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LA FUGA

  • Escrito por Redacción

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Vamos a relatar un hecho digno por todos conceptos de figurar en todas las crónicas que sobre la Guardia Civil se escriban.

Con la publicación de estos relatos, por otra parte reales, queremos dar a conocer a todos lo que es la Guardia Civil, dando publicidad y debida alabanza a los hechos que componen su historia, de esta forma el que lea estos relatos reconocerán y admirarán + lo que vale una institución que llevando delante de todas sus acciones el honor, pone en su bandera las siguientes palabras:

     CASTIGO AL CRIMINAL, SOCORRO AL DESVALIDO.

¿Se ha visto en alguna divisa de los antiguos tiempos una frase que más diga, que sea más humanitaria y que teniendo tan difícil realización haya alcanzado un cumplimiento más estricto?

Si por Dios peleaban las antiguas órdenes militares, ¿qué es «Castigo al criminal, socorro al desvalido» sino el compendio de todos los preceptos de nuestra divina religión?

El Guardia civil, pues, no hace otra cosa que cumplir con las leyes de Jesucristo, en unos tiempos en que suelen andar muy olvidadas por desgracia.

El Guardia civil ha demostrado en un sinnúmero de casos, de los que mas adelante citaremos algunos, que no cumple el deber por fuerza; sino que lo ha comprendido y lo cumple por decidida convicción.

Para él no existen más que dos clases sociales. “Los desvalidos y los delincuentes”. Los primeros, sean pobres ó ricos, encuentran en él un auxilio. Los segundos, sean mendigos ó millonarios, encuentran en él el inflexible brazo de las leyes.

El Guardia no deslinda entre ambos estados; no establece fueros ni privilegios.

Para él no existen los ricos, porque el dinero de ellos le deshonraría, lo rechaza y es como si no lo tuvieran.

No admite una dádiva que con súplicas le ofrece una ilustre señora, la condesa de Montijo, madre de la Emperatriz de los franceses, por un servicio prestado á ella en un camino. Un comandante de puesto contesta á un Alcalde:

—Mis Guardias no pueden admitir esa recompensa que usted quiere darles; solo han cumplido con su deber; de otro modo, los castigaría. (1)

Y al mismo tiempo ha capturado en los nueve primeros años de su fundación, delincuentes por número de ciento setenta y tres mil ochocientos noventa y nueve; y capturó después y seguirá capturando la Guardia Civil á todos aquellos que la ley le señale, sean quienes fueren; sean hasta sus hermanos ó sus padres.

Para ella, ya lo hemos dicho, solo hay criminales ó desvalidos. No reconoce más clasificaciones.

Si alguna vez el criminal le necesita, lo socorre como desvalido y lo retiene como criminal. (2)

Enunciadas las anteriores consideraciones entre las muchas á que el asunto se presta y que iremos anotando en el curso de la obra, entremos ya en el asunto que da motivo á la presente Crónica.

—Uno de los pueblos más célebres por su historia de los tiempos de la dominación árabe en España, es, sin disputa alguna, Cervera de Rio Alhama.

Hoy su pasado poderío ha desaparecido, si bien conserva vestigios de él en las historias y en sus monumentos.

En esta villa y á las cuatro de la tarde del día 9 de Noviembre del año de 1850, se oyó un rumor fuerte y extraño producido por los gritos que una gran parte de la población exhalaba corriendo sobresaltada por las calles.

— ¡Se ha fugado! ¡Se ha fugado!—eran los gritos que aquellas oleadas de niños, mujeres y hombres exhalaban.

Las ventanas se abrían precipitadamente y aparecían en ellas las asustadas fisonomías de personas que llamando á los desalados transeúntes les preguntaban con viva curiosidad el motivo de aquella repentina alarma y confusión.

— ¡Se ha fugado! ¡Se ha fugado!—era la exclamación de todos; exclamación que llegó bien pronto á oídos de un individuo de la Guardia Civil destacado en Cervera y que á la sazón paseaba por una de las calles de aquella villa.

Este Guardia se llamaba Pedro Tamayo Gómez y es hoy Cabo 1. ° Comandante del puesto de Grávalos. (1)

Al apercibirse de aquel desusarlo rumor, se acercó rápidamente á una de las personas que corría y exigió de ella la explicación del suceso.

Sin duda el preguntado temía que so creyese una delación lo que iba á decir porque solo después de mucha vacilación y con gran timidez y sigilo dijo á Tamayo que el célebre criminal Isidro Ochoa, natural de Cervera, se había fugado en aquel instante de la cárcel del Juzgado en dirección al barrio de las Nistrillas y blandiendo en la mano una navaja de extraordinarias dimensiones.

No espera el Guardia á mas, después de oír esto; su ánimo se dispuso á la lucha y bien pronto Tamayo corre apresuradamente en la dirección indicada.

¿A quien perseguía? á un criminal.

Pero éste, ¿era temible? ¿Tenia apoyos y auxilios en algunos de los mismos moradores de aquella villa? Poco importaba esto al individuo de la Guardia Civil.

El perseguido, fuese quien fuese para los demás, para él era solo un criminal cuya captura debía verificar á toda costa. (1)

En breves momentos se encontró fuera de la población, seguido por numerosas turbas de mujeres, niños y algunos hombres que corrían impulsadas ya por la curiosidad, ya por el parentesco que algunas tenían con Ochoa, ya en fin, por hallarse no pocas complicadas en varios procesos de aquel, y, deseando acaso estas, favorecer la huida del criminal.

Próximo aun el Guardia á las últimas casas del pueblo, tiende una rápida mirada á los Contornos y ve á Isidro Ochoa que, trepando animosamente por breñas y matorrales se dirigía en línea recta á ganar una altura cercana al barrio de Nisuelas, que dista un tiro de bala de Cervera.

Cobra mayores bríos Tamayo al ver al famoso criminal y se arroja con decidida carrera en su persecución.

Los grupos que le seguían se detuvieron pronto; y gritando:

—Se ha fugado! se ha fugado! esperaron el resultado de aquella escena como si á ellos no interesase mas que á nadie aquel resultado.

Isidro Ochoa era como hemos dicho, natural de Cervera. Estaba en la flor de su edad; tenía regular estatura una organización robusta y fuertemente muscular, y fisonomía bien parecida, de color cetrino un tanto empalidecido por la vida de calabozo.

Los crímenes que se le imputaban eran varios y muy graves. Había asesinado á D. Plácido Alfaro, habiéndose después fugado del presidio de Zaragoza con otro forzado.

Este le descubrió indiscretamente en algunas conversaciones; y queriendo vengarse Ochoa lo llevó engañado á un monte y lo asesinó allí.

Por otros delitos no menos graves tenia también sobre sí varias condenas.

Y sin duda, esperando de todas ellas reunidas la de pena capital, intentó evadirse de la cárcel de Cervera, de la manera que con noticias fidedignas vamos á detallar.

Contaba el célebre asesino con que alguna mala gente de la población le apoyaría en su intento de fuga, por las relaciones, que según antes dijimos, le unían allí con algunos de esos hombres que existen en todos los pueblos.

La cárcel de Cervera es segura y mucho mas el calabozo ocupado por Ochoa.

No sabemos como pudo limar los grilletes que le sujetaban ni de que instrumento se valió para ello; pero cuando vio realizado este su primer deseo que era imprescindible para lograr la huida, se fingió enfermo.

En los criminales se ven cosas que espantan cuando encerrados en su celda quieren huir de la tremenda justicia social.

Criminal ha habido que ocultaba una lima casi invisible dentro de una moneda de dos cuartos.

Otros, como verán los lectores en una de las próximas Crónicas, se cortaron los talones para quitarse los grilletes y así anduvieron huidos por espacio de algunos días.

¿Y qué diremos de una mujer que viendo amortajada en la cárcel á una amiga suya compañera de calabozo, oculta el cadáver, se pone su mortaja, se coloca en el ataúd y echa encima la tapa, con el deseo de salir así de la prisión? Y cuando la caja volvía vacía á la cárcel, fue hallado el verdadero cadáver. Se inquiere entonces, se vuelve al cementerio, se desocupa la fosa recién cubierta...y aparece muerta en el fondo la mujer que sin mas reflexión que su anhelo de huir, había llevado á cabo sin considerar los inconvenientes tan espantoso proyecto.

El criminal nunca es más terrible que cuando se pone á pensar día tras día en una venganza ó evasión, sentado en una piedra, aterido por el frio y sumido en las solitarias tinieblas de su callado calabozo.

Ochoa, decíamos, se fingió enfermo.

Pidió con insistencia y figurando grandes padecimientos una taza de caldo que le fue servida en su calabozo por una joven hija del Alcaide de la cárcel.

Momentos después pidió con mayor insistencia y mayores extremos de figurado dolor, una segunda taza.

La joven, engañada por las apariencias, se separó de Ochoa dejando solamente entornada la puerta de la prisión, y sin figurarse que pudiese tener limados los grilletes el criminal.

Este dejó entonces pasar breves momentos, se desprendió instantáneamente de los hierros y rápido como una exhalación saltó fuera de la prisión dirigiéndose con pasos descomunales hacia la cercana escalera, y agitando en sus manos una enorme navaja de que se había provisto por medios mas complicados.

En mitad de la escalera tropieza con la hija del Alcaide que volvía con la segunda taza de caldo; se arroja sobre la joven, clava al azar su navaja en ella, la derriba, y sigue corriendo hasta la calle, donde vuelve á tomar nueva carrera amenazando con el arma blanca á quien intentara detenerle.

Los gritos de la joven herida, y los de algunos que vieron correr al criminal, alarmaron bien pronto a los demás moradores de la cárcel; la alarma á semejanza de las ondas que hace en un lago una piedrecilla, fue extendiéndose, es tendiéndose, y bien pronto ocupó el interés de la población entera que demostró su ansiedad de la manera que hemos visto.

Es ya el momento oportuno de volver al guardia Tamayo que sigue persiguiendo á Ochoa y logra alcanzarle al llegar á las primeras casas del barrio de Nisuelas ya mencionado.

— ¡Ríndete!—fue la voz del intrépido guardia al detenerle y amenazarle con su sable.

Ochoa al oírle, empuñó fuertemente su enorme navaja de muelle y gritando con voz rabiosa:

— ¡No me rindo, toma!—acomete á Tamayo.

Empieza la lucha.

Tamayo quita aquel golpe y dirige á la cabeza de Ochoa un sablazo que efecto de la precipitación y de los rápidos movimientos del fugado, no le hace lesión de importancia.

Siguen luchando y sin decir una sola palabra.... Únicamente el Guardia Tamayo exclamaba de vez en cuando:

—Ríndete!... ¡Ríndete!...

Ochoa, como muchos criminales que por su vida conocen ya á la Guardia Civil, no piensan en estos trances en ofrecer sobornos; saben que es inútil toda oferta, por grande que sea la cantidad ofrecida. (1)

Ochoa pues, callaba y combatía.

En este momento de la lucha, se acercaron á los dos combatientes varias personas de los grupos que los habían seguido, y entonces sucedió una cosa que no nos atrevemos á comentar porque nos causa profunda pena la sospecha que salta en nuestra mente.

Aunque algo distantes del lugar del combate, aquel grupo provisto abundantemente de gruesas piedras, las descarga de un golpe y repetidas veces sobre los dos luchadores.

Estos; sorprendidos por aquel inesperado incidente, vuelven rápidamente la vista hacia el grupo y sin darse gran cuenta del suceso siguen peleando en medio de aquella lluvia de piedras.

¿Qué significaba esto?

No lo sabemos con mucha certeza y no quisiéramos equivocarnos en sospechas.

Los muchos papeles que hemos tenido que rebuscar para escribir la presente obra nos han puesto en conocimiento de hechos un tanto análogos.

José Martínez era cabo 2. º del noveno tercio cuando rechazó irritado la oferta de veinte mil duros que le ofreció una gavilla capturada por él. Poco después era cabo 1.a

No en pocas ocasiones los vecinos de los pueblos han contestado negativamente al auxilio pedido por los Guardias para salvar á caminantes moribundos. (1)

En otras, nadie mas que los Guardias, entre doscientas personas, se atreven á bajar á una mina hundida, donde fallecían sesenta y cuatro operarios, enlazados algunos con aquellas por los vínculos de la familia. (2)

En otras, un guardia recurre a las autoridades civiles, á las religiosas, á los propietarios, para que socorran á una recién parida que muere de hambre y de desamparo y nadie la auxilia; solo el Guardia la procura una cama, la da dos napoleones y costea con su esposa y los demás Guardias el cristianamiento de la recién nacida. (3)

En otras, los vecinos de un pueblo cruzan los brazos ante un incendio que amenazaba propagarse y los Guardias entran, salvan y abren una subscrición que alivie algo la miseria en que quedan las víctimas de la catástrofe.

Y en muchísimos casos parecidos al de Cervera, la población se alarma, pero permanece quieta dejando obrar á la Guardia Civil como si el peligro no fuera de todos.

Las piedras que aquel grupo arrojaba sobre los combatientes ¿eran para favorecer al Guardia ó á Ochoa?

Lo que parece mas probable es que el grupo estaba formado por parientes, amigos y cómplices de Ochoa, que luego conoceremos, y que pretendían facilitará Ochoa, la fuga por aquel medio tan poco ingenioso, que hiriendo al Guardia, hería al mismo tiempo al criminal fugado.

Este recurso solo sirvió para que Tamayo, adivinando lo que pretendían los que formaban aquel grupo, aguijase su ardor continuando con mayor furia el combate.

Bien pronto un nuevo sablazo da en uno de los parietales de la cabeza de Ochoa, quien cayó en tierra sin hacer después el menor movimiento.

Apresuradamente se provee Tamayo de una sólida faja y maniata al fugado.

A las cuatro había huido de la cárcel y á las cinco de la misma tarde, después de una fuerte lucha de media hora volvía al calabozo maniatado, con una profunda herida en la cabeza y seguido hasta la cárcel por la mitad de los vecinos de Cervera.

Esta captura, cuyo mérito é importancia resaltan á primera vista, valió á Tamayo el ascenso á Guardia de primera clase.

La rapidez con que se verificó y el ardimiento revelado en la lucha no son raros ni se ven con poca frecuencia en los fastos del Cuerpo (1).

A las nueve de aquella noche, el estado de Ochoa apareció tan alarmante que se dispuso dar al fugado la Extrema-Unción, que recibió sin hacer la menor queja de su mala suerte.

Delató después como correos de varios robos á Isidro y Julián Madruga, vecinos de Cervera, que capturados á los pocos días por Tamayo y los Guardias de aquel puesto, fueron condenados á doce años de cadena.

Un mes después las heridas de Ochoa estuvieron completamente cicatrizadas, y á los dos meses, próximamente, del suceso que hemos referido, salía de la cárcel de Cervera para el patíbulo.

Al notificársele la sentencia, demostró resignación, y en los tres días de Capilla no decayó su ánimo, burlándose á veces de la muerte.

A las once de la mañana del 4 de Enero de 1851 llegó al infamante patíbulo levantado en el sitio llamado Barranco de Conejada.

Ya en el tablado, se despidió del pueblo que le rodeaba con voz muy entera, y encargó que le rezaran por su alma una salve á la Virgen del Monte.

Al tiempo de acercarse al fatal banquillo dirigió tristes miradas á un hermanastro suyo y á otro sujeto llamado Pucherero, que presenciaban la ejecución sentenciados á cadena perpetua por cómplices en el asesinato de D. Plácido Alfaro.

Se sentó en el banquillo, el verdugo preparó su obra, rezó fervorosamente...

Y momentos después la justicia humana se había cumplido en el célebre criminal Isidro Ochoa.

Y la Guardia Civil había dado á las leyes un delincuente más.

CRONICAS ILUSTRADAS DE LA GUARDIA CIVIL

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