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EL TERCER TERCIO DE LA GUARDIA CIVIL

  • Escrito por Redacción

  tercer-tercio-bandoleros

EL TERCER TERCIO DE LA GUARDIA CIVIL

El 3.er Tercio, el de Andalucía occidental, pasó su primera revista en Alcalá de Guadaira ya finalizando 1844. Fue nombrado jefe del Tercio el coronel don José de Castro, quien siendo capitán del Ejército había luchado contra el bandolerismo, precisamente contra José María "el Tempranillo". Componían la unidad una compañía de Caballería y cuatro de Infantería, cada una al mando de un capitán.

La primera de a pie se confió al mando de don Alonso Bohoyo Dávila y se destinó a la provincia de Córdoba; la segunda, mandada por don Lorenzo Contreras, quedó en suelo sevillano; la tercera marchó a Cádiz a las órdenes de don José Cisneros, y la cuarta a Huelva al mando de don José Tuldrá. La compañía de Caballero, cuyos efectivos se distribuyeron entre las cuatro provincias, fue puesta bajo el mando del capitán don Pablo Bécar.

La plantilla, que tardaría en completarse, era la siguiente:


                                            Sevilla      Córdoba        Cádiz        Huelva
Capitanes ... ... ... ...                1                    1                 1               -
Segundos Capitanes .              1                    1                 1               1
Tenientes ... ... ... ...                 2                   2                  2              1
Subtenientes ... ... ...                1                   1                  1              1
Sargentos ... ... ... ...                4                   4                  4              2
Cabos ... ... ... ... ...               14                 14                14              7
Guardias ... ... ... ...              121               121              121            61  
Totales ... ...                       144               144              144            73

Huelga decir que poco podía hacerse con tan reducidos efectivos. Sin duda los bandoleros en activa eran más. Pero no importaba. Por algo dijo el Duque de Ahumada aquello de "atacarán a los criminales sin contar su número", condicionado de antemano por un problema de inferioridad numérica que el Gobierno no resolvería hasta transcurridos muchísimos años.

Para el asentamiento de los puestos se siguió el criterio de fijarlos en las cabeceras de partidos judiciales, no todos, y en puntos estratégicos de las rutas de las diligencias. Cantillana y pueblos inmediatos, de momento, habían de quedar privados de puesto de la Guardia Civil. Con quien Curro Jiménez habría de entendérselas sería con la fuerza de Sanlucar la Mayor, ciudad a cincuenta kilómetros de Cantillana en línea recta.

El estado de delincuencia y criminalidad de la demarcación del tercer Tercio podemos deducirlo de las estadísticas de servicios de los años 1846 al 1850. No existen datos concretos del primer año de actuación, 1845.


Detenciones                            1846      1847     1848      1849        1850
Delincuentes y ladrones ...          674         805     1.116      1.214       1.206
Prófugos ... ... ... ... ... ...              97         141        120          95             97
Desertores ... ... ... ... ...             103        137         216        140           146
Autores de faltas ... ... ...           1.353    1.869      2.202     1.915       2.593
Totales ... ...                            2.227    2.952      3.654      3.364       4.042


Los bandoleros en estas estadísticas oficiales se clasificaban como ladrones. Y esto era así porque en el fondo no existía apenas diferencia entre los delitos de unos y otros. El bandidaje era cosa común y habitual. La frase más usada para referirse a sus autores era la de "cuadrilla de ladrones". La palabra bandolero, en la práctica, tenía en cierta forma connotaciones épicas, nacidas del bandidaje de altura ejercido en la edad media y más tarde por los románticos famosos. Ni los propios bandoleros se daban a sí mismo este nombre. En el argot oficial se les llamaba simplemente bandidos, facinerosos o forajidos, y en el popular se denominaban ladrones o salteadores, y de vez en cuando, caballistas.

Los resultados del tercer Tercio en estos cinco años son de los más brillantes entre todos los del Cuerpo. Ello es prueba de que sus provincias eran las de mayor grado de delincuencia.

Los primeros historiadores del Cuerpo, Quevedo y Sidro, supieron constatar el mérito y esfuerzo del tercer Tercio e incluyen en su libro un elogio que, aunque arcaico y quizás triunfalista, queremos reproducir.

"No queremos terminar la narración histórica del tercer Tercio sin recordar a nuestros lectores que los servicios prestados por sus individuos en el tiempo que cuenta de vida aquél, si bien han sido de una importancia inmensa para el país, deben llamar especialmente la atención del gobierno, porque ellos han costado sangre preciosa de sus bizarros guardias que la derramaron valientemente cumpliendo su misión civilizadora, y es justo que se escogiten los medios de que no se derrame en vano. ¿Quién contempla hoy las provincias de Córdoba, Sevilla, Cádiz y Huelva sin recordar aquellos episodios que en otros tiempos llevaron la fama de los señores de vidas y haciendas por toda Europa? Hoy han desaparecido a costa de una constante fatiga sin ejemplar, y de la preciosa sangre de 19 individuos muertos y 75 heridos por el plomo criminal de los malvados. Estos fueron exterminados por la protectora institución a quien los habitantes de Andalucía deben el ver hoy aquel hermoso país sin el sello de ignominia y degradación que le habían impreso de muy atrás los bandidos de fama. ¡Bendigan con nosotros la mano providencial que tanto bien les ha proporcionado!

Estos párrafos se refieren a los primeros catorce años de la historia del Cuerpo. La cifra de 19 guardias muertos y 25 heridos no debe causar alarma, aunque desde luego no sea despreciable. En otros Tercios, más castigados por la guerra carlista, las cifras serían superiores. Los servicios contra el bandolerismo no tardaron en producir frutos y víctimas. El primer caído fue el guardia Francisco Fernández García, en Cádiz, al que siguió meses después el cabo primero Alonso Jiménez Serrano, abatido de un disparo por "el Tuerto de Alajar", en la provincia de Huelva. Sigue el guardia Francisco Rieles Bermejo, también muerto y resultan heridos los sargentos Victoriano Santibáñez y Francisco Lasso y el guardia Cristóbal Dorado, cuyos nombres destacamos debido a que el autor de estas víctimas fue Curro Jiménez. La lista continúa, en lucha contra otros bandoleros, con la muerte del guardia Julián Sánchez Recuero, en Sevilla, y la de Froilán García, en Priego; heridas del también guardia Juan Faleiro, a manos del bandido "Chato Zamarra"; muerte del cabo José Alvarez en encuentro con una partida mixta de bandidos y contrabandistas; muerte de los guardias Manuel Ortega y Manuel García y heridas de José Ortiz y Manuel Dorado en un choque con la partida de José María (a) "el Grande". El cabo jefe del Puesto de Rute (Córdoba), Antonio del Moral, cayó también muerto en un encuentro con el célebre "Sordo de Rute", quien al mismo tiempo caía alcanzado por las balas del cabo. En los años siguientes irían cayendo los guardias José López e Idelfonso Jiménez, ambos de la provincia de Córdoba, y seguirían otros cuyos nombres no citamos por no rebasar los cinco primeros años del Instituto, a los que nos estamos refiriendo en este relato.

LOS ROBOS DE DILIGENCIAS.

Huelga decir que las bajas relacionadas se cobraban a un alto precio. Los choques eran frecuentes y casi nunca los bandoleros conseguían huir sin dejar algo de su sangre sobre el terreno. Se producían los combates generalmente en las sierras, a donde se subía con frecuencia en busca de las guaridas de los bandidos. Pero donde la Guardia Civil se dejaba el sudor del esfuerzo, de la rutina y de la responsabilidad era en los caminos polvorientos. Por entonces empezó a llamársele "Guardia Civil caminera". Y no sin razón. El Duque de Ahumada se había propuesto, con su proverbial tenacidad, acabar con los asaltos a las diligencias. Se carecía de hombres suficientes y se carecía de medios: una sola compañía de Caballería había de cubrir cuatro provincias. La idea de asegurar la paz en los caminos, con tales efectivos, resultaba descabellada. Ahumada no lo entendía así. Puesto que no había caballos, que el servicio se realizase a pie. Si no había bastantes hombres que no se contaran las horas de servicio. Las órdenes verbales y las circulares sobre el servicio en los caminos, en las que queda plasmada la enérgica postura del primer Inspector General, se suceden sin cesar

El 24 de julio de 1845, en una de aquellas severas circulares, emplea frases de extremada dureza y califica los robos de diligencias como "pública acusación contra la Guardia Civil". Es ésta una de las primeras disposiciones para el servicio contra el bandidaje y merece la pena insertarla íntegra. Decía así:

"Desde que la Guardia Civil empezó a hacer el servicio en las carreteras, habían desaparecido los robos, que a mano armada se solían verificar en ellas; pero en el término de once días, acaban de verificarse dos, uno en la línea de Bayona, entre Milagros y Fuente Espina, el día 2 del actual a la madrugada, y el otro en la de Sevilla entre Andujar y Villa del Río, en la madrugada del 13 del corriente. Cada uno de estos robos es una justa y pública acusación contra la Guardia Civil, pues si ésta en todas partes cumpliera con la vigilancia debida, no se verificarían. Las diligencias y correos son unos carruajes que periódicamente salen a la misma hora de esta corte, y con la diferencia de un cuarto de hora más o menos, se sabe (si no ocurre novedad) la hora a que han de pasar, por cada uno de los puntos del camino, que han de correr. A las horas que han de pasar las diligencias o sillas-correos, por el distrito de cada puesto de la Guardia Civil, su fuerza debe encontrarse sobre el camino, teniendo el debido descanso a otras horas, pero no debiendo retirarse hasta haber visto pasar las diligencias o correos sin novedad. En todos los caminos hay puntos más peligrosos que otros; en la mayor parte de ellos hay parajes elevados, desde los cuales se puede observar sin menearse del camino, lo que por él transite; y por último, cuando hay la debida vigilancia, en ninguno se puede robar, sin que antes de tres horas esté la Guardia Civil en el puesto donde se hubiese verificado el robo, pues si los individuos cumplen cual deben sus deberes, si preguntan de cuando en cuando a los viajeros, si hay novedad, y si al ver cualquier retraso en el paso de los carruajes públicos acuden hacia la parte por donde falta el carruaje, ningún robo podrá perpetrarse, en la extensión de camino Real que comprende el distrito de esa provincia. Tenga V. entendido, que la primera atención de la Guardia Civil, es la continua vigilancia y seguridad en los caminos Reales. Esta circular la trasladará V. a todos los Jefes de línea, haciendo que éstos, añadiendo sus prevenciones, la pasen a los Comandantes de todos los destacamentos y firmen al pie quedar enterados.- Dios guarde a V. muchos años.- Madrid, 24 de Junio de 1845.- El duque de Ahumada."

Con ocasión de nuevos robos, vuelve a insistir Ahumada en otra circular de 28 de marzo de 1846, en la que exige que todos los caminos reales estén vigilados al paso de los coches públicos y que los Comandantes de provincias "no estén metidos en las capitales, donde nada se sabe" y que tanto de día como de noche recorran las líneas para vigilar si los Comandantes de Puesto mantienen la vigilancia debida. Otra circular dicta el 14 de mayo del mismo año, y otra 14 días después, el 29, en la que dispone un "alerta permanente" en las casas cuarteles, en las que "deberá haber siempre luz, desde anochecer hasta después de amanecido, la que entre todos pagarán de sus haberes", porque lo malo no es que no hubiera caballos, como antes decíamos sino que no hubiera ni siquiera dinero para pagar el alumbrado de los cuarteles. Sobre el servicio en carreteras decía esta circular: "7.°. En los puestos situados en los caminos Reales, el Guardia de imaginaria deberá muy amenudo estar sobre el camino a la entrada o salida del pueblo, y en especial en las casas de postas, donde se mudan tiros, para tomar noticias y ser vistos del público por si tuviesen algún aviso que dar o servicio que reclamar. Deberá la imaginaria así como todos los Guardias, dejar siempre arreglado su vestuario, armamento y equipo, de modo que puedan vestirse, armarse y montar a caballo con la mayor prontitud. Del cumplimiento de esta circular exigirá V.S. la competente responsabilidad a los Comandantes de las respectivas provincias del Tercio de su mando"

En alguna medida disminuyeron los asaltos a diligencias, pero era obvio que no podían cortarse de raíz, sobre todo en la carretera de Andalucía, y el Inspector General, en 10 de mayo de 1847, vuelve con otra circular, muy lacónica, que parece no decir nada, pero que, entre líneas, encierra una seria advertencia: "Hasta nueva orden -dice esta circular- dos veces lo menos por semana, me dará V. parte del estado de tranquilidad pública en ese Puesto y término que tenga a su cuidado". No se podía ser más escueto ni más exigente. Los Comandantes de Puesto, últimos mandos del escalafón, habían de responder personal y directamente ante el Inspector General de cualquier asalto a diligencias.

Otra orden, de energía más expresiva, se dicta el 26 de noviembre de 1848. En ella, argumentando que en los días 18 y 22 de noviembre se habían cometido dos robos de diligencias, sentenciaba que estos robos "que han producido todo mi desagrado, justifican que no ha habido la debida vigilancia en el servicio de carretera, pues a excepción de la Guardia Civil del Principado que se halla reunida en Barcelona, toda la demás cubre la carretera del mismo modo que en el año anterior". Terminaba la circular anunciando "la exigencia de la más estrecha responsabilidad al Comandante de Línea y Puesto en cuya demarcación se verifique el robo de un carruaje público"

Esta orden venía a demostrar que el progreso había sido evidente. Se deduce de su contexto que los asaltos a diligencias son ya esporádicos y se demuestra que el dispositivo de servicio en 1847 produjo un asombroso resultado. Sin embargo la situación cambia pronto y vuelve a recrudecerse los robos de carruajes. La causa radica en que en 1848 y gran parte del año siguiente, en plena guerra carlista y alzado el país en un sinfín de revoluciones, la Guardia Civil ha de abandonar los campos e irse a la guerra o concentrarse en las capitales. Sólo en Madrid se concentraron cuatro mil hombres. Pero esto para el Inspector General no es pretexto válido y comienza a golpear con nuevas circulares sobre el servicio.

Donde el furor -no creemos exagerar- de Ahumada se hace más visible es en otra circular de 14 de julio de 1849, de la que merecen destacarse estos párrafos: "...veo con disgusto que en los seis meses y catorce días que van corridos del presente año, se han verificado diecinueve robos de carruajes públicos, lo que quiere decir que el servicio se ha relajado y algo al menos, el celo de los jefes y oficiales que debieran evitarlo" "Si V.S. cree que hay falta de celo en algún Comandante de Puesto, o Línea, lo suspenderá inmediatamente de su empleo sea de la clase que fuese..." "...Prevendrá V.S. que todas las parejas establecidas en los caminos reales, siempre que noten el retraso de un solo cuarto de hora, salgan inmediatamente hasta encontrarlo". Y terminaba la orden de esta curiosa manera: "Porque si los robos continúan en la forma en que se repiten este año, la Guardia Civil debe disolverse"

Y tanto disgusta al Duque la comisión de estos robos que recurre a un procedimiento insospechado. Hace que utilicen las diligencias viajeros enviados por él para que después le informen de como los guardias realizan el servicio. Así le llega conocimiento de que algunas parejas, según dice en otra circular de 10 de agosto, se encuentran "a una media legua de distancia de los pueblos". Y para evitar que esto siga sucediendo ordena que las parejas de los puestos limítrofes se mantengan caminando hasta encontrarse unas con otras y se intercambien una papeleta.

Dadas las distancias que existían en la época de un Puesto a otro, fácil resulta imaginar el efecto que la orden produciría en el ánimo de los guardias, en su mayor parte de infantería. Pero la orden se cumple a rajatabla, como todas. Y los resultados no dejan de verse: pronto los asaltos a las diligencias casi habrán desaparecido. La prueba la tenemos en una frase del general don Facundo Infante, segundo Inspector del Cuerpo, quien en 1854 dijo: "El robo de un carruaje público hace diez años no causaba impresión alguna en el ánimo del público, que veía con frecuencia tales hechos desgraciados; hoy nadie puede saberlo sin asombro, porque creyéndose seguros por medio de la Guardia Civil, sólo a ésta suele culpársele de que llegue a cometerse".

LOS PRIMEROS EXITOS DEL TERCER TERCIO.

Antes de la llegada del tercer Tercio a Andalucía occidental el servicio de persecución de bandoleros estaba a cargo de fracciones del Ejército, el Cuerpo de Escopeteros de Andalucía y de alguna que otra partida de hombres civiles reclutados con el propósito de combatir a determinados bandoleros. Los primeros guardias civiles seguían la pauta marcada, al esfuerzo rutinario de aquellos organismos, que consistía en salir al campo cada vez que se tenía conocimiento de alguna fechoría o se denunciaba el paso de los bandidos por alguna comarca. Inútil resulta decir que esto no conducía a nada positivo. Pero tampoco existía otro sistema.

La Guardia Civil puso a contribución del servicio una tenacidad que se haría proverbial en el Cuerpo y un nuevo procedimiento, que venía marcado por un deber profesional. Tal era la detención de desertores, prófugos, maleantes y delincuentes menores, toda una plaga de hombres perseguidos por la justicia que vivían del robo en los campos. Todos ellos constituían una excelente red de confidentes y encubridores en la que se apoyaban los bandoleros. A esto hay que añadir el perfecto conocimiento del terreno y de los habitantes de cada demarcación, impuesto exigido por Ahumada desde el primer instante de la creación del Cuerpo.

Todos estos factores debieron dar resultado porque el 23 de septiembre de 1845, a unos meses solamente de la creación, se dictaba una Real Orden por lo que se disolvía el Cuerpo de Escopeteros Reales, como consecuencia, decía lo disposición, "de haber quedado completamente organizado el tercer Tercio que tiene en el día la fuerza de 320 hombres de Infantería y 120 de Caballería". A los Escopeteros se les daba opción a integrarse en la Guardia Civil.

Pocos días más tarde, concretamente el 5 de octubre, se ordenaba que se evitara en "cuanto sea dable, distraer a los Cuerpos del Ejército en persecución de malhechores y contrabandistas, puesto que para ambos objetos se han instituido Cuerpos a quienes es peculiar dicho servicio".

A partir de ahora la Guardia Civil quedaba enfrentada en solitario al problema del bandidaje. No se podía, naturalmente, solucionar la cuestión limitándose a la vigilancia de los caminos, a lo que hemos dedicado el capítulo anterior. Era necesario subir a las Sierras, rastrear, acechar, perseguir y combatir. Y así se hizo.

La primera partida diezmada fue la de un paisano de Curro Jiménez, llamado Ramón Rosillo, terrible bandido por sus crímenes y astucia, que merodeaba por las provincias de Sevilla y Cádiz, preferentemente por la Serranía de Ronda. El teniente don José Piñal estuvo persiguiéndole cuatro días consecutivos hasta que por fin logró alcanzarle y darle muerte en un tiroteo. Días más tarde, en la misma provincia de Cádiz, se producía un choque entre guardias y una partida de seis bandoleros. Uno cayó muerto, y también el guardia Francisco Fernández García, el primer caído del Tercio. Tres días más tarde, proseguida la persecución, fueron capturados tres forajidos más de la misma banda.

Siguió en los límites de Sevilla y Huelva la partida capitaneada por "el Tuerto de Alajar", ocasión en que resultó muerto el cabo Alfonso Jiménez Serrano. Quedó destruida a continuación la de "Zamarra" (padre), y poco después la de "el Tempranillo", un bandolero sanguinario que quería emular las hazañas del famoso José María del mismo apodo. Otra partida de diez bandidos que actuaba en los términos de El Arahal y Utrera fue abatida en un combate en Cerro Camacho, después de dos días de intensa persecución. Siguió el célebre "Reinilla", en la provincia de Córdoba, muerto de un disparo del guardia Juan Ramos Gil, pocos días después de la muerte del no menos famoso "Caparrota", que nada tenía que ver con el célebre Miguelito "Caparrota", Marqués de Casavaquera.

También fue abatida en la provincia de Cádiz la cuadrilla de José Serrano Valencia; en la de Córdoba, la de Pablo Moral, y en la de Sevilla, las de Antonio Abad y Manuel Olmedo. También cayeron dos bandidos autores del asalto a la diligencia Sevilla-Granada, servicio a cargo del teniente don Castor Alvarez.

Otra partida numerosa fue eliminada por fuerzas al mando del teniente don Juan Moillos, en Cádiz, mientras en Córdoba se producía un sangriento choque en el que moría el terrible José María "el Grande", varios miembros de su partida y dos guardias, además de quedar otros dos heridos. Poco más tarde caía el célebre criminal conocido por "el Sordo de Rute", quien se lleva por delante al cabo Antonio del Moral. En Puente Genil, después de ser cercados en una casa, donde se hacen fuertes, caen los bandidos Manuel Chicón y Manuel Valdés, teniendo que pagar por ello la muerte del guardia José López. Otras dos partidas importantes abatidas fueron las de "Zamarra" (hijo) y el "Chato de Benamejí", la primera en la provincia de Sevilla y la segunda en la de Córdoba.


 

 

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