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RELATOS: LA MADRE

  • Escrito por Redacción

LA-MADRE

Amigo lector, te traemos a nuestras páginas un nuevo relato relativo a nuestra querida Guardia Civil, queremos recordarte que son hechos y situaciones de la primera época, de los primeros servicios, y queremos recordarte igualmente que no vamos a efectuar ninguna correción al texto, te lo hacemos llegar tal y como se redactó, tal y como nos llegó a nosotros.

LA MADRE.

Cortas páginas bastarán para mencionar un servicio, que no es por eso menos digno de consideracion segun lo han demostrado las comunicaciones oficiales que lo refieren.

Presentes están en la época en que escribimos esta Crónica las desgracias que diariamente amenazan á los que viajan por el Guadarrama.

Esa imponente cordillera que tiene cimas donde la nieve es eterna, se halla en la estacion de invierno llena de peligros por todas partes.

No hace muchas semanas que su tránsito fué imposible, interceptándose todas las comunicaciones por espacio de algunos dias, y siguieran intransitables hasta hoy si rápidos y costosos trabajos no hubieran abierto caminos rasgando las grandes masas de nieve congelada que cubrían las cien cabezas de aquel gigante de piedra.

Ultimamente, en el dia en que la cristiandad toda celebra el nacimiento del Redentor del mundo una nevada fuertísima produjo grandes desastres y ya en igual dia del año de 1861, la historia de servicios humanitarios de la Guardia Civil tenia uno mas prestado sobre las nieves del Guadarrama.

Digamos cual, porque merece que le consagremos algunas páginas.

No muy lejos del puesto de la Guardia Civil llamado de San Rafael, próxima á un pequeño rio y situada en paraje solitario, existia una casa que en aquella fecha estaba habitada por un Oficial de Telégrafos, su esposa y tres hijos de muy corta edad. (1)

La nieve habia llegado en aquella noche á gran altura las aguas del mencionado rio se engrosaban con los deshielos de las vertientes, y todo esto unido á un recio golpe de lluvia que habia descargado inesperadamente en aquellas horas, hizo que en muy breves momentos la aislada casa se viese cercada por las aguas que adquirían en cada instante que pasaba, mayor altura y fuerza.

Al conocer los habitantes de aquella morada lo peligroso de la situacion en que la desgracia los colocaba, se apoderó de ellos el mas invencible terror.

Terror que era agravado por otras circunstancias que no debemos pasar en silencio.

El Oficial de Telégrafos (cuyo nombre no recordamos ahora) se hallaba ausente; y su esposa se encontraba sola con sus tres hijos en aquella solitaria morada y en situacion tan peligrosa.

No era pues su sola vida la que los elementos amenazaban en aquella noche que suele ser de júbilo, de algazara y de felicidad en el seno de las familias cristianas.

Tenia que velar por la existencia mortalmente amenazada de tres niños: y de tres niños que eran sus hijos!

Véase ahora si faltaría razon en una madre para el terror que debió dominarla al comprender la situacion en que de repente se encontraba colocada con sus hijos.

Demente por la desesperacion, ciega por el amor á sus hijos amenazados de muerte, corría frenética de una á otra habitacion, llamaba á sus hijos que corrían tras ella llorando y temblando de miedo, y pronunciando ese dulce nombre que los niños pronuncian siempre cuando les amaga alguna desgracia; abría una ventana, luego otra.... las ráfagas de viento entraban silbadoras, el cielo aparecia negro, blanca la tierra, el agua cada vez mas rugiente y precipitada.

Miraba y nada veia que pudiera darla una esperanza de salvacion; y así como los hijos llamaban á la madre, esta llamaba por instinto á su esposo, pedia socorro... y sus gritos ahogados por el venda val, no llegaban á oidos de persona alguna.

Sola, quizás hubiera enteramente desesperado al ver que la casa se llenaba de agua; quizás arrodillándose hubiera murmurado una oracion y esperado así el último peligro.

Pero con sus hijos, esto no cabia en lo posible. Si en asir un áscua estuviera la salvacion dé aquellas inocentes criaturas, la hubiera cogido* con segura y valerosa mano.

¿Quién sabe de lo que es capaz una mujer que defiende la vida de los seres pedazos queridos de sus entrañas?

¿Qué la arredrará de tentar el medio mas difícil de salvacion, de arrojarse al mayor y mas desesperado riesgo? Nada: es madre, y con esa sola palabra está dicho todo lo que pudiéramos decir.

Quien tenga una madre, como quien la haya perdido, nos comprenderá demasiado bien si la ve ó la recuerda, si la oye ó la llora muerta.

Ella es la que al nacer nosotros estampa en nuestra tierna frente un beso con el qne parece decirnos: sé feliz en el mundo al que vienes hoy, hijo mio!

Ella nos dá de la vida suya para nutrir la nuestra; nos aduerme con santos cantares mientras con nuestras manecitas enmarañamos su cabello; vela nuestro sueño y está despierta siempre que despertamos, sonríe si sonreimos, llora y se angustia si algun dolor nos hace sufrir; sueña con vernos hombres cuando apoyados en ella damos vacilantes el primer paso; y en buena ó mala fortuna, en niñez ó virilidad, está siempre dispuesta, siempre decidida á sacrificar su vida por la de sus hijos.

La madra, en fin, y si algunas hay desnaturalizadas son rarísimas, no sabe odiar á sus hijos, paga con cariño á cualquiera de ellos que haya podido ultrajarla.

Abnegacion tan grande, hace que por todos se considere sagrado el cariño maternal.

Quien tenga padres, puede estar seguro de que hay en el mundo personas que le quieren, que sufren si sufre, que son felices si es feliz, que verterán amargas lágrimas si muere, y orarán á Dios sobre su tumba!

El peligro era apremiante y aquella desolada señora no podia permanecer allí esperando auxilios que ni remotamente aparecían cercanos.

¿Qué hacer? ¿Cómo salvar las tres existencias que estaban bajo su amparo?

No lo sabe, no lo adivina tampoco.

Desesperada, ciega, descompuestas las facciones y suelta al aire la cabellera, corre hácia la puerta de la casa, la abre, y entregándose á la Providencia empieza á caminar sin rumbo, sin direccion fija, sobre la nieve.

Los niños, que no se atreven á quedar solos salen tambien, la siguen llorando y casi muertos por el terror y el frio.

Aquella escena era desgarradora.

La madre que corre pidiendo socorro, los tres niños que intentan en vano seguirla lanzando lastimeros y entrecortados quejidos... y no era todo aún.

Pronto la pobre madre, se hunde entre agua y nieve; no habia esperanza ya, todo iba á concluir; si al verse de aquella manera recordó á sus hijos ó llegó á sus oidos su nombre pronunciado por ellos, un puñal que la traspasara el corazon no la hubiera producido mayor dolor.

Los niños perdieron de vista á su madre, y concibase tambien cuál sería su pavor al verse solos, desamparados encima de la nieve y sufriendo la fuerte lluvia que azotaba con violencia sus- ateridos miembros.

Por fin se detuvieron sin darse cuenta de por qué lo hacian; y allí, sobre la nieve, oprimiéndose mutuamente para resguardarse del frío, permanecieron amedrentados por lo temible de la noche y de su situacion, temblando todos sus músculos, y medio muertos los tres inocentes niños por el mas profundo terror.

Era comandante del Puesto de San Rafael, (Segovia) el cabo 2.° Pedro Sanz de Frutos (1) quien, habiendo oido los gritos que lanzaba la desconsolada madre, ya cerca de la casa-cuartel, salió rápidamente con los Guardias de sus órdenes hácia el sitio de donde los gritos parecian partir.

No estaba exento de dificultades para estos individuos el caminar en aquella noche sobre la nieve; pero otras de mas peligros habian resistido y quien como el cabo Sanz pasó meses enteros sobre el Guadarrama prestando todas las noches uno, dos y hasta tres servicios de mucho valor, no podia detenerse por consideracion alguna.

Una persona pedia socorro y no era necesario saber mas; fuera como fuera, era necesario volar en su auxilio.

Los Guardias dejaron inmediatamente el Puesto y corriendo hácia el cercano camino, lo atravesaron llegando á poco al sitio donde la pobre señora se habia hundido.

El estado en que se hallaría es facil de adivinar; su vida parecia acabarse por momentos y ni fuerzas para hablar tenía.

Sácanla los Guardias de aquel lugar despues de peligrosos trabajos y la trasladan sin demora de tiempo á la casa-cuartel donde la esposa de Pedro Sanz hace todo género de esfuerzos por combatir la mortal anestesia de que estaba poseida aquella madre desgraciada, en tal momento como pocas.

A favor de tan loables y desinteresadas muestras de humanitario afecto, sus miembros recobran algun calor; y al poder hablar sus primeras palabras fueron para pedir la salvacion de sus hijos.

No bien habian acabado de oirlas, cuando los Guardias estaban ya fuera del cuartel y corriendo hácia la casa inundada.

La señora quedaba allí con la esposa del cabo y cuidada por ella como si fuese su hermana.

—Sus hijos viven, señora—la decia—no se desconsuele usted; tenga esperanza en Dios; pronto estarán á su lado buenos y salvos.

Palabras eran estas que aliviaban la pena de aquella madre haciéndola menos cruel.

En muchos casos, y de algunos tendremos ocasion de hablar mas adelante, la esposa del Guardia Civil es digna partícipe de las glorias de su marido.

No es raro que el Guardia diga á su esposa:

—Hé aqui una niña huérfana, desvalida, sin amparo en el mundo; mirémosla desde hoy como hija nuestra.

—Seré su madre desde hoy y no la diferenciaré de nuestros hijos.

La esposa del Guardia espera siempre en su casa á los desvalidos que su marido salve en continua exposicion de su vida.

No diremos mas ahora acerca de esto; pero aplazamos para otra ocasion el ser mas extensos porque bien lo merece el asunto.

En breves momentos salvaron los Guardias del Puesto de San Rafael, situado en despoblado, la distancia que les separaba de la casa inundada y no sin mucho trabajo pudieron llegar hasta cerca de ella.

Muchas veces habia demostrado la infortunada madre grandes temores por el sitio que habían venido á habitar; y en todas ellas la contestó su esposo:

—Nada temas; está cerca la casa de la Guardia Civil...

No se habia equivocado al decir estas palabras que hoy se pronuncian muchas veces en España.

¿Cuánta no sería la alegría de los Guardias al divisar sobre la nieve los tres niños extraviados?

Un grito de júbilo se escapó de sus pechos y corrieron hacia aquel grupo de tres criaturas que eran aun tres vidas.

Los niños, que continuaban en la misma posicion en que los hemos dejado, contestaron con otro al grito de los

Guardias; pero queriendo correr hácia ellos, no pudieron dar un solo paso.

Los Guardias les rodearon bien pronto; estaban casi helados; sus fisonomías eran inmóviles como las de una estátua y sus descubiertas cabezas estaban mas frías que la misma nieve.

Toma Sanz á la niña, los otros Guardias hacen lo mismo con los dos hermanitos de aquella y vuelven contentos y gozosos con su preciosa y ligera carga á la casa cuartel.

¿Cómo espresar lo que sintió la madre al verlos? La esposa del cabo dijo llorando de alegría al ver la felicidad de aquella madre:

—Vea usted como yo no me engañaba! ¡Dios no abandona nunca á las criaturas!

Cuatro vidas se salvaron en aquella noche.

Los Guardias de San Rafael no habian concluido aun su trabajo.

Vuelven á salir, llegan por vez tercera á la casa inundada, penetran en ella cuando las aguas llegaban á mas de una vara de altura sobre el primer piso y con ella hasta la cintura sacan todos los efectos que allí habia y los trasportan á un lugar mas seguro fuera de la casa. Sentimos ignorar los nombres de estos Guardias, pero los haremos públicos tan pronto como lleguen á nuestro conocimiento.

Bien merecen, tanto por este importante servicia como por otros que han prestado en el mismo Guadarrama, que propios y estraños los conozcan.

 

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