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CERRO DE MORIANO.

  • Escrito por Redacción

GC FUNDACIONAL 2

"Dos hombres, recorriendo solitarios caminos y ofreciendo siempre sus vidas al que las necesite para salvar la suya... es una de las más admirables escenas del gigantesco drama humano".

La moribunda luz del espirante día luchaba en vano con las sombras de la majestuosa noche. Un frio intenso oprimía la escasa vegetación que en vano también ansiaba un rayo de sol vivificador.

El firmamento, sin un solo celaje se mostraba límpido; pero era su limpidez tal, que parecía hacerle partícipe del frio, de la tristeza que pesaba sobre la tierra.

El último rayo del tibio sol había traspuesto ya la lejana colina, dejando opaco y monótono á aquel día de invierno; de esa vejez del año, tan parecida á la vejez del hombre.

Era en fin, frio y triste aquel día próximo á hundirse en la negra noche del pasado, para no volver jamás.

¡Quién pudiera conocer los misterios humanos que se lleva consigo un día, una sola hora!

Muchos hechos había presenciado aquel día de Diciembre: criminales ó benéficos, conocidos ó ignorados.

Uno benéfico, y por dicha conocido, es objeto de las siguientes líneas.

En día y hora tales, dos Guardias, Jacinto Cosgaya y Felipe Alcalá Gonzalo, recorrían embozados en sus capotes el camino que les conducía desde Córdoba á su respectivo Puesto de Cerro De Moruno.

Silenciosos y á la par vigilantes caminaban sin que lo crudo del día les arrancase una sola queja.

Quien así los viera conocería cuanto de bello encerraba aquel sencillo espectáculo.

Dos hombres, recorriendo solitarios caminos y ofreciendo siempre sus vidas al que las necesite para salvar la suya... es una de las más admirables escenas del gigantesco drama humano.

—Oye—dice de pronto Cosgaya á su compañero—¿no ves llamas hacia aquel lado?

—En efecto parece incendio.

—¡Debe ser alguna choza que está ardiendo!

—¡Corramos!

Y momentos después llegaban ambos al lugar del siniestro.

Penetran precipitadamente en la choza; en medio de los crujidos de las devastadoras llamas creen percibir los lastimosos ayes de un ser humano.

Avanzan... y ven á una mujer...

Verles y lanzar un grito de júbilo fue instantáneo en aquella infeliz que, aunque ilesa, era madre y sabia que en el interior de la choza amenazaban las llamas á dos tiernos niños, pedazos de su alma.

Y ¿por qué aquel júbilo, aquella sonrisa de instintiva esperanza?

Porque sabía lo que era la Guardia Civil.

Porque sabía que aquellos dos hombres iban á morir ó á salvar á su pequeña prole.

Este deber así cumplido produce resultados de inmenso beneficio para la institución y para la Sociedad.

¿Por qué los bandidos temen más á solos dos Guardias que á diez hombres que no lo sean?

Porque estos pueden huir y aquellos no; los diez hombres pueden evitarles la lucha, pueden temer al número mayor de adversarios.

Pero el bandido que se encuentra ante el Guardia civil sabe que el Guardia no huirá, ni medirá el número de los contrarios; sabe que la lucha es imprescindible; sabe, en fin que vivo ó muerto, el Guardia le hará caer en sus manos.

Se ha visto en cien casos de incendio que, si las llamas no amenazaban al pueblo y si solo á una casa, los convecinos del dueño de esta, han formado corro, visto el fuego, contado sus progresos, lamentándose de la desgracia (1)... hasta que dos Guardias, se arrojan en medio

De las llamas y salvan vidas y haciendas ante una multitud atónita que les aclama y vitorea.

En esa piedra de toque se reconoce la Guardia Civil: y sostendremos lo dicho con cuantas razones se nos pidan.

¿Por qué seis hombres con armas (y caso tal no ha sido muy raro) por qué seis hombres que se ven robados en medio de un camino, en vez de marchar inmediatamente sobre los bandidos, pierden horas en buscar á dos solos Guardias?

Porque tal influencia han ejercido en la opinión y en la conciencia pública los hechos de este Cuerpo, que hace más que constituirse en un deber: lo cumple!

Una sola mirada bastó á los Guardias Cosgaya y Alcalá para conocer los menores detalles del funesto incidente.

Hicieron salir inmediatamente á la desolada madre y penetrando de lleno en la choza empezaron á trabajar con ardor.

No hay, pues, que decir que despreciaban el peligro, ni fuera oportuno encomiar la bizarría y abnegación que en caso tal desplegaron, porque es ya proverbial y de todos sabido cuanto á este objeto dijéramos.

La madre, separada un tanto de su mísera vivienda, se había arrodillado y si dirigía á la choza sus ávidas miradas, dirigía á Dios desde el fondo de su alma sus plegarias más sinceras.

Las llamas tomaban incremento; remolinos de humo venían á cegar los ojos de la madre que de vez en cuando divisaba entre el humo un Guardia y extendía hacia él sus desnudos y tostados brazos... aquellos brazos que tantas veces habían mecido amorosamente á los tiernos niños cuya vida estaba entonces á merced de las llamas!

Y miraba... y miraba... porque su alma toda se había concentrado en sus ojos.

Aquella vacilación era la agonía; cada instante un quejido de estertor...

Es necesario ser madre para conocer el dolor de aquella desgraciada á la que el mismo dolor daba fuerzas para sostenerse.

Sí; hay minutos que nos parecen mas grandes que siglos; pero es porque el hombre muere, vive y torna á morir cien veces en su solo y rápido trascurso.

¿Y quiénes eran aquellos dos hombres? ¿Qué la debían para que así arriesgasen sus vidas? ¿Los conocía acaso? ¿Habiales hecho algún favor que ellos quisieran pagar así? ¿Les ligaba á ella algún lazo de amistad? ¿Por qué al ver las llamas no torcieron el rumbo de su camino? Eran acaso sus parientes?

No; ningún favor la debían; les era desconocida; no les unía vínculo alguno de amistad ó sangre... y sin embargo, vieron las llamas, conocieron que se les demandaba trabajo, quizás la vida... y no torcieron el rumbo de su camino.

¿Por qué? porque tan salvadora institución, tiene dos cualidades primarias: se debe á todos los que la han menester; es hermana de todos.

Sus intereses marchan siempre paralelos á los de la sociedad que se asimila.

-¡Uno! -gritó un guardia, saliendo de entre los incendiados escombros con un niño de cuatro años en los brazos.

¡Pobre madre! los latidos de su corazón agitaban su pecho y hacían difícil y silbadora su respiración;- sus manos, dirigidas hacia la cabaña, parecían esperar algo que habían mecido muchas veces; sus cabellos sueltos á merced del frio Norte, azotaban aquel rostro en que no aparecía una sola lágrima... porque el terror no llora; y si un rojo mechón venia á cubrir sus ojos, pronto uña mano convulsa lo separaba; pronto volvía á dirigirse á la choza aquella intensa mirada en la que brillaba el extravío de la de un loco cuando piensa en su idea fija.

—Son mis hijos...—murmuraba con voz desfallecida—son mis hijos... salvadlos!

Y por su imaginación de madre rodaban todos los recuerdos que abrazaban estas dos palabras ¡mis hijos!

Y los veía jugando sobre su regazo, sonriéndola, enmarañándola el cabello con sus blancas manecitas, dando miedosos ese primer paso de un niño que tanto ansían las madres; rezando las nocturnas oraciones... durmiendo en fin.

De pronto, el fuego pareció ceder. Pero nada humano divisaba la madre, ni oía el llanto de sus hijos.

—¡Están muertos!—exclamó.

Y cuando la fuerza del dolor la aniquilaba, cuando iba á derribarla sobre la helada tierra...

—¡Uno!—gritó un Guardia saliendo de entre los incendiados escombros con un niño de cuatro años en los brazos.

El grito que del pecho de la madre se escapó al verle, no puede explicarlo humano lenguaje.

Se levantó mas rápida que un instante de la duración... quiso hablar y no pudo... el Guardia se acercó.

—¡Otro!—exclamó el compañero saliendo de la choza y trayendo el segundo niño.

En los ojos de este Guardia brillaban dos lágrimas.

Un momento mas de duda... y la madre se hubiera vuelto loca; la alegría entonces hubo de producir el mismo resultado; ¡que tanto se asemejan llevados al extremo la alegría y el dolor!

.     .     .     .     .     .     .     .     .     .     .     .     .     .     .     .     .     .

Ya era bien entrada la noche cuando los Guardias Cosgaya y Gonzalo, tranquilos y contentos por haber sido útiles á la sociedad llegaban á su puesto de Cerro De Moruno.

A los pocos días era su brillante comportamiento admirado por toda la prensa de España y el Exmo. Sr. Director General del Cuerpo les designaba al Gobierno de S. M. para la merecida recompensa.

 

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