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RELATOS: ALMA NEGRA

  • Escrito por Redacción

GUARDIA-CIVIL-RELATOS

Traemos un nuevo "Relato" a la sección de Historia de la Guardia Civil, son hechos, acontecimientos y servicios reales de los primeros años de andadura de nuestra Guardia Civil, en un principio veniamos corrigiendo las "faltas", que no lo eran sino la forma de escribir y hablar de la época, un amigo nos recomendó que lo ideal sería dejar los escritos tal y como me habían llegado y a partir de este mismo, así lo haré.

Antonio Mancera Cárdenas-Administrador-

RELATOS: ALMA NEGRA.

Estamos en Madrid.

¡Madrid! foco de tantas aspiraciones; mar donde naufragan tantas esperanzas; centro en que se agitan el bien y el mal en revuelta y misteriosa algarabia; teatro de grandes crímenes y de acciones heroicas; pequeño mundo donde encontrareis la opulencia y la miseria, el vicio y la virtud, la honradez y la vileza, el fausto y el hambre, la fortuna y la desgracia, la ciencia y la estupidez, la holganza y el trabajo... Tal es Madrid, que aun tiene, como si coronara la naturaleza todos esos extremos sociales, un frio punzante que hiela y un sol abrumador que abrasa.

De que el frío de Madrid es extremado, daba evidente prueba el amanecer de un dia de Enero del año de gracia de 1860.

El cielo tenia una uniformidad monótona, y el sol apenas se atrevía á dirigir sobre las cúpulas de nuestros grandes edificios un medroso rayo.

Comenzaba á esparcirse por Madrid ese característico rumor de vida que tanto espacia el alma despues de una noche de larga soledad y silencio.

Oyese el sonido metálico de las llaves que abren las puertas; el campanilleo de los irracionales que van de casa en casa curando los constipados; los gritos de los vendedores ambulantes; el descorrer de los escaparates; el ruido que producen los coches al dirigirse á sus paradas; algunas conversaciones, y tantos otros estraordinarios ruidos que hacen de Madrid una segunda Babel.

Los mozos de cuerda se arriman á las esquinas que alumbra el sol y lian sus toscos cigarros; las chimeneas comienzan á dar salida á blancas espirales de humo.

Nada de todo esto llamaba la atencion de un niño de siete años, que subiendo por la calle de Toledo tomaba direccion hacia la Ribera de Curtidores.

Vestía pobremente; un bramante sujetaba á su cintura unos girones que querían ser un pantalon, y cubrian su pecho una sucia camisa y un raido chaleco que hubiera servido holgadamente á quien tuviera doble edad que él.

Su fisonomía era picaresca, muy expresiva y estaba en aquella mañana pálida y triste.

Rodeaba á sus ojos un circulo negro y en ellos y en su paso daba seguros indicios de no haber dormido en la pasada noche.

El frio le hacia mucho daño; por eso apretaba con sus codos el descubierto pecho, por eso metia sus pequeños dedos en la boca, por eso pretendia correr para llevar calor á sus ateridos miembros, por eso, en fin, sus ojos, que la helada lastimaban, estaban casi cubiertos por sus rojos párpados.

Era aquel pobre niño, lo que genéricamente se llama un pilluelo.

Un escritor francés nos ha hecho recientemente la descripcion del pilluelo de París. Pero, sin pretensiones ni remotísimas de parangon, daremos algunas pinceladas mas al cuadro, por mas que esté concluido, en gracia á que un pilluelo juega en nuestra historial y es fuerza conocerle.

Seremos muy breves, porque el asunto es tan digno de estudio, que algunos tomos serian necesarios para tratarle con mas detalles.

El pilluelo nace muchas veces en la calle, vive en la calle y en la calle suele morir.

Nace en la calle porque su madre le dejó en ella la noche en que le dió á luz hasta que otras personas le encontraron; vive en la calle porque no tiene hogar; muere en la calle porque ó el frio le hiela una noche mientras duerme entre los escombros de una casa en construccion, ó la navaja de un compañero le apaga en una reyerta.

Tantas afinidades hacen que considere las calles como dominio suyo, que las haga su reino; se interesa por ellas si están intransitables y se alegra al ver que las componen ó reforman.

Quisiera únicamente que durante la noche estuvieran á oscuras... la razon de esto se adivina.

Cualquier acontecimiento que en ellas tiene lugar, le pertenece, le comenta á su sabor y juzga de él inmediatamente. Si dos hombres riñen, allí teneis al pihuelo que se identifica con ellos y señala al que le inspira mas simpatía los golpes que debe dar. Si el caballo de un coche de plaza ha caido exámine por el hambre y los años, allí teneis al pihuelo que llama aparte al cochero y le dice con gran misterio:

—El caballo está enfermo; no puede moverse, dale mas cebada, y tira tú del coche.

Sa escuela, su educacion, están en las calles tambien; los escaparates de las tiendas son libros para él y en ellos se instruye sin cesar. Los carteles de anuncios pegados en las esquinas le son como discursos de oradores. Sin embargo, durante el dia los lee; durante la noche los arranca y vende al peso con otros papeles. Tiene su lógica.

Gracias á unos y otros recursos, está enterado de los adelantos del siglo, del movimiento industrial, de las empresas que se establecen, de los bandos del corregimiento que lee con atencion, etc., etc.

El sol dejará de dar luz antes que deje el pihuelo de dar calificativo á cualquier cosa ó suceso.

Es imposible que llegue algo á su conocimiento y pase sin sacarle su opinion; siente una tendencia irresistible á juzgarlo todo, á dar su parecer, á decir en fin:

—Esto es malo, muy malo!

Se permite tambien en muchas ocasiones asistir á los teatros. Se coloca en la puerta de uno de ellos, ofrece á los que salen un periódico en cambio de una contraseña; sino surte efecto el ofrecimiento, presenta un real, llega hasta real y medio (y siempre calderilla porque suena 8 mas y esto le alegra) suele hacerse el cambio, y entonces ofrece por dos reales su contraseña á los que se acercan al coliseo. Si no llega á venderla, entra en el teatro con ademan triunfal y creyendo que toca el techo con su inculta cabeza.

Odia por tradicion á la policia, pero el pihuelo no so convierte en un ser maligno y terrible hasta que aprende el caló. Este lenguaje, en el que toda palabra significa un mundo y ninguna sobra, lleva á su infantil inteligencia el conocimiento de todo un arte de guerra social. Ve que las principales palabras del caló significan: justicia, morir, hambre, espera, sangre, matar, huir, cárcel, juez, verdugo, borracho, engallar, mala mujer, degollar, causa, necedad, noche, robar, palanqueta, ganzúa, dineros, horca... y al comprender estas palabras, al apercibirse de su significacion, se ha perdido para el bien.

A los cinco años de edad, suele sentir dos tendencias: recorrer los cafés y paseos pidiendo limosna merced á una historia que inventa ó no, ó hacerse arenero, etcétera.

Si toma la espuerta de arena, se cree persona que tiene ya que perder; se convierte en aristócrata de su clase; si se dedica á la limosna desmerece en la compañía de sus amigos y se considera humilde y hasta cobarde.

—Pedir limosna!—le dicen—¿no es mejor tomarla?

Y de aquí viene ese ejército de niños, que hombres de veinte y de cincuenta años instruyen en todo lo que necesita saber un tomador del dos.

Esos niños, amaestrados por los criminales, son despues criminales como sus maestros.

Esos niños son una gravísima enfermedad social, enfermedad de muerte, enfermedad que necesita remedios herójgos para su acertada curacion, antes de que llegue á hacerse incurable.

¡Pobres seres! Colocados ya en ese estado, pisando con sus pies de niño los negros é infamantes umbrales del crimen. ¿Quereis saber á qué gloria aspiran? ¿Quereis saber qué cosa conceptuan como el blason que justifica que son ladrones, que saben, que pueden, que no tienen miedo, que han sufrido desgracias sin inquietarse.—La cárcel. Su palacio es el patio de los micos, así llamado por los moradores del Saladero.

Cuando en él se ven, creen haber tocado la suprema dicha, se creen dignos de envidia... y solo lo son de lástima; porque al penetrar allí se han perdido ya para siempre; ellos gozan en perderse mas, creyendo que tal pérdida es ganancia, y solo cuando andando el tiempo se ven sujetos por una cadena perpétua, ó pisando las horribles tablas del patíbulo, suelen conocer el engaño que les alucinó en toda su agitada existencia.

En la cárcel, buscan el trato de los grandes criminales; se instruyen en los detalles de sus crímenes; se admiran si son horrorosos; les deleita el saber cómo una autoridad fué engañada; se disputan el servir á los criminales que allí viven, y conciertan con ellos algun negocio que realizarán cuando estén libres; los bandidos escojen entre los niños los que crean mas avisados para utilizarlos en sus crímenes, les delegan sus venganzas si van á presidio, y el niño, entre tanto, se esfuerza en conseguir á toda costa las siguientes palabras:

—Tú has de ser todo un hombre!—dichas por un bestial asesino, por el asesino mas célebre, poniendo sus callosas manos en la cabeza del infeliz, ó dándole, si al caso viene, un vaso de vino.

Lo que hemos dicho aunque imperfectísimo basía para dar á conocer el carácter mas esencial de esa especie.

A ella pertenecia, como pernos manifestado, el niño, que, en tan frio amanecer, subia por la calle de Toledo (calle que tiene ella sola mas de cuarenta tabernas) y en direccion á la Ribera de Curtidores.

Aquel pilluelo, en sus siete años, tenía ya su historia; habia pisado los patios de la cárcel. Cuando al entrar en ella, se le pidió el nombre, contestó: —Orejon.

—Tu nombre de pila, tu nombre y apellido, te pregunto.

—Orejon.

—Pero, ¿no sabes...?

—Orejon, no sé mas, señor.

Y fué imposible conocerle por otro nombre.

Sus compañeros le habian dado aquel y él lo aceptó sin escrúpulo.

Al salir de la cárcel, uno de los delincuentes que en ella estaban le recomendó á un amigo suyo que por aquella época trabajaba fuera de aquel lugar; este amigo recibió á Orejon, y pareciéndole bien la perspicacia del niño le instruyó en algunas de las muchas cosas que aun ignoraba.

El niño, por su parte, se creyó feliz con aquel arrimo y vivió al lado de su maestro de crímenes, sirviéndole en todo y dispuesto á exponer por él su libertad y existencia.

Con él vivia aun en la época en que le hacemos entrar en accion.

—Orejon—(que por este nombre nos es forzoso conocerle)—llegó al Rastro y se dirijió sin vacilar á una de las barracas que allí abundan.

Permanecia cerrada aun y pocas eran las que comenzaban á sacar á pública espectacion los géneros, siempre viejos que encerraban.

El pilluelo, encorvándose, buscó lugar bajo varias tablas y muebles que pertenecian al dueño de aquella barraca, y allí se tendió procurando exponer al frio la menor parte posible de su aterido cuerpo.

Cerró completamente los ojos... y durmió.

Nuestros lectores de Madrid saben ya lo que es el Rastro, y aquellos que de Madrid no sean y en él no hayan estado, sepan que es el Rastro una larga plaza de penosa subida y pavimento de afilados guijarros, donde en medio de una atmósfera siempre impura se establece un mercadode todos los objetos, viejos, que tiene Madrid.

Nada hay allí que sea nuevo; pero puede asegurarse que todo lo nuevo, por muy bueno que sea, vendrá á parar al Rastro despues de cien locas vicisitudes.

La espada del militar, el manteo del sacerdote, la capota de la duquesa, los utensilios de las ciencias de investigacion física, é innumerables enseres domésticos... todo para allí, todo está allí revuelto en indescifrable confusion.

A segundas misas llamaban las campanas de San Millan, cuando un hombre envuelto en una larga capa cuyo embozo doblaba sobre el exagerado calañés que cubría su cabeza, despues de saludar á otros que se ocupaban en abrir sus tiendas, llegó á la barraca en que Orejon dormía, y sus primeros ademanes indicaron que se disponía á imitar á sus compañeros de comercio.

Al efecto, sacó de un bolsillo de su zamarra una vieja llave y abrió con ella la vieja puerta de su barraca, vieja tambien.

Comenzó á desatar algunas cuerdas, y al tirar de una que sujetaba varios catres y mesas, vió á Orejon oculto tras ellos.

Al verle, su rostro, annque poco legible porque era muy espesa la barba que le cubría, irradió una alegria intensa.

Conveníale sin duda ver á Orejon despierto, porque uno de sus achatados piés, dirigido con singular tino, percutió como una bigornia en un costado de aquel infeliz que saltó despavorido.

Saltó, y hubiera caido sobre los guijarros á no haberle soitenido la membruda mano de su maestro.

El frio habia dejado sus nervios sin la natural elasticidad y tenian la dura rigidez de un cadáver.

Hacia el pobre ser esfuerzos repetidos para conservar abiertos los ojos, pero sus párpados caían una y diez veces bajo el peso de un sueño interrumpido tan bruscamente, cnando comenzaba á gozar de sus derechos.

—¿Estás enfermo?—le preguntó Casares, que así se llamaba su maestro.

El pilluelo se restregó los ojos, se esperezó exalando un gemido, y entreabriendo la boca cuyas mandibulas chocaban con indescriptible rapidez, logró decir con apagado acento:

—No, tengo frio. Me cogió en el camino toda la helada de esta noche; no he dormido... estoy casi desnudo...

—¡Y eso te aflige! Pues cómo quieres, de otro modo, llegar á ser algo?—Tienes que acostumbrarte...

—Si me diera V. alguna de las ropas que ahí tiene...

—Hay que ganarla, hijo mio, hay que ganarla.

—La ganaré.

—Si te la regalara, dejarías de servirme; si la tuvieras no buscarías tú las de otros...

—Bien, ya lo sé; pero... me parece que esta noche.., he trabajado...

—Ven adentro y me lo dirás. Ambos penetraron en la barraca.

—Cuéntame; has visto á Alma Negra?

—Sí, señor, le hallé en Vicálvaro y en el sitio convenido.

—Le has dicho bien cuanto te recomendé?

—Sí, se lo dije todo.

—¿Vendrá?

El pilluelo calló.

—¿Vendrá ó no?—tornó á preguntar Casares, que era hombre de poca paciencia cuando trataba con seres mas débiles que él.

Orejon, á quien el hambre, el sueño y el frio, quitaban fuerzas para hablar, hizo un esfuerzo sobre sí mismo, temiendo sin duda alguna caricia demasiado viva de su maestro, y contestó, por fin:

—Vendrá esta noche; estará á las diez entre el cuartel de Inválidos y la capilla que hay próxima á él...

—Está bien; ya has ganado el dia, hijo mio.

—¡Maestro!—exclamó el pilluelo viendo abiertas con esas palabras las puertas de su felicidad que, sin embargo, seria como siempre muy efímera.

—Vé á mi casa, toma la llavé; almuerza allí y duerme en mi cama. Ya ves que soy agradecido... Si á las doce de la mañana no estás aquí con mi almuerzo, te aplasto contra la pared; ¿lo entiendes? ¡Ea, vete!

Tomó Orejon la llave que se le daba y hubiéramos desafiado nosotros á los galgos mas corredores de esta coronada villa, á que alcanzaran al pilluelo en la carrera que tomó.

Casares, encendió un cigarro, y mascullándolo juntamente con una cancion, continuó el interrumpido arreglo de su barraca.

No cesó Orejon de mover rápidamente sus piernas hasta que hubo llegado á la calle del Meson de Paredes.

Casi al fin de ella existe una casa de mezquina y sucia apariencia, en cuyo angosto portal entró el pilluelo.

Saltó despues los desvencijados peldaños de una oscura escalera, cruzó varios corredores que la casa tenia por ser de las llamadas de vecindad, abrió una puerta marcada con el número trece y entró en la boardila de Casares.

No nos detendremos en la descripcion de esta morada porque nuestros lectores se formaran^ fácilmente idea de la pobreza y desarreglo que allí reinaban.

Solo sí diremos que en una mal sostenida mesa habia imágenes en barro de dos ó tres santos, y pendiendo otras en papel de las mugrientas paredes.

Es muy frecuente hallar estos objetos de sagrada representacion en las moradas del crimen.

Quizás creen los criminales que por este medio ocultan mejor la verdad de su vida á los hombres: pero ese medio por el que pretenden hacer cómplice y encubridor de sus delitos á Dios, solo sirve para que este, mas justamente irritado, les señale á los hombres con el dedo de su cólera divina.

Proveyose Orejon de algunas mezquinas viandas, y sentándose en el suelo, no comió, devoró: tan exigente era el hambre que sentía su estómago de niño.

Solo cuando se convenció de que el plato no era cosa de comer y de que los dedos de que se habia servido no debian serlo tampoco, pensó en dormir.

Pero temia mucho los enojos de Casares, porque en todo su cuerpo tenia pruebas inequívocas de que le eran temibles.

Y como le convenia mucho evitar aquellos enojos, ya porque al mismo tiempo evitaba golpes, ya porque quería ver cumplidas algunas promesas de su maestro, y recordaba tambien la brusca amenaza con que el ropavejero le habia despedido al recomendarle que á las doce se encontrara en el Rastro, temblaba el pobre niño ante la posibilidad de entregarse al sueño pesado que su cansancio le demandaba y que le privaría de levantarse á hora oportuna.

Otro niño, á esta edad, no hubiera tenido semejante sospecha.

Pero los sufrimientos, las contrariedades, la desgracia agrandan mucho y hacen precoces las inteligencias de los humanos, destinados á enseñarse por la adversidad, los desengaños y el dolor.

Vínole entonces á la imaginacion una idea que concillándolo todo, le hizo saltar de alegría.

Salió precipitadamente de la estancia, y sin detenerse en contemplaciones, golpeó con fuerza una puerta del pasadizo, que estaba fronteriza á la del cuarto de Casares.

Una voz aguda, desapacible y estrindente como el sonido de la lima al morder el hierro, contestó de un modo brusco á la mas brusca llamada de Orejon.

—Soy yo, abuela—dijo el pilluello.

Se oyó el descorrer de un cerrojo.

Y un rosfro de mujer anguloso, arrugado y repugnante asomó ante Orejon.

Figúrense nuestros lectores, una boca hundida, una nariz roja y prominente, una frente achatada, unas mejillas secas y ennegrecidas, unos ojos pequeños, escondidos, un cráneo casi calvo, un bello cano sobre aquella boca, y unos pómulos salientes; concierten todo eso y tendrán una idea un tanto aproximada de la asquerosa cabeza de aquella anciana.

Estos tipos no son raros en Madrid.

La abuela, y así la llamaremos porque por este nombre era conocida, no pareció complacerse mucho con la visita de Orejon, y con voz temblona pero acentuada de cierto despotismo, preguntó al pilluelo discipulo de Casares:

—¿Qué quieres?

—Abuela—dijo el pilluelo—haré á V. algunos servicios de valde, si quiere hacerme hoy un favor.

—¡Siempre vendrias tú á molestar á las gentes!

—Perdone usted, abuela, pero ganará usted con esto, y la daré algunos cuartos cuando me los dé el maestro.

—Habla pronto—dijola vieja, con acento mas apacible, si el suyo podia dejar de ser brusco alguna vez.

—He ido ayer á....

—¿A dónde?—preguntó la abuela viendo que el niño se interrumpía.

—A Vicálvaro; pero que no sepa el maestro...

—Descuida, y si quieres, habla mas bajo.

—Pasé toda la noche andando, recibiéndo toda la helada que fué fuerte...

—Y...

—Y llegué esta mañana; vine á casa, almorcé...

—¿Qué me importa todo eso?

—Tengo sueño, abuela, mucho sueño y no me atrevo á dormir porque el maestro me dijo que á las doce vaya al Rastro...

—¡Ya! quieres que yo te despierte á tiempo.

—Sí, señora, á las once y media.

—Pero—dijo la vieja acercándose mas á Orejon—el maestro no tiene consideracion contigo; ¡Obligar á un niño á hacer tales cosas!

—El maestro dice que es necesario que me acostumbre á ellas si he de llegar á ser algo.

Este algo equivalía en la boca de aquel infeliz, á decir: un buen ladron.

—¿Y á qué fuiste á Vicálvaro?—preguntó la vieja fingiéndo indiferencia por saber lo que preguntaba.

—Perdone usted, abuela, pero no quiero decirselo. El maestro y usted están ahora reñidos...

—Bueno; ¿desconfias de mí? pues anda, ve á dormir, pero no seré yo quien te despierte.

—¡Abuela!

—Lo dicho. ¡Haga usted un favor despues de que le tratan como á un estraño ó á un enemigo!

—No, usted no me ha hecho daño alguno;pero...yo no puedo decir lo que usted me pregunta.

—¿Por qué?

—Porque el maestro me ha dicho muchas veces que me retorcerá el pescuezo el dia en que yo le haga una mala partida.

—Bueno, no hay mas que hablar. ¿Creés que me importa algo eso ni otra cosa que sea de tu maestro? Véte á dormir.

—¿Me despertará usted, abuela?

—No, ya lo sabes.

—La daré á usted cuartos mañana, haré lo que me mande, abuela...

—¡No y no! No quiero nada con gente desagradecida. El infeliz pilluelo se caia de sueño, y la vieja conocía demasiado el estado de Orejon.

—Mire, usted abuela, si no le dijera nada al maestro..

—¿Te olvidas qué estamos reñidos?

—¡Es verdad! pues bien; lo diré... Los ojos verdes de la anciana giraron con rapidez en las cóncavas órbitas, destellando una mirada ávida.

—¿Acabarás de hablar?

—Fui á ver á un amigo del maestro, que vendrá esta noche á Madrid. Ya lo sabe usted todo, voy...

—Sí, vete, y duerme hasta mañana.

—¡Cómo!

—No me has dicho nada: cualquiera que esté en Vicálvaro, ¿no puede venir esta noche á Madrid?

—No... esperaba aviso; porque le han tiznado los jueces en los periódicos...

—Bueno, dime el nombre y te despertaré.

—Se llama, se llama... abuela, no sé el nombre.

—Mientes, bribon!

—Se llama Alma Negra.

La abuela oyó el nombre sin conmoverse; se enteró de algunos pormenores más, y despidió á Orejon prometiéndole que le despertaría.

Despues salió á la calle.

Y bien sabe Dios, y bien supo despues Orejon, que la aborrecible vieja se cuidó de todo más que de cumplir la tal promesa.

Orejon durmió tranquilamente, y cuando despertó eran las cuatro de la tarde.

A haber dormido con temor, hubiera quizás despertado á la hora oportuna, porque esto acontece con frecuencia; pero, confiado en la promesa que había logrado de la vieja á tanta costa, durmió profundamente.

Imposible nos sería describir la desesperacion que se apoderó del desgraciado huérfano, cuando, al levantarse, y conocer que le habian engañado, presintió la terrible cólera de Casares.

Quiso huir, quiso no volver más á aquella morada, quiso matar á la abuela ó vengarse de ella quemando su zaquizamí; quiso todo que las malas pasiones que germinaban en él, irritadas por aquella contrariedad, le demandaban.

Haber dicho un secreto de Casares, haber confiado en la abuela que odiaba al maestro, haber faltado al despótico mandato de este...

Cuanto más Orejon pensaba en el peligro que la ira de su maestro y la falacia de la vieja le deparaban, tanto más desesperaba de poder alejar aquel inminente riesgo.

Pero, decidido al fin á todo, salió de la habitacion de Casares, cerró la puerta dejando la llave debajo de ella, y puso sus piés en la calle, jurando decididamente no volver á ver á Casares.

Y cuando salia llorando de aquella casa el pobre niño que poco antes había entrado en ella alegre y feliz, entraba riendo de una manera incisiva, y valiéndose de la llave dejada por Orejon en el cuarto de Casares, la vieja que no hacía muchos dias habia salido de él llorando descompasadamente.

Tales son los contrastes de los humanos.

La noche habia cerrado ya completamente.

Una niebla densa y helada ahogaba las luces del gas, é impedia que dos personas se conocieran á la distancia de cuatro pasos.

El paseo de Atocha, desde la fuente llamada de la Alcachofa hasta el templo que es hoy Basílica, parecía desierto, y negro como boca de lobo.

Y decimos parecía desierto, porque no lo estaba en realidad.

Arrimado á la pequeña ermita del Angel y embozado en ancha capa, estaba un hombre.

No hacia un solo movimiento: hubiérasele creido petrificado.

Así permaneció por espacio de media hora, sin revelar el menor síntoma de impaciencia.

Los ladrones, como hombres muy acostumbrados á la espera, se enseñan á tener paciencia y dificilmente se hallarán otros que la tengan tan sostenida.

Al cabo de la media hora, un hombre, apartándose del camino de Vallecas, se acercaba á la ermita.

Escudriñó con mirada profunda los alderedores, pero nada pudo ver distintamente, porque la niebla se lo impedia.

Paseó al derredor de la ermita y no tardó en tropezar con el primero.

Al verse, ambos se conocieron, y con acento breve se dirigieron las siguien es lacónicas frases:

—Casares?

—Yo soy.

—¿Hay seguridad?

—Sí.

—¿Y á dónde vamos?

—A mi casa. Sin decir más palabra, los dos hombres, embozados hasta las cejas, enderezaron sus pasos hacia la fuente de la Alcachofa, y siguieron su camino por entre la arboleda de la calle de Atocha.

Salgámosles nosotros al encuentro en la morada de Casares que ya conocemos.

Allí, y apoyados los codos en una mugrienta mesa donde se ven los restos de una comida, platican silenciosamente.

Oigamos su conversacion; porque debe sernos de mucha utilidad para comprender los sucesos de esta historia.

—Sabes—decia el bandido—que por sus hechos habia merecido el renombre de Alma Negra que llevaba con orgullo.

—Sabes que desde el año de 1855 me sigue los pasos la justica.

—Sí, ya lo sé—decia Casares—pero aun ignoro tus hazañas de entonces.

—¿Quieres saberlas?

—Sí, la noche es larga y podemos hablar de todo.

—Pues escucha y bebamos, dijo Alma Negra buscando á tientas el jarro, porque la prudencia de Casares habia creido conveniente apagar la luz.

Haremos gracia á nuestros sensatos lectores de las frases soeces de los dos bandidos, porque creemos que les repugnarán como á nosotros, y referiremos por nuestra cuenta el suceso que el terrible bandido recordaba al comenzar la historia de las que él llamaba sus hazañas.

Estamos en el año de 1855, y en la bella ciudad de Sevilla.

Promediaba el mes de Abril, mes que habia de dar á la historia del tercer tercio de Guardia Civil una página gloriosa.

Breve tiempo habia trascurrido desde que un Guardia llamado Pedro Plata, habia sido vil y traidoramente asesinado

No era posible que el asesino quedara impune y los Jefes del Tércio dispusieron que el cabo 1.° Fernando Fernandez, corriese en activa persecucion del criminal, secundado por cuatro Guardias que eran, como él, del puesto de la capital, y que se llamaban José Martínez, Juan Rebollar, Saturio Espósito y Matías Martinez.

Tomaron ruta los cinco Guardias, aparecieron en los campos de Constantina, y al amanecer del dia 23 descubrieron en los Barrancos de Upa, (1) una partida de treinta hombres que cabalgaban armados con enormes trabucos y otras armas ofensivas en número no escaso.

El golpe de vista de un Guardia Civil que tiene alguna práctica y perspicacia, no le engaña nunca.

Aquellos Guardias sabian que en aquel caso, como en todos, se les mandaba no contar nunca el número de los enemigos, fuese el que fuere.

Y así, juzgando que serian contrabandistas, ó quizás facciosos, pero siempre hombres que las circunstancias recomendaban conocer bien, los cinco intrépidos Guardias ordenaron el alto á aquellos treinta hombres que tenían mayor abundancia de armas, briosos caballos y las ventajas consiguientes á esas dos.

No pensaron los contrabandistas en sobornar con el oro á los cinco Guardias, porque la esperiencia ha hecho ya correr como axioma proverbial entre los contrabandistas el siguiente, que aunque corto y mal perjeñado, dice mucho: ni por uno ni por mil—á la Guardia Civil.

Y de ahí que, envalentonados por el número los defraudadores de la Hacienda, contestasen bruscamente con una descarga á quema-ropa, que abrasó á los cinco individuos de la Guardia Civil.

El guardia adelanta solo, hace fuego, y acomete con la bayoneta...

Pero, ¿Cómo estarán arraigadas en las voluntades de los individuos de esa institucion, las máximas sobre que esta se asienta, cuando aquellos cinco hombres, afrontando cara á cara una segura muerte, buscan posicion, cierran con los contrabandistas y traban brazo á brazo, cuerpo á cuerpo, una lucha gigantesca contra los treinta ginetes?

¿Qué cosa hay heroica si no lo es esto?

¿No es esto gloria y loor para esos individuos, para los jefes que tales hombres mandan, para la institucion, y para la patria que esos hijos tiene?

Y cuenta que no hacen los Guardias otra cosa que imiíar dignamente á sus jefes como estas Crónicas y las genuinas del cuerpo lo demuestran (2).

El combate llevaba media hora de duracion.

Increible parece que cinco hombres se sostengan tanto tiempo en lucha abierta con treinta.

Pero, exasperado ya el guardia José Martínez, adelanta solo en medio de los caballos, hace fuego, y acomete con la bayoneta á los contrabandistas.

Europea, más que europea, universal es hoy la fama

que el soldado español se ha conquistado con aquella arma.

Un diplomático inglés ha dicho:

—El soldado español —con la bayoneta en la mano— no es un soldado, es una bala de cañon que cae sobre el enemigo.

De esta verdad hay recientes pruebas; y cuando narremos las cargas dadas por la Guardia Civil en Africa, las mostraremos detalladas.

Los Guardias Fernandez, Rebollar, Espósito y los dos Martínez, ven el peligro de su compañero, y le apoyan denodadamente; pero bien pronto, víctima de su ardimiento, cae aquel en medio de los contrabandistas revuelto en la gloriosa sangre qne manaban sus numerosas heridas.

Habia muerto.

Cuatro guardias quedaban solamente en combate.

Ciegos ya, se arrojan sobre los ginetes, hieren y son heridos; el cabo Fernandez hiere á dos, se rompe su fusil, le coge por el cañon, y con la culata hace besar la tierra y mata á tres de los contrarios.

No desesperanzaban los contrabandistas de vencer á los cuatro guardias que quedaban, pero veian que la esperanza iba costándoles muy cara ya, y que fuera fácil que les costara más aun.

Entonces proyectan la venganza más criminal, más villana, más miserable que de ellos podia salir.

Rodean al cabo Fernando Fernandez, le cojen, y huyen vergonzosamente ante el fuego de Espósito, Martínez y Rebollar.

Pero huyen con Fernandez en medio, huyen arrastrándolo en su carrera, huyen injuriándolo, pisándolo, abriendo sus heridas, escarneciéndolo.

¡Cobardes y villanos eran aquellos hombres que ni aun sabían respetar el valor desgraciado!

Salvando distancias, llegan los contrabandistas á lugar seguro, y allí....

La pluma tiembla en las manos, y el corazon rebosa ira profunda al intentar describir lo que allí pasó.

El heróico cabo es colocado sobre un despeñadero, y aquellos hombres miserables, haciéndole servir de blanco, se divierten en disparar sobre él, en medio de beodas carcajadas, frases insultantes y ademanes brutales.

¿Qué hombre no hubiera visto agotadas sus fuerzas en lucha tal?

¿Qué hombre al ver segura la pérdida de su existencia, no hubiera implorado compasion, no hubiera pedido la vida?

Exánime, sin armas, sin poder luchar, cualquier acto suyo hubiera encontrado justificacion.

Pero.... Esta es la GUARDIA CIVIL.

Y entonces, en la alternativa de morir inerme en las manos de aquellos traidores asesinos, ó morir en las del Dios de los buenos, hizo el cabo Fernandez un esfuerzo supremo y se arrojó por el despeñadero.

Moribundo le hallaron sus compañeros que llegaban desalados á auxiliarle, á pesar de las heridas que tenían.

El cabo fué nombrado sargento con la cruz de San Fernando pensionada; y los otros Guardias recibieron el inmediato ascenso y cruces pensionadas de M. I. L.

Sus nombres vivirán siempre en los fastos de la Institucion.

Tal es el suceso que Alma Negra refirió sucintamente á Casares.

Y si le llamaba hazaña, no era por cierto por la parte que en él habia tomado la Guardia Civil, sino por la de los contrabandistas, entre los que se encontraba en aquella época Alma Negra.

Decir como este célebre bandido comentó los hechos, nos parece escusado.

Baste saber que se glorió de haber disparado sobre el Cabo, cuando á este le era completamente imposible el defenderse.

—Ha ido desde entonces—dijo el viejo bandido para concluir—me he visto en otras no peores. Hasta aquella época pude vivir con mas espacio, sin embargo de que ya en 1845 nos vimos en aprieto.

—Lo recuerdo y es verdad—dijo Casares.

—Aquí, en Madrid fué, y así empecé yo mi carrera.

—¿No lo has olvidado?

—No; fué mi primer negocio.

—Entonces nos conocimos.

—Sí; nos dieron aviso á tiempo, y gracias á nuestras piernas evitamos caer como los otros, en manos de la Guardía Civil (1).

Continuó Alma Negra la relacion de sus crímenes, y se enorgullecia de tenerlos en abundancia.

Criminales habian sido sus abuelos, sus padres, sus hermanos y criminal tambien la mujer con quien se había casado.

Educado él en tan fatal escuela, seguía por el camino del crimen, ahogando la voz de la conciencia y la voz de la piedad, si alguna vez querían hablar en él.

Casares envidió las hazañas de aquel hombre, y estimulado por su amor propio de bandido, se creyó en el deber de narrar las suyas.

Y nunca en mejor ocasion podríamos decir:

Al par los dos miserables sus crímenes enumeran, y debe salir premiado el que mas crímenes tenga.

Antes empero, y por estar ya muy avanzada la noche, Alma Negra interrumpió á Casares haciéndole varias preguntas, cuyas respuestas no quería sin duda retrasar.

—Sabes—le dijo—¿dónde está mi mujer?

—¿Pues no vivía contigo?

—Hace ocho años tuve que salir pricipitadamente de Madrid, y la dejé con su hijo recien-nacido. No he vuelto á saber de ella.

—Ni yo: pues en aquella época andaba por Galicia.

—Recomendé á su madre que la cuidara hasta que yo pudiera llevarla conmigo...

—Mañana podrás averiguar algo.

—Lo haré, porque puede convenirnos. En otro lugar, nó saldría yo á la luz del sol; pero en Madrid estamos nosotros mas seguros que en otra parte cualquiera.

Cuéntame, cuéntame tu vida, que por lo que veo no tiene testigos en nada.

—Te equivocas: he tenido hasta hoy conmigo el niño que te habló ayer.

—No es tonto—dijo Alma Negra encendiendo un negro cigarro capaz de rajar una garganta forrada de cobre.

—Pero desde esta mañana no le he vuelto á ver.

—¿Sabe algo?

—No puede hacerme daño nunca, y él volverá á mí cuando no tenga que comer.

No hizo Casares mas comentarios acerca de la conducta del niño que en aquella hora se deslizaba por las calles mas oscuras de Madrid, casi desfallecido por el frio y el hambre.

Casares solvió á su historia.

Y dijo á Alma Negra cosas nuevas y cosas ya sabidas por este.

Casares habia sido recomendado á Alma Negra por Juan Bautista Sanchez, álias Guancha, célebre criminal que en 1832 mató á su padre, que llevó despues veinte años de vida nómada, oscura y que al fin cayó en poder del sargento 2.° Leandro Lago y los guardias Antonio Navarro y Fernando Sanchez, destacados en Sanlúcar la Mayor.

Otro de los episodios de la inquieta vida de Casares se relacionaba íntimamente con otro crimen semejante al de Guancha.

Hallándose en la villa de Cangas (Oviedo), conoció á una mujer.

E ignoramos por qué causas obligó á aquella á asesinar á un hijo legítimo que tenía de edad de un mes.

Estos misterios son muy frecuentes en la historia de la estadistica criminal.

Si en alguna ocasion hallamos espacio para hacer varias observaciones acerca de los crímenes y sus principales causas, esplayaremos algunas ideas que, aunque no fuera del asunto, distraerían aquí la atencion del lector.

Pero es lo cierto que el niño fué hallado muerto, sin un brazo, sin la cabeza.... lleno de lesiones que revelaban el ensañamiento de la madre y no es menos cierto tampoco que el sargento 2.° Antonio Suarez y los guardias Manuel Prieto y Domingo Valiño, aprehendieron á la madre que confesó un crimen que es muy raro, un crimen que solo viéndolo puede creerse; tanto repugna al sentido social, y á los lazos con que la naturaleza liga á la humanidad.

Otros sucesos contó, y otros se calló Casares; pero en casi todos los primeros tomaba muy activa parte la Guardia Civil.

Y puede decirse que desde su fundacion, no hay autos de causa criminal en que no hable, así como no hay desastres en que no figure.

Quien lea los partes mensuales de todos los Tercios, conocerá por completo la estadistica de crímenes y desgracias de España en aquel mes.—Urge solamente el aumento de fuerzas en tan importantísimo Cuerpo.

Cansados al fin de hablar aquellos dos hombres que eran hermanos en el crimen, pensaron en dar reposo al cuerpo y á la imaginacion agitada por sus recuerdos.

Al efecto, dieron fin al enorme jarro de vino que sobre la polvorienta mesa se ostentaba, y tendiéndose ambos en la cama de Casares, que conservaba aun la huella hecha en malhora por Orejon, se entregaron bien pronto á un profundo sueño.

Eran las tres de la mañana.

Y en aquel momento, una sombra que parecia no tocar al suelo se separó de la puerta del zaquizamí de Casares.

Era la abuela.

Enterada por el pilluelo de la venida de Alma Negra, quiso saber cosas que sin duda la convenían.

Al ver salir á Orejon, entró en el cuarto de Casares clandestinamente, pero recordando que por un suceso igual habia salido de él, pocos dias antes bastante malparada.

Fisgoneó á su placer, porque esto era un placer en aquella anciana, y salió despues dejándolo todo en su estado anterior y la llave en el intersticio inferior de la puerta.

Llegada la noche esperó con alguna intranquilidad la llegada de Casares, y al verle desde la entornada puerta de su habitacion, procuró distinguir la fisonomía de su acompañante; pero la oscuridad no se lo permitió.

Tuvo un momento la esperanza de cumplir su deseo, con ayuda de la luz que Casares habría de encender en la estancia.

Pero la luz que era muy escasa, brilló muy cortos momentos y la abuela se contentó con escuchar ansiosamente las frases de la plática de los dos bandidos, que aunque en voz muy baja conversaban, de algunas palabras pudo la vieja comprender algo, y lo que pasó por su mente al comprenderlo, lo esplicaremos en la oportuna ocasion.

Y solamente cuando se convenció de que los bandidos se habian entregado al reposo, entró en su estancia.

Volvamos ahora á Orejon, porque no es justo que á un niño tan débil, lo dejemos solo tanto tiempo por esas calles.

Como sabemos, el miedo y terror pánico que Casares le inspiraba, le habian aconsejado evitar un encuentro con el mercader del Rastro.

Triste y desesperado, vagó por las calles de esta coronada villa, y despues de anochecido, se sintió con grandes ganas de probar alimento.

Al verse entonces solo, sin amparo, sin persona que le socorriese, se sentó en el dintel de una puerta, en la calle de Toledo, y lloró con amargura y desconsuelo conmovedores.

Nadie, sin embargo, se fijó en él popque el pilluelo ahogaba aunque penosamente los sollozos y ocultaba su rostro entre sus brazos que tenia cruzados sobre las rodillas.

En aquel momento, las palabras de un hombre honrado y bueno, hubieran salvado al infeliz, apartándole de la infame senda donde sin poder comprenderlo, ponía sus pies.

Un momento hubo en que llegó á su imaginacion la idea de cometer un delito.

—Robando—se dijo—me llevaran á la cárcel y allí comeré.

Dominado por esta idea, se levantó mas tranquilo y comenzó á subir la calle.

Queria efectuar el delito casi delante de los Guardias veteranos, como entonces se llamaban, para acelerar de este modo su llegada á la cárcel ó á la Prevencion.

Y así que se vió cerca de la pareja que servia en la esquina del teatro de Novedades, buscó un objeto que robar.

Se fijó en uno de los varios que una tienda fronteriza presentaba al público.

—En la cárcel—decia entre sí el desgraciado niño— en la cárcel me veré tambien libre del maestro.

Este pensamiento le salvó.

Ocurrióle la idea de conseguir dos cosas en vez de una.

Quiso vengarse de Casares, haciéndole traicion.

Entonces conoció que robando á Casares, tendría que comer, y que Casares no podría vengarse de él, porque podría delatar la venida de Alma Negra.

Pensó, pues, decididamente en tomar una terrible revancha.

Y, preocupado con aquella idea, no sintió ya cansancio, ni frio, ni hambre, ni tristeza!

Pasó como pudo la noche, una larga noche de invierno; y á medida que las horas corrían adquiría mayor consistencia el proyecto de venganza del infeliz niño.

Al amanecer recayó en la calle del Meson de Paredes, y se ocultó en un portal cercano á la vieja casa en que habitaba Casares.

Allí esperó á qne aquel, que llamaba su maestro, saliese.

Vió salir á la abuela y dijo entre sí:

—¡Bueno! yo daré tambien á la abuela lo que se merece. ¡Voy á pasar un gran dia!

Con el nombre de abuela conocian todos á la vieja; pero, como veremos luego, nadie mejor que,Orejon podia darla aquel nombre.

Decia, sin saberlo una verdad.

Pasó la hora en que Casares acostumbraba á salir y el pilluelo sintió alguna inquietud.

—¿No habrá venido esta noche?—se dijo.

Pero no tardó mucho en perder todo temor. Casares, que se habia retrasado hablando con Alma Negra, le dejaba en su morada y tomaba la direccion del Rastro.

No le convenia faltar á la tarea cuotidiana, porque viviendo una vida de costumbres enteramente ficticias, la menor murmuracion podría dañarle.

Siguióle Orejon con su ávida mirada hasta que desapareció de su vista doblando la esquiua de la calle de las Dos Hermanas.

Entonces respiró con libertad.

¡Iba á vengarse!

Orejon tenia sospechas del sitio en que Casares guardaba su dinero.

Robarle, y huir era su proyecto.

No pasó ni remotamente por su imaginacion la idea de que Alma Negra pudiera hallarse en la habitacion de Casares.

Y sin esperar á mas, el pilluelo se dirijió con paso acelerado á la casa.

El que enseña á robar, corre el peligro de ser robado por sus mismos discípulos. Esto le sucedia á Casares.

Orejon subió la desvencijada escalera, y llegando anhelante á la puerta del cuarto de su maestro se dispuso sin mas dilacion á saltar la cerradura.

Buscó Orejon en sus bolsillos algun objeto que apresurase el desquiciamiento de la cerradura, pero no encontró cosa que á su deseo conviniese.

Y no queriendo perder tiempo, introdujo sus pequeños dedos por la separacion del marco, tocó la lengua de la plancha, y dióse con el mayor sigilo al trabajo de descorrerla.

Pronto, sin embargo, tocó la imposibilidad de lograrlo por entero, porque el juego de la mano era muy penoso y forzado.

Ciego por la rabia ante aquellos obstáculos no previstos, apoyó sus manos en la puerta y la imprimió un rápido movimiento oscilatorio.

Aquello era ya un frenesí.

La puerta, aunque no muy sólida, tenia bien clavados los goznes, y el ruido que producía era tambien bastante débil.

Sin embargo, quien estaba dentro de la estancia, debió ser despertado por el ruido, pues oyose algun movimiento en el interior.

Ocupado Orejon con su trabajo, no lo percibió, hasta que sintió abrirse repentinamente la puerta.

En poco estuvo que el pilludo no cayera; y al reponerse vió delante de sí la imponente figura de Alma Negra que le dirigia miradas interrogadoras. Orejon no supo qué decir.

—¡Ah! ¿eres tú?—dijo Alma Negra á quien el sueño enturbiaba aun los ojos.

—Sí; yo soy... pero....

—¡Vamos, entra! ¿buscas á tu maestro?

—Sí... le buscaba...

Alma Negra cogió á Orejon por un brazo y levantándole con sorprendente agililidad, le hizo saltar al medio de la estancia.

Y sin duda no convenia al bandido el esponerse á las miradas de quien llegase al pasadizo, porque cerró con presteza la puerta y se acercó á Orejon.

El pilluelo permanecía lleno de estupor y sin saber qué decir ni qué hacer.

Aquel encuentro inesperado, no solo trastornaba todos sus planes, sino que le esponia de una manera segura, inevitable, á la venganza de Casares.

Era Alma Negra un hombre que avezado el crimen, no podia sentir lástima ni consideracion.

Errante siempre, siempre escondiéndose, siempre desconfiando de todos, se habia hecho célebre por los torcidos instintos de su alma, á la que sus compañeros de crímenes llamaron Negra.

Y, como hemos dicho, llevaba con orgullo este calificativo apodo.

Cuando él amenazaba diciendo:

—¡Me llaman Alma Negra!—ya podia temblar el amenazado porque esa frase era toda una historia de traiciones, de vilezas, de infamias, de sacrilegios, de crímenes en fin.

—¿Qué te trae aquí?—preguntó el bandido á Orejon—¿por qué querías descerrajar la puerta?

Al verse tan categóricamente interpelado, el pilluelo conoció que su contestacion debia ser tambien categórica.

Y conoció mas: conoció que se las habia con un hombre capaz de ahogarle tranquilamente si le cogia en engaño.

Entonces Orejon, refirió á Alma Negra los sucesos del dia anterior.

Pero, obligado por las circunstancias, le ocultó sus proyectos de venganza.

Y en vez de ellos dijole que teniendo hambre, y su poniéndo que el maestro estaría dormido, quería despernarle golpeando en la puerta.

Pareció exacta á Alma Negra la esplicacion del niño; porque los hombres muy acostumbrados á engañar, suelen ser en muchas ocasiones los mas fácilmente engañados: y porque á primera vista no hay acaso cosa que mas se parezca á la verdad, que una mentira bien estudiada.

Y en este punto, sin embargo de la diferencia de años, quizás engañara mejor Orejon al bandido que este aquel; porque creemos siempre á los niños más sinceros, por ser menos conocedores del trato, y amaños y falsías de los hombres, que á estos que viven en ellos.

Alma Negra aconsejó á Orejon que se proveyese de alguna vianda y fuera despues á buscar á su maestro, para desenojarle.

Orejon rogó al bandido que intercediese por él para evitar los furores de Casares, y Alma Negra le dijo:

—Anda, bribon, que si te rompe un brazo, bien merecido lo tienes. Asi aprenderás á no dormir demasiado.

Bajó el pilluelo la cabeza, perdida toda esperanza de un buen arreglo con Casares, y como el hambre le aguijaba muy justamente, comió algo, bebió mas y dijo á Alma Negra que iba á buscar al maestro.

Pero su pensamiento no era este: éralo, sí, el salir de la presencia del bandido y no volver á ponerse al alcance de los terribles brazos de Casares.

Detúvole Alma Negra, que quería matar algunas horas hablando de cosas que podian serle de utilidad; y prometiendo al pilluelo aplacar á Casares cuando este llegase á las doce, le interrogó acerca de los menores detalles de la vida del que entonces pasaba por mercader del Rastro.

Estas preguntas fueron un rayo de luz para Orejon que no habia abandonado aun la idea de su venganza.

Hacer que Alma Negra fuese enemigo de Casares, le pareció muy fácil y se decidió á conseguirlo.

—El maestro—dijo—me conoció hace dos años. Yo salí de la cárcel recomendado á él por un amigo suyo que está aun allí, y desde entonces he venido siendo su compañero.

—¿No tienes madre?

—No lo sé.

—¿Y padre?

—Tampoco lo sé. Recuerdo muy confusamente que he vivido con mi madre y con una vieja. Pero un dia vinieron á prenderlas y desde entonces no he vuelto á saber de ellas; ni las conocería si las viera, porque era yo muy pequeño entonces.

—¿Qué hace Casares aquí?

—Poco conocido, pero mucho oculto para todos.

—¿Sabes algo?

—Yo...

—¡Habla! ó te ato hasta que venga tu maestro y entonces, no daré un real por tu vida.

No necesitaba Orejon estas groseras amenazas para decir lo que pensaba.

Meditó cortos momentos, recordó algunos hechos, inventó otros y comenzó así:

—El maestro tiene cuatro amigos consigo y de vez en cuando dan algunos golpes. Se crée muy seguro en Madrid y no teme nada.

Pero el maestro no tiene ley á las personas que le hacen favores. Yo le he servido siempre bien; fui el que le salvó de un riesgo grande al robar la casa de un señor en la calle del Lobo (1) y me trata muy mal.

—Tú lo tendrás bien merecido.

—Anteayer me dijo que fuera á Vicálvaro y me dió otras instrucciones.

—¿Cuáles?

—Pregunta á Alma Negra—me dijo—pero de modo qae no sospeche, si trae dinero consigo.

—¿Cómo?

—Así me dijo; y yo creo...

Orejon se interrumpió.

Habia sentido pasos en el corredor.

—¿Por qué te paras?

—Crei que era el maestro; es la abuela que vuelve.

—Sigue y habla bajo. ¿Qué proyectaba Casares?

—Proyectaba... robar á usté si traia dinero, porque cree que usté debe ser rico.

Lo que pasó por el bandido al escuchar estas palabras, no puede describirse.

Se levantó del taburete en que se sentaba, cogió con su robusta mano el cuello de Orejon y suspendiendo en el aire al pilluelo, exijió con imperativo acento mayores esplicaciones acerca de lo último que le habia dicho.

Orejon, puesto de golpe en alquella postura, sentía que se ahogaba, que afluia la sangre á sus ojos; y mudaba su rostro tantos colores como el arco-iris tiene.

Su situacion con respecto al embrollo en que se habia metido, era tan mala como la posicion que en aquel momento afectaba.

Se apresuró sin embargo á prometer á Alma Negra cuanto deseaba saber, rogándole que le pusiera de modo que le permitiese hablar con mas completa holgura y libertad.

Complacióle Alma Negra, conteniendo á duras penas los sanguinarios instintos de su corazon, y con voz opaca pero despótica, exclamó:

—Vas ádecirmelo todo... ¡y pronto!

El pilluelo, en quien no cabia la muchísima prudencia que su situacion aconsejaba, perdió con estas palabras la poca que podia quedarle y haciendo frente á todas las consecuencias que por aquella delacion pudieran sobrevenirle, se arrojó de lleno á la realizacion del sañudo proyecto de venganzas.

—Sí—dijo con acento firme—yo sé que quería robar á usté, matándolo antes en algun sitio bastante apartado... La compañía de usté le estorba hoy para sus negocios; las reparticiones tocarían tambien á menos. Y siendo usté muy conocido y buscado, es arriesgada su compañía y podrian, por usté, descubrirle.

Usté le escribió pidiéndole consejo sobre si vendría ó no Madrid; el maestro no quería contestar... pero solo lo hizo y le consejó la venida, cuando pensó en sacar con ella algun buen partido.

Orejon se detuvo un momento, porque su respiracion era difícil y desalada.

Todos los músculos hercúleos de Alma Negra saltaban bajo de las toscas ropas que los cubrían.

—Le he visto—continuó el pilluelo—le he visto preparar sus armas.

—¿Dónde están?—preguntó Alma Negra dirigiendo á su alrededor miradas ávidas.

—¿Dónde?... Allí, en aquel arcon; ha cargado el naranjero y limpiado algunas hojas.

—¿Sabes algo mas?

Le juro á usté—dijo Orejon insistiendo en su proyecto y sin dar treguas á la ocasion—que el maestro...

—Bueno. Si me engañas, lo sabremos cuando llegue.

Esta frase consternó al pilluelo que sin reflexion alguna se habia enzarzado en caminos harto espinosos y de' suyo difíciles para él.

—No... no quiero verle...—dijo;—se vengará de mí.

—Yo te defenderé, pero es necesario que te halles aquí cuando llegue.

En aquel momento las campanas de las iglesias parroquiales hicieron la señal de la hora de doce.

—¡Son las doce!—exclamó Orejon—las doce... y va á venir! Déjeme usté que prepare algun almuerzo al maestro y le salga al encuentro en el Rastro, para evitar su venida.

—¡Sí, eso es lo que yo deseo! Le espero, y como sea verdad lo que me has dicho...

Alma Negra interrumpió sus reflexiones en voz alta, para continuarlas mentalmente.

Esperaba con ánsia voraz, á escuchar los pasos de Casares en el corredor.

—Bien; me esperaré— murmuró Orejon.

Pero no pensaba seriamente en esponerse á los riesgos de permanecer allí.

Concibió el proyecto de huir, y fingiendo haberse decidido á lo contrario, comenzó á ocuparse en cosas que no llamasen marcadamente la atencion de Alma Negra.

Y despues, con gran disimulo, aprovechando el insimismamiento del célebre criminal, llegó, pero con una naturalidad perfectamente supuesta, á la puerta de la estancia.

Pulsó la llave, dióla vuelta, abrió y se lanzó al corredor.

Siente pasos de persona que sube, conoce por ellos á Casares, se vuelve rápidamente como un pequeño leon herido por el cazador, ve abierta la habitacion de la abuey dando un grito de suprema alegría, se arroja en la morada de la anciana.

Se habia salvado, y trabajo y sustos le costó el ponerse en franquía viéndose entre los dos foragidos.

Nuestros lectores supondrán ya la velocidad empleada por Orejon en aquellas críticas circunstancias.

Pensar y hacer, todo fué uno.

Y cuando Alma Negra asomó en el pasadizo su rostro amenazador, vió á Casares que, ageno á lo que le esperaba, se aproximaba tranquilamente.

Alma Negra ahogó las primeras ráfagas de su concentrado encono, y luego que Casares estuvo dentro de la estancia, cerró la puerta con convulsiva mano y se guardó la enmohecida llave sin que Casares parara mientes en tales maniobras.

Lectores que nada quieran dejar sin saber, nos preguntarán el por qué de hallarse abierta la estancia de la abuela.

No era casual esto.

La anciana, segun su costumbre, escuchaba en la puerta de otros vecinos, cuando sintió al mercader del Rastro.

Sin embargo de no haber cerrado la suya no quiso hacer creer que huia de Casares y le esperó, dejándole pasar delante.

Y cuando aquel entraba en su estancia, entraba en la suya la abuela, cerraba, se volvía y veia á Orejon, que lívido y tembloroso, estaba mal oculto debajo de una mugrienta mesa.

En dos acciones simultáneas se divide ahora la accion principal de nuestra Crónica, y aunque tengamos que relatar ambas, indecisos estemos en cuál preferir.

Pero oigamos primero las exclamaciones de la anciana al encontrarse con Orejon.

Que Orejon habia ido allí á robarla, fué la sospecha que primeramente concibió la abuela.

Y no dudando de ello—dijo acercándose á Orejon con ademanes descompuestos y amenazadores:

—¿A qué has venido aquí, bribon? Orejon, repuesto ya y mas tranquilo, dejó la mesa y llegando hasta la octogenaria mujer, la dijo con un acento que no podia inspirar sospechas:

—He venido huyendo del maestro. Ha entrado ya en su cuarto y puedo salir cuando usté quiera.

No pareció inverosímil a la vieja la esplicacion del niño, por haber ella visto la llegada de Casares; pero, cuando tanto afan tenia por saber cosas de los demás que no la importaban, ¿cuánto no guardaría para aquellas que la atañían directamente? Escusado es decirlo.

Apresuremos ahora acontecimientos que de suyo son apresurados, y refiramos brevemente el drama que desde aquel momento comenzó á desenvolverse allí.

Dió el niño á la anciana cuantas esplicaciones aquella hubo menester para saberlo todo, y no la ocultó el odio que por Casares sentía.

Díjola que ella tenía la culpa de lo sucedido, por no haberle despertado como prometiera y solamente la ocultó la venganza que por esto habia querido tomar de la vieja huroneadora.

—¿Por qué te trata tan mal el maestro?—preguntó la abuela llevada por su invencible vicio de saber vidas agenas.

—No lo sé—contestó el pilluelo tristemente.

—¿Le has jugado algunas traiciones?

—No, al contrario; le hice bien siempre que pude, abuela.

—¿No tienes padres ó hermanos que te defiendan?

—No; soy solo. Nunca conoci á mi padre, cuando yo era muy niño se llevaron á mi madre y á mi abuela á la cárcel, y yo huí perdido por las calles. Esto es lo único que recuerdo.

Haber visto á la anciana cuando escuchó estas palabras, hubiera hecho retroceder á cualquiera.

Se arrojó sobre el niño, cojióle ei rostro con sus descarnadas manos y le miró de hito en hito.

Parecía buscar en aquella cara facciones conocidas, pero solo las madres conocen así á sus hijos y los padecimientos habían impreso su funesta é imperecedera huella en aquel rostro de niño.

—¿Cómo te llamas? —preguntó la vieja respirando penosamente.

El niño, que nada bueno creia adivinar en aquellos ademanes de la abuela, dijo:

—Ya sabe usté abuela que me llamo Orejon. ¡No me haga usté daño!

—¡No... no! ¡tu nombre no es ese, no puede ser! ¿Cómo se llamaba tu madre?

—No lo recuerdo.

—¿Y tu abuela?

—Se llamaba como usté.

—¡Como yo!

—Sí, yo la llamaba abuela.

—¿En qué calle prendieron á tu madre?

—No lo sé; pero, sí... me parece que habia una fuente delante de la cusa...

La anciana, con los brazos extendidos, la fisonomía descompuesta, y los ojos preñados de lágrimas, insistió acreciendo en anhelo:

—¡Tu nombre! ¡tu nombre verdadero! ¡lo sabes, lo recuerdas! ¡no quieras ocultarlo!

—¿Y qué le importa á usté saberlo? ¿Quiere usté que yo diga lo que no sé?

—¡Lo sabes, lo sabes! ¿Por qué temes en decirlo? Dímelo y yo te llevaré con tu padre.

—¿Con mi padre?

—Sí; porque tu madre ha muerto en la cárcel.

—¿La conocía usté?

—¿Qué si la conocía? ¿me preguntas tú si la conocia? Como conozco á tu padre; sé donde está, le oí hablar...

—¡Ah! ¿de veras me llevará usté con él?

—¡Sí... si! ¡Tu nombre!

—Juan.

En aquel momento un golpe inusitado se dejó sentir haciendo temblar todas las paredes de aquella secular casa, especie de colmena donde anidaban tantas abejas humanas trabajadoras del crimen.

La abuela, enterada ya por Orejon del conflicto en que el pilluelo habia puesto á Casares, adivinó lo que aquel golpe significaba; y abriendo la puerta de su desmantelado zaquizamí, se lanzó al corredor, sujetando á Orejon que pugnaba por desasirse y huir.

El niño se creia causa de lo que on la estancia de Casares estaba sucediendo, y á toda costa quería evitar un encuentro con cualquiera de los dos bandidos.

El característico rumor de una lucha cuerpo á cuerpo se percibía muy claro; se oyó el ruido de muchas puertas que se abrían, el de pasos precipitados despues...

Y en fin, el pasadizo aquel, vióse como por encanto poblado de hombres, mujeres y niños, que preguntaban noticias del suceso que así les alarmaba, revelando una. viva curiosidad sus ademanes, movimientos y repugnantes cátaduras.

Si los lectores se sienten movidos por igual curiosidad, muy fácil les será satisfacerla.

Entren con nosotros en la estancia de Casares, miren, escuchen, y si son mujeres, procuren que no las alcance algun golpe de los que allí se reparten abundantemente por los dos miserables.

¡Horror dá el pensar cuanto es el poder de la mentira!

Aun salida de la boca de un niño sin experiencia tiene poderío y fuerza irresistibles.

Un torcido deseo de venganza, alimentado por un niño, ponía frente á frente á aquellos dos hombres terribles que hubieran podido aplastarle con un pié.

La calumnia, aun entre los séres que de ella viven, aun entre hombres avezados al crimen y la vileza, tiene funestas, asoladoras consecuencias!

Terrible es siempre la calumnia.

El calumniador es un asesino; y su lengua vale por cien puñales.

No esperaba Alma Negra otra cosa que verse con Casares, y no esperó tampoco á mas así que lo hubo conseguido.

Se acercó á él y con acento bronco le dijo: —Acabo de saber que me vendias, que pensabas en hacerme traicion. ¡A mí, á Alma Negra!

—Estás loco—dijo Casares un tanto inmutado—ó has bebido de más y no sabes lo que te dices.

—¡Nó! ni estoy loco ni he bebido, ¡Antonio! Me han dicho eso; cuando lo oi estaba en mi cabal razon, y ¡antes de que me falte! quiero oir de tí mismo si es verdad.

Comenzó entonces entre aquellos hombres una lucha de palabras á cual mas soeces; lucha de refinada astucia que no hubiera tenido pronto fin á no lanzarse Alma Negra al arcon que le habia señalado el pilluelo y sacar de él, con un rápido movimiento, un trabuco que dirijió sobre Casares.

Este, sorprendido por aquel ademan que no esperaba, se sobresaltó; pero reponiéndose instantáneamente arrancó de sus hombros la cápa que de ellos pendia y se preparó á arrojarla sobre el rostro de Alma Negra.

Este, montó el arma que agitaba en sus manos, y apretó el gatillo con convulsa mano.

El tiro no salió.

El trabuco no tenia carga.

Orejon habia mentido al asegurar á Alma Negra que Casares habia preparado sus armas.

El mercader del Rastro, aprovechándose de la sorpresa de Alma Negra, le arrojó su capa privándole por algunos momentos de libre accion.

Y entonces, aproximándose ambos foragidos hasta asirse fuertemente, trabaron una lucha á brazo partido que dió por primer resultado la caida simultánea de los dos contendientes que rodaron abrazados siempre, por el pavimento.

Este golpe produjo la alarma que conocemos ya, en todos los moradores de aquella vivienda.

Alma Negra y Casares dábanse tremendas contusiones y las recibian, sin exhalar un queja ni una enconada maldicion.

Por azar de aquella sorda lucha, pudo Casares verse encima de su contrario y su puño de hierro descargó sobre el pecho de este tan temible golpe, que otro hombre hubiera quedado exámine.

Le faltó poco para esto á Alrm Negra; pero la cólera le dió el valor de los moribund is que luchan con la muerte, y arrollando á Casares, se le sobrepuso.

Entonces atenazó con sus crispadas manos la garganta de Casares, á cuyos labios asomó la sangre...

En aqUel momento la puerta de la estancia saltó hecha pedazos, con extraordinario estrépito.

Y aparecieron ante los luchadores, los vecinos de Casares, á cuyo frente se hallaba la anciana.

Esta, temerosa de que prevaliéndose de la confusion que allí reinaba, huyera el pilluelo que forcejeaba por lograrlo, le sujetaba fuertemente de un brazo.

El primer pensamiento de Alma Negra al ver que la puerta saltaba derrumbada, fué el de todo criminal que en idéntico ó parecido caso se encuentra.

—¡La Justicia!

Y al suponer allí la presencia de este gran poder social, no quiso ser habido con un cadáver entre las manos.

Rápido como una idea, porque en él el raciocinio dominaba al sentimiento, la cabeza al corazon, apartó sus manos de la garganta de Casares, y levantándose, miró con aire de desafío á los que de tan desusada manera ha» bian penetrado allí.

Casares, casi sin conocimiento y con menos fuerzas aun, permaneció tendido sobre los ladrillos, respirando de una manera penosa y estridente.

Lo primero que vió Alma Negra al tender su vista sobre aquel grupo de curiosas y mal aderezadas personas, fué una mujer.

Al vela, retrocedió algunos pasos, y por la fuerza que en aquel instante adquirió su mirada, podría adivinarse que á ella fiaba el conocer si era un sueño ó no lo que veia.

Duró poco tiempo esta lucha, pues mientras varios vecinos se acercaban á Casares, la abuela se aproximó temblorosa á Alma Negra y le dijo:

—¿Me conoces?

—¡Sí; eres Andrea!

—Y este... ¡¡es tu hijo!!

Malparado Alma Negra por la lucha, halló aun fuerzas para entregarse á la pasion que en aquel instante aparecía en su alma.

Indiscreto fuera ya dar mayor estension á esta Crónica, y el lector adivinirá fácilmente la confusion de escenas que allí tuvieron lugar de manera simultánea y no interrumpida.

Pero, coronó aquel imponente cuadro la presencia de un guardia del Tercio de Madrid, que se destacó en los desvencijados dinteles de la puerta.

Estaba sojo; al pasar por la calle el rumor de lo que acontecía llamó vivamente su atencion; subió la escalera y apareció ante los agrupados en la estancia de Casares, comprendiéndolo todo con una sola inspeccion.

Estaba solo, repetimos.

Y sin embargo, al verle, todos callaron, aproximándose como por instinto hácia las paredes.

¿Qué hombre de aquellos no tendría alguna mancha en su conciencia?

Un cuarto de hora despues, los grupos formados en la puerta de aquella casa, con la facilidad con que por cualquier cosa se forman en Madrid, se abrían dejando paso á Alma Negra atado y seguido por el Guardia Paez y las autoridades civiles que primero pudieron acudir.

Salió despues una camilla de la Beneficencia, dentro de la que exhalaba moribundo suspiro Casares.

¡Tal fin habia tenido una venganza de niño!

La abuela, marchaba tambien con Orejon y le decia al oido:

—No tengas miedo; despues que salga de la cárcel, podrás ayudarle á hacer negocios y yo os ayudaré tambien.

—¡Verás, abuela—decía el niño—que buenas ganancias vamos á tener!

La abuela ha muerto cayendo una noche en una alcantarilla abierta en una calle, y de ello tienen reciente recuerdo los vecinos de la del Arenal, teatro de aquel suceso.

Alma Negra fué sentenciado á cadena perpetua y Casares está con él.

Orejon ó Juan, ha entrado en la cárcel del Saladero, en el mismo dia en que hemos comenzado á escribir esta Crónica, acusado por robo con fractura.

Ese suceso, con algunos datos históricos que hemos creido deber procurarnos, han dado motivo á estas páginas.

La familia de Alma Negra parecia destinada á tramitar como herencia el mal á todos sus individuos.

Hay hombres que tienen el instinto del crimen tan arraigado, tan profundo, que cuando so les quita, se les mata.

Hombres-fieras hay; organizaciones nutridas para el crimen, y de tanta vileza y ferocidad que solo con la vida se les puede quitar esas asoladoras cualidades.

La instruccion, la educacion moral acasalogre un dia hacer muy raros esos hombres que hoy abundan como las malas yerbas en los prados incultos.

Cultívese, pues, el prado social, y arránquese al contagio las plantas venenosas.

Haga la ciencia lo primero. La Guardia Civil, hace algunos años que se ocupa en lo segundo sin descanso, sin tregua; con fé, con valor, con abnegacion, con heroismo.

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