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AFRICA

  • Escrito por Redacción

guarcivil 0019

Arriesgada, penosa y difícil fue la marcha que el ejército español emprendió con dirección a la ciudad santa de los marroquíes. Batallas se dieron, que como la de los Castillejos, colmaron de inmarcesible gloria el pendón de Castilla

I.

Una inmensa muchedumbre agolpabase a las puertas del Congreso de los Diputados. El mas religioso silencio reinaba en todos los concurrentes, la más viva impaciencia se veía retratada en los semblantes. De vez en cuando algunas palabras que procedían de las tribunas ó de los pasillos de las Cámaras, corrían de boca en boca hasta llegar al último de los que allí se agrupaban. Una señal de atención, que También partía del interior del edificio, bastó para que la concurrencia enmudeciese, no atreviéndose a respirar apenas. ¿Qué cuestión gravísima se debatía entonces que tan en alto grado llamaba la atención pública? ¿Qué esperaba aquella inmensa muchedumbre que con una ansiedad indescriptible ocupaba todas las avenidas del Parlamento? ¿Tratabase de los más sagrados intereses de la patria?

Sí: en aquellos momentos solemnes el Congreso español iba a decidir de la paz ó de la guerra con una nación vecina, poblada de una raza valiente y feroz, enemiga por tradición de nuestra raza.

En aquellos momentos solemnes voces elocuentes resonaban en el sagrado recinto de las leyes, pidiendo venganza contra los que se habían atrevido a empañar la honra de la patria.

Un silencio profundo reinó entonces por todos los ámbitos del Congreso y sus avenidas. Esperad un instante. La ansiedad crece, la atención se redobla y apenas se oye respirar a los circunstantes.

Levantase entonces en la Cámara uno de esos gigantes de la elocuencia, y al pronunciar dos palabras, una explosión de entusiastas aplausos cubren la voz del orador. Los que están fuera del recinto sienten lo mismo que los que presencian el acto y escuchan el discurso.

Despiertan el entusiasmo en todos los corazones, y entonces, resuena en el Parlamento el grito de «¡guerra al África!», y este grito se repite con frenesí por los asistentes de las tribunas, y lo repite la inmensa muchedumbre que rodeaba el palacio de las Cortes; y comunicándose a todos los pueblos de la monarquía como una chispa eléctrica, se hacen eco de él También los pueblos del interior, mientras que las costas españolas del Mediterráneo lo repiten con más fuerza y energía, enviándolo en son de terrible amenaza a las inhospitalarias playas africanas.

Las mujeres y los niños, los jóvenes y los ancianos, sienten latir sus corazones a impulsos de un entusiasmo santo; y el valiente ejército, defensor de la enseña de Castilla, espera con impaciencia el instante de empuñar el arma para lavar con sangre mora la honra de la patria ultrajada.

Las madres españolas gritan a sus hijos «venganza,» al darles tal vez el último abrazo y el ósculo postrero. La cándida y prometida esposa pide a su amante el título de honor que ha robado el africano a la familia española, antes de concederle una sola de sus deliciosas caricias. El débil anciano alcanza la enmohecida espada y la cuelga al cinto de su hijo para que con ella, como otro nuevo Cid, con el arma de Mudarra, combata, venza y aniquile al osado enemigo que intentara con feroz y estúpida insolencia, echar un borrón sobre el limpio escudo de Castilla. Los niños, en fin, entonan los himnos guerreros, llevando con sus acentos infantiles la exaltación a los ánimos, y el más ardiente entusiasmo a los corazones.

¿Quién podía resistir a la impetuosa corriente que arrastraba hasta las almas mas cobardes a empuñar las armas para ser partícipe de la futura gloria?

Los regimientos, los batallones, las compañías y hasta los soldados, en fin, se disputaban el primer puesto de la vanguardia.

Ante tan sublime espectáculo, ¿cómo había de permanecer muda la benemérita Guardia Civil, aun cuando las leyes de su instituto la colocasen en otro lugar que al ejército?

No; é inmediatamente significó sus ardientes deseos de empuñar las armas contra el árabe feroz. El tercio de Madrid se ofreció en seguida a llenar el cupo de Guardias que se asignaba al ejército de África, y lo mismo hicieron todos los tercios a medida que la noticia llegaba a sus oídos.

Tan entusiastas, tan nobles y tan vivas eran las solicitudes de todos los tercios, que fue necesario que la suerte decidiera quiénes habían de marchar a la próxima, campaña. Guardias hubo, como el sargento 2.° de caballería del 4.° tercio, Mariano Rives, que solicitó ir con el ejército, aunque fuera en clase de Guardia; como Francisco Centeno Pérez, cabo 1.° del 7.° tercio, que no quiso recibir su licencia absoluta y se reenganchó por el tiempo que durase la guerra; como Miguel Castellano Montón, Guardia 1.° de caballería del 4.° tercio, que habiendo sido licenciado por cumplido, marchó a África, costeando su viaje de su propio peculio, y solicitó el ingreso nuevamente en la Guardia, renunciando la gratificación del reenganche, y como otros muchos, en fin, que dieron las mas indudables muestras de su decisión, de su entusiasmo y de su valor.

Con tales soldados era difícil la derrota, y la victoria más completa debía coronar las armas españolas.

Quisiéramos tener espacio para publicar los nombres de todos los que concurrieron a tan gloriosa campaña; pero carecemos aun del necesario para narrar simplemente los hechos.

II.

Si fuéramos a describir ó historiar todos los combates en que tomó parte la Guardia Civil, que acompañó al ejército en la guerra de África, sería preciso que escribiéramos un tomo, para narrar una por una las más terribles y reñidas batallas, en donde quedó siempre triunfante el pendón glorioso de Castilla.

No bien pisaron las tropas españolas los desiertos bosques y los incultos valles del africano suelo, cuando las hordas feroces y salvajes que pueblan el país, se lanzaron contra nuestros soldados, .lanzando al viento terribles gritos y alaridos. Creyeron arrollar y vencer al ejército de vanguardia, y se estrellaron contra el fuerte muro que oponían a su impetuoso ataque, los pechos españoles, los hijos de aquellos que les arrojaran en otro tiempo de las murallas de su oriental Granada.

Pero no desmayan por eso. El 25 de Noviembre atacan con nuevo vigor las líneas avanzadas de nuestro ejército, y son rechazados con grandes pérdidas. En esta acción se distinguen un cabo 2.° y cuatro individuos de la Guardia Civil, y los cinco reciben en recompensa la cruz sencilla de M. I. L. Acostumbrados los árabes a semejante clase de ataques, vuelven de nuevo a presentarse el día 30 de noviembre al frente de las trincheras españolas, y después de un reñido y sangriento combate, tienen que retirarse a sus posiciones, perseguidos por nuestro valiente ejército. También en esta ocasión sobresalen algunos individuos de la Guardia, y un teniente se hace acreedor a la cruz de San Fernando, y un sargento segundo, un cabo primero y un Guardia primero reciben en premio la de M. I. L.

El 9 de Diciembre atacan los moros con más vigor y arrojo las trincheras españolas, y También sufren otra lección no menos terrible que las anteriores, y en este hecho de armas sobresalen por su valentía un sargento segundo que se hace acreedor al grado de sargento 1.°; un cabo 2.° que es premiado con la cruz pensionada de M. I. L., otro sargento 2.°, un cabo 1.°, tres Guardias primeros y uno 2.° a los que se les concede la misma cruz sencilla.

Bien quisiéramos trascribir a nuestras Crónicas, todos los nombres de los valientes Guardias, que por su valerosa conducta se hicieron acreedores a distinguidos premios; pero nos falta espacio por ello, porque son muchos los individuos que los alcanzaron. En la acción que tuvo lugar el día 15 de Diciembre entre los reductos de Isabel II y rey Francisco de Asís, la escasa fuerza de la Guardia Civil hizo prodigios de valor, y el capitán general en jefe propuso, y fue confirmada la propuesta, a un teniente para el grado de comandante, a un alférez para la cruz de San Fernando de primera clase, a dos sargentos segundos para primeros, a dos cabos primeros para sargentos segundos, un cabo segundo para sargento segundo, y un cabo segundo, dos Guardias primeros, tres segundos y un trompeta para la cruz sencilla de M. I. L. También en el ataque que dieron los árabes el día 20 del mismo mes entre los mencionados reductos, prestó señalados servicios la fuerza de la Guardia; También entonces fue necesario acordar un premio al bizarro comportamiento, y un comandante alcanzó el grado de coronel, dos sargentos segundos el de primeros, un cabo primero el de segundo, y un cabo primero, tres segundos, tres Guardias primeros y siete segundos la cruz sencilla de M. I. L.

Animados los moros por el odio más feroz contra los cristianos; exaltados por su intolerable fanatismo, no desalentaban ante las continuas derrotas; sus santones sacaban partido de ellas para exaltarles, y predicando por todas partes la guerra santa, llamaban feliz al que muriese en ella, porque el Profeta los conduciría a gozar en los jardines celestiales con las huris encantadoras. Nuestros soldados entretanto sufrían los rigores de la estación, pero esto no amenguaba su ánimo, porque siempre tenían delante de sus ojos la imagen de la patria ultrajada por las hordas salvajes, que ya habían huido más de una vez al rudo empuje de su bravura.

Amaneció el 29 de Diciembre y las huestes feroces de la Arabia se precipitaron en gran número y con espantosa gritería, sobre las líneas avanzadas del ejército español. Nuestros soldados resistieron firmes el combate, pero el fuego duró todo el día, repitiéndose al siguiente 30 la misma escena, en cuyas acciones se excedieron todos en rasgos de valor y bizarría, no siendo la que menos la fuerza de la Guardia Civil, pues que sus individuos se hicieron acreedores a honrosas recompensas, siendo un capitán ascendido a comandante, un cabo 1.° a sargento 2.°, y condecorados un teniente con la cruz de San Fernando, y con la de M. I. L. sencilla dos cabos primeros, dos Guardias primeros, cuatro segundos y un trompeta.

Ciertamente que parecerá pesada a nuestros lectores la enumeración de las gracias, pero como estas dan una idea de "los buenos servicios que prestó en aquella gloriosa campaña el puñado de hombres de la benemérita Guardia Civil, arrostramos por la nota en que podamos incurrir y por el desagrado que cause a nuestros lectores, ya que nos es imposible amenizar esta crónica con la pintoresca descripción de los grandes hechos de armas que tan alto elevaron en nuestra edad moderna el renombre del ejército español.

En los días 1.°, 4, 6, 8, 10, 12 y 14 de Enero de 1860 se renovaron los combates con mayor encarnizamiento por una y otra hueste. La española proseguía con pasmoso arrojo sus movimientos de marcha en dirección a Tetuán y los marroquíes trataban de interrumpirles el paso a cada instante. La Guardia Civil se portó en todas esas acciones con el mismo denuedo. Los premios que obtuvo con este motivo, indican la importancia de sus valerosos hechos. Un teniente alcanzó el empleo de capitán, un sargento 2.° el de 1.°, un Guardia 1.° fue ascendido a cabo 2.°, dos Guardias segundos fueron condecorados con la cruz de San Fernando pensionada con 30 reales, con la de M. I. L. con 10 reales, otro 2.°, y con la misma, pero sencilla, un cabo 1.°, dos Guardias primeros y diez segundos.

Arriesgada, penosa y difícil fue la marcha que el ejército español emprendió con dirección a la ciudad santa de los marroquíes. Batallas se dieron, que como la de los Castillejos, colmaron de inmarcesible gloria el pendón de Castilla. Sentimos que la índole de nuestro trabajo no nos permita entrar en todos los detalles de aquella expedición atrevida, por medio de un terreno lleno de accidentes, y rodeados a todas horas y por todas partes de un numeroso ejército enemigo. Por fin la hueste-'española dio vista a la dilatada llanura de Tetuán y nuevamente se renovaron los combates. Los días 23 y 31 de Enero volvieron las huestes marroquíes a medir sus armas con las de nuestro valiente ejército, y sufrieron mayores descalabros. Las fuerzas de la Guardia Civil tomaron También parte y alcanzaron uno de los comandantes el grado de coronel, un alférez el de teniente, un Guardia 2.° ascenso de 1.°, otro 1.° la cruz de M. I. L. pensionada con 30 reales, otros dos 1.° y 2.° la misma con 10 reales, ocho primeros, uno 2.° y un trompeta la misma cruz sencilla.

También en el combate que sostuvieron las tropas españolas con los marroquíes en los llanos de Tetuán el día 31 de Enero obtuvieron condecoraciones los individuos de la Gi AiiDiA, haciéndose acreedor un teniente a la cruz de San Fernando, un sargento 1.° a la misma cruz de plata, un Guardia a la de M. I. L, pensionada con 10 reales y quince Guardias primeros y segundos a la misma cruz sencilla. No se portaron menos bizarramente en la batalla del 4 de Febrero, También dada sobre los llanos de Tetuán, y cuyo resultado fue el abandono de esta plaza a los soldados españoles. Los árabes se retiraron entonces al interior llorando la ciudad santa perdida. El pendón de Castilla tremoló sobre los muros de la Alcazaba, y entonces pudieron decir desde allí los valientes que la madre patria había mandado a vengar su honra: «España ya estas vengada.»

Muchas fueron las gracias que se concedieron por este hecho de armas a los animosos Guardias civiles; un capitán mereció el grado de comandante, dos tenientes el empleo de capitán, un sargento segundo grado de sargento primero, otro segundo cruz de San Fernando, un cabo primero grado de sargento segundo, tres cabos segundos empleo de cabo primero, dos Guardias segundos el de primeros, un cabo segundo y un Guardia primero, y otro segundo, cruz de M. I. L. pensionada con 30 reales, un cabo primero y un Guardia segundo con la misma condecoración con 10 reales y veinte primeros y segundos con la misma, pero sencilla.

III.

A pesar de que hemos hablado ya de todas las acciones en que tomaron una parte tan heroica los individuos de la Guardia Civil que acompañaron al ejército, sin embargo, permítannos nuestros lectores que retrocedamos para hacer mención de algunos hechos notables.

En la gloriosa jornada del 9 de Diciembre se distinguió, como en todas partes, la benemérita Guardia Civil. Un pelotón de 25 hombres al mando de su comandante D. Enrique Gallego, marchaba no lejos del general O'Donnell: al subir una pequeña colina se encuentran repentinamente con los moros: tira de la espada el comandante Gallego y a la cabeza de sus 25 Guardias carga a la bayoneta, peleando todos como fieras; secundado inmediatamente por el batallón que estaba a poca distancia lograron rechazar al enemigo por aquella parte, retirándose gloriosamente este grupo de valientes sin más pérdida que la de un cabo segundo, Julián Allende Fernández, que fue herido.

En la acción del 23 de Enero, una partida de 15 Guardias de caballería a las órdenes del capitán D. Enrique Gallego, teniente D. Teodoro Camino y alférez D. Eustasio Letona, cargaron bizarramente al enemigo, en unión de los escuadrones de Farnesio, resultando herido de la mano derecha el alférez Letona, muerto el caballo del teniente Camino y herido el de un Guardia, consiguiendo apoderase esta pequeña fuerza de dos espingardas, dos sables y una "gumía. También en la batalla del 23 de Marzo se distinguió como de costumbre la Guardia Civil a las órdenes del coronel comandante D. Antonio Armijo y del teniente D. Teodoro Camino, dio una brillante carga al enemigo, y otra la del segundo cuerpo, mandada por el alférez D. Vicente Herrero, cuyo caballo salió herido. También salieron heridos algunos Guardias y los caballos de otros.

Las demás desgracias que ocurrieron durante la lucha, fueron pocas, a pesar de la parte tan activa que siempre tomó en ella la Guardia Civil. En la acción de 1.° de Enero, resultó contuso, y de cuyas resultas murió, el Guardia primero José Fuentes Manzano. En la acción del 31 de Enero, quedó muerto en el campo de batalla el cabo segundo Vicente Gómez y Gómez, heridos ó contusos Tomas Pascual Mullor, Manuel Pérez Valledor y Pedro Rodríguez Bejar, Guardias segundos y D. Salvador Berenguer González y Antonio Sola Gallego, Guardias primeros. También fue herido en 20 de Febrero, estando de patrulla en Tetuán, el Guardia segundo Miguel Vin Armisen, y en la acción del 11 de Marzo quedó muerto en el campo de batalla el Guardia segundo José Ferrer Rodríguez. En la memorable jornada del 23 de Marzo también sufrió sensibles pérdidas la Guardia Civil y tuvo dos Guardias primeros, Miguel Castellanos y Montor y Manuel Ramírez Rodríguez, heridos de gravedad, y otro segundo, Elías Fernández y Fernández, contuso. IV.

Llegamos al término de esta desaliñada Crónica, no por falta de asunto, porque acaso y sin acaso, no se halla en todo nuestro libro otro más notable, sino porque nos era imposible en el corto espacio de que disponemos narrar, aunque fuera muy sucintamente, los gloriosos y sangrientos hechos que tanto han elevado entre las naciones de Europa las armas castellanas.

Mientras que la sección de la Guardia Civil que acompañó al ejército a África, se batía tan bizarramente, sus compañeros de la Península les enviaban un presente, triste por cierto, pero necesario. Las familias de los Guardias que permanecían en el país, se ocupaban en hacer hilas, que eran enviadas por el gobierno a los hospitales de sangre.

Antes de concluir tenemos que consignar un hecho: el primer Guardia que cayó herido en la campaña y que se hizo acreedor del premio consignado por la Junta de señoras de Tarragona, fue Miguel Castellano Montor, que había ingresado en el cuerpo después de licenciado y renunciando a los beneficios del reenganche.

Cuando las tropas regresaron a la Península, después de ajustadas las paces con el gobierno marroquí, el entusiasmo de los pueblos fue grande. Madrid ofreció entonces uno de esos espectáculos que quedan grabados con caracteres indestructibles en el corazón de los pueblos.

Acampadas en la dehesa de Amaniel las tropas que habían peleado por la honra de la patria en el suelo africano, el pueblo de Madrid sin distinción de clases ni de opiniones, se trasladó lleno del mayor entusiasmo al campamento, y dio las muestras más sinceras de su cariño a aquellos soldados que habían afrontado más de una vez la muerte en los combates con el árabe feroz.

Cada objeto, cada tienda, representaba para el pueblo una gloria. Un día después tenía lugar la entrada de aquellos valientes en la corte, que los recibía con arcos de triunfo, con las calles colgadas y poblados los balcones de hermosas damas que les arrojaban con el mayor entusiasmo flores y coronas.

A la cabeza del ejército abriendo paso marchaba una sección de la Guardia Civil, ante cuyo marcial aspecto y tostados rostros exclamaba la inmensa muchedumbre que se agolpaba a su paso:

«ESTOS SON TAMBIÉN HÉROES DE LA GUERA DE AFRICA.»

CRONICAS ILUSTRADAS DE LA GUARDIA CIVIL

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