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LA PEÑA DE LOS ENAMORADOS.

  • Escrito por Redacción

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LA PEÑA DE LOS ENAMORADOS.

Tres años han pasado desde que, el que escribe estas líneas, satisfaciendo amistosas demandas, salió de la corte en dirección á Antequera.

Llegado que fue á Archidona, sintió que su salud decaía visiblemente, y aconsejado por la prudencia, se decidió á pernoctar en aquella rica villa de la provincia de Málaga.

Permaneció allí tres días y en la noche de uno de ellos le fue referida la presente historia que hoy viene á servirle para un libro en que entonces ni remotamente pensaba.

Uno de los sirvientes de la casa en que se hospedó le contó la aventura, y el autor refiriéndose á tal relato y á datos históricos que recogió posteriormente, la narra á su vez con complacencia suma.

El soldado español, es en todos tiempos y en todas armas, siempre el mismo.

Europa, más aun, el mundo le ha reconocido en todas sus victorias; su natural ardor, que no necesita de forzados estímulos; su frugalidad, su tesón, su constancia para. luchar contra los hombres y los elementos por días enteros y sin buscar momento de reposo, su heroísmo, en fin, le han conquistado el alto, imperecedero renombre que épocas pasadas le reconocieron y futuros tiempos respetarán siempre.

Soldados de otras naciones habrán hecho campañas más grandes que algunas nuestras, pero nadie las ha soportado más largas y penosas.

Este carácter exclusivo del soldado español, se presenta como hemos dicho en todos tiempos y armas.

Y por cierto que la historia de la Guardia Civil nos trae no pocas pruebas de la gloriosa verdad que encierra.

Una de ellas entraña los acontecimientos que con tosca pluma vamos á relatar.

Era el día 12 de Noviembre de 1853.

Los primeros vacilantes crepúsculos de la fria alborada comenzaban á teñir el cielo, y repartían dudosa luz entre los desfiladeros vecinos á Archidona.

Quien por ellos haya viajado, conocerá, el llamado Angostura de la Peña de los Enamorados.

Por él y en dirección contraria á aquella villa, caminaban en el amanecer á que nos referimos dos personas que en traje y ademanes denotaban ser amo y criado.

Así era en efecto.

Llamábase el primero D. José González y desempeñaba en Archidona el destino de recaudador de contribuciones.

Aquel viaje tenía por objeto conducir á Málaga cuatro ó cinco mil duros.

No bien llegaron ambos al sitio denominado la Calera sonó un tiro.

Era sin duda una señal convenida, porque instantáneamente saltaron al camino ocho hombres armados, que en lo hostil de sus ademanes y rudo de sus fisonomías daban seguro indicio de ser bandidos.

Corrieron hacia los viandantes pero instantáneamente también cuatro parejas de infantería de la Guardia Civil, se arrojaron sobre los bandidos sin darles tiempo para acercarse al recaudador.

Los bandidos, viéndose cercados, trabaron con los Guardias la lucha desesperada que tanto iba á honrar á los individuos de esta institución.

El día antes D. José González, noticioso ignoramos por qué medio, del proyecto de los forajidos, se avistó con el jefe de la Guardia en la línea de Archidona y le aseguró que existía el proyecto de asesinarle y robarle los caudales que debía conducir á Málaga.

Enterado de esos y otros detalles, el teniente D. José de Moreta se dispuso á evitar el doble crimen de asesinato y robo.

Las disposiciones que dio son dignas de la mayor alabanza y revelan una poco común pericia.

Sabemos que, prejuzgando el lugar que los bandidos destinaban para llevar á cabo su vil proyecto, colocó en él cuatro parejas.

Lo restante de la fuerza de infantes, fue combinado con singular estrategia de direcciones, horas de salida, parejas y punto de reunión.

Sabemos también que el teniente Moreta, saliendo de Archidona con tres Guardias de caballería, llegó á las cuatro de la mañana del mencionado día á la vega.

Había, pues, allí ocho bandidos, cercados completamente por la Guardia Civil.

¿Cómo los individuos de esta lograron situarse alrededor de aquellos perpetuos habitantes de las breñas sin ser sentidos?

¿Cómo ni un solo bandido dio la voz de alarma a sus compañeros de crímenes?

¿Cómo de tal manera fueron burladas las precauciones de aquellos hombres que debían sin duda alguna estar vigilantes?

No lo alcanzamos nosotros.

Pero al teniente Sr. Moreta y á sus acertadísimas disposiciones se debe el feliz éxito de este importante hecho de armas.

Narremos ahora los episodios en que abundó.

El terreno era quebrado, la lucha comenzó á favor de los albores del día.

Pronto conocieron los bandidos que se les había cortado la retirada y con ella toda probabilidad de huida.

El que los capitaneaba no vaciló un momento en forzar el único camino que les quedaba y se arrojó el primero al rio que serpentea por aquellas breñas.

Siguiénronle los demás, desesperando de otro medio, y lograron una vez vadeado el rio, ocultarse en los espesos olivares do la opuesta margen.

Una vez allí, el teniente Sr. Moreta, que no pensaba en dar á los forajidos un solo momento de reposo, dirigió algunas palabras á los tres Guardias de caballería que con él estaban y penetró en el olivar.

Los bandidos acosados repentinamente por donde menos Jo esperaban y decididos á todo, descerrajan á quema ropa sus tiros sobre la caballería.

La sangre brotó y desde aquel momento el combate se hizo encarnizado.

El Guardia José Alea recibe un balazo en el brazo izquierdo; su compañero Campos, del mismo nombre, es herido también en la cabeza.

Los Guardias de infantería se aproximan ya vadeando el rio.

Es herido el caballo de Campos y ambos caen.

El Guardia, sin embargo, se levanta con presteza, empuña su pistola, apunta con segura mano y hiere á uno de los bandidos.

Este huye á ocultarse en lo más espeso del olivar, y Campos, á pesar de las heridas que ensangrentaban su cabeza, penetra entre los árboles, le sigue y le acosa, espada en mano, con indomable tesón.

El bandido, famoso en aquellas tierras y conocido con el nombre de Povedano, se apercibió bien pronto que otros pasos seguían á los suyos, pero quiso á toda costa esquivar la lucha. Campos iba llevándolo hacia el rio.

Entonces la infantería, habiendo pasado ya este con agua á veces hasta el pecho, llega al olivar.

La lucha vuelve á trabarse cuerpo á cuerpo y con mayor furor.

Un Guardia llamado Clavejera se ve cercado por cinco bandidos entre los que se halla Povedano.

Campos que seguía á este, llega también.

Clavejera entonces, mata de un tiro á Povedano, en ristra la bayoneta, acomete á los otros forajidos, toma un trabuco que el muerto conservaba aun en sus manos, y lo da á su herido compañero Campos para facilitarle mayor defensa.

Esta acción es noble y digna de todo encomio.

Otro Guardia que, según apuntes que á la vista tenemos se llamaba Manuel Molina, mata á otro de los bandidos y estos huyen entonces hasta tomar posición en la célebre Peña de los Enamorados, donde, dirigidos por el invencible Ramos y Montesino, se aperciben á una de esas desesperadas defensas que trasforman á la humana criatura en un ser más cruel que la hiena, porque esta se dirige ciega al mal y el hombre en ese caso lastimado hondamente en todos su sentimientos, medita, aquilata y perfecciona ese mismo mal.

No cejan los Guardias. Habían pasado la noche en vela; el frio de la mañana era intenso; tres horas llevaban de combate; habían vadeado el rio con agua hasta el pecho; habían saltado zanjas y barrancos; los vegetales espinosos les habían herido hasta en los ojos; habían, en fin, luchado cuerpo á cuerpo...

Y sin embargo ¡se aprestaban á continuar la lucha!

No es posible leer esto sin sentir excitada nuestra admiración; es necesario admirar; admirar al hombre que da en tales hechos pruebas de que no en vano le colocó el Supremo Hacedor en la cúspide de la pirámide de los seres, que no en vano le concedió el predominio y soberanía sobre todo lo creado.

Dios ha dado al hombre un excelso sentimiento: la abnegación.

¿Luchaban aquellos Guardias en defensa de sus vidas como de continuo acontece á hombres que por ello reciben después el título de héroes?

¡Por qué, pues, luchaban? ¿Qué premios se disputaban? Ninguno. Luchaban por su honor, por la sociedad, mientras esta dormía reposada y cómoda en sus moradas.

Luchaban porque el Guardia Civil, muere, pero no huye.

Cuando una máxima de realización tan difícil, estampada en un libro llega á inocularse en una institución, llega á verse demostrada en todos los días, en todas las horas, llega á unificar como bajo un Credo las aspiraciones, tendencias, sentimientos y acciones de miles de individuos, fuerza es confesar que la sociedad ha logrado una gran victoria y que los días de su ventura sostenida por esa institución serán fructuosos, y largos hasta el punto de no sentir nunca la aproximación de la horrible noche de la duda, de la ignorancia, del crimen, de la vileza, del mal, en fin.

Fuerza es confesar que el bien es la más sublime de las pasiones que agitan al alma humana.

Hechos de esa índole han arraigado ya en nuestras patrias instituciones la de la Guardia Civil; no somos nosotros solos á dar á esos hechos de armas la merecida loa.

Es hoy general el sentimiento que en pro de ellos se levanta.

No hace muchos días que- un acreditado periódico, daba treguas á sus tareas políticas, para decir:

«La Guardia Civil se hace siempre superior á todo; su valor no cede nunca, ni ante la fiera amenaza de los desencadenados elementos. Bien puede decirse que su vida no le pertenece, porque está á disposición de la sociedad.

Por eso la Guardia Civil es el castigo, el terror de los malvados, que en ella ven su mas implacable azote.

Por eso es el alivio, el consuelo del hombre honrado que en ella encuentra la más preciada garantía de su seguridad.

Y por eso, finalmente, ha llegado á hacerse conveniente, utilísima, indispensable.

Y demos ahora fin á esta Crónica porque otras de mas enredados sucesos reclaman nuestra decidida atención.

La lucha no había finalizado aun.

Los Guardias Lozano, Reyes, Hernández Serrano, Mola, Ranaco y los ya mencionados, se dirigieron á la Peña y comenzaron á ascender por ella.

Los bandidos, quisieron nada menos que hacer inexpugnable su posición que era sin duda ventajosa y proveyéndose de gruesas piedras las lanzaron con irritada mano y especial acierto.

Nada fatiga mas al soldado que este género de lucha, como lo prueba la Historia de las Batallas entre las que la de Roncesvalles ocupa por este aspecto un lugar preferente, y las historias de los levantamientos y guerras que tienen lugar en las calles de poblaciones populosas.

Aquellos improvisados proyectiles que el terreno facilitaba en abundancia, dirigidos desde el punto que los forajidos ocupaban, no bastaron á amortiguar el valor de los Guardias.

Antes le avivaron; porque si esa molesta lucha fatiga al soldado, le da un valeroso tesón que á veces, como se ha probado, degenera en furor, en ira ciega y desapiadada.

En medio de la lluvia de piedras, los Guardias tocan la cúspide de la roca.

Los bandidos ya no estaban allí.

Entonces llegó su vez á la última fase de aquella prolongada lucha.

Los Guardias comenzaron á reconocer las quebraduras, á examinar las rocas, á ojear los arbustos.

Y uno tras otro, los bandidos fueron encontrados.

Y una vez más, el crimen bajó su impura frente ante el bien.

Entonces ya se pensó en los heridos entre los que tomaba honroso número el teniente Sr. Moreta de quien era en gran parte la jornada por sus acertadas disposiciones.

Además de los Guardias que hemos mencionado, toman parte en esta brillante acción los llamados Morales, (de caballería,) Molina, Corona y Acosta (de infantería.)

Después también, todos ellos recibían una espontánea ovación de los archidoneses, los periódicos encarecían el hecho, los Guardias Clavejera, Campos y Alea alcanzaban el inmediato ascenso y eran los nombres de todos puestos á los pies del trono de Doña Isabel II, reina querida de las Españas.

Y después... once años después, el que escribe estas linead exclamaba:

—Siempre existirán los hombres criminales; esta generación ha encontrado en su seno otros buenos que han afrontado en su nombre los males que aquellos causan. ¡La suerte quiera que no empeoren los tiempos y llegue un día en que de esta heroica raza no quede un solo vestigio digno de la brillante historia de sus antepasados!


CRONICAS ILUSTRADAS DE LA GUARDIA CIVIL

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