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CUERDA DE PRESOS

  • Escrito por Redacción

cuerdas de presos guardia civil

Sin duda el servicio más penoso y arriesgado para la Guardia Civil de la época fundacional fue el de las conducciones de presos comunes, donde se ponía a prueba en permanente actitud la capacidad humana y el singular temple de unos hombres que, ante múltiples adversidades, tuvieron que conjugar sus grandes contradicciones para el ejercicio de la caridad cristiana con los rígidos principios que les imponía tan difícil misión.

Con anterioridad a la creación de la Guardia Civil, las cuerdas de presos estaban reguladas por las ordenanzas generales de presidios de 14 de abril de 1834. Existían tres clases de establecimientos penitenciarios: depósitos correccionales, para los condenados hasta dos años de privación de libertad, presidios peninsulares, o de segunda clase, para los que debían sufrir penas entre dos y ocho años, y presidios de África, o de tercera, para los condenados a más de ocho años.

Las cuerdas de presos constituyeron para los guardias civiles, misión que pasó a ser de su exclusiva competencia, una de las servidumbres más llenas de ingratitud y dificultad, como ha quedado reflejado en gran parte de un pueblo sensiblero y bronco como el nuestro, donde ante el nada agradable espectáculo de trasladar detenidos en aquellas infrahumanas condiciones, casi nadie reparaba en sus custodios, obligados a responder de los “galeotes” hasta con la vida y empeñados en cumplir unas rigurosas órdenes en bien de la sociedad.

Tan difícil faceta del servicio peculiar está repleta de numerosos episodios, donde aparte de quedar patentizado el hondo sentimiento humanístico de la fuerza, en numerosas ocasiones a costa de su propia sangre, quedó evidenciada su esencia altamente protectora.

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Así lo tuvo que reflejar el Inspector General, para quien "todo preso que entre en poder de la Guardia Civil, debe considerarse asegurado suficientemente…”, y la fuerza que lo custodie debe estar “dispuesta a perecer, sin permitir jamás que persona alguna los insulte, antes ni después de sufrir por ley el castigo de sus faltas”.

Cada servicio constituía de por sí una epopeya a librar en la sociedad del paisaje, sin ayudad ni otros recursos que un recio temple y la convicción plena de que lo más importante era el cumplimiento del deber. Así lo entiende el guardia Miguel Prades, del Tercio de Valencia, que es recompensado con la Cruz de María Isabel Luisa pensionada con diez reales de vellón por el “mérito que contrajo -25 de julio de 1848- escoltando con otro un preso, desde Alcalá a San Mateo, sufriendo una descarga de unos criminales que intentaron liberarlo, y de la cual resultó herido”.

Aunque las condiciones de seguridad eran mínimas, aparte de problemáticas, las estadísticas nos dan cifras más que alentadoras, extraordinarias. En 1849, de 26.072 reclusos que fueron conducidos, solo hubo con éxito veintinueve fugas.

Al encargarse la Guardia Civil de las cuerdas de presos, éstas se realizaron con sujeción al capítulo XII de la Cartilla, aunque con anterioridad a su publicación habíanse dictado algunas órdenes circulares por la Inspección General, tendentes sobre todo a garantizar la seguridad de los reos. Circulares como las demás, que no dejaban escapar detalle, desde la que resaltaba que “en lo posible toda conducción pasase inadvertida para el público”, hasta las que daban normas para impedir las fugas, ya que “por esta falta puede recaer –para el guardia- igual castigo que el que debiera imponérsele, según la gravedad del delito de que fuese acusado, al preso fugado”.

De todas formas casos como el que a continuación resumimos, tomado de la prensa de la época, era muy difícil que pasasen inadvertidos para el público: “que estos beneméritos individuos, conduciendo una cuerda de presos en que iba un octogenario, viéndole sumamente agobiado y desfallecido, lo llevaron largo trecho en hombros, le condujeron a su casa cuartel para prestarle todos los auxilios necesarios, y teniendo la fatalidad de que se les muriera, vienen a mí –al rector del Colegio de Galapagar- y me encargan un entierro decente, y que, sin embargo de las reflexiones que les hice, diciéndoles lo mucho que iba a costar el entierro, no cejan ni vacilan, por el contrario, afirmándose más y más en su propósito, me dicen que aquel criminal ha dejado de existir en la casa cuartel, donde moran los individuos del Cuerpo, y que es preciso sea enterrado con todo el decoro…, pues Dios le había juzgado ya y ahora nos corresponde ser misericordiosos”.

Por economía de fuerzas, las conducciones comenzaron a efectuarse sin relevos en las escoltas, modalidad que exigía un gran esfuerzo físico, temple de nervios y grandísimo desgaste de energías en todos los sentidos. Piénsese lo que supone marchar a pie desde Madrid a Cádiz o Algeciras, pongo por caso, puntos de destino más frecuentes, donde los reclusos más peligrosos eran embarcados para Ceuta o en otras ocasiones a Cuba y Filipinas.

Con fecha 20 de febrero de 1845, por haber salido de la Corte, una patrulla de caballería de la Guardia Civil, conduciendo una partida de mujeres destinada al presidio de Valencia, se dispuso que en lo sucesivo “se entregasen en el puesto más inmediato”, donde se efectuarían los relevos y así sucesivamente. La determinación originó fuesen organizadas ciertas “líneas de los caminos reales”, a fin de que siempre hubiese un puesto en los límites de provincia, para facilitar los cambios de escolta y regular las entregas de conducciones.

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Las cuerdas de presos originaban, por parte de la Inspección General, determinaciones enérgicas, como refleja la circular de 27 de noviembre de 1846: “Primero en la provincia de Guadalajara y después en la de Cáceres, por la poca vigilancia de los guardias que conducían a unos presos, se fugaron, aunque después en consecuencia del fuego que hubo que hacerles para reparar la primera falta, fueron habidos, aunque muertos. Se está formando la competente sumaria sobe el primero de estos hechos, se mandó formar sobre el segundo, pero quedando desde luego suspendido de su empleo el cabo segundo que conducía los reos”.

Recomendaba el Inspector General a los jefes de Tercio expresamente que “no toleraba, ni toleraría, a ésta, ni a ninguna fuerza a sus órdenes la menor infracción a su más exacto cumplimiento”.

Como no existían normas que fijasen el número de reos a conducir por pareja, ni tampoco se señalaban diferencias entre un simple ratero y un asesino, en 22 de abril de 1850, como fruto de la experiencia y desvelo en tan delicado servicio, se establece que cuando el número de reclusos sea superior a ocho, “si todos fuesen criminales”, en lugar de una pareja, irán tres guardias, si fuesen doce, cuatro, y para más de doce, será jefe de conducción el comandante de puesto.

Si la cuerda estuviese compuesta por “criminales que por su sexo y edad infundan poco recelo de evasión”, se dividirá en dos partes encargándose una pareja “de los criminales que puedan inspirar sospechas” y el tercer guardia del resto.

Las nuevas medidas de seguridad que se iban incorporando, disminuyeron las fugas, que en 1850 sólo llegaron a diecinueve, diez menos que el año anterior. Sin embargo, el alto mando del Cuerpo considera que es un desprestigio para la Institución. Con el fin de responsabilizar más directamente a la fuerza, a quien se le escapase un detenido pasaría inmediatamente al calabozo, siendo socorrido con “once cuartos del sueldo, si fuesen casados se darán además dos reales a las mujeres y si tuviesen familia tres reales diarios; el resto del haber hasta la conclusión de la sumaria, se aplicará al fondo de multas, por pequeña que sea la pena”.

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Recordar, aunque sea sucintamente, algunos ejemplos tanto de la peligrosidad del servicio como de espíritu benemérito de aquellos guardias civiles, que apoyará cuanto decimos. En una conducción efectuada en Cataluña, uno de los reos finge un ataque de epilepsia y cae violentamente al suelo. Llevados de su espíritu caritativo, los guardias le atienden, y son sorprendidos por unos amigos que, apostados en una taberna inmediata, se lanzan sobre la pareja, a la que asesinan a mazazos, reventándoles los cráneos.

En el Espinar, provincia de Segovia, una cuerda de presos se ve sorprendida por un temporal de nieve y ventisca. Los guardias, además de dejarles sus capotes a los más necesitados, les alojaron en una venta y pagaron la manutención, hasta que amainó el tiempo.

Un ardid que impuso la práctica y que tuvo gran efectividad, fue el recurso que en las cuerdas de presos usaron los guardias. Antes de iniciar la marcha, los reos eran desprovistos de tirantes, cintos y en ocasiones botones del pantalón si estos les estaban ajustados. Así el reo quedaba impedido de correr, pues al verse obligado a bracear, olvidaba que se sujetaba con las manos los pantalones y al caérseles, daba con ellos en tierra.

El recurso se hizo tan famoso en la época que en el Journal de la Gendarmería francesa de mayo de 1853, encontramos una referencia muy elocuente. “Un brillante servicio prestado por los individuos de la 1ª Legión, Seine-et-Oise, que consiste en la captura de un famoso asesino de vida vándalica, cuyas hazañas solía cometer en la carretera de Chartres a París. Cogido por dos gendarmes, fue conducido, sin más ligaduras ni cuerdas que haberle desabotonado los pantalones por delante y haberle quitado los tirantes…, procedimiento que es usado con buen éxito en España”.

Por lo menos, hay una evidencia concreta de que la corriente de imitación ha sido al contrario de lo que muchos creen.

AGUADO

HISTORIA DE LA GUARDIA CIVIL

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