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LA TRAICION

  • Escrito por Redacción

a-caballo

LA TRAICION.

Por los años de 1850 recorría los pueblos de Extremadura uno de esos hijos de la vecina nación francesa, que en busca de hombres incautos y demasiado crédulos, traspasan los Pirineos con ánimo de tentar fortuna y mejorar de suerte.

Llamábase Luis —Sirviente en sus primeros años de un profesor dentista francés, había aprendido bien ó mal algunas reglas de la ciencia odontálgica, y hacia 1846 llegó á España prometiendo á los moradores de los pueblos pequeños todas las fingidas maravillas del charlatanismo.

Buena suerte debió favorecerle, porque supo sostenerse por cinco ó seis años sin más recursos que sus promesas de sacar muelas sin dolor.

Sus excursiones le llevaron á Don Benito, donde conoció á la hija de una posadera. Muy luego, sin medir el peso que iba á echarse encima, la pidió por esposa á su madre y logró que la religión les uniese con eternos lazos.

Y unidos vivieron por espacio de ocho años.

Al cabo de este tiempo, las consecuencias de un matrimonio hecho sin reflexión, se dejaron sentir.

El francés, tenía que sostener no solo á su mujer sino también á cinco hijos.

El hambre les amagó; llegó á faltarles el pan.

Ocurrióle entonces á Luis un proyecto, que empezará á darnos idea de su carácter.

Una noche, después de una grave reyerta con su mujer, salió de Don Benito dejando abandonados y en el mayor desamparo á su mujer y á sus hijos.

Por este medio, separando él su existencia de aquellas que debieran serle tan queridas, le sería más fácil vivir. No pensaba en lo que su familia haría en su ausencia; suponía que la caridad de los convecinos la sostendría en un último extremo.

Tomó pues, sin más vacilaciones la ruta de Portugal y volviendo á su antiguo oficio, anduvo por la Raya cerca de medio año.

Llegó á la villa de Alguera, y allí hizo conocimiento con otro francés cuyo nombre no hemos podido averiguar, pero sí sabemos que recorría aquel país en compañía de su esposa llamada Luisa natural de París, y ganaba su subsistencia divirtiendo al público con los juegos de una máquina eléctrica que consigo llevaba.

Este matrimonio era muy desigual en edades, siendo la esposa mas joven que su consorte y no debía madame Luisa hallársele buen grado en la compañía de su honrado esposo, por razones que luego conoceremos.

Uniéronse ambos compatriotas; de Alguera partieron para Santa Marta, y llevaban solamente cinco días de buena amistad, cuando aconteció lo que vamos á relatar, fundados en documentos verídicos.

Luis... y madame Luisa se fugaron de Santa Marta, robando la esposa á su marido la máquina eléctrica que le servía de medio de subsistencia, algún dinero y seis anillos de oro.

El marido, tan criminalmente burlado por quien había abandonado á su mujer é hijos y por la esposa en quien había creído depositar toda su confianza, sufrió con este suceso grandes pesares.

Pero dispuesto á tomar venganza de aquellos que tan sin conciencia le habían engañado, dio parte del suceso á la Guardia Civil de aquella villa; lo notició al señor Gobernador civil de Badajoz, marcando los efectos robados y los nombres de los delincuentes; escribió una historia del hecho á la mujer de Luis... pues este le había dicho que vivía en Don Benito; y después de esto se internó hacía Portugal en busca de los fugitivos, y ansiando encontrarlos para tomarla mas decidida venganza.

Demos por pasados algunos días y lleguemos á la tarde de uno en que, una mujer con un niño en brazos, entraba lentamente en la histórica ciudad de Mérida.

Su rostro conservaba las huellas de pasados y presentes dolores; de penosas vigilias, de tristísimas privaciones.

Sus ojos estaban rojos de tanto llorar, pero ya ni una lágrima vertían.

Era joven; y sin embargo sus movimientos parecían pesados y difíciles, como si cada paso que daba la costara grandes esfuerzos.

Al calor de su seno maternal llevaba un niño de tiernísima edad que dormía ajeno á los sufrimientos que torturaban el alma de la desgraciada madre que le arrullaba en sus cariñosos brazos.

Aquella madre era la hija de la posadera de Don Benito; era la mujer de Luis...

Había recibido la carta del esposo burlado en Santa Marta, y creyendo que los fugados huirían á Francia, la pobre esposa, que hartos sufrimientos tenía ya, tuvo que sufrirlos nuevos y mas grandes, encaminándose á Mérida, donde pensaba salir al encuentro de su marido.

¿Qué voz secreta la hacia dirigirse á Mérida, y no á otro punto, cuando el esposo de madame Luisa buscaba á los delincuentes por los pueblos de Portugal?

Aquella mujer no tenía otras noticias referentes á su marido sino las de la carta mencionada; sin embargo, su instinto de madre, guiado por la Providencia, la hizo sospechar que la fuga sería hacia Francia y que en Mérida saldría al paso á los fugitivos y adúlteros.

Tomó el niño menor, por ser el que mas necesitaba de sus cuidados, y con auxilios pecuniarios de algunas personas, dejó llorando su pueblo natal y entró en Mérida sin llorar... porque hasta el consuelo de las lágrimas se había agotado en el viaje.

Subió pesadamente por algunas calles, pidió noticias de una casa donde pudiese reposar, y así que las hubo adquirido, se dirigió á la posada llamada de las Ánimas.

Difícil era que las gestiones á que iba á entregarse en Mérida dieran un buen resultado.

Fugándose su esposo, se detendría naturalmente muy poco en los pueblos de su paso; podía haber pasado ya por Mérida; podía estar allí y de modo que la desgraciada española no le encontrase; y podía haber tomado otro camino opuesto en un todo al de enlace con aquella ciudad.

Y sin embargo de todo esto, llega la infeliz madre á la posada de las Animas, y al poner su pié en la escalerilla de entrada, se halla frente á frente con su marido que bajaba. Solo la Providencia podía unirlos así.

—¡Luis! ¡Luis!—exclamó aquella desgraciada corriendo hacia su marido.

—Calla—la dijo este—calla; que nadie sepa el motivo de tu venida.

—¡Si vieras cuánto he sufrido! ¡tuve hambre!...

—Ya sé, ya sé que somos los dos muy desgraciados; pero todo tendrá remedio.

La esposa miró á Luis... con una mirada que denotaba que no comprendía aquellas últimas palabras en boca de un hombre que como él había obrado.

Luis... no dijo mas en aquel momento y llevó á su esposa á una habitación de la posada.

Madame Luisa que se hallaba también en aquella casa, y tenía conocimiento de la vida anterior del que se fugaba con ella, oyó en parte la conversación de la española, y de acuerdo con Luis... determinó trasladarse á otra morada; hízolo en efecto con el mayor sigilo, después de recomendar mucho al ama de la casa el mas profundo silencio acerca de lo que sucedía.

Verificado este cambio de domicilio, Luis... pudo ya fingir sobre seguro delante de su mujer.

Se hizo de nuevas cuando esta le puso ante su vista la carta del esposo ultrajado y juró que todo aquello era falso, pues no habiendo casi hablado con la tal madame Luisa... mal podía haberse fugado con ella; y presentó á la española como última prueba de no haberla faltado, el hallarle en Mérida solo como le veía.

Su infeliz mujer, ¿por qué ocultarlo? le creyó cándidamente.

—La tal madame Luisa—dijo el marido—habrá huido sola ó con otro hombre; habrá coincidido su marcha con la mía y su esposo creerá que yo le robé mujer y alhajas. Se ha engañado: he venido solo como me ves.

La honrada española que quería entrañablemente á Luis... creyó en sus palabras, porque prefería vivir engañada á conocer que era verdad lo que la tal carta decía.

Además, ella no veía que mujer alguna estuviese con su marido; preguntó secretamente á la dueña de la posada y esta, avisada como sabemos por Luis... la dijo ser falsas todas sus sospechas.

Y así continuaron por espacio de cinco días. La española trató de hacer que Luis... volviese sus ojos de esposo y padre á su desventurada familia; y consiguió algunas promesas.

—Sí, sí; trabajaré para ti y para nuestros hijos; la Suerte nos favorecerá.

—¡Ah!— exclamaba la pobre y engañada esposa—si vieras cómo viven tus hijos! La caridad sola sostiene á ellos y á su madre; ¿recuerdas que hermosos eran? pues hoy están pálidos y tristes; las privaciones y el hambre les impiden crecer!... ¡hijos míos! ¡Ah! tú tendrás compasión; tú serás bueno para esas pobres criaturas que nada malo han hecho para padecer así. ¿No es verdad que cuidarás de su vida?

Luis repitió sus ofertas y logró tranquilizar á su demasiado crédula esposa asegurando que tendrían sus hijos un buen porvenir y los padres una tranquila vejez.

Y después de decir á la española que tenía necesidad de salir por haber sido llamado para una operación de su arte, dejó la posada y se encaminó con gran recato á la otra en que habitaba su cómplice y compañera de fuga.

Consideraciones especiales que á nadie se ocultarán nos impiden comentar estos hechos como quisiéramos; dejamos, pues, los comentarios al buen juicio de los lectores y nos contentaremos con narrar los hechos clara y sencillamente.

Ínterin pasaban estos sucesos en la ciudad de Mérida, el francés robado corría por Oporto y Lisboa en busca de los fugitivos. Este trabajo era como sabemos, completamente inútil. Había, sin embargo, un poder mas vasto, mas seguro que el suyo; un poder que tiene representantes en todas partes; que es como una especie de red de hombres tendida por toda España y en la que tropiezan, se enredan y caen los delincuentes.

La Guardia Civil.

Esta tenía ya noticia del suceso por distintos conductos; corrieron las requisitorias perfectamente detalladas y una de ellas llegó á manos del entonces comandante interino del puesto de Mérida, Ramón Trigo Salvador.

Conocía este de vista al Luis... y al recibir la requisitoria, dispuso que el Guardia 2.° de infantería, Juan Ruiz Pérez le acompañara á recorrer las posadas y paradores para tener así conocimiento de la morada en que vivía el fugitivo.

Al efecto, inquirieron en algunas casas y nada positivo pudieron saber hasta que Trigo y Salvador encuentra á Luis... en la posada de las Ánimas, y en compañía de su esposa.

Al saber el veterano que la engañada madre estaba allí con su marido, y conociendo al mismo tiempo que le faltaba otra persona que buscar y debía obrar en todo con mucha cordura y sigilo para evitar que la Luisa... huyese al saber la prisión de su cómplice, dilató esta, y sin decir nada al francés dentista, determinó que el Ruiz se quedase de vigilante en la posada.

Llamó entonces á la dueña de la posada conociendo lo mucho que podía servirle y trabó con ella una silenciosa plática.

La mesonera negaba al principio todo lo que podía perjudicar á Luis... pero algunas palabras indiscretas pusieron muy sobre aviso al Guardia (1) y le dieron indicio de que aquella mujer sabia mucho mas de lo que le decía y que á toda costa quería callar.

Recurrió entonces el celoso Guardia á las ofertas pecuniarias y prometió á la posadera una buena suma si le decía todo lo que debía saber.

El resultado fue inmediato.

—Guárdeme usted el secreto, señor Guardia—dijo la mujer que debía ser sin duda muy aficionada al dinero—guárdeme usted el secreto y le diré donde está la persona que busca.

—Dígalo usted sin usar de rodeos y en pocas palabras.

—Pues bien... La francesa está oculta en la posada de la calle de Santo Domingo; apenas sale y está siempre encerrada en su habitación; solo recibe á Don Luis... y solo esperan los dos á poder burlar á esta infeliz que ha llegado hace cinco días, para huir á Francia.

Con estas noticias que le decían cuanto el honrado veterano deseaba saber, se separó de la posadera y recomendando al Ruiz la mayor vigilancia y el impedir la salida de Luis, se encaminó sin más dilación á la calle de Santo Domingo y entró en la mencionada posada.

Se dirigió con toda seguridad al posadero y le preguntó por madame Luisa dando las señas de la requisitoria.

Contestó el posadero que no existía allí aquella persona y lo afirmó con acento de gran seguridad.

Adivinó entonces el Guardia que sería infructuoso preguntar más, y en los términos que tales casos requieren, le amenazó con registrar la casa.

El posadero volvió á decir que la persona de aquel nombre y señas no habitaba en la posada.

El Guardia entonces, dio principio á un minucioso registro.

No era muy vasta la morada y ya se hallaba el Guardia al fin de su requisa, cuando halló en una pequeña habitación á una mujer que al verle comenzó á temblar llena de miedo.

Representaba aquella joven veintidós años de edad y era extremadamente rubia.

Estas dos cualidades respondían á las señas de la requisitoria que el celoso Guardia tenía en su poder, y el temblor y pánico que en aquella ocasión demostraba la hospedada, eran un evidente indicio de que temía por algo la presencia de la Guardia Civil.

Dio principio Salvador a tomar la declaración que el caso exigía y al ver que la declarante hablaba otra lengua que no era la española no le quedó duda de que tenia ante sí á la persona que buscaba.

Nada tiene de extraño que el Guardia no estuviese familiarizado con aquel lenguaje; pero ya por conjeturas ya comprendiendo algunas palabras, adivinó que Luisa declaraba:

—Ser esposa de un francés.

Estar casada con él por medio del contrato civil usado en Francia y mediante una obligación hecha por el contrayente con el padre de ella, que vivía en París.

Haberse fugado en Santa Marta robando á su esposo la máquina eléctrica y los anillos, por insinuación de Luis....

Y por último que todos estos efectos se encontraban en poder del citado cómplice.

Oída tan precisa declaración, formó el Guardia las diligencias de costumbre; fue constituida en prisión la esposa adúltera, después Luis... y ambos con los efectos robados fueron conducidos por la Guardia Civil, de cárcel en cárcel, á Badajoz, y bajo las directas órdenes del Gobernador Civil.

Se incoó causa en aquella audiencia y estaba ya próxima al fallo cuando avisado convenientemente por exhortos, llegó á Badajoz el pobre marido tan bajamente burlado en Santa Marta.

Y después de recoger los efectos robados quiso ver á su esposa adúltera á la cual dijo:

—Señora: la Guardia Civil os llevará de cárcel en cárcel hasta la frontera; desde allí seguiréis de igual modo con la gendarmería hasta París.

Una vez allí os dirá vuestro padre:

—Tu esposo te devuelve á mí, porque has sido adúltera!—Os disculpareis con él; yo no quiero ni puedo oír disculpa alguna porque temo que al oirías me falte la calma. Vivid, señora, allí más honradamente y sed feliz si los remordimientos os permiten serlo. ¡Adiós!

Y sin esperar á más, se separó de aquella mujer que había cometido la más negra ingratitud.

Se dirigió en seguida á los jueces que entendían en aquella causa y declaró ante ellos que, como parte injuriada perdonaba á Luis... con la condición precisa de que este había de volver al lado de su mujer y amparar como buen padre á sus abandonados hijos que morían en la más triste miseria.

Preguntó también los nombres de los Guardias que así habían favorecido sus intereses y vengado su ultrajada honra, y rogó que les hiciesen presente lo agradecido que se hallaba, no encontrando palabras bastantes para alabar la que él llamaba Gendarmería Española.

 

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