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Recordarán tu nombre

  • Escrito por Carmen R. Santos - El Imparcial

Recordaran tu nombre

El creador de la celebrada serie protagonizada por Bevilacqua y Chamorro, nos ofrece la biografía novelada del olvidado general Aranguren, que no se sumó a la sublevación en 1936. Y lo hace sin sectarismos ni visiones maniqueas de buenos y malos.

El subteniente Rubén Bevilacqua, Vila, y la sargento Violeta Chamorro no protagonizan la última novela de Lorenzo Silva. El escritor madrileño ha dejado descansar a sus célebres personajes, tras llevarles a Afganistán en su última peripecia, Donde los escorpiones, en la que tenían que enfrentarse a una de sus misiones más complejas y la primera fuera de España. Pero hay aspectos muy queridos por Silva que permanecen en Recordarán tu nombre. El primero, el cuerpo de la Guardia Civil -del que Silva es desde noviembre de 2010 guardia civil honorario-, al que pertenecen Bevilacqua y Chamorro, y sobre el que ha escrito el ensayo Sereno en el peligro. La aventura histórica de la Guardia Civil, que se alzó con el Premio Algaba.

El protagonista de Recordarán tu nombre es precisamente un guardia civil, el general de brigada José Aranguren Roldán, figura que existió realmente y que desempeñó un papel decisivo en uno de los momentos más trágicos y aciagos de nuestra historia reciente como fue la Guerra Civil española. El propio Lorenzo Silva aclara al comienzo del libro la relación establecida entre realidad y ficción: “Esta historia es un relato de ficción, lo que no quiere decir que me la haya inventado. De hecho, todos los acontecimientos que en ella se refieren se encuentran respaldados por un documento o por el testimonio de quien los presenció, que en algún caso, contado, es el autor mismo. Allí donde deslizo una especulación, me preocupo de hacerlo notar, a fin de que nadie le otorgue la calidad de hecho atestiguado. Si opto por considerarla una ficción es porque se alienta de visiones parciales, a menudo fragmentarias y, por tanto, siempre controvertibles”.

José Aranguren Roldán (La Coruña, 1875-Barcelona, 1939) se encontró el 19 de julio de 1936 en una enrevesada situación, pese a la cual tomó una rápida decisión absolutamente convencido de que era la correcta. Ese día Aranguren está en la Consejería de Gobernación de la Generalitat en Barcelona, y recibe la llamada de otro general, Manuel Godet Llopis, dándose la circunstancia de que Aranguren y Godet habían sido compañeros en 1925, en el desembarco de Alhucemas, durante la campaña de la contienda africana. Quizá por eso y por su condición de católico y perfil conservador, Godet piensa que le resultará fácil convencerle de que se sume a la sublevación de una parte del Ejército, encabezada por Francisco Franco, máxime cuando también este y Aranguren se conocían y habían mantenido trato personal. Pero ni la insistencia ni siquiera las amenazas de Godet logran que Aranguren se una a las tropas franquistas en contra de la II República. Aranguren no solo se niega en redondo, sino que le dice a Godet unas palabras muy significativas de su talante: “Si mañana me fusilan, fusilarán a un general que ha hecho honor a su palabra y a sus juramentos militares; si le fusilan a usted, fusilarán a un general que ha faltado a su palabra y a su honor”.

Por la decisión de Aranguren, la Ciudad Condal no cayó en ese momento en manos de los rebeldes. Decisión, no obstante, que Aranguren pagaría muy cara. A finales de marzo de 1939 se encuentra en Valencia, donde había sido destinado como responsable de la comandancia militar. El ejército de Franco está logrando ganar la conflagración y su desenlace adverso para la República se acerca. Aranguren, sin embargo, no se va de España camino del exilio. Cuando los sublevados toman Valencia, le detienen y le forman un consejo de guerra, en el que es condenado a muerte. Se cumple la sentencia el 22 de abril de 1939.

Confiesa Lorenzo Silva que la historia de Aranguren le impactó por lo que se sintió impelido a investigar. Y por si fuera poco, Aranguren le recuerda a su abuelo Manuel, “un hombre que también lo perdió todo, aunque en su caso pudo continuar viviendo por cumplir con su deber”. Asimismo, en el relato, entrará también en juego su otro abuelo, Lorenzo, entrecruzándose la trayectoria de los tres, junto a la descripción de las propias pesquisas del autor del libro para sacar a la luz un episodio no solo escasamente conocido, sino que prácticamente cayó en el olvido. Ese olvido del que, en un ejercicio de justicia poética, ha de emerger la figura de Aranguren para que se recuerde su nombre: “Es hora de emprender la reivindicación: el desquite del arte sobre la vida”.

Esta reivindicación resulta necesaria y emocionante. Sobre todo porque hay que destacar que se realiza lejos de consignas y memorias históricas espurias, interesadas y manipuladoras, y desde una posición que no es maniquea ni sectaria ni de buenos y malos. No se plantea como “ajuste de cuentas”, y tampoco presenta “argumentos para la adhesión o la execración incondicionales”. En una guerra, y más aún en una devastadora contienda fratricida como fue la de 1936, “no hay ganadores”, como bien ha señalado Silva. Nunca debe olvidarse.

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