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UN GESTO DE CARIDAD.

  • Escrito por Redacción

cronicas-5

UN GESTO DE CARIDAD

Por diversas veces registran las páginas de la historia de este Cuerpo, el nombre de un Guardia que se ha hecho merecedor de general aplauso, y más que nunca, en el hecho que en cortas líneas vamos á narrar, porque es de tal naturaleza que bastan pocas para que sea reconocí la su importancia.

(D.) Carlos Batalla (1) es el nombre del Sargento á que nos referimos.

Un día recibió este digno Guardia una carta; carta que firmaba uno de los presos en la cárcel de la Carolina.

Aquella carta era el grito desgarrador de un esposo y un padre. Batalla lo comprendió.

Enumeremos en pocas palabras los cortos pero elocuentes sucesos de un día.

Empezaba á amanecer cuando llegó á las puertas de la cárcel de la Carolina una niña de tres á cuatro años de edad.

Su rostro descarnado, estaba lívido; y de tal modo aparecían cóncavos sus ojos mates, tristes sus miradas y contraídos sus cárdenos labios, que ella corazón mas empedernido hubiera sentido honda lástima al adivinar lo inmenso del dolor que en aquel rostro enfermizo se reflejaba.

Dijo con voz entrecortada que deseaba ver á su padre, comunicó las razones de su filial deseo y la compasión con protectora mano, la abrió las puertas de aquella tristísima morada.

Vio á su padre.

Y fue preciso que la niña le dijera ser su hija, porque el criminal ¡no la conocía!

Estas tres palabras son todo un mundo de sufrimientos.

—¡Mi hija, mi hija, tú!—exclamó el padre con voz ronca.

Se abalanzó á la niña, no sin que esta, asustada lanzara un grito de terror, y levantándola con sus nervudos brazos la puso bajo los débiles rayos luminosos de un tragaluz.

—¡Oh, no te conozco! ¡cuánto has cambiado, hija mía!

—Estoy enferma, padre.

—¿Y has venido sola aquí? ¿Donde está tu madre? ¿Ha muerto acaso?

La niña no contestó. ¡No sabía, lo que era morir!

—¡Habla! ¡Habla, pronto!

—Madre está mala, muy mala. Yo también lo estoy pero he tenido que levantarme esta noche para cuidarla.

—¿Qué tiene? ¿Sabes cuál es su enfermedad?—dijo el preso con breve acento.

—No... no lo sé. Pero me hizo venir aquí para que le dijera á usted que en la noche de hoy me había dado una hermanita; que nadie la ha prestado socorro; que...

—Sigue...

—Que no hemos comido hace tres días...

—¡Oh!... ¡Soy un miserable!

—Y que si usted puede mandarla algún socorro...

—¡Yo! ¡Yo mandarla socorros! Después de estas palabras, reinó en la prisión un sepulcral silencio.

El criminal llevó sus callosas manos á su frente humedecida por copiosas gotas de sudor, y meditó.

—Hija mía—pronunció después con desprecio—di á tu madre que estoy desvalido; que nadie favorece á un criminal; que la justicia me priva de volar á su socorro.

—¡Padre mío!

—Sí, hija, sí; busca tú si puedes algún me lio; habla á mi amigo Mariano.

—Anteayer fue á verlo mi madre.

—Y ¿no la socorrió? ¡Es rico! y la habrá dado...

—La dejo un real.

Los ojos del padre parecían querer saltar de sus órbitas; quiso hablar... sus labios se movieron temblorosos.., pero ni un sonido salió de aquella boca que la espuma de la rabia empezaba á bañar.

—¡Estoy solo!—murmuró.

¡SOLO! palabra la más terrible que los hombres pronuncian.

¿Quién tendería á aquel hombre una mano amiga?

¿Qué corazón tendrá un fibra compasiva para los dolores de aquel desgraciado?

¿Nadie, nadie socorrería á un hombre que era como muchos, huérfano de la felicidad?

—Hija mía—dijo—toma... toma mi chaqueta, véndela y comed hoy. Mañana, Dios dirá.

No se ocultaba al preso que aquella parte de sus ropas, no valdría, por lo rota y manchada, seis reales; pero quería engañarse á sí mismo, quería pedir treguas á la, desgracia que le amagaba impía.

Su engaño, empero, quedó destruido por estas palabras de la niña:

—Madre está muy enferma; mi hermanita tiene necesidad de muchos cuidados; yo padezco también, y necesitamos medicamentos, padre; medicamentos caros, según madre me encargó que le dijera á usted.

Como se ve, la desgracia no concedía treguas.

—¡Calla!—exclamó el padre bruscamente. La niña, asustada, retrocedió algunos pasos.

—Márchate, márchate y no vuelvas á aparecer por aquí.

—Pero...

—¿Quieres irte?—gritó el preso amenazando á la infeliz con su puño de hierro.

El infortunio volvía á atizar en aquella alma los malos instintos que la habían hecho delinquir.

—¡Entonces... moriremos!—dijo la pobre niña que al ver la actitud de su padre empezó á comprender lo que era la muerte.

Como un rayo de sol apacigua las agitadas olas del Océano, calmaron estas palabras las pasiones del preso.

Registró en su memoria todo su pasado; buscó entre sus recuerdos el de un amigo que en aquella ocasión pudiese salvarle... no lo encontró.

—¡Ah! —exclamó de pronto.

—Ve al llavero, dile que me mande un papel y tinta; quiero escribir... pero corre... corre... . La niña salió.

¿En quién había pensado aquel hombre?

En uno á quien odiaba; en uno cuya sangre hubiera bebido pocos meses antes con vengativo anhelo; en el hombre que le había traído allí; en un Guardia Civil.

En Carlos Batalla, en fin.

Mil reflexiones nos sugiere este hecho que no es el primero de igual índole que se ha dado.

El malvado, el delincuente que ve un enemigo nato en el hombre que le persigue y captura en nombre de la justicia, ¿por qué recurre á él?

¿Por qué le pide socorros? Porque este perseguidor ha sabido hacerse digno, humanitario, noble; porque cumple con su deber no automáticamente como muchos, sino estudiando, conociendo las razones y principios en que ese deber basa; porque tiene en fin el elemento vital que toda grande asociación sabe infundir en sus miembros.

—La fuerza moral.

Fuerza inmensa que no domina los cuerpos sino las almas que están en ellos y los rigen.

Carlos Batalla vio después que se acercaba á él una niña y le entregaba una carta toscamente escrita.

En ella se le rogaba que socorriese á una pobre esposa recién-parida, que estaba en la mayor miseria y con una hija enferma.

¿Quién hacia este ruego?

Un hombre castigado por las leyes; un hombre de quien la sociedad ultrajada tenía que tomar venganza; un hombre á quien Carlos Batalla consideraba á su vez como su enemigo nato.

El honrado Sargento, no dudó empero un instante, en socorrer al preso de la Carolina.

Basta este hecho, aunque otros de mayor importancia tiene en su hoja este Guardia, basta este hecho, repetimos, para que su nombre figure dignamente en nuestras Crónicas que á falta de otro mérito, tienen el de ser imparciales, desapasionadas y verídicas.

La pobre niña, consolada por algunas palabras de conmiseración que el Guardia la había dirigido, corrió á ver á su madre con cuantas fuerzas su débil salud la concedía.

—¿Qué te ha dicho?—preguntó la madre con quebrantado acento.

—Ahora, ahora vendrá.

—¿Quién? ¿tu padre?

—No; nada me ha dicho de venir y no sé por qué se empeña en estar en aquel cuarto tan triste...

—¿Pues de quién hablas entonces?

—De un señor que tiene un sable y cintas muy anchas, y cosas de metal que brillan... y un sombrero así...

Y la niña, llevando á sus secos cabellos sus descarnadas y temblorosas manecitas, intentaba explicar á su madre la forma del sombrero.

—Padre me ha dicho el nombre... no recuerdo... ¡ah, sí! es un Guardia...

—¡Un Guardia Civil!

—Sí, eso mismo me ha dicho padre.

Y refirió la escena de la cárcel y la de la entrega de la carta.

La buena mujer creía soñar y no se atrevía á dar gracias á la Providencia por aquel inesperado socorro.

Creía soñar... pero pronto se desvaneció esta duda al verla convertida en realidad; al ver al lado de su mísero lecho la figura de un Guardia que con fraternal interés la preguntó:

—¿Está usted mejor?

No sublime, ni heroica, pero si bella y patética fue la escena que allí tuvo lugar.

No la diseñaremos, porque de las personas que nos leen no habrá una que no adivine las palabras que allí se pronunciaron y los afectos de caridad, deber, lástima, júbilo y gratitud que impregnaron á aquellos corazones.

La Sargenteada diez y nueve reales, único dinero de que podía entonces disponer; recomienda á los vecinos el cuidado de los enfermos, prometiendo pagar él todos los gastos que se ocasionen... y sale de aquella pobre estancia del dolor, velada el alma de una profunda tristeza.

Así que hubo salido, la madre llamó a sí á la niña y con acento indefinible la dijo:

—Hija mía: ¿recuerdas el nombre de este Guardia?

—D. Carlos...

—D. Carlos Batalla.

—Sí... sí...

—Pues bien, no lo olvides nunca, nunca hija mía; si tu vives, si llegas a ser mujer, y sabes un día que ese Guardia ha muerto... sean para él todas las noches tus primeras oraciones!

.     .     .     .     .     .     .     .     .     .     .     .     .     .     .     .     .     .

Al día siguiente entró Batalla en la habitación de la enferma, y vio sobre el mísero lecho un cadáver amortajado.

Cadáver que había dejado a su hija, por única herencia, el recuerdo de una noble acción de un Guardia Civil.

¡Hermoso legado!

CRONICAS ILUSTRADAS DE LA GUARDIA CIVIL

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