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SERVICIOS DEL SEGUNDO TERCIO DE LA GUARDIA CIVIL (1848)

  • Escrito por Redacción

Guardia Civil uniforme servicio de carretera

Los anales militares registrarán sin duda en sus páginas algunas que para honra de la disciplina quisiéramos ver arrancadas de ellos. El año que nos ocupa fué pródigo en sangre española que quisiéramos ver economizada para casos de decoro Nacional en que el honor ó la integridad del territorio se viesen amenazados.

Cupo en suerte á la caballería del Primer Tercio, verse aumentada este año como lo había sido la infantería en el anterior y en su consecuencia aparece el primer escuadrón con la dotación de 6 Oficiales 166 individuos y 161 caballos y el segundo con 5 Oficiales, 143 hombres y 133 caballos, que hacen un total de 11 Oficiales, 309 hombres y 294 caballos.

Apenas había principiado el año que nos ocupa, cuando la Guardia Civil, como primer baluarte del orden público, tuvo que cesar en su servicio ordinario y llevar su atención á acontecimientos terribles que conmovían la sociedad hasta en sus más profundos y arraigados cimientos. Francia, esa nación poderosa é ilustrada, había derrocado al comenzar el año á uno de los monarcas más sabios y políticos que han ocupado su trono, despertando al mismo tiempo las pasiones revolucionarias en los Estados vecinos, é infundiendo aliento á los eternos perturbadores del orden público. Ni una nación se vio libre de la terrible plaga revolucionaria. El Gobierno español, colocándose á la altura de las críticas circunstancias que por momentos se le echaban encima, solicitó de las Cortes la suspensión de las garantías constitucionales, cerró el Parlamento y quedó de hecho la nación entera sometida á un régimen excepcional. Apenas tomadas estas medidas, justificadas por el diario levantamiento de partidas facciosas con distintas banderas, desde la carlista á la republicana en varias provincias, y muy especialmente en Aragón y Cataluña, llegó el memorable 26 de marzo, día designado por los revolucionarios para cubrir de luto las calles de Madrid. Para nadie era un misterio que en la tarde de aquel día debía estallar la revolución; el gobierno se había preparado disponiendo que las tropas permaneciesen dentro de sus cuarteles, para defender el orden y el Trono seriamente amenazados. La fuerza del Primer Tercio existente en Madrid componía de hecho parte de la guarnición, y como tal debía por su organización ser la primera en cooperar para defender tan privilegiados objetos. En la tarde de dicho día empezó á notarse cierto movimiento agitador, signo característico de la tormenta que amagaba, en algunos barrios; y apenas comenzó á oscurecer, los enemigos del orden, organizados y armados se lanzan á la calle, ocupando los puntos de antemano designados, dando mueras y vivas como sucede siempre en todas las revueltas. El bizarro Brigadier Barón de Purgold, que como queda dicho se hallaba con toda la fuerza en el cuartel, dispuso que los Ayudantes del Tercio montasen á caballo y marcharan á la Puerta del Sol donde se halla el Principal, á tomar órdenes para el Tercio, del Excmo. Señor General D. Fernando Fernández de Córdoba, de antemano encargado del mando de este punto importante; los Ayudantes regresaron sin poder penetrar en el Principal, cuyas avenidas estaban obstruidas por la muchedumbre; entonces el Brigadier les dio cuatro guardias que les acompañasen y les previno volviesen á desempeñar su comisión; volvieron con orden de que toda la fuerza disponible marchase inmediatamente á la Puerta del Sol; en el acto salió por la calle de las Hileras, y al desembocar en la calle Mayor formó por cuartas en columna con la caballería disponible á retaguardia, y el Brigadier Purgold, primer Jefe, y D. Manuel Gómez Barreda, segundo, á la cabeza, con los Ayudantes D. Fernando Delgado y D. Ramón Boch. Las mitades iban mandadas por el malogrado D. Luis Periche, y D. Juan Antonio Moreno y Tamayo; la columna, compuesta de 150 infantes y 40 caballos, marchaba al punto designado por el General Córdoba, cuando al llegar á la altura de la pequeña calle de Boteros, obstruida á la sazón por la empalizada de una obra, y que da paso de la calle Mayor á la Plaza, sufrió una descarga que no causó otro daño que romper un brazo á un guardia. Entonces el Brigadier previno á su segundo continuase con la fuerza de caballería al punto prevenido, y él con la intrepidez y arrojo que nadie puede disputarle, seguido del Comandante Periche y algunos guardias, se lanzó á la Plaza Mayor. El ya hoy Comandante Moreno penetró en ella con la segunda mitad, y después de algunos disparos lograron despejarla. El Brigadier se dirigió á la Puerta del Sol por el arco que da salida á la calle de Atocha, mientras Moreno reconocía los soportales de la Plaza, de donde salía alguno que otro disparo, para despejarlos; al llegar á una de las columnas que forman los arcos de dicha Plaza, donde la oscuridad de la noche no permitía distinguir objeto ninguno, se abalanzó á Moreno un hombre con un trabuco cuya boca le puso al pecho. Este sereno Oficial apartó el cañón con el sable y se lanzó sobre él haciéndolo prisionero. Despejó toda la Plaza Mayor y colocó centinelas dobles en todas sus avenidas conservando tan importante punto. A la una de la noche se presentó el Brigadier Purgold y previno á la Guardia Civil de su Tercio entregase aquel puesto á la fuerza de Carabineros que le acompañaba y se uniese á él para marchar juntamente con dos compañías del Regimiento de América á atacar la plaza de la Cebada, donde los revoltosos sostenían un vivo fuego contra las tropas del Ejército. Antes de llegar á este punto fué abandonado por aquellos, y por orden superior marchó esta pequeña columna por la calle de Toledo hasta dar vista á la puerta de este nombre, lo que efectuó permaneciendo allí en observación de aquellos barrios que inspiraban serios temores al Gobierno.

Sofocado el motín en toda la población, recibió orden la Guardia Civil de regresar á su cuartel á las tres de la madrugada del 27, donde se notó la pérdida de 6 guardias heridos, tres de suma gravedad.

La caballería permaneció en la Puerta del Sol á las órdenes del General Córdoba á quien acompañó hacia la plaza de la Cebada, pero sin ocasión para rivalizar en valor y arrojo con sus camaradas de infantería.

Gracias á las enérgicas medidas tomadas por el Gobierno de S.M., y al arrojo de las tropas, la revolución fué vencida en breves horas y la tranquilidad restituida á los habitantes de Madrid. La Guardia Civil continuaba formando parte de la guarnición de Madrid, sin atender á su servicio ordinario. El orden recién restablecido parecía consolidarse, aunque no ofrecía suficientes garantías de estabilidad, por el estado de agitación en que se encontraban las provincias de la monarquía y casi todas las naciones de Europa. Las disposiciones del Gobierno se sucedían con rapidez prodigiosa; las tropas permanecían sobre las armas en sus cuarteles con sus Jefes y Oficiales á la cabeza, y en esta disposición, y no obstante la terrible lección sufrida en la noche del 26 de marzo, los que á toda costa pretendían alcanzar el poder por medio de la fuerza, fraguaron otra tentativa más enérgica y con mayores probabilidades de éxito al mes y medio escaso de haber fracasado la primera. El 7 de mayo de 1848 era el designado para cubrir de sangre por segunda vez las calles de Madrid. Los cuarteles destacaban patrullas por las noches para recorrer sus inmediaciones, y éstas traían al retirarse noticias alarmantes del estado de la sublevación. El Subteniente del Primer Tercio D. Mariano Julve, hoy Teniente, último que salió de patrulla, participó á su regreso que el Regimiento Infantería de España, núm. 30, seducido por los revolucionarios, marchaba en abierta rebelión mandado al parecer por paisanos, á posesionarse de la Plaza Mayor. El Brigadier Purgold mandó inmediatamente formar toda la fuerza, compuesta de 120 infantes y 60 caballos, y marchó con ella á la Puerta del Sol, punto de antemano señalado.

La consternación era general, pues ya nadie dudaba de que parte de la guarnición había sido seducida. El punto de reunión era la Puerta del Sol para todos los Cuerpos y militares sueltos residentes en Madrid. Allí empezaron á llegar unos y otros. No habían pasado muchos minutos, cuando una descarga cerrada como de una mitad escasa de Compañía hecha hacia la calle Mayor, hirió los oídos de algunos Generales, Jefes, Oficiales y tropas que ya habían llegado á la Puerta del Sol. Esta mortífera descarga hecha á quemarropa, había sido dirigida contra el Excmo. Sr. Inspector General Duque de Ahumada, que á caballo con sólo cuatro guardias se dirigía desde su casa al punto de reunión. Asaltado en medio de la calle Mayor, se apoderaron de las bridas de su caballo, y él, sereno en medio del peligro, sacó una pistola del arzón que no pudo disparar, porque al entrar á la altura de la pequeña calle del Triunfo, recibió la descarga que le causó una herida en la ceja derecha, recibiendo su caballo dos balazos, y otros dos ó tres su montura, quedando heridos dos guardias de los que le escoltaban. A su serenidad debió el salir, aunque no ileso, de las manos de sus enemigos en aquel terrible é inesperado encuentro.

Reunidas las tropas en la Puerta del Sol, se dispuso atacar la Plaza Mayor, donde efectivamente se hallaba el Regimiento Infantería de España, con casi toda su fuerza, inclusos los sargentos, varios paisanos, y se cree que con algún Jefe superior á la cabeza. La Guardia Civil marchó á posesionarse de la casa de Cordero y de la de Astrarena, la primera para defender las avenidas de la Puerta del Sol, y la segunda las de las calles de Hortaleza y Fuencarral. Dominada la revolución, permaneció sobre las armas la Guardia Civil en la Puerta del Sol hasta el anochecer, que como las demás tropas recibió orden de retirarse á sus cuarteles.

El penoso servicio prestado por la Guardia Civil en la Corte era continuo durante los acontecimientos que reseñamos, y su fatiga extraordinaria en nada quebrantaba las fuerzas de aquellos bizarros guardias, que con emulación deseaban ser empleados en todas ocasiones. El comportamiento observado por la poca fuerza del Primer Tercio y las diferentes partidas que con distintas denominaciones se levantaron en la mayor parte de las provincias del reino, debieron hacer sentir al Gobierno, la necesidad de distraer las fuerzas del Ejército en persecución de aquellas y de dotar á Madrid de una respetable y fiel guarnición, y así dispuso por Real decreto de 10 de mayo que se reuniesen en la Corte 4,000 hombres de Guardia Civil. De todas las provincias y á marchas forzadas se dirigieron á ella los guardias solteros, teniendo especial cuidado el Inspector, de que á los casados y sus familias se les atendiese por el Oficial que quedaba encargado, con igual esmero que lo estaban de ordinario.

Llegaron á formarse en Madrid cuatro magníficos y respetables batallones, cuya presencia en la gran parada que tuvieron para ser revistados en el salón del Prado, causó tal impresión en el pueblo de Madrid, que todo el mundo admiraba con entusiasmo aquel brillante uniforme, terrible espanto del criminal y prenda segura de orden para el vecino honrado. Nunca olvidaremos la deslumbradora impresión que nos causó ver desfilar aquellas completas Compañías en columna por la espaciosa calle de Alcalá. Durante la permanencia de esta fuerza en la capital de la monarquía, dio el servicio de guarnición en ella y se ocupó de la instrucción militar en los cortos días que tenía de descanso, permitiendo al Gobierno disponer de los regimientos de infantería para la persecución de las facciones, y asegurarse de la disciplina que felizmente en ninguno había sido quebrantada más que en el citado de España número 30 de infantería. Conseguido este objeto, el Gobierno dispuso que regresase la Guardia Civil á sus provincias; parte de la del Primer Tercio fué destinada á la delicada comisión de conducir á Cádiz y Algeciras numerosas cuerdas de presos políticos, llenándola con tanta exactitud y teniendo con los presos tales miramientos, que algunos años después muchos de los mismos hallándose en el poder tributaron elogios á sus conductores. Las Compañías á medida que regresaban á sus provincias, y en especial la 3.ª, 4.ª y 5.ª que correspondían respectivamente á Toledo, Cuenca y Ciudad-Real, se dedicaron á la persecución de las facciones que se habían levantado en ellas, y las demás al servicio especial del instituto, prontos siempre, sin embargo, á rechazar cualquier facción que se aproximase á sus puestos.

Sólo el entonces Alférez D. Juan Ravadán de regreso de su expedición á Algeciras, pudo lograr dar vista un día á la facción de Peco, que no pudo alcanzar por el cansancio de sus caballos en tan larga marcha, logrando únicamente apoderarse del trabuco del cabecilla.

Entre los servicios ordinarios del instituto notamos con gusto el que prestó el valiente Cabo Fermín Buzo yendo de pareja con el Guardia Juan Lozano, ambos de la 4.ª Compañía, dieron vista á un famoso criminal que perseguían, y lanzándose sobre él á la carrera, el Cabo, más ágil que el Guardia le dio alcance; más el criminal volviéndose de pronto descargó á quemarropa su trabuco sobre su perseguidor, sin causarle más daño que cuatro o cinco agujeros en el capote. Entonces el Cabo, cuyo fusil le había faltado dos ó tres veces, se asió con el criminal en lucha desesperada, logrando rendirlo y conducirlo á disposición del juzgado.

El resto de esta Compañía, ocupada en Cuenca en la persecución de la facción del Pimentero, no pudo con parte de su fuerza al mando del Capitán D. José Méndez, darla alcance más que una sola vez en el pueblo de San Pablo, dispersándola completamente con pérdida de un muerto.

El Cabo primero José Jover perseguía con la fuerza de su Puesto otra pequeña facción, que logró dispersar causándole tres prisioneros.

El entonces Subteniente D. Alfonso Osorio mereció una especial recomendación de los Jefes, por haberse portado con arrojo con la escasa fuerza del Puesto de Molina al aproximarse á aquella población el cabecilla Gamundi, renunciando á encerrarse en el fuerte, y permaneciendo á la vista de la facción hostilizándola, hasta que incorporado á una columna siguió siempre á vanguardia en su persecución.

El entonces Sargento primero D. José Ortega capturó en la provincia de Madrid cinco famosos criminales, ocupándoles varios efectos robados.

El Puesto del Corral de Almaguer dio muerte el 25 del mes de noviembre á un famoso criminal, terror de aquel término.

El Teniente D. Justo del Amo se precipitó el 1.° de diciembre sobre un criminal desertor de presidio que huía á caballo, logrando reducirlo á prisión y arrancarle una pistola cargada de la mano.

La fuerza de la 7.ª Compañía (Segovia) al mando de su primer Capitán D. Manuel Solana y en combinación con otras del Ejército, dieron alcance á la facción Muñoz que dispersaron, distinguiéndose el Teniente Del Amo, que la cargó con algunos guardias de caballería, cogiéndoles algunos prisioneros, armas y caballos.

Muy sumariamente indicados los principales servicios que en el año 1848 prestó el Primer Tercio, terminaremos la relación del año con el resumen de los de todo género que arrojan los siguientes guarismos:

Criminales.
Desertores del Ejército.
Por faltas más ó menos leves.

183
  22
418

Total.

623

El anterior resumen se resiente en su total, de la distracción de su servicio especial que sufrió la fuerza del Tercio para atender á otro más importante, la conservación del Trono y del orden público. No queremos terminar el año 48 sin dejar consignado que en Septiembre de aquel año perdió el Primer Tercio un Jefe bizarro, de reputación militar y acreditado valor; el Brigadier D. Carlos Purgold solicitó y le fué concedido su cuartel para Sevilla.

Fué reemplazado en el Tercio por otro no menos digno y experimentado en el mando del Tercio de Navarra, el Sr. don Antonio María de Alós, antiguo Oficial de la Guardia Real, Jefe celoso, entendido y modelo de Guardia Civil, á quien en el curso de la historia del Tercio tendremos lugar de hacer cumplida justicia.

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