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hospimedicalpatrocinador

10 DE NOVIEMBRE DE 1853.

  • Escrito por Redacción

009guardiacivil

El título que damos á esta CRÓNICA es mas que una fecha; es hoy para el Cuerpo la manifestación de los heroicos hechos de ocho de sus individuos.

Estos Guardias son desde entonces conocidos, no solo de todos sus compañeros que, paso tras paso, hecho tras hecho, les han seguido con el pensamiento en su brillante carrera, sino también de varios pueblos, teatros de sus servicios, y de número aun mayor de personas que no perteneciendo a la Institución, han oído en reiteradas ocasiones la historia siempre brillante de los acontecimientos en que han tomado parte.

En estos, y especialmente en el que es objeto de la presente narración, han demostrado esos individuos, tener esa actividad que, siempre trabajando, siempre multiplicada, es exclusiva de las almas de seguro é indomable temple.

Bizarros y honrados militares, han visto siempre el cumplimiento de su deber, como meta de sus aspiraciones todas.

Ellos han merecido el aprecio y felicitación de su excelentísimo director general, y faltaríamos á un grato deber, si á nuestra vez no felicitáramos al Cuerpo todo, por lo grande y humanitario de la idea que le sostiene y guía.

Las malas causas no producen nunca hombres buenos, y bastaría esto para probar al que lo dudase, la alta y moralizadora conveniencia de esta Institución que, semejante á las Cruzadas que iban á rescatar la Tierra Santa, crea los héroes del bien, y marcha impávida y valerosa al rescate dela propiedad, de la vida, de la tranquilidad y del orden, que son la Tierra Santa de las sociedades de hoy.

Brioso era el caballo y apuesto el jinete que le dirigía, camino de Huelga (1), en la memorable noche del nueve al diez de noviembre de mil ochocientos cincuenta y tres.

La atmósfera se cubría de negros y apiñados nubarrones y no sin temor conocía el jinete por los silbidos del viento, que el cielo preparaba allí alguno de sus terribles y majestuosos dramas.

—¡Oh!—decía á tiempo que dirigía hacia Huelga una mirada intensa y escudriñadora—la noche avanza, y la tormenta se acerca horrible y amenazante! Si no entro en Huelga antes de media hora, es seguro que arriesgaré la vida al intentarlo después.

Y por un movimiento convulsivo, clavó en el caballo los enmohecidos acicates.

—Corre, pobre Diamante, corre!—Acaso por una de esas casualidades de que está llena la vida humana, depende de ti en este momento la honra de mi hermano y la vida de mi hija! Es necesario que lleguemos á Huelga antes de media hora. ¡Corre, mi leal Diamante, corre!

El jinete se embozó en su ancha capa, oprimió anhelante los ijares del caballo y encomendándose á la Providencia, continuó su camino con creciente celeridad.

En verdad que era arriesgado el correr por aquellos oscuros y tortuosos senderos, y se necesitaba mucho tino para guiar al caballo en su corrida.

Mas, por fortuna, el caballo poseía en alto grado el rayo de inteligencia que el Creador concedió á esa raza, y conocía aquellos caminos.

Gruesas gotas de agua comenzaron á caer sobre la tierra y un trueno, aunque lejano, vibró en la atmósfera.

El viandante, á quien llamaremos don León Velázquez, no pudo menos de exclamar:

—No me engañaba; el huracán está encima!—y avivó su caballo, cuyo ardor desmayaba un tanto.

El agua caía cada vez más abundante y fuerte; el trueno se acercaba, y en medio de la oscuridad sentíase brotar un ruido sordo y múltiple que asustó á Diamante y era formado por la precipitada corriente del rio Aguas y las caídas de algunos arroyos.

Atemorizado el caballo, intentó un galope desordenado; pero bien pronto la superficie lisa y mojada de una pequeña roca, haciéndole resbalar, detuvo su carrera que sin duda hubiera sido aciaga para Velázquez.

Este, que era buen jinete, sostuvo al caballo, pero al querer hacerle caminar de nuevo, conoció con profunda desesperación, que Diamante se negaba obstinadamente á obedecerle.

Todos los esfuerzos de Velázquez fueron inútiles.

El caballo no podía andar; en la caída, habiasele torcido una de las manos, y parecía víctima de la enfermedad conocida con el nombre de enfosamiento.

...Qué hacer? la tormenta se acerca amagando de muerte á los vecinos de Huelga... aquel hombre no puede arriesgar temerariamente su existencia porque de ella dependen una honra de hombre y una vida de niño... Permanecer allí es esperar acaso la muerte; seguir á pié el camino, es ir á buscarla acaso...

Atar el caballo á un árbol que gemía azotado por el viento; tomar de la maletilla algunos objetos; persignarse y comenzar á andar con seguro paso y ánimo mas seguro aun, todo esto fue obra de algunos segundos para don León Velázquez.

Adelantemos nosotros sin miedo á la tormenta, y lleguemos antes que él á Huelga, donde nos llaman terribles y memorables peripecias.

Son los historiadores gente entrometida que desempolva archivos y revuelve papeles con el solo objeto de saber vidas ajenas.

Pero como quiera que tal oficio no es pecado, cuando para moral lección y provechosa enseñanza narra el historiador ajenas vidas, sin cargo alguno de conciencia llevaremos á nuestros lectores al modesto interior de una de las pocas casas de la diputación de Huelga.

Y como no queremos que en la puerta queden, porque seria imperdonable tal descuido en una noche tal, les entraremos en una pequeña estancia, pobremente amueblada.

Tampoco queremos pasar por impolíticos, y les ofrecemos, como si en nuestra casa estuviéramos, sillas donde se sienten: tres son las disponibles por hallarse ocupadas las restantes, y así, si alguno quedare en pié, podremos sentirlo, pero no podremos darle silla ni taburete.

Ahora, rogárnosles que no hagan ruido y que, atento el ánimo, escuchen la conversación de una anciana y un joven que, sentados y á la luz de mortecina vela, apoyan sus codos en la mesa en que aquella descansa, y platican de esta guisa:

—Señora, nada de vacilaciones; el tiempo corre y las horas de esta noche valen mucho para mí.

—Pero ¿cree usted que León está en camino?

—Lo sospecho.

—Sin embargo, lo tormentoso de la noche, si en camino se halla, le habrá impedido llegar...

—No, no. Conozco su carácter. He recibido hoy carta en que me anuncian su partida para Huelga, y suponiendo que la carta haya adelantado medio día, Velázquez debe estar muy cerca de Huelga en estos momentos.

—Pero ¿sabe usted el motivo de su viaje?

—No, señora; si bien supongo que habiendo partido de aquí con el objeto de ver á su hermano, puesto en la cárcel por la causa que contra él sigo, habrá perdido al fin toda esperanza de salvarle y volverá á su hogar anhelando acaso vengarse de mí...

—¿Y para evitar esto último desea usted...

—Sí, señora; deseo que usted me entregue un rollo de papeles que hace diez días ha recibido usted.

—Pero ¿cómo puede saberse?...

—El amigo que me anunció la llegada de Velázquez, me anunció también la llegada de estos papeles, porque Velázquez se lo dijo.

—¡Buenos amigos tiene mi primo! ¿Y no le dijo á usted también que la venida de León no tenia otro objeto que el de llevarse los papeles?

—Sospecha usted...

—Sospecho, que ese rollo de papeles que no he leído porque nunca abro las cartas que para León se dirigen, sospecho que encierra las pruebas de la inocencia del que está en prisión; sospecho que usted que es muy joven, muy loco, pero muy vengativo, ha calumniado al hermano de León para vengar no sé qué ofensa; y sospecho, por último, que usted no pudiendo poseer esos papeles sin contar conmigo porque de otro modo arriesgaría usted mucho, y no queriendo al mismo tiempo que el enemigo de usted se salve merced á ellos...

—Señora, sospeche usted lo que la plazca. Yo aseguro que deseo esos papeles con el fin de hacerme temer de Velázquez y evitar así la venganza que sin duda fragua contra mí. Después de pasados los primeros días de su estancia aquí y cuando yo haya tenido tiempo de suspender la demanda contra su hermano, los papeles volverán á usted.

—Imposible...

—Señora, repito que estoy decidido á pagar los gastos del proceso y hacer que se sobresea en él; temo la venganza de ambos hermanos; y aunque de mi parte está la justicia...

—Qué puedo yo fiar de usted cuando así miente?

—Señora!

—Usted ha calumniado...

—Concluyamos. Usted me dará esos papeles; si por ellos la preguntara Velázquez, fácil fuera decir que se han perdido ó extraviado..., en cambio de ese favor, yo aseguro que los papeles volverán pronto á las manos de usted; que el hermano de León será libre y que en el momento de recibir yo los papeles usted recibirá dos mil duros, como regalo en pago de un servicio en que nada arriesga.

—Pero...—murmuró débilmente la anciana.

—Dos mil duros!

—Sí, ya lo sé; sin embargo, una vez que usted solo desea esos papeles para evitar por unos días la venganza de mi primo, porqué no la evita dejando la Huelga?

—Tres mil duros, señora!

En aquel momento, un inesperado y rudo golpe hizo temblar las paredes y conmovió hasta los cimientos la pequeña casa.

La anciana y el joven se levantaron á un tiempo mismo y con rapidez igual, dejando ver en sus fisonomías el asombro.

Partiendo de una estancia contigua, llegaron hasta ambos interlocutores los débiles ayes de una niña que, despertada sin duda por aquel extraño rumor, lloraba de miedo.

La pluma tiembla en las manos al intentar siquiera un imperfecto bosquejo de las escenas de que Huelga fue teatro en aquella noche.

Diremos únicamente que las paredes de las casas se estremecían como si un terremoto hendiese la tierra; las puertas que estaban abiertas se cerraron con estrépito; los cristales estallaban á los golpes del viento y del agua; los dinteles gemían; oscilaban las ventanas que el huracán no rasgaba; mil hierros que sujetaban ya una puerta ya un alero, saltaban en pedazos; las tejas, arrojadas de su lugar, volaban como aves, á merced del viento; los árboles, arrancados de cuajo, rodaban hasta tropezar con las casas que crujían ante aquel irresistible choque. Las chozas y cortijos, que eran muchos, desaparecieron; el huracán los deshizo en un segundo, envolviendo en ellos á los moradores descuidados.

Nada respetaban las avalanchas.

Un clamoreo doliente, horrible, un grito que no tiene humana expresión partió de todos los ámbitos.

Los hijos, los padres, los hermanos, las esposas, los ancianos y los niños... sorprendidos por aquel suceso que nunca habían creído que á tanto llegara, despertábanse aterrorizados si se habían entregado al sueño, ó desalados corrían sin dirección fija, si estaban en vela, huyendo todos de la proximidad á las casas que amenazaban desplomarse.

Corrían... hemos dicho, y ni aun esto les era posible ya: diñase que Dios había separado de la tierra el Océano y le vertía sobre Huelga.

El rio, convertido en mar, rodaba por las calles y azotaba las casas con sus enhiestas, espumosas olas.

Se oían, se oían gritos, quejas, sollozos, despedidas, nombres queridos, hasta maldiciones pero la densa cerrazón del cielo, negro entonces como una conciencia manchada por el crimen, impedía ver, aun á cortas distancias.

Aquel de nuestros lectores que se haya encontrado en caso semejante, aducirá lo que á este relato falta; quien no haya oído el huracán, quien no haya visto la tempestad, no podría comprendernos, aunque más dijéramos.

Y no podemos decir más.

Desde que la tormenta se anunció con el golpe que llenó de pavor á nuestros dos interlocutores, hasta que tomó el espantoso incremento que acabamos de describir, trascurrieron algunos minutos que bastaron para que, reanudando la conversación, dijese el joven á la anciana prima de Velázquez:

—Señora... la tormenta será horrible... necesito marchar... los papeles, pronto!

—Me promete usted?...

—Pronto, pronto!

—Están en otra habitación... tengo que buscar las llaves... espéreme usted...

La anciana salió llevando en sus brazos á la niña cuyo lívido semblante anunciaba el terror.

El caballero quedó allí; se aproximó á una ventana y lo oscuro de la noche le hizo estremecerse; pero bien pronto, una feroz alegría brilló en su semblante al pensar que á tan poca costa iban á ser suyos los papeles que deseaba.

Dio algunos pasos por la estancia, pero alarmado de veras por el aspecto de la noche, contuvo ya mal su creciente impaciencia.

—Velázquez se habrá detenido sin duda alguna, y es seguro que no entrará en Huelga hasta mañana. Lo que importa es que á su llegada no me encuentre yo aquí. Debo prevenirlo todo... maldita prima y cuánto se tarda! Oh, mujeres, mujeres! Qué pronto se las alucina y engaña! No fiaré yo ningún secreto á la discreción femenina! Sin esos preciosos papeles, Juan Velázquez—dijo riendo—quedará por algunos años atado á un grillete de presidiario. Oh! pequeño ha sido el ultraje que me ha inferido, pero mi venganza será inmensa!

La anciana apareció.

—Gracias á Dios!

—Dispense usted una tardanza involuntaria; he tenido que buscar la llave... y la niña...

—Bien, bien, los papeles?

—He ahí el rollo.

—Ah!

—Me promete usted...

—Todo, señora, todo lo prometido ya!

—Porque de otro modo... aun es tiempo...

—Señora, antes de diez minutos estará aquí mi criado con la cantidad designada.

—Tome usted pues.

El joven tomó los papeles con temblorosa mano; los guardó rápidamente bajo su capa y se dispuso á salir.

—Aconsejo á usted que cierre bien todas las puertas y ventanas. Esta noche será desastrosa para Huelga.

—Oh! temiéndolo estoy; y temo más aun por la vida de León si le ha cogido en malos caminos la tempestad que ahora se acerca á nosotros!

—Adiós, señora.

—Adiós. Debo esperar...

—El cumplimiento de lo prometido? Antes de diez minutos y por mano de persona discreta y fiel, recibirá usted las primeras pruebas de mi eterna gratitud por el favor que la debo.

—¿Y Juan?

—Juan Velázquez será libre; se lo juro á usted.

—Lo creo.

—Adiós.

—Adiós, y cuide mucho de su memoria. Salió el joven, siguióle la prima de León; y el primero, abierta que fue por una sirvienta la puerta de la calle, comenzó á caminar á tiempo que con acento de íntima alegría murmuraba bajo los embozos de su capa:

—Tres mil duros! ya puedes esperarlos; no diez minutos sino diez siglos. Así recibirás tú esa cantidad como Juan Velázquez saldrá libre. ¡Oh, mujeres!

De pronto se detuvo, helado por el terror. Quiso correr, quiso huir... pero sus pies permanecieron fijos.

Acertó á tocar una tapia con sus temblorosos brazos, y allí, inmóvil, dominado por el miedo y la atonía, permaneció mirando con ojos espantosamente abiertos la horrenda catástrofe que sobre él y á su redor comenzaba á manifestarse.

Su voz, en demanda de auxilio, se unió bien pronto á las doloridas de todos sus convecinos.

Cuadro pavoroso! Huelga era un lago de agitadas olas que arrastraban todo lo que encontraban á su paso.

Todos, todos los moradores desoían el vecino grito ante el riesgo propio.

Nadie curaba del ajeno dolor.

Gritaba el que se veía presa de las olas; gritaba el herido; gritabala madre...

Auxilio pedían todos, y en tan general consternación nadie procuraba otra cosa que auxiliarse á sí mismo.

Y cómo dar auxilio?

Cómo, sin riesgo de muerte segura, atravesar las calles ó escalar las ventanas, si las calles eran rugidores torrentes, si las casas crujían y se grietaban?

Cómo? cómo auxiliar á aquellos seres? Preguntádselo á nueve hombres, individuos de la Guardia Civil.

Y estampemos aquí sus nombres, porque la humanidad les debe sincera gratitud.

PUESTO DE HUELGA.

Cabo segundo, Bernardo Rodríguez, comandante. (1)

Fulgencio Martínez, Guardia de primera clase.

Mariano Cerberon, de segunda.

Blas Pons, de idem.

Gabriel Yusta, de idem.

Juan Fernández, de idem.

PUESTO DE CUEVAS DE VERA.

José Serrano, idem.

Felipe Álvarez, idem.

TENIENTE, JEFE DE LA LINEA.- D. Manuel Hernández Sancho.

Quisiéramos tener el genio de los grandes hombres para relatar dignamente los acontecimientos de aquella noche.

Pero, en su falta, contentémonos con trascribir líneas de una carta escrita dos días después de la catástrofe por un testigo presencial.

«Los Guardias, con heroicos esfuerzos y con más heroica abnegación de sus vidas, se lanzaron á las calles convertidas en furiosos torrentes por espacio de mas de tres horas, y con agua á veces hasta los pechos, se ocuparon en ir poniendo á salvo las personas más necesitadas ó más inmediatamente amenazadas por la tempestad. Tuvieron que hacer varios boquetes en las casas para dar salida á las aguas y con su arrojo y serenidad en tan inminente peligro salvaron varias familias por las ventanas poniéndose ellos debajo para recibir á las personas sin que tocasen al agua, como yo mismo lo vi «hacer con una mujer impedida que sin ese auxilio hubiera seguramente perecido.»

Esto es mucho... pero no es todo aun!

La conducta de esos individuos toma las más heroicas proporciones, al saber que, mientras acudían intrépidos á poner en salvamiento á los vecinos de Huelga, DEJABAN ABANDONADAS SU CASA-CUARTEL Y SUS FAMILIAS QUE CORRIAN EL MISMO Ó ACASO MAYOR PELIGRO QUE LAS DE LOS VECINOS QUE AUXILIABAN.

....Los trabajos anejos á la publicación de esta obra, nos han puesto en conocimiento de muchos hechos, cuyas circunstancias esenciales son idénticas á las del que nos ocupa.

Ellos tienen lugar designado en nuestras Crónicas, y en verdad que no sabemos ya cómo encarecerlos.

Ciertos, muy ciertos estamos de que no necesitan nuestra loa y encarecimiento para aparecer grandes ; pero en tiempos en que tan generalizado está el egoísmo, en tiempos en que es el interés propio el más poderoso móvil de las acciones humanas y sociales, esos hechos, esa abnegación, esas elocuentes protestas de la virtud ante el refinado egoísmo de tantos hombres, arrancan de los honrados pechos los espontáneos gritos de la admiración y la gratitud.

Estos hechos, que en número no pequeño ilustran la brillante historia de la Guardia Civil, son de tal índole, que á ellos debe la Institución la fuerza moral que hoy ejerce, y sobrevivirán al tornadizo olvido de los pueblos, porque ni estos podrán olvidarlos jamás, ni una historia ganada á fuerza de bríos, de abnegación, de honradez y de virtud, puede ser efímera, aunque malos tiempos corran, en la eslabonada cadena de vicisitudes y recuerdos humanos.

Y hasta un sentimiento de nacional orgullo, hará que vivos subsistan esos hechos en la mente de todos.

Nueve nombres acabamos de estampar con satisfacción íntima. Salúdelos con el corazón quien estas páginas lea.

Tiempo es ya de que volvamos á don León Velázquez, á quien hemos dejado caminando hacia Huelga, sin que el miedo doblegara la entereza de su carácter.

Distaba solamente algunos pasos de las primeras chozas de Huelga, cuando vio funestamente realizados sus presagios.

Y al contemplar el pavoroso cuadro que delante tenia, fue un...

—Mi hija!—la exclamación instintiva que brotó de su alma.

No hacia muchos meses que había visto bajar si la tumba á su esposa; mil desgracias habían atenazado de continuo su corazón, y la inminente pérdida de una hija querida le dio valor para correr hacia Huelga, arrostrando la anarquía de los elementos.

Los gritos, los lamentos, las demandas de socorro que do quier escuchaba, le daban claro indicio de que eran generales el estupor y el peligro.

Cogió una rama de álamo que las aguas se llevaban, y apoyándose en ella y al par en las paredes, logró avanzar algo.

El agua, empero, le llegaba ya á la rodilla y con tal prisa y fuerza se engrosaba, que muy pronto, si Velázquez retrocedía, azotaría su pecho.

Un momento hubo en que se sintió mareado, desvanecido, y le fue preciso detenerse.

Nuevas fuerzas reemplazaron pronto á las perdidas y pudo continuar.

Llegó al fin á las tapias de su morada.

Allí... oyó los desgarradores gritos de una mujer que desde una ventana pedía socorro para una niña.

Miró, pero no pudo conocer á la que gritaba.

Sin embargo, conoció la voz, el acento de su anciana prima.

—Carmen!—gritó con voz estentórea—salva á mi hija, sálvala!

Pero la anciana no le oía.

Oh! es triste para un padre estar tan cerca de su hija, y estar al mismo tiempo tan lejos!

Estar tocándose y verse separados por un abismo de muerte!

Ideaba Velázquez mil proyectos para acorrer á la salvación de su hija, pero desistía de todos, porque se encontraba sin fuerzas para afrontarlos.

La puerta de la casa no podía ser abierta, porqué las aguas, penetrando por un pequeño corral habían descendido é inundaban toda la planta baja.

Y cuando ya el padre desesperaba, ve entre las sombras á un hombre, que con agua hasta los pechos, se dirigía hacia la casa.

Llega, toca la pared, trepa,... cómo? no lo sabemos ni él mismo lo sabrá hoy.

En circunstancias tales, obra el hombre sin darse mucha cuenta delo que hace. Cuántas veces se admira después de haber hecho lo que creía imposible y se pregunta á sí mismo cómo lo llevó á cabo!

El Guardia se hizo ver de doña Carmen y la gritó:

—La niña, deme usted la niña!

—Dios mío!—exclamó la anciana estremeciéndose—va á perecer!

—Hasta dónde llega el agua?

—No tiene salida y toca ya el techo de la planta baja.

—Venga la niña! La anciana se retiró.

Velázquez se sentía morir.

Doña Carmen volvió con la niña.

—Acérquela usted á la pared—gritó el Guardia—y déjela caer: yo la recibiré.

—No... no! caerá en las aguas! Usted no puede detenerla con un solo brazo!

Velázquez quiso gritar, quiso acercarse al Guardia, pero ni pudo dar un paso, ni pronunciar una palabra.

—A dónde la llevará usted?

—Señora, no peroramos estos momentos... yo velaré por ella, la pondré en lugar seguro... lejos de las casas...

Doña Carmen suspendió á la niña fuera del alfeizar. —No llores, Ángela, no llores—la decía—y ella lloraba á mares.

La anciana se dobló sobre la estrecha ventana, besó á la niña, cerró los ojos, dio un grito que hirió en lo más profundo el alma de Velázquez... y soltóla niña.

Velázquez la vio caer, la oyó gritar también... y sintió ese estremecimiento tan característico que nos hace creer que se ha abierto nuestro pecho, que nuestro cuerpo se ha partido por su mitad.

El Guardia que aferraba una mano en una reja, esperó con la otra el cuerpo de Ángela; al recibirle, osciló fuertemente y su cabeza botó en la tapia... Velázquez, que lo veía todo, extendió los brazos como si pudiese tomar en ellos á su hija…

Segundos después, el Guardia sentaba á la niña sobre su cabeza y marchaba con la celeridad que las aguas permitían hacia la parte más elevada de Huelga.

—Mi hija! mi hija!—gritaba un hombre que no podía alcanzarle, aunque se esforzaba en ello.

El Guardia no le oía. Encontró á un compañero, le dio la niña, volvió á la casa de Velázquez tornó á encaramarse en la reja, y ya allí, gritó:

—Ahora usted, señora!

Doña Carmen no contestó. Yacía desmayada y tendida en el fondo de la estancia.

Amaneció.

Los elementos entraron en calma y entonces pudieron ser vistos los estragos de solas tres horas de tormenta.

Campos desiertos, casas y chozas destruidas, soledad, silencio sepulcral, y cuatro ó cinco cadáveres.

Registrado uno de ellos, se le halló en un bolsillo un rollo de papeles. Abierto que fue el rollo, pudo verse, no sin alguna admiración, que solo contenía papeles en blanco...

Esta escena coincidía con otra en la casa de Velázquez.

Carmen, decía á su primo:

—Abraza, abraza á tu hija. La Providencia ha velado por nosotros. Aunque no tan grande como esa hubiera sido, otra desgracia te amenazó también.

—Cuál?

—La pérdida de estos papeles.

—Ah, dame! pero no están mojados...

—No era el agua quien se los llevaba; era un hombre el que quería llevarlos. Temí que á viva fuerza quisiera poseerlos, y le di otros.

— Cuéntame... quién osaba?...

—Dime antes lo que valen.

—Valen... la honra de mi calumniado hermano!

.     .     .     .     .     .     .     .     .     .     .     .     .     .     .     .     .     .

Nada nos resta que decir.

En la historia del cuerpo de la Guardia Civil hay desde entonces una gloriosa fecha que la honra y que, cumpliendo el deber que nos hemos impuesto, trasladamos á este libro.

Los compañeros del Señor Hernández, de Rodríguez, Martínez, Cerberon, Pons, Yusta, Fernández, Serrano y Álvarez, no deberán olvidar nunca á cuanto les obliga el deber.

DIEZ DE NOVIEMBRE-DE MIL OCHOCIENTOS CINCUENTA Y TRES.

 CRONICAS ILUSTRADAS DE LA GUARDIA CIVIL

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