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PASION Y DEBER

  • Escrito por Redacción

deber-pasion

Gran alarma en pueblo pequeño es siempre un acontecimiento que deja arraigados recuerdos en la vida monótona y tranquila de sus moradores.

 

I.

La pequeña villa de O. de R. célebre en la historia por ser patria de reyes, conserva en una vieja estatua, en un carcomido castillo, en un sólido puente de construcción romana, y en unas termas no ha mucho reconstruidas, señales patentes de cuánto fue su poderío en los días de pasados años, y muestras al par inequívocas de cuánto el tiempo destruyó su antigua valía, mirándola hoy triste y postergada.

 

Sus moradores, en la época en que comienza nuestro relato, eran víctimas de un vago terror que no carecía de fundamento. Y más y más lo creeremos justificado, sabiendo que era á la sazón época de baños; que muchos forasteros habían acudido á los tan eficaces de C. de R.; y que estos forasteros traían consigo caudales que podían sin duda servir de cebo á temerarios bandidos.

El hecho, en fin, era este. De la sucia é insegura cárcel de la cercana ciudad de P.—, capital de provincia, habíase fugado Jorge Úbeda, quien, sentenciado por asesinato de una mujer y robo en despoblado, á treinta años de cadena, estaba próximo á marchar de un día á otro al cumplimiento de tal sentencia.

Lograda la fuga por medios que á todos fueron hasta cierto punto desconocidos, solo pensó el bandido en hacer que se perdieran sus huellas y de tal modo lo logró que nadie pudo saber después el sitio que por dos meses le ocultó á toda vigilancia.

Al cabo de ellos, el robo de un molino y el incendio de una heredad, unidos á fidedignas voces que circularon, no dejaron duda de que Jaime Úbeda, alias el Gallego, había formado en los dos meses de ocultación una partida de hombres miserables como él, con la que se disponía á todo género de terribles aventuras.

Este rumor, mejor dicho, la seguridad de este hecho, adquirida por los habitantes de C. de R. bastaba ya á que la alarma cundiese; alarma que tomó proporciones gigantescas, con un hecho mayor en maldad que los anteriores de Úbeda.

II.

Este, pretendiendo robar una casa de las cercanas á la capilla de San Roque, ideó el incendiarla. Por este medio, cuando las llamas devoraban la pequeña morada, se aprovechó de la confusión y terror consiguientes en los que la habitaban, y vio conseguido rápidamente su objeto, bien antes de que las autoridades se constituyesen en el lugar de la catástrofe.

Lograda que fue la extinción del fuego, se conoció que había causado desgracias personales: una niña de año y medio pereció completamente carbonizada, y un anciano paralítico, sufría los más crueles dolores. Este anciano, que en el humo creyó divisar las vagas figuras de los bandidos, y el registro hecho después en el lugar que había guardado los ahorros de aquella familia, dieron hartos indicios de que la mano del miserable Úbeda, alias el Gallego, se había posado allí.

La Guardia Civil, infundiendo seguridad y confianza en los ánimos que solo en ella esperaban, continuó en mayor escala sus redobladas y bien dispuestas pesquisas.

Enunciados estos hechos, antecedentes que reclamaba la claridad de nuestro relato, entremos en materia, porque es interesante y fecunda.

III.

Había amanecido ya, cuando de la Casa-cuartel que habita la Guardia Civil en C. de R. salían dos de sus individuos.

Y á las diez de la noche de aquel día, ambos Guardias, seguidos por otro hombre en traje de paisano, entraban presurosos en la Casa-cuartel.

Era comandante del Puesto el sargento Gabriel Labisval; hombre de elevada estatura, de severo continente y de rígido carácter en lo que al cumplimiento de los deberes atañía. Había militado en el ejército de nuestra amada Reina, en la guerra de los siete años y tenia pendiente de su pecho la honrosa cruz de San Fernando, en plata.

Muy pronto, entre Labisval y los dos recién llegados Guardias se trabó el siguiente diálogo:

—Qué ha sucedido, señores?

—Nada particular en todo el día, pero entrada ya la noche, encontramos al hombre que viene con nosotros. Le han sido robados alevosamente el caballo que montaba y nueve onzas en oro y plata que consigo traía.

—Lo saben ya los puestos cercanos?

—Lo hemos noticiado á las parejas halladas en nuestro camino.

—Cuántos eran los ladrones?

—Doce, según dice el anciano.

—A qué distancia de aquí se cometió el robo?

—A dos leguas, mi sargento.

—Hagan ustedes que entre el robado.

Este compareció á poco. Su fisonomía no era de esas que pueden inspirar confianza, y la experiencia de Labisval, \e aconsejó mucho tino con aquel hombre.

—La cédula de usted?—le dijo. Fuéle dada y en ella vio que el anciano se llamaba Julián Llasera.

—Cómo fue el robo?—Llasera refirió con imperturbable sangre fría los detalles del hecho. Y con igual calma contestó á las demás preguntas de Labisval, encaminadas á saber el número de los ladrones, el lugar del acontecimiento, las palabras que le dirigieron, las señas personales de algunos que recordase, y por último la dirección que tomaron los forajidos después de efectuado el robo.

Labisval examinó con profunda mirada la fisonomía del anciano.

—Esa calma—pensó—al referir el hecho; esos detalles tan marcados é inverosímiles, porque un hombre en su situación no se cuida de contar el número de los que le saquean..., todo me hace creer que este hombre es uno de los mismos ladrones que delata.

—Podré continuar mi camino?—preguntó Llasera.

—Hacia dónde?...

—Hacia P...

—No hallo inconveniente—contestó el experimentado sargento.—No hallo inconveniente. ¿Recuerda usted si en medio de la débil lucha que usted sostuvo, se pronunció por los ladrones algún nombre?

—¡Ah, si señor, si señor! Uno de ellos dijo: ¡No dirá, hoy Diego que no cumplimos sus instrucciones!

—Ya! con que dijo eso uno de ellos!

—Si... si señor...

—Si no me engaño, ese es el nombre del bandido El Gallego, que anda por aquí... dijo Labisval con indiferencia.

—No señor, no señor... exclamó Llasera con precipitación.

IV.

El sargento se conmovió; había cogido al bandido en sus propias redes, gracias á su perspicacia.

Ocultó sin embargo su alegría, que pasó desapercibida para Llasera, é hizo esta reflexión:

—Ese hombre sabe cómo se llama El Gallego; sin duda, para que perdamos la pista de este, finge un robo, y nos noticia una nueva partida de forajidos.

El tiempo dirá más ampliamente si Labisval se equivocaba.

—Vamos, buen anciano, puede usted marchar cuando le parezca oportuno; pero antes, mude usted su desgarrado pantalón por aquel, que aunque viejo, es mejor. Y le señaló uno que pendía de un ángulo de la estancia.

Llasera no se hizo rogar; el sargento Labisval, seguía con avidez todos sus movimientos.

De pronto se estremeció; llamó á los Guardias y les dijo en voz baja:

—En marcha y pronto. Luego dirigiéndose á Llasera, le preguntó con tono indiferente:

—¿Hacia dónde dijo usted que habían huido los ladrones?

—Hacia C—s.

—Señores, salgamos; usted, Bieites, quede con este hombre: está preso!

Llasera tembló y miró al sargento con atonía.

No concibió la razón de aquella orden. Labisval la sabía perfectamente. Había visto en una de las piernas del anciano, las negras marcas de un grillete de presidiario. Momentos después, el sargento y los Guardias que estaban á sus órdenes, menos Bieites, se hallaban fuera de la Casa-cuartel.

—En dirección contraria á la que nos dijo ese hombre—mandó Labisval.

Y ya se disponía á la marcha, cuando fue detenido por un niño que le entregó un papel.

Abriolo Labisval y leyó lo que sigue:

—Gabriel, Gabriel, Jaime Úbeda á quien conocéis con el nombre de El Gallego, es hermano mío. Sálvale!

Rosa.                      

Un rayo que hubiera caído á los pies de Labisval, no le hubiera causado sensación mayor.

El papel cayó de sus manos, sintió un temblor invencible, cubrióse de sudor su frente y estuvo á punto de caer. ¡Tan lejano estaba él de esperar noticia tal!

Fue un momento; cogió el papel, lo devolvió al niño con una moneda de plata, diciéndole: —Que procure verme quien te ha dado este papel.

Y volviendo á su gente que estaba inquieta por la salud de un hombre que le era muy querido.

—En marcha, en marcha! —exclamó.

Y comenzaron á caminar con precipitación.

Dos largas horas caminaron los Guardias, precedidos por Labisval, y como este había dicho, en dirección contraria a C—s.

La noche era oscura; sus miradas, dominadas por lo negro de las sombras, alcanzaban á muy cortas distancias.

Detienes de pronto; creen percibir ruido de ramas agitadas en un pequeño bosque que estaba á su derecha. Y en menos tiempo del que nosotros gastamos en referirlo, los Guardias habían rodeado el bosque.

Dio el sargento la voz de alto, que fue contestada por el silencio más profundo.

V.

Penetran en el bosque, lo registran y ojean con infatigable constancia; nada encontraron que fuera lo que buscaban. Y sin embargo, el ruido de hojas que habían percibido, no dejaba duda de que era producido por un hombre. Miran las copas de los árboles altos; escudriñan los troncos que están huecos; y nada, por resultado de sus fatigas.

Salen de allí por fin á una voz de Labisval; dividense por orden de este en parejas, con prevención de no separarse mucho, y prosiguen su marcha silenciosos y vigilantes.

Paróse á poco una de las parejas; creyó pisar algo caliente; registró el suelo y se convenció de que en aquel lugar se había encendido fuego, pues las cenizas estaban tibias aun.

—Aquí se han sentado hombres—exclamó.

Y concluida otra nueva y minuciosa inspección, finalizó su pensamiento diciendo:

—Y han sido siete.

Algunas yerbas estaban manchadas por restos de comida; al rededor de un pequeño árbol veianse impresas las herraduras de un caballo.

Encendió Labisval con sumo cuidado una linterna sorda que llevaba, y merced á ella, completó sus importantes pesquisas, notando que una de las patas delanteras del caballo no tenia herradura; y encontrando un cinto que por agujeros muy rozados, permitía creerle destinado á sostener pistolas de arzón.

Tomó medida con un cordel pedido á un Guardia, de la pisada de uno de los hombres y de la del caballo.

—Estamos sobre los bandidos—dijo Labisval.

Reunió sigilosamente su gente, la dio precisas y terminantes instrucciones y continuaron la marcha, con la esperanza en el corazón.

Labisval, empero, padecía horriblemente. Cada descubrimiento perjudicial á los forajidos cuyas huellas seguía, le daba la alegría intensa del que cumple ventajosamente con un deber, y al par el dolor cruel del que lucha con una pasión que ha echado hondas raíces en su alma.

Mil ideas agitaban en torbellino su mente; hubo un momento en que se sintió con fiebre, porque la lucha que el sostenía es acaso la más grande y terrible que puede sufrir el hombre.

¡Le esperaban aun otras mayores!

—Pobre Rosa!—murmuraba á tiempo que seguía su camino. Camino en que cada paso era una alegría y un dolor, una esperanza y un desengaño!

VI.

Las once de la mañana sonaban en el viejo reloj de C. de R.

El sol se ostentaba magnífico, las tranquilas aguas del rio, recogiendo caritativas las espumosas de los molinos, seguían su curso misterioso por entre las campiñas floridas y rientes.

Una multitud, ansiosa de ver ó saber, llenaba la pequeña plaza á que hace frente la cárcel de C. de R., prolongándose hasta cerca de la mitad del puente al que llegaban continuamente nuevas personas y á cuya cruz estaban asidos algunos pilluelos.

Podríase decir, sin temor de equivocarse en mucho, que todos los habitantes de C. de R. estaban apiñados en aquel lugar.

Lo que allí les llevaba, no debía en verdad ser triste, porque el júbilo aparecía retratado en todos los semblantes.

Expliquemos la causa de aquel acontecimiento; ó mejor, van á explicárnosla dos ancianos de distintos sexos que á cuatro pasos de la puerta de la cárcel, defendían con heroísmo su excelente posición, contra los reiterados empujes de una multitud sedienta de saber.

Y digamos de paso que una joven, triste y llorosa, que estaba tras ellos y procuraba ocultar las lágrimas que corrían por su hermoso rostro, escuchaba anhelante la conversación y volvía de vez en cuando su cabeza con movimientos eléctricos, hacia el camino que tenia á su izquierda.

—Alabado sea el Santísimo Sacramento!—decía la vieja persignándose.—Al fin podemos dormir con sosiego!

—Tiene razón, tía Susana—contestaba el viejo con el acento de persona que se juzga muy sabia, y cree que sus palabras valen oro.—Ese miserable bandido, que Dios perdone, pagará al fin las muchas hecha

La joven que les escuchabase estremeció de dolor.

—Pero vamos, señor Agustín, cuente... cuente si sabe cómo lo cogieron.

—Pues no he de saber?—dijo el viejo un tanto animado en su vanidad de sabiondo—pues no he de saber? Figúrese, tía Su....

—Ay! ay! no empujen, amigos! A dónde quieren ir?

—A dónde nos llevan!

—Jesús María! Soy una anciana...

—Bueno... bueno... ya lo vemos...

—Pues... figúrese, tía Susana—dijo el señor Agustín siguiendo su interrumpido discurso—que al salir de mi aldea, hallé á mi cuñado Tomás, quien con grande alegría, me dijo que la Guardia Civil había logrado coger á las cuatro de la mañana al bandido Gallego. Y mi cuñado es un valiente, tía Susana! porque estuvo coa los guardias durante el combate...

—A ver... cuente... cuente...

—Oiga y no pierda palabra. Allá... muy entrada la noche, mi hermana fue despertada por un ruido que parecía venir del establo. Porque mi cuñado tiene un establo, tía Susana!

—Bueno, siga, señor Agustín.

—Avisó á Tomás y convencidos de que en su casa andaba gente extraña, mi cuñado tomó la escopeta y entró en el establo con gran silencio.

Nada se oía, pero la puerta estaba abierta y pronto se convenció Tomás de que alguien había entrado allí, así como también de que ya no estaba.

—Qué miedo! Le robaron algo?

—Un pobre caballo que tenía para venir á la villa. Dolióle esta pérdida, comenzó á dar gritos desaforados y notó que avisada por ellos, llegaba alguna gente á su casa.

—Era la Guardia Civil?

—La misma, tía Susana. Los Guardias, enterados de todo, hicieron que les siguiera Tomás y el señor Sargento, que es todo un hombre, le preguntó el nombre del caballo robado. A corta distancia y en medio de la oscuridad, creyeron divisar algo que se movía en el fondo de un barranco. El señor Sargento, decidido á todo, dijo á Tomás:

—Oculte usted esa escopeta porque brilla, y llame á su caballo.

Mi cuñado lo hizo así, y el caballo, conociendo sin duda la voz del amo que le había alimentado en diez años, comenzó á relinchar. No había duda ya, allí estaban los ladrones. A poco se escucharon tiros, y mi cuñado apuntaba á un hombre; pero recordó al mismo tiempo que su escopeta estaba sin pólvora; que si no...

—Sí, sí! Ya conocemos á su cuñado!

—Tía Susana!

—Señor Agustín!!

La plática que había tomado tan mal giro, fue interrumpida por una oleada de gente, más impetuosa que las anteriores.

—Ya vienen! Ya vienen!—fue el grito unánime que exhaló aquella multitud ávida de emociones fuertes.

Y en efecto, por la carretera que marcha á S... adelantaba un compacto grupo de personas, formado por los Guardias de Labisval, los bandidos, y unos treinta aldeanos de los contornos que á su paso habían encontrado á los primeros y vitoreaban á la Guardia Civil.

VII.

La tía Susana púsose en las puntas de sus pies y el señor Agustín apoyó su brazo en uno de los débiles hombros de la anciana su amiga, con el objeto sin duda de empinarse.

La buena de la tía Susana se separó de pronto, y en poco estuvo que el señor Agustín besara el santo suelo.

La joven que como hemos dicho estaba tras ellos, comenzó á temblar, como la hoja de un árbol azotada por el huracán.

No lloraba ya; el raudal de sus lágrimas se había secado. ¡Pobre niña, á quien el dolor había negado, hasta el consuelo de las lágrimas!

No hizo un solo movimiento de curiosidad; no volvió su cabeza, porque se sentía sin fuerzas ante el suceso terrible que la suerte la deparaba.

Ella como otro hombre, que la era muy querido, estaban puestos á prueba por Dios.

Cerró sus ojos, como si presintiera algo espantoso á su derredor, y en aquella actitud que la asemejaba en parte á una estatua, conteniendo los violentos latidos de su angustiado corazón y los sollozos en que su pecho quería desahogarse, esperó la prueba que el Supremo Hacedor la deparaba.

La multitud entonces, estrechándose convulsivamente, se separó abriendo camino á los recién llegados.

Y fueron llegando ante la cárcel cuatro bandidos de feroz catadura, atados los brazos y rodeados por Guardias; Jaime Úbeda delante de Labisval; un bandido herido de gravedad, sobre un caballo; y un Guardia que ligeramente lastimado en una pierna, se apoyaba en otro de sus compañeros.

Si se añade á esto, la muerte de un bandido cuyo cadáver había quedado depositado en casa de Tomás, tendremos completo conocimiento de los resultados del combate.

Cualquiera que hubiese visto á Jaime Úbeda, sin conocer sus antecedentes, no le hubiera creído un bandido. Era delgado, vestía con decencia, sus labios sonreían siempre, su mirada era dulce y hasta insinuante, y su fisonomía joven y expresiva, no reflejaba las manchas que habían ennegrecido aquella conciencia.

Los hombres así son los más temibles y fuertes.

Cenia la frente de Úbeda un pañuelo blanco, empapado en sangre que salía de una leve herida de sable, recibida en la cabeza sobre el ojo izquierdo.

Llegan á la puerta de la cárcel.

Oyese entonces un grito desgarrador; uno de esos gritos que no tienen semejante más que en el pecho de los humanos, un grito que era el dolor mismo.

Las miradas de todos buscaron la causa de aquel lance imprevisto.

A los pies de Jaime cayó una mujer desmayada y presa de mortales convulsiones.

Jaime la reconoció y diciendo con acento frio é indiferente:

—Es mi hermana—pasó sobre ella y puso su pié seguro y firme en la primera piedra de la cárcel.

Labisval la había visto también; y al verla, sus dientes rechinaron, y sus labios pálidos, convulsos por la emoción del dolor, murmuraron débilmente:

—Rosa!...

Y siguió á Jaime Úbeda.

La tía Susana deshacías en cruces; el señor Agustín tomó un polvo de rapé, no sin notar que pendían de sus ojos algunas lágrimas gruesas como puños; la multitud perdiase en conjeturas; algunas personas auxiliaban á Rosa; y los bandidos penetraron al fin en el primer patio de la cárcel, en donde se les unió á poco Julián Llasera.

La tía Susana, continuaba haciendo cruces y repitiendo:

—Bendito sea Dios! Bendito sea Dios!...

VIII.

Cuando el ave del dolor cubre con sus negras alas la triste existencia de un ser humano, embota sus sentidos, atrofia su sensibilidad, hasta un punto en que, si la desdicha es grande, el ser en quien ha recaído, no siente, no padece; creeríasele muerto si dentro de él no latiera débilmente un corazón, no hubiera un alma muda y recogida ante el dolor, como un niño ante un fantasma que le llena de pavura.

Tal era el estado de Rosa, prometida esposa del noble Labisval, hermana del miserable Jaime.

Su pequeña casa estaba situada en un extremo de la plaza del castillo; y el mobiliario de ella, modesto en demasía, permitía sin embargo creer que la existencia de Rosa, pudiera ser de las menos infelices. Su orfandad la desconsolaba, porque habían amado á sus honrados padres; pero hallaba puros placeres, cuando daba aquel cariño todo entero á un hermano de cinco años que con ella vivía.

Reanudando la lamentable historia que referimos, diremos que Rosa, profundamente desmayada, fue conducida á su casa en donde volvió en sí después de dos horas, y gracias á los esfuerzos de un médico.

Víctima de una agitación febril, y pensando solo en ver á Labisval, según el encargo de éste, dado en la noche anterior, no quiso acostarse, permaneciendo muda y aletargada, aunque su imaginación de mujer trabajaba incesante y vertiginosa, en el cúmulo de tristes ideas que en ella surgían.

Las personas que tenían conocimiento del suceso acaecido en la puerta de la cárcel, lo habían creído efecto de una excesiva sensibilidad, y el secreto de Rosa, por tanto, permanecía oculto á los habitantes de C. de R.

Una vecina anciana, única que estaba con Rosa, y á la que no se ocultaba la pasión de esta por Labisval, sintió que alguien subía la escalera de la casa; el pequeño hermano de Rosa se dirigió á la puerta, y abierta que fue, se destacó en sus dinteles la figura de Labisval.

Rosa dio un grito; Labisval venia profundamente conmovido, y las alteraciones de su rostro eran harta prueba del combate interior que lastimaba todas las fibras de su corazón.

La vecina, conjeturando que Labisval al saber la desgracia de Rosa, venia á enterarse de su salud, no extrañó tal visita y se retiró.

Quedaron pues, solos, Rosa, Labisval y el niño que ignoraba, ¡pobre ser! la desgracia en que iba á hundirse su porvenir.

IX.

—Rosa,—dijo Labisval, tomando una mano de la infeliz,—Rosa, estás mejor? Rosa no contestó.

—Vamos, ten resignación: mucho has sufrido, mucho; pero acaso menos que yo, que sufro por mí, al ver caídas mis ilusiones, y por ti al conocer lo intenso del dolor que te agita.

Rosa miró á Labisval fijamente y le preguntó:

—Gabriel, qué es mi hermano?

—Rosa... tu hermano, es asesino!...

—Pues bien; yo pude ocultarte el parentesco que me une á él; hubo un momento de la pasada noche en que me decidí á callar... pero, es mi hermano, Gabriel! y no vacilé luego en sacrificar toda, toda la dicha de mi vida, por la salvación de mi hermano.

—Rosa!

—Sí; yo sabía que diciéndotelo, hería de muerte mi felicidad, que tú despreciarías á la hermana de Jaime...

—Nunca! tú eres inocente!

—Que tú no te unirías en matrimonio á la hermana de un ladrón, de un asesino!

Gabriel inclinó su cabeza, como no pudiendo resistir el peso abrumador de tanto infortunio.

—Sigue, Rosa, sigue!—balbuceó Labisval.

—Pues bien, ya comprenderás el por qué de ese sacrificio y el pago que debe dárselo.

—Qué quieres?—preguntó Gabriel estremeciéndose.

—Quiero que salves á Jaime!

—Rosa... imposible! No puedo!

—Sí... sí; puedes y has podido! Oh! dime! No te merece algo mi amor? No me crees honrada?

—Sí, honrada como la que más; ese sacrificio que pocas personas harían, te engrandece y no deja duda de ello. Yo lo admiro, y no extraño nada de lo que una hermana me pida para salvar aun á un hermano indigno de ella. Pero, nada puedo hacer.

—Es inútil mi sacrificio?

—Dios le tendrá en cuenta para perdonar á Jaime.

—Y tu amor?

—Y mi deber? Rosa, y mi Deber? La posición de ambos, está, como vemos, perfectamente comprendida en estas dos preguntas. Trascurrieron en silencio algunos momentos.

—Rosa,—dijo Labisval—si me amas como dices, no debes desear mi desgracia ni mi deshonra; quieres que me deshonre, faltando á mis más grandes deberes, y la honra que yo perdiera, no haría honrado á quien tú sabes que no lo es; he podido, sí, he podido anoche, dejar libre á Jaime, libre, y sin que nada sospecharan los Guardias que están á mis órdenes...

—Ah! no me amas, Gabriel!

—Sí; tanto como mi vida, pero amo también mi Deber mas que mi vida!—Pero... si nadie sabría tu falta...

—Ah! confiesas ya que es una falta! El dolor te enloquece: y mi conciencia?

—Ese seria un sacrificio. No me has dicho que Dios tendrá en cuenta el mío?

—No, pobre -Rosa, no es un sacrificio faltar á un deber; lo es cumplirlo como yo lo cumplí ayer á costa de mi felicidad, como tú lo has cumplido á costa de tu amor.

Gabriel, como se ve, se defendía con la verdad, pero era muy difícil llevar el convencimiento á la agitada mente de Rosa.

—Gabriel,—dijo esta después de unos momentos de meditación—me juras que si puedes salvarle le salvarás? Labisval calló.

—Piensa en el porvenir de ese pobre hiño que juega en este momento, ajeno á los dolores que le esperan; piensa en mi felicidad! Piensa en que moriré si Jaime va al cadalso...—dijo Rosa estremeciéndose—piensa en que dependiendo de ti el salvarle, tú eres quien me hace infeliz, quien me mata en premio de mi amor, siempre constante! Júrame, Gabriel... que si puedes salvarle...

Gabriel se levantó, extendió su mano hacia la infortunada Rosa, diciendo:

—Si puedo... te lo juro! Y salió de la estancia.

—Adiós!—murmuró Rosa y quedó pensativa.

X.

Nunca es más grande la mujer que cuando medita; ese ser, tan hermoso y sensible, tan débil y tan fuerte al mismo tiempo, tiene en su meditación algo más grande que el hombre. Si ambos idean un proyecto, él, antes de ponerle en obra medirá y escudriñará todas las dificultades, mientras que ella se lanzará á él, sin cuidarse de los obstáculos que puedan herirla en su paso. La mujer es siempre más heroica que el hombre, porque siente más; el hombre es siempre más prudente y calculista que la mujer, porque piensa más.

Sugiérenos estas reflexiones el proyecto de Rosa, concebido en un instante, y que, como luego veremos, no tardó en llevar al trámite de realización.

Para conocerle bien, fuerza será que, en fuero de historiadores novelistas, traslademos á nuestros lectores á otra noche, separada por doce de la anterior.

En el día que la había precedido, cesó la incomunicación de Jaime Úbeda, quien, en las declaraciones, no había ocultado verdad alguna.

Rosa, alegre en parte por aquel favor de la suerte que la permitía ver á Jaime, y preocupada al mismo tiempo por su proyecto, fue á visitar á su hermano; salió á poco llorando, y merced á ruegos y súplicas en que se notaba la desesperación de que era presa su alma, logró un permiso para verle á cualquier hora del día y de la noche hasta la de las ocho.

Esto no pudo menos de llamar la atención de los moradores de la pequeña villa, entre quienes circuló tal nueva; y bien pronto el secreto de Rosa dejó de serlo.

—Es la hermana de El Gallego—decían las gentes al verla.

—Su inmerecida desgracia es un crimen más para la conciencia de Jaime!

Rosa oía á veces estas palabras, pero aunque no faltaban otras en que las escuchase peores, seguía el camino de la cárcel, rebosando fe el corazón é ilusiones el alma.

Jaime, personificación del egoísmo más refinado, la recibía con el halago que da una persona á otra de la que espera favores, pero sin sentir nunca á su lado la pura y acendrada emoción de un cariño fraternal.

Rosa le dijo un día:

—Jaime, olvida algo lo del mundo; piensa en el que murió por nosotros en la cruz.

Y aquel hombre, sin ley ni Dios, la respondió:

—Puesto que ha muerto para redimir nuestros pecados, necio seria yo sino aprovechase la ocasión. Bastantes cruces he dejado yo en los caminos que pisé.

Dios sin duda tomó acta de esas sacrílegas palabras, porque el castigo no se hizo esperar mucho; y el Supremo Autor estaba muy cerca de Jaime representado por EL DEBER.

Intentemos ahora describir las terribles escenas, con que ha finalizado la lamentable historia de estos seres.

.     .     .     .     .     .     .     .     .     .     .     .     .     .     .     .     .     .

XI.

Próximo estaba el anochecer de un caluroso día, cuando Rosa entraba en el portal de la cárcel.

Su fisonomía nada había perdido de la tristeza de los anteriores días; pero sus movimientos, agitados como nunca, darían al que los estudiase clara muestra de que por Rosa pasaba algo insólito, de que en ella luchaban la esperanza y el miedo, de que era víctima de impaciencia febril, revelada en sus menores ademanes.

Entró en el triste calabozo de Jaime y trabóse entre ambos una plática más animada que las anteriores, y que dio por resultado la siguiente conclusión de Jaime.

—Sal; procura ver si el llavero rubio está en el cancel; si está, vuelve y me vestiré en seguida.

Rosa llegó al dintel de la puerta y tendió su mirada por las crugías que una luz lejana y moribunda hacia más lúgubres. Nada vio; pero aquel silencio, aquella oscuridad, la causaron miedo.

A pesar suyo se sintió desfallecer, y sus cabellos se erizaron.

Recobró pronto, sin embargo, aquel corazón de mujer la pérdida calma y arriesgó algunos pasos.

Al lado de ella y envuelto por las tinieblas había un hombre que con maravilloso sigilo la expiaba.

El instante era sin duda decisivo, y muy terrible ó muy dichoso lo que en él aconteciese.

Finalizado un corredor, Rosa distinguió el cancel, y algo más allá, bajo la luz de un farol, vio al llavero de que su hermano le había hablado.

Un rayo de esperanza iluminó el corazón de la pobre joven; y trabajo la costó el reprimir una exclamación de intensa alegría.

—Está salvado! murmuró.

Y ya volvía precipitadamente hacia el calabozo de Jaime, cuando se sintió cogida por la mano del hombre que la había expiado.

Más tarda el relámpago en brillar, que tardó la alegría de Rosa en trocarse en dolor.

Miró á aquel hombre, y aunque no pudo conocerle, un presentimiento se lo hacia adivinar.

Y para no caer agobiada por el peso de tanto y tan reiterado sufrimiento, tuvo que apoyarse en aquella mano misteriosa que insensiblemente la conducía hacia un ángulo apartado y oscuro de la cirugía.

XII.

El proyecto de Rosa, vivamente aceptado por Jaime y cuya realización aparecía inminente, era este.

Nuestros lectores recordarán que el rostro de Jaime encubría perfectamente su alma de bandido, siendo de tal modo, delicados sus perfiles y color rosáceo, que bien se hubiera podido calificarle de hermoso, si en el hombre merece tal título lo afeminado.

Esta circunstancia, unida á haber afeitado Jaime en la mañana de aquel día su escaso bigote, favorecía al proyecto concebido, más aun, le era indispensable de todo punto.

Rosa y Jaime, pues, habían concertado que el segundo se disfrazase con los vestidos de aquella y completaba la posibilidad de un buen éxito una enfermedad oftalmológica que padecía el llavero de quien hemos oído hablar á Jaime.

Este, para lograr su evasión, no había vacilado en sacrificar el porvenir y la honra de su hermana, que seria presa cuando se la encontrara sin Jaime en el calabozo de éste y fueran conocidos los medios empleados para la fuga.

Rosa, en cambio, para evitar el cadalso á su hermano, no vaciló en sacrificarse de modo tan terrible; es más, no se la ocurrió la idea de evitar los resultados de su complicidad.

No es la vez primera que en hermanos se han visto tan opuestas pasiones, caracteres tan encontrados!

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Hemos dicho, que en uno de los momentos más supremos para el alma de Rosa, se había sentido cogida por la mano de un hombre que presentía sin conocer.

Este la condujo á la parte más oscura y aislada del pasadizo.

Rosa se dejaba guiar como un niño, notando sin embargo que aquella mano temblaba como si tuviera entre sus dedos un ascua.

Detuviéronse ambos, y Rosa entonces pudo escuchar las siguientes palabras que en voz débil é incierta pronunció el desconocido:

—Rosa, todo lo he oído... todo lo sé!

—Gabriel!—exclamó Rosa con voz opaca.

—Ah! no esperabas hallarme aquí?

—Qué deseas? Qué has oído?

—Qué deseo? Salvarte. Qué he oído? Tu proyecto de procurar la evasión de Jaime Úbeda.

—Dios mío!

—Sí, ruega á Dios por que él solo podrá darte la dicha que en otro tiempo soñaste, y que acaba ahora de hundirse para siempre á tus pies.

Rosa se sintió desfallecer; la desgracia hacia trizas sus más queridas ilusiones; sus ideas vagaban á merced de sus encontrados pensamientos.

El período álgido, por decirlo así, de su martirio, había comenzado: sin embargo no estaba sola en su padecimiento; á su lado, iguales penas destrozaban un corazón noble como el que más.

—Gabriel,—dijo Rosa con mortecina voz—Gabriel, no me abandones; la Providencia acaso te pone en este momento en mi camino; sálvame, y salva á mi hermano!

—Pobre Rosa! Tu padecer te ofusca. Crees que deseo otra cosa que tu felicidad? Ignoras acaso que yo sufro también y que todo el que sufre sabe compadecer á sus compañeros de infortunio?

Escúchame y por la santa memoria de tu madre no des á olvido mis sinceras palabras; palabras que dicta un afecto tan grande como tú le mereces!

No ves, Rosa, no ves que la sociedad entera, justamente indignada, reclama un hombre que la ha despreciado, que la ha herido?

No ves que evitar ese justo castigo, es crimen mayor que el de ese mismo criminal?

Harías bueno á Jaime haciéndole libre? No; he fondeado su corazón, he estudiado sus pasiones; te juro que Jaime será siempre lo que ha sido. Y sobre qué cabeza caerían los nuevos crímenes que ese hombre llevara á efecto después de su evasión? Sobre la tuya, pobre Rosa; piénsalo bien.

Dios te manda que ames á tu hermano, pero te debes antes á la sociedad entera que te tiene en su seno.

—Ese hombre no puede ser tu hermano.

—Crees que ignora la horrible pena que arroja sobre ti su evasión? Crees que no conoce el negro porvenir que te espera en cambio do su pasajera libertad? Crees que no sabe que tú serias juzgada, que tú irías....

—Calla! calla!

—No, no es tu hermano, Rosa; es Jaime Úbeda, reo ante Dios y ante la sociedad; castigado por la sociedad y por Dios!

XIII.

Gabriel sintió que las manos de Rosa se asían trémulas á él; sostuvo á la infeliz mujer y acaso conoció que él mismo necesitaba sostenerse.

Al herir el corazón de Rosa, hería el suyo; y valor sobrehumano se necesita para martirizarse un hombre á sí mismo con persistencia tal.

Gabriel ahogó un gemido de supremo dolor al conocer que Rosa había caído arrodillada á sus pies y besaba sollozante las manos que Labisval intentaba en vano retirar.

—Gabriel, Gabriel! Por la memoria de tu madre que está con Dios, por la desgracia de esta pobre mujer que llora arrodillada ante ti... oye... escucha! Déjame sufrir las penas que mi sacrificio merezca; déjame que llore toda mi vida la felicidad que he perdido; pero evita, evita que Jaime pise las horribles tablas del cadalso!

No sabes tú que moriré de vergüenza y desconsuelo el día en que eso suceda?

—No sabes tú que queda en el mundo un niño desamparado y manchado por el contacto de la deshonra?

Rosa calló. Y en medio del sepulcral silencio que los envolvía, creyó oír los latidos del corazón de Gabriel Labisval; de aquel corazón de héroe, en el que pesaba el dedo de Dios que lo ponía á prueba en aquella noche.

—Rosa—murmuró Gabriel con acento débil—acabas de rogarme en nombre de mi buena madre, y ni yo puedo manchar su memoria sagrada con una acción indigna, ni mi madre rae aconsejaría nunca un crimen.

Llora, porque las lágrimas mitigan los dolores; pero si besas mis manos y te arrodillas ante mí, qué dejas para Dios? Has hablado de un niño, pues bien, vive para él; sé como hasta aquí su madre, hazle bueno y halle en su honradez la sociedad el pago de los males que su hermano le ocasionó. He ahí tu consuelo, he ahí marcado tu porvenir.

Quieres mayor remedio á tus acerbos pesares? Uno hay y tú no lo desconoces: ¡la Oración!

Rosa se levantó como impulsada por una poderosa ráfaga de vida.

La desesperación, (último peldaño de aquella dolorosa escala de infortunios), hervía en su mente.

—Gabriel Labisval—dijo—he ignorado hasta hoy que eras un infame: has faltado á tu juramento!

El ademan, la voz, y la expresión que habían acompañado á esas palabras, harían conocer á quien en aquel momento hubiera podido ver á Rosa, que esta estaba muy próxima á la demencia.

Labisval llevó sus manos á su cabeza que parecía querer saltar en pedazos por el fuego de las ideas que en ella rugían.

—Rosa... Rosa... te perdono el dolor que me causas; he jurado salvar á Jaime si podía salvarle...

—Puedes!

—No! no puedo faltar a mi deber; no puedo pisar mi honra; no puedo ser mas infame que ese Jaime á quien he perseguido!

—Gabriel, sal de aquí; mi hermano no huirá.

—Me lo juras?—dijo Gabriel como vislumbrando una esperanza que creía lejana—me lo juras por tu madre?

Rosa enmudeció.

Labisval vio en este silencio lo efímero de su esperanza.

La hermana de Jaime, conociendo también que las suyas se trocaban en crueles desengaños, se asió á la última que le quedaba y dijo á Gabriel con voz tan suplicante que contrastaba con la de sus anteriores palabras: —Prométeme al menos que nadie sabrá mi intento de esta noche!

En mala hora pronunciaron los labios temblorosos de Rosa estas frases.

XIV.

Ellas abrían ante Jaime un nuevo abismo de dolores, á cuyo fondo era preciso descender.

—Rosa... tú eres cómplice en un conato de evasión!...

—Sigue!...—balbuceó la desgraciada como si presintiendo lo que iba á escuchar, viese pendiente su vida de los labios de Gabriel...

—Sigue...

—La ley me dice que eres culpable... la ley manda... Gabriel se detuvo. Aquella naturaleza poderosa necesitaba descansar un momento, para cobrar fuerzas que la ayudasen á la consumación de sacrificio tal.

Un sudor frío bañaba su espaciosa frente y todos sus músculos vibraban con increíble agitación.

Los sollozos de Rosa eran cada vez mas perceptibles; la razón de aquella desgraciada comenzaba á desvanecerse.

Gabriel pronunciaba entrecortadas palabras que solo él oía; nos engañamos: oíalas también Dios, porque aquellas palabras eran una oración.

Concluida que fue, buscó una mano de Rosa, y abrió sus labios para hablar... pero ningún sonido salió de ellos.

Porque la palabra que debía pronunciar era la fría losa que iba á cubrir para siempre la tumba de dos felicidades soñadas en el porvenir y muertas cuando sonreían á los primeros albores de la vida.

Para no caer bajo el peso de aquel inmenso dolor, tuvo Gabriel que apoyarse en las negras paredes de la crugia; después haciendo un esfuerzo poderoso, uno de esos esfuerzos de gigante, exclamó:

—Estás presa!!...

Es grande el valor de Alira arrancando de su pecho el ensangrentado puñal y ofreciéndoselo á su amante con estas palabras: no duele! Es grande el de Sócrates con la cicuta en la mano; es grande el de Galileo muriendo por una verdad; y cien y cien que la historia de los días de otros años registra en sus páginas de oro; pero es sublime el valor de ese hombre cuyo sacrificio no han pregonado los periódicos ni los sabios, y que enaltece mas lo modesto y oculto de su existencia.

Qué hay mas sublime, que la lucha del hombre consigo mismo? Qué hay más heroico que el hombre venciendo dentro de sí, en titánico combate un enemigo que es él mismo?

Se dirá que Gabriel no amaba á Rosa? Sí; mas que su vida. Pero—él lo ha dicho—sobre su vida, y sobre esa pasión, estaba el Deber.

Rosa, agotadas ya sus fuerzas en aquella lucha, dio algunos vacilantes pasos que despertaron á Labisval del letargo en que su último esfuerzo le había sumergido.

Y entonces Gabriel, tapando sus oídos para no escuchar las palabras que su voluntad de hierro iba á pronunciar:

—Beltrán!... Beltrán!..—exclamó con voz cuyo timbre era todo un poema de dolor y de heroísmo.

Se oyó en breve el chirrido de los cerrojos del lejano cancel y los pasos del llavero se marcaron distintos en dirección al sargento Gabriel Labisval, comandante del puesto de C. de R.

EPÍLOGO.

—Ha pasado un año.

Y en este año aconteció lo siguiente á los personajes de nuestra historia.

Jaime Úbeda subió al patíbulo, logrando la Religión días antes de esta catástrofe, conmover aquel corazón encallecido.

El señor Agustín sintió tan fuertes emociones, que al morir el reo, halló vacía su tabaquera.

La tía Susana, por su parte, quiso desmayarse, pero impidiéndoselo los que á su lado estaban, se satisfizo en tener una historia mas unida á las infinitas que sabe ó inventa para referir á sus nietos.

La Depositaría de fondos provinciales de P... sentó una nueva partida.

Por estancias causadas en la casa de dementes de Valladolid, por Rosa Úbeda .     .   160—   .     . 120.—

Partida que desapareció á los tres meses, por fallecimiento de Rosa.

Gabriel adquirió detalladas noticias de este suceso; supo que una postrera palabra de Rosa había sido el nombre de Gabriel.

Esta palabra le hacia justicia! Rosa le comprendió al morir!

Sus ojos se humedecieron; aquel hombre lloró. Un niño que en aquel momento se hallaba á su lado le preguntó:

Por qué lloras? Gabriel hizo que el niño se arrodillara, y uniéndole delante del pecho las pequeñas manos, le dijo:

—Reza, hijo mío, reza. Tu hermana acaba de escribirme diciéndome que su viaje será muy largo y que aun no volverá en un año.

—Y no podremos ir á verla?

—Si; ya iremos!

—El niño comenzó su plegaria. Gabriel le miraba y su mirada era también una oración.

El alma de Rosa debía ser feliz al leer desde las alturas los pensamientos de aquellos dos seres por cuya existencia debería velar.

Un sepulturero abrió en Valladolid una fosa para un cuerpo.

Gabriel la abrió en su corazón para un recuerdo.

 

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