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UN ODIO A MUERTE

  • Escrito por Redacción

INCENDIO-VIVIENDA

UN ODIO A MUERTE.

En el anochecer del 17 de Julio de 1851, las campanas de Santa Fe anunciaban fuego con sus vibrantes sonidos. Los moradores de aquella villa, alarmados por tan inesperado cuanto terrible suceso, corrieron al lugar del incendio.

El fuego tomó muy pronto gigantescas proporciones; había tenido principio en la parte baja de una casa, y voraz y devastador, posesionado de toda ella, amenazaba impío á las contiguas, elevando al cielo sus llamas en rojas espirales.

Nada hay más bello que el fuego; nada al mismo tiempo más terrible; ningún otro elemento asume en grandeza tanta, ambas cualidades.

Ciega pasión de la naturaleza, solo tiene en la sociedad algo que se le asemeja en lo horrible: la calumnia; algo que se le asemeja en lo bello: las ilusiones de un corazón de joven.

Los moradores de Santa Fe, inquietos ante un peligro difícil de localizar y que amenazaba ser común, proyectaron trabajar de consuno, uniendo sus esfuerzos, y convencidos de la siguiente verdad social, que no debiera olvidarse tanto:

—La protección de todos a uno, salva a todos.

El fuego lamia ya las paredes vecinas; gritos desgarradores que salían de la casa incendiada, llenando de terror al pueblo en torno de ella agrupado, daban positivo indicio de que allí había seres humanos que imploraban protección con un pie ya en la pavorosa tumba que la suerte les deparaba.

En medio del general estupor, exhalase un unánime grito de esperanza. La Guardia Civil está allí. El bravo sargento segundo D. Manuel Roldan, con los Guardias de su mando, se abre paso y sin detenerse en contemplaciones, penetra en la casa presa del voraz elemento.

Un Guardia cae entre las llamas; ciegan á otro los negros turbiones de espeso humo; á otro hiere el desplome de una viga incendiada, y el que menos padece, tiene que despojarse precipitadamente de sus ropas que arden.

El pueblo que lleno de atonía los contempla, pide con gritos la salvación de aquellos hombres.

—No entréis! No entréis!—les dicen.

Ninguno de ellos volvió la cabeza ni vaciló un momento.

Quejidos de supremo dolor parten de una habitación cuya entrada hace imposible el fuego.

El trabajo empieza. El sargento Roldan, Manuel García (que había sido albañil) y José Sides, hacen esfuerzos que los demás secundan dignamente.

La noche cerró por completo los horizontes. Los espectadores de aquel drama pavoroso, como si fueran un solo y compacto cuerpo, estremecidos por idéntica emoción, gritaban:

—¡Van á morir!—Hubo Guardia que sonrió al escucharlos.

Conviene mucho á la claridad y perfecta comprensión de la escena final de nuestro relato, el retroceder algunas horas sin dejar por eso á Santa Fe.

Nos encontramos, pues, en la mañana que precedió al incendio, y en los alrededores de la villa.

De esta sale un hombre que con paso precipitado se dirige á un matorral distante de ella un kilómetro.

Tiende por la vega miradas recelosas y su ruda fisonomía se contrae de vez en cuando, como reflejando las ideas que surgen en su mente.

Su traje, aunque no sus ademanes, participa á la vez de los usados en las llamadas clase baja y media: viste sombrero blanco, larga corbata negra arrollada al cuello, chaqueta, pantalón de buen paño y botas de campana.

Hay fisonomías en que se lee; la del desconocido era una de ellas. Aquel hombre, dirigido al bien, hubiera sido un Paul; dirigido al mal, un Doumollard.

Llegado que fue al matorral, se detuvo ante una piedra de grandes dimensiones; sacó de un bolsillo de la chaqueta un lápiz, y con él, después de tender á su rededor una mirada escudriñadora, escribió en el sillar una sola letra—S.—

Guardó rápidamente su lápiz, y convencido de que nadie le había espiado, volvió por sus mismos pasos á Santa Fe, sin que lo malo del camino le obligara á hacer movimiento alguno de disgusto ó contrariedad, antes bien parecía no conocerlo; que acontece esto cuando una idea fija absorbe todas nuestras facultades, abstrayéndonos por completo del mundo exterior que nos rodea.

Media hora después, un hombre, que gastaba chaqueta y cubría su cabeza con un sombrero de viejo fieltro, llegó al matorral y se acercó á la piedra marcada.

Al leer la—S.—misteriosa, su fisonomía se nubló; temblaron todos sus músculos y retrocedió dos pasos víctima de terror indecible ó de dolor inmenso.

Bajó su cabeza, y tras cortos momentos de meditación, tornó á seguir su ruta, desapareciendo á poco de aquellos lugares. Momentos después, cruzaba por el matorral una pareja de la Guardia Civil.

Nuestros lectores pedirán, y con notoria justicia, la explicación y causas de la anterior misteriosa escena. Nada más lejos de nuestro ánimo que faltar á este deber; vamos, pues á complacerles, en la seguridad de que, cuando hayamos concluido, llegarán aun á tiempo para apagar el voraz incendio de Santa Fe.

Hay hombres cuyo destino es hacer mal á una familia entera, desde los decrépitos abuelos hasta los nietos, efecto acaso de una profunda aunque inexplicable antipatía de raza.

Le encuentran siempre en su camino y cada encuentro es un suceso aciago; engaña á unos, hiere á otros.

Al ver sus instintos, se creería que la naturaleza inerte tiene rencores inveterados, pasiones de odio ciego como ella.

Martin L*** era uno de esos hombres Martin L*** se llamaba el que, llegando el primero al matorral, escribió la—S.—que leyó el segundo.

Enumeremos ahora los desastres que causó á una familia.

En la guerra, cual ninguna gloriosa, que conocemos con el santo nombre de Guerra de la Independencia, militaban á las órdenes del general Castaños, el padre de Martin L*** y un amigo suyo llamado Simón. Los ascensos y hechos gloriosos de éste, fueron causa de que la envidia más vil y rastrera se posesionase de aquel; envidia que acrecentó una disputa tenida entre ambos, y que dio al fin por resultado una infamia que no esperaba el bravo y honrado militar Simón.

En medio de una de las mil sangrientas escaramuzas que entonces se sucedían diariamente, el padre de Martin, aprovechando la oscuridad de la noche y la confusión de la batalla, adelantó hasta muy cerca del enemigo, seguido de Simón á quien había dicho:

—Sígueme! resguardados por aquellos árboles, podremos matar cien franceses en una hora.

Simón no vaciló; y llegados que fueron á ellos, L*** se arrojó sobre Simón, que no pudiendo defenderse de tan meditado y traicionero ataque, se vio á poco atado á un árbol y sin armas de que poder valerse.

—¡Mátame, miserable—exclamó—antes que dejarme en poder de los soldados de Napoleón!

L*** vaciló, pero no atreviéndose á dar muerte al que había sido su amigo, corrió á incorporarse á su compañía, sintiendo silbar en su redor las enemigas balas.

Aquella noche, Simón fue prisionero de los franceses que llegaron á poco al pequeño bosque.

Años después, traición tan infame fue contada por Simón moribundo á sus dos hijos que lloraban al lado de su lecho.

—He buscado á ese miserable, pero no pude hallarle nunca; hoy que voy á morir, os hago conocedores de su nombre. Si él ha muerto, me encontraré con él dentro de muy cortos momentos. Sed buenos, hijos míos; vuestra madre y yo os esperamos allá. Adiós....

Y la fría mano de la muerte paralizó aquellos labios.

El hermano mayor, trascurridos cuatro anos después del fallecimiento de su padre, se casó, y ya tenia un hijo de seis años, cuando una noche, al volver á su pueblo, una bala, penetrando en su pecho, le dejó muerto instantáneamente.

No se oyó la detonación del arma; el asesino, hiriendo á mansalva, había utilizado una escopeta de viento.

Superfluo nos parece advertir el desconsuelo de la viuda, y el profundo pesar del hermano menor que á la sazón militaba en nuestro ejército.

Nuestros lectores adivinarán el nombre del asesino; sabrán que es Martin, hijo del miserable que hizo víctima de su envidia á Simón.

—Ahora bien, ¿qué motivo le impelió á tamaño crimen?

Digámoslo en breves palabras.

Martin se había enamorado de la mujer del hijo mayor de Simón, cuando estaba aun soltera.

Pero era sin duda heredero de los instintos de su muerto padre, porque así como la envidia de aquel había acrecido, así acreció su pasión al verse despreciado y pospuesto á otro hombre que logró unirse en matrimonio á la que él amaba.

— «Llegué, vi y vencí»—dijo César Augusto.

—Pensar, ver y matar—hizo Martin L*** en una noche.

La nuera del difunto Simón, quedó pues, viuda y sin más protección que la de su cuñado, entonces muy lejos de ella.

Nadie pudo adivinar quién fuese el asesino de su esposo, y nadie hubiera puesto en boca el nombre de Martin, conocido entonces por hombre que, teniendo algunas haciendas, era muy caritativo y de honradez sin tacha.

¡Hasta tal punto se cubre la maldad con el disfraz de la virtud!

Martin no podía querer que su crimen fuese infructuoso, y al efecto ideó un plan que á costa de inconcebibles trabajos llevó á la práctica, impulsado por viles y disparados instintos.

En otra noche—que la noche es madre del crimen y del infortunio—penetró en casa de la abandonada nuera de Simón: disfrazado su rostro con una peluca, pintados sus negros bigotes hasta hacerlos parecer canos, y puestas en los pies unas alpargatas que impidieran seguir después su rastro por las huellas marcadas en la tierra.

¿Nos será posible referir lo que allí sucedió? No; aunque á la mente se resista el comprender maldad tanta, tan negra alevosía, adivínela ella, que no bastarían palabras á explicarla.

Baste saber que los gritos del niño se apagaban en un pañuelo que tapaba su boca, y que su desmayada madre yacía á merced del miserable Martin.

Al siguiente día, el cabello de la madre estaba blanco; una noche había bastado para encanecerlo.

¡Cuánto y cuán horrible habría sido el sufrimiento de aquella desgraciada madre! Dios solo puede comprenderlo.

Muy en breve la noticia de tan desgraciado suceso fue sabida por todos los habitantes de Santa Fe, quienes honrados y compasivos se apresuraron á socorrer las víctimas de la alevosa traición.

La justicia entendió en el asunto, pero fueron inútiles sus pesquisas. Madre é hijo no pudieron conocer al miserable, y unas alpargatas halladas á cien pasos de la casa dieron á entender que se habían tomado para la perpetración de hecho tan abominable, todas las precauciones de seguridad.

La infeliz viuda, víctima de una fiebre lenta y mortal, falleció á las pocas semanas, dejando un huérfano que la caridad de un honrado matrimonio convecino se encargó de educar, prohijándolo.

A todos se hizo claro ya, que la muerte del hijo mayor de Simón, estaba enlazada con la última desgracia de su viuda y que el que había causado esta, preparó antes os medios, sin detenerse en examinar su bondad ó maldad, cometiendo un asesinato, que creía sin duda necesario para el seguro logro de sus ambiciones, criminales ante Dios y ante la naturaleza entera.

En una mañana de primavera, un licenciado del ejército entraba en Santa Fe, nublado el semblante por los recuerdos que aquella villa despertaba en su mente.

Su primer cuidado fue dirigirse al cementerio; y así que hubo llegado á él, buscó la tumba de sus padres, y oró lleno de santo recogimiento.

Buscó después la de su hermano, y como hubiese llamado su atención otra cruz, casi unida á ella, leyó lo que en letras blancas decía.

—¡Ambos han muerto!—exclamó—¿por qué se me habrá ocultado esta nueva desgracia? ¡Qué triste es volver al pueblo que me vio nacer, en el que he dejado una familia, y no hallar á nadie, y encontrarse solo! ¡ Oh! al menos debe existir un niño en quien depositaré todo mi afecto, á quien consagraré mis afanes! Es necesario que yo le busque, que yo averigüe donde está. Hermano mío, si tu hijo no te acompaña en esa tumba, será de hoy más hijo mío; yo velaré por su porvenir!

Dicho esto, tornó á arrodillarse, y sus labios volvieron á pronunciar las frases de una oración.

El buen veterano adquirió en aquel mismo día las noticias que nadie se había atrevido á comunicarle antes.

Recogió al hijo de su hermano, y decidido á trabajar sobre la base de los ahorros con que se había encontrado al licenciarse, comenzó para él una vida de calma, interrumpida solo por los funestos recuerdos de un pasado doloroso y lleno de arcanos.

—Mi padre víctima de una traición!—pensaba.—Mi hermano asesinado! Mi cuñada muerta por el dolor de un ultraje horrible!

Y estas tres ideas, que de continuo le atormentaban, ya en medio de los trabajos del día, ya interrumpiendo su sueño en el silencio de las noches, filtraban en su alma gota á gota, un odio ascendente, voraz, indestructible mortal, hacia aquel enemigo jurado de su familia que le era desconocido.

—¡Oh!—pensaba—si quiere destruirla, algún día se pondrá en mi camino... y entonces... entonces, le mataré sin duda alguna!

Y su odio cada vez más reconcentrado, cada vez más cruel, le hacia repetir hasta en sueños:—Le mataré!—le hacia, cuando iba al cementerio ó pasaba cerca de él, jurar la muerte de una persona, que sin embargo, desconocía.

El tiempo no pudo entibiar este insaciable anhelo de venganza, avivado por los recuerdos que despertaban en él continuamente el niño y los lugares de la villa.

Un día, aconsejado por varios amigos, y después de concertar con el honrado matrimonio de que ya hemos hecho mención, la educación de su sobrino, puso en orden sus papeles y sentó plaza en la Guardia Civil.

Salió de Santa Fe, y cuando tornó destinado á ella, una conversación sostenida en la plaza entre varios vecinos, le hizo exclamar en voz alta:

—Creéis que mi objeto al ser Guardia civil es buscar al enemigo de mi familia? algo hay de eso; trabajaré incesantemente para encontrar á ese hombre, y confío en que habré de hallarle tarde ó temprano.

Y una ráfaga de odio cruzó por su semblante.

—Entonces—continuó con febril agitación—mi venganza será cruel, muy cruel.

Martin L*** que se encontraba allí, escuchó esto y tembló por su seguridad. Tenia á su lado un hombre que le perseguiría, que le juraba muerte!...

Martin, no desmintiendo su carácter, se separó calmosamente del grupo, cruzó varias calles y entró en una casa de miserable aspecto.

Allí habló largo rato con un hombre y le dijo al retirarse:

—Pasarás por el matorral todas las mañanas; cuando en la piedra grande veas escrita una—S—recordarás lo que acabamos de convenir.

Nuestros lectores, pues, tienen ya explicada la escena del matorral.

Pero el amigo de Martin, así que hubo visto la—S,—se dirigió á la casa de la Guardia Civil, y con voz agitada pidió confidencia á un Guardia.

Este Guardia no era otro que el hijo menor de Simón; y así que se hubieron retirado á discreto lugar, el que llegaba del matorral, habló así:

—Usted debe sin duda conocerme.

—De vista nada más.

—Pues bien; soy un pobre ser, que viviendo en la miseria más completa, he tenido que recurrir á un hombre que me salvó de morirme de hambre. Esa persona tiene desde entonces derechos sobre mí; derechos que me recuerda siempre, y yo le sirvo como un esclavo. No hace, muchos días que me dijo:

—Te daré seis mil reales, pero tienes que librarme de un hombre. Después huirás como puedas.

Yo soy honrado, señor Guardia, y la miseria ó la gratitud no pueden obligarme á villanías. Decidí en mi interior salvar al hombre en cuestión, y dije sí á mi protector. Ha llegado el momento de salvarle. Pero el secreto.....

—Hable usted; sé lo que es una confidencia.

—El padre de usted se llamaba Simón?

—Sí; pero...

—No fue víctima de una acción villana?

—Cierto... continúe usted...—dijo el Guardia anhelante.

—El hermano de usted murió asesinado...

—Si... sí...

—Su mujer...

—Dios mío! habré hallado al fin lo que buscaba?

—Y yo he sido encargado de quitar á usted de en medio, porque estorba á ese hombre.

—Quién es? quién es? —exclamó el Guardia, rojo de ira, y respirando apenas.

—El traidor, el asesino, el villano... ayer habló á usted...

—¡Su nombre!

—Y después daré pruebas... el padre de usted conoció á su padre...

—Pronto, acabe usted!

—Pues bien... Martin L***!

Renunciamos á describir lo que en aquel momento pasó por el alma del Guardia.

Su sangre toda afluyó impetuosa á su corazón.

Iba á vengarse al fin!

Iba al fin á cumplir su juramento de odio á muerte!

Y en aquel instante se olvidó de que era soldado del bien, en quien no debieran tener cabida odios ni rencores.

Horas después, á la caída de la tarde de aquel día, se incendiaba una casa en Santa Fe, y nos parece ya conveniente volver á ella.

Una hora hacia que los Guardias trabajaban para localizar ó cortar el fuego, y sus esfuerzos, sobremanera peligrosos, empezaban á dar fructuosos resultados.

El fuego, herido de muerte, iba plegando sus rojas alas.

Un Guardia, al pasar de una habitación á otra, creyó percibir en medio de los chirridos de las maderas, ayes agonizantes que partían, según toda probabilidad, de una estancia rodeada de llamas.

Su primer movimiento fue arrojarse á la puerta, pero una ráfaga de espeso humo le obligó á cerrar los ojos y á retroceder.

—¿Quién es usted?—preguntó para cerciorarse de que había allí algo humano.

—Ah!...—contestó una voz apagada—las fuerzas me han faltado para gritar... sálveme V. y le daré tres mil reales... seis mil.

El Guardia quedó petrificado como si oprimiesen su cuerpo los anillos de una serpiente.

Creyó reconocer aquella voz... sin embargo, no era la del dueño de la casa.

—Quién es usted?—gritó con voz estentórea.

—Seis mil... diez mil reales si usted quiere... y yo podré dárselos: soy Martin L***.

Todos los músculos del Guardia se contrajeron de un modo horrible; su fisonomía tomó tal aspecto, que cualquiera de sus compañeros que le hubiera visto no hubiera podido conocerle.

La transición fue instantánea, pero también de corta duración.

Soltó un hacha que llevaba en su mano ulcerada por el fuego, buscó el lugar más próximo á la puerta de aquella estancia, y allí, arrimado á la pared con la sonrisa siniestra en los labios y cruzados los brazos, esperó á que los chirridos del fuego le diesen á conocer que las llamas habían llegado al cuerpo de Martin L.***

Mas de pronto, como obedeciendo á un irresistible impulso interior, tomó el hacha y se lanzó á la puerta.

Sus cabellos se quemaron y casi ahogado por el humo tuvo que retroceder.

No podía salvarle!—Salvarle!—pensó —y he pensado en eso? Salvarle! imposible, porque no quiero! Hoy se extinguirá mi odio con la muerte de ese hombre! Salvarle! exponerme yo á perder la vida por un hombre cuyo apellido me recordó mi padre al morir; por un hombre que causó la desgracia de mi familia! Exponerme yo á perecer por quien aun en esta mañana proyectaba mi ruina, mi muerte no, nunca!

Una voz interior la voz de la conciencia, le gritaba:

—No es tu enemigo, no es asesino, no es Martin L***, es un hombre próximo á morir y nada más; ahoga tus odios; cumple tu deber: sálvale!—

El rudo combate que en el Guardia sostenían el bien y el mal, destrozaba su alma; los quejidos de Martin se hacían cada vez menos perceptibles.

El tiempo apremiaba; era perentoria una decisión. Las llamas azotaban ya el tabique y el humo adquiría un rojo muy subido, semejante al color de la sangre.

El Guardia escuchaba los gritos de sus compañeros que allí, á su lado, arriesgaban sus vidas por salvar menos que una vida, una propiedad.

Y él, él tenia allí un hombre!

Decidese al fin y da algunos pasos.

Sentía que su corazón parecía rompérsele, que su frente iba á estallar... y creía ver en medio de los rojos turbiones de humo y llamas, la sombra de su padre moribundo que le pedía Venganza!—la de su hermano mayor que le gritaba:—Véngame!—la de su cuñada que le decía—No perdones—Y á esas voces respondía una suya:—Ha querido darte la muerte! No tengas compasión!...

Ya hemos dicho en otra ocasión, que

del odio á la compasión,

del dichoso al afligido,

media tan solo un latido

del humano corazón!

Pero, era posible que aquel odio, caído gota á gota en el alma del Guardia, en el trascurso de años enteros, se trocara de pronto en caridad, más aún, en abnegación?

El hombre ama con la misma fuerza con que aborrece. La pasión del amor ciega á muchos hombres como la del odio al hijo menor de Simón.

EL GUARDIA puso su agitada mano sobre el corazón de Martin; latía aun.

Vencerse requiere en ambos casos idéntica lucha interior.

La voz de la conciencia volvía á gritar:

—Ese hombre no te pertenece! Tú no eres en este instante hijo ni hermano, eres un hombre que ha jurado deberes que están muy por encima de pasiones personales! Tú no eres tuyo, eres de la sociedad entera! Salva á Martin! Salva á quien iba á asesinarte!

Un último ímpetu de odio le hizo exclamar:

—Martin, estás en mis manos; puedo vengarme, asesino de mi familia! Tu vida depende de mi voluntad! Soy el hijo de Simón! Soy...

Un quejido desgarrador heló las palabras en los labios del Guardia.

—Va á morir!—exclamó de pronto.

Vibró su hacha, dejó aquella puerta inaccesible, y buscando un tabique de la estancia, clavó en él su cortante arma con desesperación.

El tabique era endeble y pronto el Guardia saltó en la habitación.

Ya era tiempo.

Las llamas prendían en el traje de Martin, que tendido en el pavimento y herido en la frente, parecía cadáver.

El Guardia puso su agitada mano sobre el corazón de Martin; latía aun.

Arrancó á las llamas una cortina que amenazaban quemar; la mojó en un charco de agua del pavimento y volviendo á Martin le colocó sobre sus hombros.

Aquel movimiento hizo que Martin volviese un tanto en sí. Miró á su salvador y al reconocerle, exclamó con i inexplicable emoción:

—Tú! tú me salvas!—

El Guardia le aseguró bien y dio un paso más hacia la horadación de la pared. Sus ojos, hinchados y rojos, lloraban lastimados por el humo y el calor.

Dio otro paso más... una vibrante ráfaga de fuego se dirige á él... La detiene con la cortina empapada en agua... y salta al fin fuera de aquella estancia.

Pero cuando su pecho se ensanchaba para respirar aire más puro, un mareo, un desvanecimiento invencible, le hizo inclinar la cabeza... y caer.

Cuando volvió en sí, se halló en otra estancia y rodeado de dos de sus compañeros. Uno de ellos dijo:

—Gracias á Dios! Temimos por tu vida. El fuego está completamente vencido, después de cinco horas. ¿Puedes levantarte?

Probó á hacerlo, más de pronto despertado por un súbito recuerdo, miró á su derredor y no vio sin duda lo que sus ojos buscaban, porque exclamó:

—Habéis visto á mi lado... un hombre?...

—No, á nadie. Has salvado á alguno?

—¿Yo? no, no salvé á nadie... á nadie!... Y concluyó para sí el pensamiento:

—He salvado á un hombre; he dejado huir á un criminal!

Minutos después, los Guardias atravesaban silenciosos por entre la multitud, que, al ver sus ropas desgarradas, sus ulceradas manos y sus hinchados ojos, prorrumpía en entusiastas aclamaciones hacia aquellos hombres que escasos siempre de palabras, traducían en elocuentes hechos sus pensamientos de héroes del Bien y del Deber.

.     .     .     .     .     .     .     .     .     .     .     .     .     .     .     .     .     .

Trascurridas algunas semanas fue dirigida á la Dirección de la Guardia Civil una comunicación que entre otras cosas decía:

—«Hoy se me ha presentado un hombre, solicitando «hablar al guardia... y delatándose de asesino... Se llama «Martin L.»

Dios había pasado por la conciencia de aquel hombre! Su arrepentimiento le hizo feliz porque confiaba en merecer con él el perdón del Autor del mundo. Acaso no se hubiera arrepentido si la acción heroica del hijo de Simón, no le hubiera hecho conocer su maldad y pequeñez, iluminando un corazón sumido hasta entonces en las profundas sombras de instintos debidos solo á una descuidada y aun más sombría educación.

.     .     .     .     .     .     .     .     .     .     .     .     .     .     .     .     .     .

—Todas las tardes, al declinar del día, un hombre vestido con el uniforme de Guardia civil, oraba fervorosamente en el cementerio, triste como todos, de Santa Fe.

Los restos mortales de tres personas queridas, moraban allí en el lúgubre y misterioso silencio de las tumbas.

Y aun hoy, no falta quien coloque tres coronas sobre tres cruces, cuando las campanas, con quejumbroso tañido, anuncian el Día de difuntos.

Hemos dicho que el presente relato seria corto; no nos hemos equivocado. A nuestros lectores toca decir después de pensar en él si hemos acertado también al aseverar que era fecundo en el campo de la meditación y las deducciones que de él brotan, si se le estudia con alguna calma.

 

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