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ANTECEDENTES A LA GUARDIA CIVIL: CARABINEROS, Parte-II

  • Escrito por Redacción

CARABINEROS

ANTECEDENTES A LA GUARDIA CIVIL: LOS CARABINEROS PARTE-II

II. EL CUERPO DE ADUANEROS. EL COMBATE DE MALPASO. EL RESGUARDO DE SALES. REFORMAS ORGÁNICAS. SERVICIOS DE CAMPAÑA Y PECULIARES.

En 1852 se creó el Cuerpo civil de Aduaneros, librándose de esta forma los carabineros de una misión tan poco militar como el reconocimiento de equipajes. Sin embargo, el tiempo ha demostrado lo contrario, pues este Cuerpo auxiliar, cuya organización se ordenó hace 121 años, aun está por crearse y va siendo hora de perder la esperanza. El Cuerpo de Aduaneros debía formarse con un contingente de 2.000 hombres, deduciéndose del de Carabineros del Reino a integrándose con los individuos de dicho Cuerpo qua quisieran pasarse al nuevo servicio. Con la nueva disposición quedaron sin efecto las disposiciones que autorizaban a los inspectores y administradores de aduanas a disponer de la fuerza de Carabineros, pasando éstos a depender de los gobernadores civiles en todo lo que se refiere a su especial cometido como tal institución armada de orden público. Se aumentó un distrito, pasando al número de seis en los qua estaban agrupadas las comandancias, destinando al frente de cada uno de ellos a un brigadier o a un coronel.

Para dar idea exacta de lo que entrañaba en aquellos tiempos el servicio de Carabineros, narraremos escuetamente la acción de Malpaso, acaecida entre la fuerza de la Comandancia de Huesca y una partida de ansotanos armados, contrabandistas belicosos que introdujeron un importante convoy por la frontera del Pirineo central, en el paraje conocido por "El Banderín". Apercibidos el cabo y los carabineros qua vigilaban aquel distrito, se dispusieron a la persecución de los contrabandistas, llamando a sus compañeros mediante algunos disparos al aire. El jefe de la compañía -teniente González- reunió a sus hombres, en total unos quince, y marchó en persecución del convoy. Al llegar al destacamento treparon la áspera sierra de Santo Domingo, avistando a los contrabandistas y comenzando un nutrido tiroteo. Entretanto, el jefe de la Comandancia, al recibir el parte de lo que ocurría, se puso en marcha con otro núcleo de carabineros, siguiendo el camino llamado de Campo Grande. Al llegar el teniente González al Malpaso de Luesia, se encontró con que los ansotanos estaban perfectamente formados en tres líneas, sumando un total de setenta hombres, en posición dominante y dispuestos a presentar batalla; siendo por parte de los carabineros materialmente imposible coparlos y menos apresarlos. El brigadier del Distrito acudió para tomar la dirección del servicio, encontrándose con el teniente coronel Nogueras, jefe de la Comandancia, y, reunida toda la fuerza, emprendieron el camino de Longas, distribuyéndose a cada carabinero un trozo de pan y un vaso de vino, únicas subsistencias con qua podían contar por el momento. Continuada la progresión, se presentó el brigadier del Distrito en Sos del Rey Católico, mientras que el teniente coronel seguía por la Sierra de Santo Domingo hasta disponerse a la ascensión del paraje de Cabeza Mayor, donde tras observar las zonas visibles le informaron que los contrabandistas marchaban en dirección a la Rivera. Localizada la pista, fue seguida por un teniente al mando de un destacamento en dirección a Luesia. Oídos algunos disparos, presentose el teniente González, ordenando el jefe de la Comandancia se destacase con un grupo de Caballería para descubrir a los contrabandistas, y una vez fijados, se ocultase hasta la llegada de los carabineros de Infantería, al mismo tiempo que otro grupo de Caballería llegaba a Sirca, y cuando ya empezaban a bajar los mulos, retrocedieron por el norte de la sierra, pero al tropezarse la partida con el teniente González, produjose un gran desconcierto, momento hábilmente aprovechado por el jefe de la Comandancia para acosarlos, haciéndoles tres muertos y once heridos. Reunida la fuerza, se bajó a Luesia, tomando el camino de Castejón hacia el Ebro, único que pudieron seguir las demás cargas con el contrabando.

Nombrado Director General don Anselmo Blaser, se concedió el aumento a siete Distritos, de los que entonces comprendían el contingente de Carabineros. Formaronse de la manera siguiente: 1.° Cataluña; 2.° Vascongadas con Huesca y Navarra; 3.° Asturias con Santander, Burgos y Logroño; 4.° Galicia; 5.° Zamora, Salamanca, Cáceres y Badajoz; 6.° Cádiz, Sevilla, Huelva, Málaga y Granada: 7.° Almería, Murcia, reino de Valencia a islas Baleares. En 1854 se conseguía qua el armamento fuese suministrado por el Estado, así como los caballos, que hasta entonces eran propiedad particular de los carabineros.

Al ser nombrado Director General don Mariano Belestá, se volvió a reunir el Cuerpo de Aduaneros con el Resguardo Especial de Sales y las Rondas Volantes de Cataluña, formándose una sola compañía con el nombre genérico de Carabineros, dedicándola al servicio especial en las salidas de Madrid, Guadalajara, Albacete y Cuenca, estando las demás confiadas a las Comandancias respectivas. La fusión de ambos Cuerpos trajo consigo el aumento de unos 3.500 hombres, suficientes para atender a todos los servicios y cubrir además las plazas de torreros especificando la dependencia, obligaciones, etc., con respecto a las aduanas marítimas y terrestres.

Bajo el mando del teniente general Messina, dispuso el Ministro de la Guerra que los capitanes generales de las regiones podían ordenar a las fuerzas de Carabineros que con motivo de las alteraciones políticas si se hallaban ausentes de sus puestos se dedicasen exclusivamente al servicio peculiar, por no ser conveniente distraer las fuerzas de la Institución a otros cometidos ocasionadores de un grave perjuicio para la nación. Se destinaron unos 1.500 reclutas de Infantería (Ejército) para cubrir las vacantes, pero esta medida, de todo punto descabellada, quedó sin efecto. El abandono en que con respecto al régimen interior y otros auxilios padecía el Cuerpo, vino a agravarse con la epidemia de cólera (1854), teniendo el general Messina que dictar una circular, en la que se recomendaba que a los carabineros atacados de epidemia se les asistiese con el mayor esmero y "por ningún estilo careciesen de medicamento alguno que pudiera proporcionarles el consiguiente alivio, y menos la asistencia de facultativo bien opinado, cuyos honorarios, así como los demás gastos que ocasione su curación, deben ser del fondo de entretenimiento, acompañándose cuenta justificada para mi aprobación, por no ser justo que pese sobre el reducido haber de los que tengan la desgracia de sufrir tan terrible azote".

Algún tiempo después hubo una redacción de plantilla en la cuantía de 1.140 hombres. Se dictaron severísimas disposiciones para moralizar la Institución, advirtiendo encarecidamente que al oficial que se le vulnerase la línea de servicio, "aunque justificase su celo y vigilancia", si no lograba aprehender la mercancía quedaba automáticamente en situación de reemplazo. En cuanto a los individuos, serían expulsados sin opción a nuevo ingreso. Medidas tan severas fueron para hacer frente al intensivo ejercicio del contrabando que se venía acusando. Por otra parte, hay repetida constancia de que por el Ministerio de Hacienda fueron sancionados muchos de sus funcionarios, como el conocido caso del Administrador Principal de Rentas de Mallorca, el cual, excediéndose en sus atribuciones para recaudar impuestos, ordenaba a los carabineros que llevasen a cabo requisas arbitrarias que, la mayor parte de las veces -debido al escaso nivel profesional-, llevados de buena fe, ignoraban en absoluto si eran o no reglamentarias o legales. Si a esto agregamos, dice un cronista, "las introducciones caprichosas de personal tanto subalterno como superior, el espectáculo de los carabineros, convertidos en fieles de puertas, empleo honroso sin duda alguna, pero a todas luces impropio de quien viste unciforme militar, si nos figuramos a ellos y sus familias viviendo en chozas en muchos sitios y arrastrando una vida miserable, convendremos de que en estas condiciones ni se podía respetar el Resguardo, ni éste podía responder de su cometido como se esperaba".

Durante el mando del teniente general La Rocha se llevaron a cabo algunas modificaciones de tipo orgánico, siendo una de las más importantes la creación de las escuelas de instrucción primaria en las cabeceras de Comandancia, para enseñar a leer y escribir a los carabineros analfabetos (1856). También se consiguió por este Director General que los equipos de Caballería fuesen costeados por el Estado y el aumento en los sueldos de jefes, oficiales, clases y tropa en la cuantía suficiente hasta equipararlos a los similares de la Guardia Civil, hasta entonces bastante más superiores.

Para aminorar el excesivo número de vacantes en la oficialidad se autorizó por Real Decreto en 1858 que los cadetes de Cuerpo, de Infantería del Ejército, pasasen a Carabineros, siempre que lo solicitasen, con el empleo de subteniente; se experimentó por algunos años una mejora en los servicios, aumentó el rendimiento de la fuerza, destacando el año 1858, en que se efectuaron tres mil aprehensiones con unos dos mil reos y setenta y cinco embarcaciones. Murieron en el cumplimiento de su deber siete carabineros. En 1859 se efectuaron 3.200 aprehensiones, ascendiendo el valor de lo intervenido a tres millones de reales vellón.

Aprovechando una época propicia, fueron aumentados los Distritos al número de once, siendo ocho de categoría de coronel y tres de brigadier; prohibiéndose por Real Orden de 10 de noviembre (1859) las permutas entre jefes y oficiales; costumbre antigua y de escasa eficacia para un mejor servicio.

Durante la guerra de África (1859-1860), el Cuerpo de Carabineros tomó parte en aquellas campañas, enviando una compañía de ciento veinte plazas y una sección de Caballería con veintiséis caballos. Fue su capitán José Sánchez Suárez, presente en la batalla del Serrallo a las órdenes del general Gasset, más tarde Director General de Carabineros. En 1 de enero de 1860 actuaron los carabineros en la famosa batalla de los Castillejos; pero donde más se hizo notar su presencia fue en las acciones de Cabo Negro. Del espíritu de aquella compañía nos habla con su amena prosa Pedro Antonio de Alarcón en su libro "Diario de un testigo de la guerra de África", donde en breves líneas nos da exacta semblanza. "Son -nos dice- estos carabineros una bizarra y cordialísima gente, acostumbrada a llevar en tiempo de paz una existencia no menos ruda qua la que soportamos todos ahora; los servicios qua prestan, en despoblado siempre persiguiendo contrabandistas o ladrones, los han hecho naturalizarse con la soledad, con la intemperie, con la hoguera del pastor, con la desmantelada venta, con el mísero cortijo..."

"Yo no olvidaré nunca el efecto qua me producían aquellos hombres curtidos por toda una vida de áspero trabajo, y que acababan de cargar tan valerosamente entre nuestra Caballería.” Más adelante expone: "... llamó, sobre todo, mi atención un oficial de bastante edad, fuerte como una encina centenaria qua bebía en silencio, echado boca abajo sobre un cajón que había tenido municiones, cuando se entonó el coro en qua vinieron a parar las libaciones, todo el mundo cantaba una estrofa cuyo principio era: “¡A beber, a beber!" El viejo carabinero en vez de repetir lo mismo que los demás, decía con una voz desapacible y ronca: "¡A vivir, a vivir!"."

En noviembre de 1860 se crean nueve plazas de matronas, titulándose de 1.ª clase las cinco más antiguas de un total de treinta, organizadas en plan de prueba unos años antes. En el año qua referimos (1860) se hicieron 2.600 aprehensiones con 777 caballearías, 33 carruajes y 38 embarcaciones intervenidas, además de la destrucción de varias fábricas clandestinas de pólvora y tabaco. Actuaron también los carabineros en la extinción de 87 incendios y 48 naufragios, salvando la vida a 61 personas.

Verdadero forjador del Cuerpo de Carabineros del Reino fue el general Iriarte, qua desempeñó el cargo en tres ocasiones: en 1842 cuando se le dio su definitiva organización militar; de 1854 a 1856, y de 1858 a 1863. Su gran interés por todas las cuestiones qua afectaban al Cuerpo y del destacado comportamiento de la compañía expedicionaria en la guerra de África, hizo patente, así como las muchas mejoras introducidas en el penoso servicio, la formación en el país de una corriente de aprecio hacia la sufrida Institución, qua hasta entonces no se había hecho notar, a pesar de la importancia de sus delicadas misiones. De esta forma, y como testimonio de reconocimiento, la prensa de la época dedicó numerosos artículos elogiosos tanto al Cuerpo de Carabineros del Reino y, muy especialmente, a su Director General, don Martín José de Iriarte, verdadero creador y fundador, pues aunque se consideró siempre como tal al Marqués de Rodil, el Instituto por él creado había desaparecido, Según hemos reseñado, en 1834.

 

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