Menu
  • 01
  • 02
  • 03
  • 04
  • 05
  • 06
  • 07
logo-circulo-ahumada
Cartas al Director

Cartas al Director

Envíe su carta...

CONSTITUCIÓN ESPAÑOLA. ARTÍCULO 2 (CUIDADO CON LAS COCES)

CONSTITUCIÓN ESPAÑOLA. ARTÍCULO 2 …

‹‹La Constitución ...

El gran encierro

El gran encierro

No, no me refiero ...

DOMINGOS BENEMÉRITOS

DOMINGOS BENEMÉRITOS

SUMARIO: DOMINGO 04 ...

Sábados culturales en Benemérita al Día

Sábados culturales en Benemérita a…

SUMARIO SÁBADO 03 de...

MANIFESTACION DE ODIO EN ALSASUA

MANIFESTACION DE ODIO EN ALSASUA

Miles de personas ...

Los majaderos de Alsasua

Los majaderos de Alsasua

Tras el acto terro...

Prev Next

hospimedicalpatrocinador

EL ARREPENTIMIENTO.

  • Escrito por Redacción

cronicas-5

"Y vieron los dos Guardias al penetrar en la cueva una mujer, que en tres mortales días, había sufrido la trasformación mas completa".

EL ARREPENTIMIENTO.

I.

Hay crímenes que conmueven a la sociedad en sus más profundos cimientos, y sobre cuyos autores cae la más execrable de todas cuantas maldiciones pueden lanzar los hombres sobre sus hermanos.

¿Quién no se horroriza ante el crimen de parricidio?

Los pueblos antiguos, y especialmente los romanos, no habían comprendido ni penado en sus códigos semejantes crímenes, porque les parecía hacer un inmenso agravio a la humanidad, suponer que un hijo había de atentar contra la vida de sus padres.

Sin embargo, como a los criminales que lo perpetrasen era preciso castigarles, inventaron por medio de una ficción legal arrojarlos vivos al Tiber metidos en un saco y pintando en la parte exterior de este los cuatro animales que no reconocen a sus padres.

Hasta ese extremo llegaba el horror que inspiraba al pueblo rey un hecho que solo puede nacer de la locura ó de una perversidad que no reconoce límites.

El hijo que atenta contra la vida del autor de sus días, es un monstruo que los hombres deben arrojar de su seno para que no contamine con su aliento el ambiente que respiran los demás.

El hijo que arranca la vida a sus padres no puede abrigar en su alma ninguna clase de afecciones tiernas y generosas. Hijo infame, no puede ser ni buen padre, ni cariñoso hermano, ni bondadoso amigo, ni ciudadano honrado.

Semejante hombre no puede ser más que la inmunda escoria de la humanidad, el último eslabón de la cadena que empieza en los delincuentes y termina por los más feroces y malvados criminales.

¿Y será posible que en el alma de tan infame criatura quepa el arrepentimiento?

Solo en un caso, solo cuando un rapto de enajenación mental, de furiosa locura, haya sido el móvil de tan espantoso atentado.

Acaso no falten ejemplos de esta naturaleza.

Acaso haya habido parricidas, que vueltos después a la razón, murieron a los pocos días de la comisión del crimen, presa de los remordimientos más atroces y terribles.

Acaso vamos a narrar un hecho que tiene muchos puntos de contacto con el que acabamos de citar.

II.

En un pueblo de la provincia de Almería, habitaba una familia medianamente acomodada, y según noticias que hemos podido adquirir de ella, es bastante honrada y modesta.

Componíase de un matrimonio que tenía una hija de unos veintitantos años, que hasta entonces había vivido tranquila y acaso muy feliz en el hogar paterno.

Sentimos ignorar las causas que impulsaron a esta desgraciada a mirar con repugnancia y hasta con odio a los autores de sus días.

Desde ese instante no vio en estos más que unos enemigos de su dicha, y esta idea debió preocuparle hasta el extremo de pensar en el crimen más horrible que registran los fastos judiciales.

Pensó en arrancar la vida a sus padres.

El medio que eligió para llevar a cabo su abominable proyecto, nos prueba que no era efecto de un acto de una furiosa locura, sino de una preocupación de una pasión de ánimo tal vez, que la subyugó hasta el extremo de precipitarla en la profunda sima del mal.

La joven intentó envenenar a sus padres.

¡Qué horror!

¡A cuantas amargas y tristísimas reflexiones no da lugar un hecho tan bárbaro é inhumano!

Parece mentira que en el corazón de una joven, hija de unos padres honrados y de buenas costumbres, pudiera tener abriga una idea tan espantosa y terrible.

No es posible describir la honda impresión que causaría en el alma de aquellos padres un desengaño tan cruel al contemplar que dentro de su misma casa, que al lado de su lecho, que en su misma mesa, que la misma, en fin, en quien habían depositado toda su confianza, porque era el único objeto de su amor, fuera su más encarnizado enemigo, más aun, fuera su asesino.

Pero ¿a qué reflexionar mas sobre un suceso, cuyos detalles no son enteramente desconocidos, y cuando no tenemos más datos que el del resultado de la conspiración?

En vano seria, que sentáramos una hipótesis y que sacáramos deducciones mas ó menos fundadas, porque no siendo aquella cierta, estas tampoco serian aplicables a la conducta del criminal.

El hecho es que una hija intentó envenenar a sus padres y que inmediatamente que puso en práctica su proyecto, huyó la desgraciada de la casa paterna.

¿A dónde irá a esconderse la infeliz? ¿Qué buscara en la soledad?

III.

Acosada por la idea del crimen que acababa de cometer, y pensando que todo el mundo lo leería en su rostro, abandonó el hogar doméstico para evitar las miradas de las gentes, y corrió a esconderse en lo más escarpado y recóndito de la sierra.

Creyó encontrar sin duda en el retiro, una tranquilidad que había perdido para siempre, al perpetrar tan odioso crimen.

¡Vana idea! su conciencia la gritó ¡Parricida! y este grito repetido a cada instante en medio del aislamiento y de la soledad en que se encontraba, la llenó de un inmenso terror.

Guarecida en una profunda cueva, no cesaba de llorar y de levantar las manos al cielo, pidiendo a grandes gritos la muerte; pero su conciencia la gritaba entonces con más energía ¡Parricida!

La situación era tremenda.

Los atroces remordimientos con que la conciencia la atormentaba no hallaron un lenitivo ni en sus lágrimas, ni en sus súplicas, ni en su verdadero arrepentimiento.

El inexorable Juez de la humanidad, ese Juez del que nadie puede burlarse impunemente, le volvía a gritar ¡Parricida!

¡Oh! ved cuan dulce hubiera sido la muerte para aquella desgraciada joven; al fin su inexorable segur la habría librado de aquel martirio, llevando su cuerpo a la mansión del descanso eterno.

Pero ¿y su alma?

Acerca de esto no es dado juzgar a los míseros mortales, porque nadie es posible que pueda conocer los elevados juicios de Dios.

IV.

Tres días hacia ya que la joven se encontraba en la cueva, sin tomar el más leve alimento.

No lloraba, porque se había secado la fuente de sus lágrimas.

No daba gritos, porque su voz había enronquecido.

No podía levantarse del suelo, porque habían debilitado sus fuerzas el hambre y el dolor.

¡Ah! semejante estado inspiraba compasión al mismo tiempo que el horror más profundo.

Dejémosla en este estado por unos breves instantes.

Así que circuló por el pueblo la noticia del crimen, el cabo 1.° de la Guardia Civil Manuel González y los Guardias José García Duran y José Pereira, salieron inmediatamente en busca de la criminal.

Comprendiendo que la sierra era el único punto que podía servirle de asilo, penetraron en ella, la recorrieron en todas direcciones y registraron casi todas sus profundas cuevas.

Ya desesperaban de encontrar a la parricida cuando el cabo González descubre la boca de una cueva oculta entre unos espesos matorrales; se acerca a ella y a los pocos momentos percibe un débil pero ronco quejido. Llama entonces a uno de sus Guardias y encendiendo una tea, se dispusieron a penetrar en aquel antro.

Y vieron los dos Guardias al penetrar en la cueva una mujer, que en tres mortales días, había sufrido la trasformación mas completa.

Al pronto no la reconocieron, pero ella les suplicaba que la matasen, y en sus raptos de locura confesaba horrorizada su tremendo crimen.

Aquella desgraciada joven no estaba en su completa razón; los remordimientos habían trastornado sus facultades intelectuales.

Los Guardias, compadecidos de su martirio y de su arrepentimiento, y cumpliendo con su deber .y con un acto de caridad cristiana, la suministraron algún alimento, y cuando ya adquirió algunas fuerzas, la condujeron al pueblo del mejor modo que les fue posible, donde la entregaron a la justicia humana.

Los tres Guardias recibieron las gracias de las autoridades por tan importante servicio, mucho más importante si consideramos la delicadeza y la humanidad con que lo prestaron.

CRONICAS ILUSTRADAS DE LA GUARDIA CIVIL

Escribir un comentario


Código de seguridad
Refescar

Benemérita al día

Actualidad

Cultura y Sociedad

Otras Secciones

Boletín de Noticias

SUSCRÍBETE >> Recibe gratis todas las noticias en tu correo
Términos y Condiciones