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LAS RUINAS

  • Escrito por Redacción

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LAS RUINAS.

Bajo la impresion de dolorosa tristeza que la desgracia produce siempre en el corazon del hombre que estima en algo la felicidad de sus compañeros en esta tierra de tránsito, destinada por Dios para que vivamos como hermanos, vamos á relatar en breves páginas los tristes sucesos acaecidos en Perelló (1) y en la noche del 27 de Diciembre de 1864.

Por desgracia, ó acaso por fortuna, porque nadie es feliz en la tierra, son cortos los dias en que brilla clara la luz de nuestra vida que oscila siempre próxima á apagarse á semejanza de una llama azotada por los vientos.

Desde que nacemos, comenzamos á morir; cada paso que damos nos acerca irremediablemente á ese hueco de sucia tierra que es el destino de nuestro cuerpo cuando el alma, corriendo hácia Dios, le deja lívido, frio, abandonado, muerto.

Corta es nuestra siempre combatida existencia; y por eso la queremos tanto; por eso tememos tanto á esa muerte que vemos siempre á nuestro rededor, que bate amenazante sus negras alas sobre nuestra cabeza; que llevamos, en fin, dentro de nosotros mismos, como herencia de nuestros primeros padres; que fueron tambien los primeros pecadores.

Terrible como la cólera de Dios ante el que le olvidó, es ese castigo de muerte impuesto á la humanidad por sus delitos.

Así lo conocemos todos, y por eso sufrimos siempre que pasamos ante un cementerio, siempre que vemos un cadáver, siempre que, como en el caso que referimos en esta Crónica, sabemos que hermanos nuestros han muerto ó corrido riesgo de muerte.

Los sucesos que vamos á relatar son muy próximos; ninguna persona que los haya sabido ha podido olvidarlos aun; démosles nosotros mas larga vida colocándolos en este libro que escribimos con inquebrantable fé, y con ciega esperanza de que no será para todos inútil.

Hemos dicho ya que los acontecimientos objeto de estas páginas se verificaron en la noche del 27 de Diciembre de 1864; falta ahora que digamos que esta noche era en extremo tempestuosa.

Recientes están aun los desastres que la inundacion produjo en el rico reino de Valencia; las suscriciones nacionales y particulares para los alcireños continuan aun abiertas; no hay invierno que no deje en España recuerdos de dolorosas catástrofes. El de 1864 á 1865, cuenta entre otras muchas, que á su tiempo referiremos, la de Perelló.

La noche, deciamos, era tormentosa; el huracan y la lluvia, haciendo de la tierra su campo de pelea, disputaban con ira á cual de los dos elementos causaría mayores desastres.

Entraba la noche en su último tercio, cuando esta lucha de elementos dió el primero y mas funesto resultado.

Gran parte de una casa, habitada á la sazon, se desplomó con horroroso estruendo.

¿Sería posible describir el grito de aquella fábrica al caer, y la confusion de ayes y lamentos humanos que le siguieron?

No lo intentaremos siquiera; hay cosas que se sienten, pero que no pueden esplicarse; si nos abstraemos en honda meditacion, si cerrando los ojos hacemos que nuestra imaginacion nos presente el pavoroso cuadro de tal desastre, habremos hallado el único medio de representárnoslo, de comprenderlo en toda su magnitud y terrible grandeza.

La oscuridad de la noche era tan profunda que un hombre á quien la tempestad detuvo en un camino próximo á Perelló, dijo que al tender su mirada al deredor, creia hallarse dentro de una tumba, enterrado en vida.

Los vendavales rodaban en rugientes ráfagas por la negra atmósfera; la lluvia cayendo con fuerza producía un ruido semejante al de miles de abejas que zumban en torno de la colmena; el viento era tan impetuoso y tan helado que heria al azotar el rostro como si sus átomos fuesen invisibles saetas que se clavasen en él.

Añádase á esto el lúgubre tañido de las campanas del pueblo, y digase qué corazon podría no sentirse impresionado ante aquel grandioso cuadro.

Las campanas tocaban á rebato, para poner en movimiento á los vecinos hácia el sitio del desastre; y esta noticia habia llegado por disposicion del cabo 1.° Pedro Serrat Barrera, á conocimiento del digno y respetable cura párroco Don Felix Asensio, quien tomó muy importante parte en los terribles sucesos de aquella noche.

Los habitantes de Perelló estaban consternados ante los amagos del temporal; solo cuatro paisanos acudieron al auxilio de los convecinos que la fatalidad habia sepultado entre las ruinas.

Quien primero llegó á ellas fué el comandante de aquel puesto, el cabo 1.° Pedro Serrat.

Penetra solo entre las ruinas y comienza á trabajar con el mayor ardor por la salvacion de seis personas que yacian enterradas entre los escombros.

Nada veia porque la oscuridad era intensísima; pero sentia á su rededor y en medio de las tinieblas, gritos de desgarradora angustia capaces de conmover al alma menos piadosa.

Atientas, y sin embargo de conocer que aquellas paredes que aun temblaban en pie, se venian sobre él, adelanta el intrépido cabo hácia donde oye los gritos de mayor agonía.

A pocos pasos tropieza con un cuerpo humano y estiende hacia él sus temblorosas manos.

Afortunadamente, en aquel momento un hombre aparece detras del cabo Serrat, llevando en la mano una linterna de luz muy escasa.

Este mismo paisano llamado Vicente N. había sido un valiente soldado que se distinguió mucho en la guerra de Africa ganando una bandera á los riffeños.

Auxiliado por la débil claridad que aquella linterna prestaba, pudo el Guardia distinguir el cuerpo en que habia tropezado.

Era el de un hombre; imposible fuera contar las infinitas heridas y contusiones que tenia; su rostro aparecia totalmente desfigurado; en algunas partes su carne habia sido macerada y rasgada por los escombros.

El desgraciado, sin embargo de su angustiosa situacion, no pensaba solamente en sí; con las manos estendidas hácia su derecha señalaba en la oscuridad un punto y con voz anhelante y estentórea, murmuraba:

—Ahí... está... ahí está... ¡salvadla!...

—Ahí...está... ahí está... ¡Salvadla!...

El frio que entumecia todos los miembros del infeliz, no le permitió continuar; y conociendo esto el prudente cabo, se desprendió de su capote, le cubrió con el y rogó á Vicente N. que condujese en sus brazos al desgraciado á la primera casa vecina, ya que él no podia separarse de aquel lugar.

Fué obedecido el cabo y continuó sus trabajos dominado por las mas tristes emociones.

—¡Allí está!—¡Allí está!—habia dicho el herido, señalando á su derecha; y en efecto, de aquel lado salían ahogados y conmovedores gemidos que daban indudable indicio de que una persona agonizaba allí.

Llega el cabo sin mas guia que aquellos ayes de dolor, hácia el sitio señalado y tentando entre los escombros, tropiezan sus manos en una cabeza de mujer.

Al tocarla, un grito mas doliente que los anteriores llegó á los oidos del caritativo Guardia.

—¡Vivia.—¡Vivía y podia ser salvada! El Guardia dirigió en torno suyo una mirada escudriñadora buscando en la casualidad un medio de salvacion ó la seguridad de que aquel desastre no se completaría cayendo sobre él los tabiques y lienzos de pared que el huracan hacia temblar, y desmoronaba con sus silbadoras ráfagas.

Si esto sucediera, la muerte era segura; la existencia de aquellos seres que gemían enterrados entre la escoria, estaba á merced de un golpe de viento... nos equivocamos; estaba á merced de Dios como lo están las de todos. Lo que Dios en su inmenso poder hubiese decretado aquello se cumpliría.

El Guardia conoció el peligro, y redobló sus esfuerzos para salvar á aquella desgraciada.

No habia tiempo que perder.

Víctimas de tristísima conmocion nos sentimos al leer los apuntes que están en este momento bajo nuestra vista.

Algo mas de lo que entonces parecia, pasaba allí.

El cabo contenia con su mano izquierda los escombros próximos á herir ó romper acaso la parte descubierta de aquella cabeza, y con la otra mano iba separando cuidadosamente los trozos de teja y escorias en que la otra parte estaba sumida.

Luego que logró hacer que la cabeza se moviese libremente, preguntó á la infortunada mujer en que direccion tenía el cuerpo.

Dijoselo ella; y le dijo mas aun...

Aquella mujer era una madre; una madre que tenía bajo sí á una tierna niña que era su hija, y yacia muerta, ahogada acaso por el peso de la misma que la habia dado el ser.

¿Puede buscarse situacion mas terrible, escena mas trágica para una, madre que ama á sus hijos? No; no es posible una situacion mas horrorosa para el amor materno.

Una madre que oprime entre sus brazos á su hija muerta; una madre á quien el peso de los escombros aprieta contra el frio cadáver de su hija!....

Comprendan los lectores cuánto sería el mortal padecer de aquella infeliz madre.

¡Increible parece que lo inmenso y agudo de tantas penas, no la hubiera dado instantánea muerte!

¡Quizás oradaba la tierra con sus crispadas manos en busca del rostro de su hija querida para preguntarla si vivia!... ¡Quizás habia sentido el agonizante estertor de su hija, conociendo que ella era la que la ahogaba, la que la estaba matando, y no pudiendo separarse...

¡Oh! que pasaría por la mente de aquella madre al conocer qué tenia debajo de sí á su hija cuyas formas le revelaba la presion; al conocer que estaba apoyada en el destrozado cadáver de aquel ser querido!

No el huracan, no los escombros, no los lienzos de pared cayendo hubieran dado muerte á aquella mujer; el el horror la hubiera matado si hubiera continuado así un momento más.

En aquel mismo instante aparecieron entre los derruidos tabiques varias personas.

Eran los Guardias á las órdenes de Serrat, cuyos nombres ponemos á continuacion: Hipólito Romo Blanco, José Torrell Gavaldá, José Monserrat Audi, José Armengol Arimon y Simon Alonso Frea.

Con ellos llegaba tambien el cura párroco Sr. Asensio y los cuatro caritativos paisanos áque hemos hecho referencia.

La madre fué salva; un hombre y dos niños lo fueron tambien.

Al amanecer el siguiente dia, los vecinos de Perelló, vieron totalmente derrumbadas todas las paredes que durante los trabajos salvadores de la noche habian amenazado con su desplome las vidas de todos los que en las ruinas se atrevieron á entrar y especialmente del cabo 1.° Pedro Serrat Barrera, cuyo nombre formará de hoy más en la lista de los buenos hijos de esta gran Institucion.

 

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