que allí arriba, en el Cerro de la Cuarta, quedaba el cadáver de nuestro padre que no pudimos ver. Inmediatamente nos hicieron subir a una camioneta con otras familias. Quiero recordar que algún soldado republicano, compadeciéndose de nosotros, los niños, nos dio alguna cosa de comer. En lenta y larga caravana emprendimos viaje hacia Andújar.

Al pasar por el lugar donde antes se alzaba un hermoso arco con una inscripción dando la bienvenida a los romeros, empezamos a ver en ambos lados de la carretera filas interminables de cadáveres de milicianos que cayeron en su último y definitivo ataque por la conquista de aquella plaza. También recuerdo haber visto alineados en la carretera ocho o diez tanques. Al doblar una curva de la descarnada y polvorienta carretera, ya apagándose el trágico día 1 de mayo del 1937, vi por última vez la silueta de unas ruinas que un día no muy lejano fuera el Santuario de la Virgen de la Cabeza, al que hacía ocho meses y medio llegamos con más fe y esperanza que la que en aquellos momentos nos animaba a todos.

Comentarios   

José Antonio Ch. M.
0 #2 José Antonio Ch. M. 15-05-2014 20:43
En primer lugar, debo manifestar mi agradecimiento, al Sr. Director y a sus colaboradores en la Redacción de Benemérita al día, por su gentileza para conmigo, al publicar mi comentario que antecede; y también debo felicitarles, a la vez que lo hago a todos los integrantes de la Junta Directiva del Círculo Ahumada-Amigos de la Guardia Civil, por su notable contribución a difundir, desde este Diario digital, las perennes virtudes humanas y patrióticas de los miembros del Cuerpo al servicio de España (¡Todo por la Patria!) y del pueblo español.

He de reconocer que, a causa de mi mala organización de mi tiempo disponible, no he tenido hasta ahora la afortunada ocasión de conocer esta publicación que tanto agrado me ha producido. Y es mi propósito el seguirla con toda atención y, si me es posible, les enviaría nuevos comentarios, por si consideran ustedes que merecen ser publicados.
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José Antonio Ch. M.
0 #1 José Antonio Ch. M. 15-05-2014 09:13
Nací en febrero de 1938, mi padre, Cabo, Gregorio Chamorro Aguilar, había podido incorporarse a las fuerzas nacionales, desde Madrid, en noviembre de1936. Un hermano suyo, Brigada, había sido asesinado en septiembre. Fui compañero estudiante de los hermanos Cerón, que siendo niños también participaron en la legendaria epopeya del Santuario. Estoy conmovido por su relato –por el heroico patriotismo de aquellos Guardias Civiles (253) y otros combatientes voluntarios (17) que se les incorporaron, y por la heroica fidelidad de sus familiares (865) que les acompañaban en tan mortales peligros y pavorosas penalidades–.
José Antonio Chamorro Manzano
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