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ANTECEDENTES DE LA GUARDIA CIVIL- I: LA COFRADIA Y LA HERMANDAD.

  • Escrito por Redacción

COFRADIA Y HERMANDAD

Numerosas circunstancias específicas, por imposición de la Reconquista, obligaron a la nobleza castellana a acatar, aunque fuese temporalmente, a un solo señor o jefe, con el fin de que las campañas militares tuvieran mayor cohesión y fuerza.

No queremos tampoco aseverar que estos acuerdos llegaran a cumplirse siempre, pero ciertamente, facilitaron su desarrollo, y en nuestros antiguos reinos, el poder de la Corona gozó de mayor autoridad que en otras monarquías europeas.

Razones sólidas, aparte de otras muchas impuestas por antonomasia, son las que dieron al feudalismo ibérico sus propias características. Es un hecho hartamente probado que los nobles de Castilla y León no disfrutaron del poderío que tuvieron sus coetáneos de Francia, Alemania o Italia. Famosa es la determinación del obispo de Auxerre “que hizo crucificar a un infeliz que había espantado un pájaro, o aquella otra sentencia de Bernardo Visconti. de obligar a “comerse una liebre cruda, con piel y huesos, al que la había cazado sin su permiso”. Mas como todo puede superarse, el vizconde de Lyon, en la Bretaña, tenía por fuero apoderarse de las embarcaciones que la mar arrojaba a sus playas, lucrativa renta que le producía enormes beneficios, al mandar hacer, en las noches de tormenta, grandes piras en los agrestes acantilados, para guiar las naves que, atraídas por el señuelo, concluían por encallar, destrozarse y zozobrar.

Parece ser que en Castilla estas licenciosas costumbres fueron por otros derroteros, responsables de la fama que se nos prodiga. Fernández de Oviedo nos recuerda que “frailes y monjas tenían hijos, como si no fuesen religiosos”; conocida es, asimismo, la determinación de Juan II de clausurar un monasterio en Sevilla, en el que “se dedicaban furtivamente al placer carnal doncellas, viudas y casadas”. Recordaremos, de paso, los acuerdos de las Cortes de Briviesca (1387), donde se prohibía a los casados la tenencia de mancebas, o aquella otra disposición de Alfonso X el Sabio de conferir a los monjes de Roa (Burgos) un privilegio para legitimar a sus hijos.

En verdad, si nobles y prelados consiguieron de la Corona ciertos derechos jurisdiccionales y dominicales, no lograron como en otras monarquías europeas gozar de prerrogativas en calidad de autoridades supremas. Atribuciones como la administración de Justicia, la acuñación de moneda y la posesión de castillos y fuertes, ganados a rebeldes, aunque luego se cedieran en usufructo a determinado señor por sus servicios al rey, fueron por lo común competencia de la realeza. Además, como primera muestra de subordinación, estaba el compromiso de asistir al rey en sus empresas de reconquista, aunque dicho compromiso se olvidara, como en el desastre de Alarcos (Ciudad Real), donde Alfonso VIII fue plenamente derrotado por el sarraceno.

Las luchas internas por la totalidad del poder entre reyes y nobleza tuvieron precisamente su origen en favor de los primeros, con el conde de Castilla Sancho García, el de los “Buenos Fueros”. Para oponerse al poder feudal tuvo la feliz idea de hacer surgir otro apoyado en el pueblo, que daría lugar al poder municipal. Gracias a ello contó con tropas propias en una época en la que, para hacer la guerra, sólo acudían en fonsado las milicias colecticias y los hombres de armas, muy escasos en cuanto a número, pues tales empresas estaban muy lejos de ser populares. Sancho García es también el primero que organizó una guardia personal iniciada por su padre, llamada los Monteros de Espinosa, avanzada concepción militar y de seguridad para aquel tiempo.

La muerte de Almanzor, el desvanecimiento del “terror milenario” con el que se quiso identificar al caudillo hispano árabe, el afán de unidad entre los nacientes reinos cristianos luego retrasado por los repartimientos , la evolución de no pocas ideas y concepciones culturales originarias del legado isidoriano, asimiladas después como en una recreación, y otras muchas circunstancias, harán que el siglo XI sea centuria clave y resolutiva en el orden social de los pueblos hispanos.

Con mayor fundamento cuando en su principio y en su final nos viene marcado por dos eventos trascendentales, como son la muerte en Medinaceli (Soria) del célebre hachib árabe, no derrotado aunque sí maltrecho por Sancho García en Peña Cervera, cerca de Calatañazor y, al final, en 1085, por la conquista de Toledo por Alfonso VI.

Sancho García, que con la ayuda de leoneses y navarros había salido sumamente beneficiado al atacar la retaguardia del caudillo sarraceno cuando tornaba con cuantioso botín de su expedición a Tierra de Cameros, donde saqueó el monasterio de San Millán y otros cenobios, recuperó los castillos de Clunia, Osma, Gormaz, Atienza y Sepúlveda, continuó la obra colonizadora iniciada por Fernán González y pudo, además, vengar la muerte de su padre, cautivo en Córdoba por el terrible Almanzor.

Como recompensa al peonaje que le había prestado su apoyo en la lucha, el conde castellano dio un fuero para que el pueblo se gobernase y no reconociese otro señor que su rey, ni autoridad que la de su Concejo. Hubo además otras concesiones no menos importantes, como el de la exención de tributos y el no hacer la guerra sin paga.

“Heredado é enseñoreado el nuestro Señor Conde de Castilla nos dice Berganza fizo por ley a fuero que todo home que quisiere partir con él á la guerra, á vengar la muerte de su padre en pelea, que á todos facía libres, que no pechasen el feudo, á que non fuesen a la guerra sin soldada.” Según opinión de Don Rodrigo.

Ximénez de Rada, en su obra “De Rebus Hispaniae”, con la concesión de estos fueros, se “dio mejor nobleza a los nobles y se templó en los plebeyos, la dureza de la servidumbre”. También marcó durante siglos el camino de una mejora de la condición humana y social mediante el servicio de las armas.

La determinación del conde castellano tuvo sus imitadores. Sus disposiciones podrían, pues, considerarse como los primeros fueros usos y costumbres municipales o concejiles, ejemplo singular, donde Castilla aventajó al resto de los reinos hispánicos. La votación de estos derechos comunales dio origen a notables mejoras. El estado llano ya no se sintió tan ligado al noble del lugar como lo había estado antes, aunque luego en la práctica y disfrute cotidiano, la defensa por los reyes y sus representantes de tales fueros tampoco se hizo, llegado el caso, en la forma prometida. Durante largos periodos, tanto las anunciadas libertades como el uso del fuero, sólo quedaron en promesas, pero en verdad, un gran avance se había conseguido.

Es obvio que el feudalismo, como institución poderosa, estaba muy remiso a acatar de buen grado las determinaciones del conde Sancho García. Por ello, la lucha del pueblo por subsistir y defender sus derechos que por fuero le habían sido otorgados, resultaría tan prolongada como tenaz. De un lado, estaban sus obligaciones en las guerras contra las taifas, de otro, sus reticencias hacia la nobleza que, afanosa y posesivamente, trataba de no ceder lo más mínimo en su privilegiada situación. Mas, había, no obstante, una tercera causa, que en gran número de ocasiones la fomentaba la propia nobleza, cuando no la protagonizaba: las plagas de salteadores de caminos y gentes de mal vivir, de la más variada condición y naturaleza, dirigidas cuando no alentadas desde los castillos, muy seguros al amparo de sus altivos torreones, donde se albergaban aventureros a sueldo que dirigían el bandidaje y se servían de un óptimo escenario de bosques y accidentes del terreno para escapar de posibles persecuciones por sus fechorías. Así, cualquier señor feudal rebelde, enemistado con su rey y odiado por sus vasallos, asaltaba a los viajeros en los caminos, devastaba las haciendas vecinas y robaba, si la ocasión le era propicia, los ganados.

Como reacción necesaria, el pueblo ligado por lazos comunales buscó en la unión la fuerza para defenderse, naciendo de esta forma dentro de cada burgo, o mejor dicho, renaciendo la antigua collegia, ahora con el nombre de cofradía, entendida aquí como gremio, compañía, grupo o unión de personas para un fin determinado, en este caso, para defender sus escasos bienes y mantener un determinado orden social. La voz cofrade, de la que deriva cofradía, procede del latín, de “co” por “cum” y frater, hermano. La reunión de todos los que tenían un lazo común se acogió, seguidamente, a la protección de un santo, al que comenzaron a rendir culto como patrono, costumbre ancestral que siglos más tarde devino en los patronazgos de las armas y cuerpos militares y otras instituciones estatales, en análogo parecido a como durante la romanización, en las denominadas collegia, se practicaba acatamiento y devoción al patricio poseedor de la tierra. En un proceso evolutivo natural, cuando el peligro común afectaba a varios pueblos, éstos se unían para combatirlo. Si la urgencia del hecho lo exigía, casos como un incendio forestal, inundación, epidemia, amenaza general de forajidos, etc., se llamaba por “el apellido”, o costumbre de hacer sonar las campanas, con objeto de congregar a todos los cofrades o “hermanos” antes de salir a prestar ayuda.

Las cofradías se ligaban entre sí, temporalmente, mediante algún compromiso o juramento de ayuda mutua, donde entraba hasta “el de empuñar las armas en caso preciso”. La unión de varias cofradías daba lugar a la Hermandad. Como patente testimonio de lo dicho, Fray José Pérez y el Padre Escalona, en la “Historia del Real Monasterio de Sahagún”, nos exponen lo siguiente: “En este tiempo, todos los rústicos labradores a menuda gente, se ayuntaron, faciendo conjuración contra sus señores, que ninguno dellos diese a sus señores el servicio debido. E a esta congregación, llamaban Hermandad”.

Dijimos que el siglo XI cerraba un periodo netamente definido. Comienza con la desmembración del Califato de Córdoba que da origen a las taifas islámicas, a las que se oponen con más ímpetu que dirección las taifas cristianas. El repliegue de los hispano árabes hacia Al Andalus originó en las tierras arrebatadas por las monarquías cristianas los consiguientes problemas de repoblación, al amparo de una política expansionista de tipo concejil, defendida por las milicias de dicha clase. La repoblación quedaría sancionada por la legalidad de determinados privilegios, cartas puebla y, por supuesto, por fueros otorgados de ahí su nombre a las villas francas, surgidas en los límites fronterizos con los musulmanes. Era natural que avecindarse en los nuevos poblados había de tener sus ventajas, como compensación a los peligros de las incursiones sarracenas. Entre las que fue, tal vez, la más atrayente se encuentra la concesión de franquicias, palabra que devino de los privilegios que los reyes de Navarra, primero, debido a su origen (francés), y los de Aragón y Castilla, más tarde, otorgaron a los franceses o francos, establecidos a caballo del Camino de Santiago Valcarlos, Roncesvalles, Zuburi, Pamplona, Puente la Reina, Estella, etc. ; franquicias y privilegios que implicaron un planteamiento de autogobierno y desenganche de reminiscencias feudales.

Nacen, así, los primeros fueros castellanos, y destacan, al mismo tiempo, las “desmesuradas” atribuciones de las Hermandades que podían aplicar hasta la última pena al alcalde o merino real que hubiese lesionado sus privilegios. Situación similar se presentaría en las sedes al producirse los “ensanches” de las diócesis. El siglo XI nos muestra, pues, una diversidad de fueros, cuya posterior influencia marcaría honda huella. Además del ya comentado de Sancho García, destacaron, entre otros, el de Castrojeriz y los de Sahagún, Sepúlveda, Miranda, Nájera y Logroño, considerados como los Fueros Castellanos Viejos, y en los que con mayor o menor incidencia se alude a las cuestiones de convivencia mutua, orden social y formas de perseguir delitos.

Con la conquista de Toledo, tras seis años de asedio, y acaso producida más por la destacada intervención de los mozárabes que vivían en la ciudad que por la acción de las huestes sitiadoras, se dio un giro total, beneficioso para la cristiandad y, como consecuencia, en perjuicio del poderío islámico que iniciaba así su franca decadencia. Conquistada la ciudad, quedaron inactivas numerosas tropas que, entregadas a la vagancia, merodeaban por los aledaños de Toledo a la espera del reparto de tierras. La mayoría se asentó en una zona muy poblada en aquel tiempo de encinas, conocida por Sisla Mayor o Montiña, dehesa del partido y término municipal de Toledo, donde, aparte del arbolado, se contaba con vides, olivos y tierra de labor. Esta gente, desocupada y ociosa, constituyó muy pronto un patente peligro para los viajeros, ya que por tales parajes discurría la famosa Vía Calatrava, arteria muy concurrida.

Para imponer orden en aquellos caminos y despoblados, surgió la necesidad de organizar una Hermandad entre los vecinos ligados a aquellos predios, dedicados preferentemente a la explotación de colmenas, de donde les vendrá su primitivo nombre. La Sisla Mayor, según opinión de M. Rodríguez, en sus “Memorias para la vida de Fernando III el Santo”, fue vendida a la ciudad de Toledo en cuarenta y cinco mil maravedís, con destino al común de vecinos. Pero con anterioridad, dicho rey había dado un privilegio rodado, el 3 de marzo de 1220, reputado como el más antiguo documento conocido, en favor de los colmeneros de Toledo, confirmándolos en los derechos y cuidados de los montes, “Como había hecho su abuelo Alfonso”, que no fue otro que el VIII de la cronología o el de las Navas de Tolosa, aunque omite que fuera precisamente el primero que concediera tal privilegio. No obstante, el arzobispo Ximénez de Rada, de destacado protagonismo en tan memorable batalla, ya nos habla de la Hermandad, con una referencia muy elocuente a los “hermanos”, a los que dice que de las Navas hay que volver “vencedor o muerto”.

En el preámbulo de las ordenanzas de la Santa Hermandad de Toledo, aprobadas y confirmadas por Felipe V y redactadas por Juan Ortiz de Zarate, regidor perpetuo de la ciudad, el 4 de junio de 1740, se afirma que la Hermandad “estaba ya comprobada” en tiempos del señor don Alfonso el Emperador, VII en los de su nombre, aunque verdaderamente el primero que usó tal título fue el conquistador de Toledo.

Los colmeneros y ballesteros toledanos eligieron por patrón a San Martín de la Montiña, lo que le hace tomar a la Hermandad el nombre de dicho santo. El puente de San Martín sobre el río Tajo, en Toledo, data de 1203, y su nombre se deriva, sin duda, de una ermita dedicada al santo, ubicada donde actualmente se encuentra el templo de San Juan de los Reyes, que fue mandado levantar por los Reyes Católicos. Hemos de añadir, para más evidencia, que en lo más fragoso de la Sisla Mayor, en el actual término de Mazarambroz, hay una ermita dedicada a San Martín.

Constituida la Hermandad, al mismo tiempo que se daba impulso al cultivo de la tierra se combatían las partidas de merodeadores. Fuero característico de aquella época, para los “hermanos”, fue el de portar cada cual su arma lanza o ballesta_ durante las faenas del campo para poder defenderse. Colmeneros y ballesteros de Toledo no se anduvieron con rodeos; impusieron penas muy duras y desde el principio administraron “su propia justicia”, aunque en nombre del rey, privilegio que perduró durante siglos. El delito más perseguido y las penas más rigurosas fueron las aplicadas al robo.

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