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RELATOS: "LOS CELOS"

  • Escrito por Redacción

 

Cuerda de presos

LOS CELOS.

(24 de Noviembre de 1859.).  

La familia, ese tierno tejido de cariñosos vínculos que unen á las personas con las personas es la institucion mas sagrada y mas fundamental de la sociedad.

Cuando las familias son dichosas, la sociedad lo es tambien; cuando, como sucede en los tiempos que corren, el seno de las familias empieza á sentir grandes males por lo descuidado de la educacion y el criminal alarde que hacen muchos de olvidar las máximas religiosas, la sociedad empieza á sentirse desquiciada, porque la familia no la sostiene; asi como se grietea y derrumba un edificio cuando sus cimientos no son sólidos ó pierden su consistencia y union.

Si todos los hombres comprendieran las palabras que los ministros de la religion les dicen continuamente, si compredieran que todos debemos ser hermanos y que la humanidad entera no debe ser otra cosa que una familia, Dios sonreiría al vernos, porque habríamos cumplido su mas sublime ley.

Pero no es así por desgracia, por inmensa desgracia nuestra.

Las familias se agitan en rudos vaivenes; los que algo tienen estan temiendo continuamente perderlo; el afan del dinero, del lujo, de mal adquiridos honores dominan á millares de seres; los vicios se generalizan descaradamente; los malos libros circulan clandestinamente y son leidos con avidez; los delitos y los crímenes, en fin, son cada vez mas desastrosos.

Todo esto hiere en el corazon á la familia, envenena su reposo, y el de la sociedad entera.

Por eso los crímenes mas desastrosos son aquellos que consisten en el olvido ó relajamiento de uno de los vínculos de la familia.

Tal es aquel de que vamos á dar cuenta, cumpliendo el deber que en la presente obra nos hemos impuesto.

José Ferrer y Mateo y Tomasa Pagó, vecinos de Godall (1) estaban casados desde siete años antes del en que empieza nuestro relato.

Nada turbó hasta esta época la paz del matrimonio y cada vez ambos cónyujes se mostraban mas ligados por cariñosas afecciones.

Ambos eran hijos de muy honrados padres y su fortuna, aunque corta, les habia evitado siempre el sufrir las escaseces de la vida.

Dichosos fueron aquellos primeros años de su matrimonio; pero como no hay en el mundo felicidad completa, la suya menguó bien pronto llegando hasta trocarse en cruel infortunio y desesperacion.

El esposo cayó enfermo y tuvo que guardar cama víctima de una dolencia grave.

Los representantes de la ciencia médica estudiaron aquella enfermedad; por ellos supo la familia de Tomasa que el mal que padecia el marido de esta era contagioso en extremo y amenazaba la vida de su esposa si continuaba viviendo al lado de Ferrer.

Aquella familia dispuso entonces la separacion de ambos esposos y José quedó en su casa pasando Tomasa á habitar en compañía de sus padres.

Así corrieron los primeros meses y la enfermedad de Ferrer apareció con todos los caracteres de crónica, haciendo inútiles todos los esfuerzos (bien escasos por cierto) de que podia disponer allí la medicina.

Sin embargo, el esposo que á duras penas se habia resignado á la separacion, juzgó oportuno lograr que aquella cesase y por diferente veces escribió á su mujer rogándola que pasase á verle.

Ella leia estas cartas vertiendo copiosas lágrimas y consultaba aquellas con su padre, el sacerdote y el médico.

Estas tres personas, asi como otras muchas del pueblo, Ja daban sensatos consejos y se oponían decididamente á %ue la entrevista se llevara á efecto.

—Tu marido está malo—la decian—y no solo con tu inútil presencia no le curarás sino que te espones de un modo seguro á padecer el mismo mal que á él le atormenta.

Tres años se pasaron en estas luchas, sin que en todo ese tiempo lograse José Ferrer, á pesar de sus esfuerzos, la deseada entrevista con su esposa.

Entonces el marido, devorando en silencio su ira, abrió incautamente su alma á la funestísima pasion de los celos.

—¡No quiere verme!—decia pensando en Tomasa—no quiere verme porque la va mejor lejos de mí. Me engaña, me deja tal vez por otro hombre!

Esta envenenada sospecha, confirmada mas y maa cada dia por la ausencia de Tomasa que el marido solo atribuía á la voluntad de su mujer, tomó en él tanto incremento que bien pronto embargó todas sus facultades por aquel triste pensamiento que le torturaba dia y noche.

El tener Tomasa un rostro de muy agraciada expresion y hallarse el esposo en continuo mal estado de ánimo á causa de su misma enfermedad, contribuyeron tambien no poco á hacer terrible la cólera de Ferrer.

Los celos son la funesta pasion que ha causado siempre los mas tremendos desastres.

El cariño conyugal no es otra cosa que la mutua confianza.

Cuando esta llega á faltar en una de las dos personas ligadas por ese afecto, el edificio de la dicha viene al suelo.

Cuando los corazones de ambas se confunden hasta hacerse uno en la dulce ternura que los hijos inspiran, la armonía del matrimonio aparece mas sólida y firme; peró fuerza es confesar por la esperiencia de los dramas sociales, que los matrimonios á quienes la Providencia no ha concedido la dicha de la paternidad mas estan espuestos que ningun otro á desunirse; siendo necesarias entonces en los esposos mucha prudencia, sensatez y confianza para evitarlo.

Los celos son como una especie de cristales de aumento que el hombre coloca ante sus ojos.

Le engañan des figurándole las cosas; y por la funesta prevencion que se apodera del alma, la cosa mas natural nos parece alarmante, lo que siempre hemos visto con indiferencia nos inquieta ahora, y á la palabra mas sencilla y honesta damos la torcida y falsa interpretacion que responde á nuestros aciagos recelos.

Dicese por muchos y ya desde antiguos tiempos que los celos son prueba de cariño. Nosotros no lo creemos así, creemos que son pruebas de desconfianza en la persona querida.

Y quien desconfia no tiene cariño.

Cuando mas sublevado se hallaba el ánimo de José Ferrer, un amigo suyo le noticia que Tomasa va á salir de su casa y que esta ocasion es la mas oportuna para hablarla.

Asi lo conoce tambien Ferrer y saliendo rápidamente de su morada, esperará su esposa, la vé y la sigue.

Esta iba en compañía de una hermana suya y de dos criados en direccion á una de las heredades inmediatas al cementerio de la poblacion con el objeto de recolectar la cosecha de algarrobas.

Cuando Ferrer, que como hemos dicho, seguía á Tomasa, la vé en esta ocupacion, vuelve rápidamente al pueblo, entra en su casa, toma un hacha y corre hácia la heredad.

Tomasa estaba aun en ella.

Adelanta el marido silenciosamente por medio de los corpulentos algarrobos, y sin ser apercibido aparece de pronto delante de su mujer y de las personas que la acompañaban.

Ardiendo en ira y no pudiendo refrenar los fieros instintos que fermentaban en su corazon, se lanza á su mujer, la agarra por un brazo y blandiendo el hacha la dice con irritado acento:

—¡Ven conmigo, ó te mato! (1)

Y bien daban á demostrar su ademanes que llevaría á efecto lo que prometia.

Tomasa al ver á su marido tembló de pies á cabeza como un niño ante un fantasma.

Su primer impulso fué el de abrazarle; pero recordando lo que tantas veces le habían aconsejado, se contuvo y solo pudo articular con abundantes lágrimas:

—¡Por Dios, José!

Esta tierna súplica no conmovió el alma del esposo que con voz cada vez mas colérica, dijo:

—¡Por ultima vez! ¿quieres venir conmigo? ¡ó me sigues ó te mato!

La hermana y los criados se aproximaron, pero un gesto de Ferrer los contuvo intimidándolos y haciéndoles callar.

—Escúchame, José—dijo Tomasa Con acento que desgarraba el corazon—no te ciegues por que veo que vas á perderte. Déjame en paz con mis penas que hartas tengo desde que vivo separada de tí.

—¡Mientes, Tomasa, mientes!...

—Mi mayor deseo es sufrir á tu lado toda clase de desgracias; pero, bien lo sabes tú; mi familia me lo prohibe ¿y qué quieres que yo haga?'

Los ojos de Ferrer se inyectaron en sangre y con un movimiento maquinal apretó el cabo del hacha.

—Tú quieres—dijo—que yo pierda la paciencia oyéndote. No me engañas. Tomasa; tú no tienes deseo de vivir conmigo ni de verme, porque á haberlo querido, tú hubieras podido mas que los que te lo prohiben. Confiesa que oyes lo que te dice otro hombre; confiesa que me faltas, que me engañas; confiesa....! mira que allí está el cementerio; estoy decidido á todo! y no quieras ir á él antes de tiempo! vente conmigo ó vas á tener mal fin.

Al oir estas palabras casi dudaba Tomasa de si era su marido el que las pronunciaba.

José debia saber cuanto le quería su esposa; no era posible que dudase de su fidelidad; debia saber tambien la prohibicion impuesta á Tomasa; y por último, nunca esta se habia visto tratada por él de aquella manera ni aun de otra parecida en lo brutal y amenazadora.

Por eso la infeliz mujer no acertaba á creer en el testimonio de sus sentidos y quería dudar de que era su marido quien la hablaba.

Pero la realidad era demasiado peligrosa para dejar mucho lugar á estas dudas que se desvanecian bien pronto.

—José, José—esclam&ba la esposa—no me hagas daño! te he querido siempre, y...

No pudo continuar.

Cayó al suelo bañada en sangre—y muerta por cuatro hachazos en la cabeza.

Corren hácia el cadáver los que allí estaban y el criminal marcha hácia el pueblo.

Pero no bien se habia separado cien pasos del lugar del crimen, cuando retrocedió hasta ponerse otra vez al lado de la que habia sido su mujer.'

La coje por los cabellos, la arastra, la pisotea el rostro y se enfurece con ensañamiento de tigre.

La hermana huye gritando; los criados, llenos de miedo, no se atreven á acercarse.

José Ferrer arrastra al cadáver hasta una roca, coloca sobre ella el cuello de la víctima, y dando un tremendo hachazo, separa instantáneamente la cabeza del tronco.

¿Donde se ha visto mas feroz encono?

Despues tira el hacha y lleno de la sangre de su desgraciada mujer, corre desesperadamente hácia las sierras de la Piedad, en direccion de los Ventalles.

Como debia esperarse, este espantoso crimen fue bien pronto conocido por las autoridades.

José Oliver, cabo 1.° comandante de aquel puesto, recibe órdenes, se dirige al lugar de la catástrofe, adquiere las mas preciosas noticias y comisiona seguidamente á dos de sus Guardias para que marchen en persecucion del cruel asesino.

Estos eran los de segunda clase José Mestres y Jaime Cort.

El mejor espíritu les anima para encontrar al desalmado criminal y siguen activamente sus huellas.

Veamos cuantas fatigas emplearon para el logro de su objeto y conozcamos cuanta era la entereza y constancia militar de estos Guardias.

Llegan á los Ventalles.

Allí les dicen que Ferrer habia marchado hácia el pueblo de Frijinál.

Continúan la marcha y llegan á él.

Allí averiguan que el asesino habia seguido hácia la carretera de Valencia.

Siguen ellos tambien, toman noticias en la carretera y saben que el fujitivo habia marchado en direccion de San Cárlos de la Rápita.

Siguen sus huellas Mestres y Cort; llegan á esta poblacion y averiguan que Ferrer habia pasado huyendo hácia el real sitio de los Alfaques.

De muy difícil tránsito habian sido hasta allí los caminos recorridos por los Guardias entre sierras, ventisqueros y bosques; pero el que les faltaba era mas penoso aún por estar lleno de acequias y encharcamientos.

Sin embargo, no desmayan.

Habiendo tenido noticia que algunos mozos de escuadra salieron tambien de la Rápita en persecucion de Ferrer que, segun noticias, se habia provisto de un buen caballo, se presentan al comandante de este puesto (Cristobal Mirallesj le enteran de lo sucedido y de las señas y direccion del fugado.

El cabo 2.° Miralles sale seguidamente con el Guardia José Mayol «atraviesan los estanques con agua hasta la «cintura; pasan las acequias del mismo modo, cruzan sin detenerse los arrozales» y á mas de tres horas de la Rápita, en la desembocadura del rio Ebro y sitio llamado de la Gola capturan por fin al asesino José Ferrer.

Asegurándolo estaban cuando aparecieron en el sitio de la captura los mozos de escuadra.

Uno de los Guardias esclamó al verlos:

—No se han descuidado ustedes, compañeros, pero han llegado tarde.

El cabo Miralles hizo entrega del reo al juzgado respectivo, por cuyo servicio recibió las gracias asi como todos los demás individuos que en él habian tomado parte.

Cinco meses despues, dos mozos del hospital civil de Tortosa sacaban de uno de los calabozos del mismo y colocaban en unas mugrientas parihuelas el cadáver de un hombre.

Era el del preso José Ferrer que acababa de fallecer atormentado por los mas crueles remordimientos.

CRONICAS ILUSTRADAS DE LA GUARDIA CIVIL

 

 

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