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TESTIMONIO DE BLAS MERINO MARTÍNEZ

  • Escrito por Redacción

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TESTIMONIO DE BLAS MERINO MARTÍNEZ

Blas Merino Martínez llegó al Santuario con doce años. Además de él, la expedición familiar estaba compuesta por su padre, el guardia civil Francisco Merino Anciano (que murió el 16 de abril de 1937), su madre, Carmen Martínez González, y sus hermanos Carmen, Francisco (que ingresaría posteriormente en la Guardia Civil) y Dolores.

En 1997, con motivo del 60 aniversario de la caída del Santuario, Blas Merino Martínez publicó un artículo en el diario JAEN bajo el título “Hace 60 años. Memoria de una efeméride triste”, que reproducimos a continuación, dado su indudable interés, por salir de la pluma de un superviviente del Asedio al Santuario de la Virgen de la Cabeza. Hasta su fallecimiento, Blas Merino Martínez residió en Linares (Jaén). 

                Desde Lugar Nuevo, la noche del 12 al 13 de abril de 1937, se iniciaba bajo el mando del teniente Ruano, acompañado de los defensores que quedan, mujeres, niños, ancianos y heridos “una marcha de locura hacia el Santuario, padeciendo inmensas calamidades entre la tensión del momento y los fuertes vientos y aguaceros de la noche, llegando todos extenuados después de atravesar las avanzadillas rojas”.

                “¡Pobres mujeres decaídas y sin ropas, ya que las han dejado prendidas en la espesura del monte! Llegaron extenuadas y sin ánimos para nada, junto a sus hijos, que van quedando amontonadas entre los corredores y escaleras de este sagrado recinto, donde con toda solicitud las atienden las de aquí con los escasos medios de que disponen…”. (De los partes del Capitán Cortés).

                Y así ocurrió. Hasta bien entrado el día 14 no se dan cuenta los frentepopulistas de que más de 300 personas han cruzado sus posiciones, como en un paseo… irritando este acto a los republicanos de tal modo, que de inmediato comienzan los preparativos para el asalto final al Santuario de La Morenita, acumulando un gran número de fuerzas tanto en material humano como bélico, cercando totalmente las posiciones de los asediados con la 20º División reforzada, junto con el Regimiento Jaén y una Compañía de guardias de asalto. La 20º División estaba compuesta por las Brigadas Internacionales 16º y 91º, mandadas por Cartón y Cordón respectivamente, sumando los efectivos unos 12.000 hombres dotados con magnífica artillería, ametralladoras antiaéreas, reforzados por una compañía de carros de combate y un nutrido número de aviones de bombardeo y caza, frente a unos 200 defensores entre guardias civiles y paisanos con fusiles, pistolas, bombas de mano caseras, y su lema: “La Guardia Civil muere, pero no se rinde”.

                Ha comenzado el cierre del cerco y con ello la preparación para el asalto final con un intenso fuego de artillería el día 15 de abril, siendo un verdadero infierno el día 16 en que sufren heridas los capitanes Cortés y Rodríguez, al caérseles encima la casa-trinchera que estaban inspeccionando, teniendo este hecho que coincidir con aquella andanada artillera que magullara a los capitanes con la muerte de los guardias Zafra, Villanueva y Merino (mi padre)… Las baterías del 12’40 y los morteros del 81” no cesan de machacar a los sitiados. Sólo quedan prestos para la defensa unos 80 hombres, ya que el día 17 las bajas se elevan a un terrible 80%.

                Como quiera que la opinión mundial había movido a la Cruz Roja Internacional a hacerse cargo de la terrible situación que por los duros ataques llevados a efecto en unas posiciones, donde el 90% de los sitiados, eran mujeres, niños y personas no combatientes, que estaban padeciendo los avatares de un asedio implacable, tratando la Cruz Roja de conseguir la evacuación de las personas no combatientes, no logrando nada positivo al respecto. Por parte de los atacantes, el comandante Galdeano hace saber al general Antonio Cordón “que el Sr. Ministro ha dispuesto se le comunique que no admita evacuación alguna del Santuario que no vaya precedida de la rendición incondicional de todo el personal combatiente, garantizando en tal caso respeto a las personas. Si hubiera empezado la evacuación previa, debe suspenderse y devolver el personal al Santuario…”. Ante esa actitud republicana y lo infructuoso de su labor, los emisarios de la Cruz Roja Internacional, el doctor Martí y un representante suizo, regresan a Valencia el 25 de abril, cuando estaba a punto de ser tomado al asalto el Santuario.

                “La tarde de ayer fue algo que no puedo describir, seguimos firmes en nuestros puestos porque nuestra fe nos da fuerzas para ello, aunque esto en vez de una odisea sea una locura…” (de los partes del capitán Cortés al mando nacional en Sevilla).

                En la noche del 30 de abril se advierte por última vez a los sitiados por mediación de potentes altavoces instalados en las avanzadillas republicanas “que poco después se iluminaría el recinto con reflectores, y si no se entregaban, toda la población quedaría exterminada sin perdón para nadie”, a lo que los desesperados defensores contestaron que su lema lo tenían escrito a las puertas de su cementerio, dando vivas a España y La Morenita… Por espacio de una hora estuvieron los reflectores enfocando las piedras ruinosas de lo que fue el Santuario y las Casas de Cofradías, observándose por el mando atacante que los defensores se encontraban firmes en sus puestos para repeler el ataque de los frentepopulistas, que amparados en las sombras de la noche acercáronse de tal forma a los espectros sitiados que tenían casi pegados a su armamento a los guardias civiles. Así hasta que amanece el día 1º de mayo de 1937, con un sol radiante que baña amorosamente la Sierra ajeno al triste final que se presagia por cuantos durante más de nueve meses han resistido las acometidas de sus atacantes, mientras que en las piedras calcinadas del templo se reza y se llora por los que ya no están. El final se acerca, se prevé inexorablemente, cerniéndose sobre los sufridos sitiados un silencio de tumba… Más, de pronto, el silencio y la paz serrana es roto con el trepidar de las armas automáticas, estruendo de obuses, morteros y bombas incendiarias que lo arrasan todo, vaciando los aviones su mortífera carga sobre los cuerpos. Ya no existe defensa alguna de aquellos espectros con uniforme verde y tricornio. Las Brigadas Internaciones 16º y 91º, protegidas por doce carros de combate, se lanzan en un ataque feroz, mientras que por el sureste el Batallón Jaén avanza a la entrada del Santuario, aniquilando a cuantos defensores oponen resistencia. Ante estos hechos, un brigada retirado y dos guardias acompañados de un puñado de mozalbetes contraatacan al Batallón Jaén, ¡haciéndoles retroceder! aunque con una triste estela de cadáveres.

                Los actos de heroísmo individuales y colectivos acuciados por la desesperación y desamparo, son incontables; en la 4ª Sección, el brigada Jiménez Claver hace recuento de sus hombres: ¡26 muertos y 4 heridos de 30 defensores!

                A las 13 horas el heliógrafo del Santuario lanza angustiosos destellos por última vez, diciendo “¡Insostenible, rápido auxilio aviación!”, ya que el capitán Cortés sangra por el cuello y brazo izquierdo, disparando una y otra vez sobre sus atacantes, sin notar sus heridas, ya que apenas quedan 40 hombres para la defensa. Los heridos piden ser curados y los muertos, en forma muda, ser enterrados cristianamente bajo el manto de La Morenita, mientras los chiquillos con las caras sucias del humo de las granadas y el terror pintado en sus rostros, piden pan, mientras las mujeres claman clemencia para sus hombres. Todos piden, en desastre total. ¡Hasta la Virgen Morena se ha quedado escondida para no presenciar tanto dolor y miseria en una guerra entre hermanos! Y una nueva explosión envuelve lo que aún queda del templo, retorciéndose el capitán Cortés dolorosamente. Está gravísimo. Entre el teniente Rueda y el doctor Liébana lo sacan de los escombros. Ya no hay municiones, medicinas ni víveres.

                Con más de 200 muertos y 350 heridos como espectros andantes, que aún empuñan el fusil de reglamento frente a millares de atacantes apoyados con potente material de guerra y el aliento de sus correligionarios, mientras los asediados desamparados claman una ayuda que se les prometió y jamás llegó, ¡a la pena de saberse vencidos habían de agregar la de creerse ignorados! Así llegan las cinco de la tarde del 1º de mayo de 1937, el Santuario de Nuestra Señora de la Cabeza ha caído en poder de sus sitiadores, mientras los supervivientes, en su mayoría heridos o enfermos, van congregándose en la lonja del Santuario. Un drama besándose y despidiéndose unos de otros, recontando a los que quedan y a los que no están con una oración entre lágrimas rabiosas, dejando en triste caravana el lugar que había sido relicario de sus fervores y esperanzas, y hogar querido durante los 258 días en que se mantuvo el implacable asedio.

                Vamos a dejar los comentarios, de ambos lados, que yo viví intensamente, pidiéndole al que visite este lugar, que lea el último párrafo que figura en la lápida que dejamos dibujada en el ángulo inferior izquierdo, antes de penetrar en la lonja del Santuario y que nos dice: “¡Caminante, romero o peregrino que visitas estos lugares, detente y levanta al Altísimo una emocionada oración por el alma de los que en estos riscos honraron a su Patria, haciendo ofrenda generosa de sus propias vidas!”.

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