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LA FABRICA DE TABACOS (5 de Diciembre del pasado año de 1864)

  • Escrito por Redacción

cronicas-7

En un instante se vio a los valientes Guardias en los sitios de más peligro, dirigiendo las bombas, ayudando a los obreros, derribando paredes, salvando efectos y procurando, a costa de grandes esfuerzos, cortar la comunicación de las llamas con los almacenes de tabaco.

LA FABRICA DE TABACOS

El lenguaje mudo de los hechos es mucho más elocuente que las palabras; y tal vez los que vamos a narrar parecerían pálidos a los ojos de nuestros lectores, si nos extendiésemos en algunas consideraciones preliminares.

Los sucesos notables, aun despojados de todo género de elogios, de comentarios y alabanzas, resaltan lo bastante por su solo mérito, llevando en sí mismos su apología.

Convencidos de esta verdad, solo diremos dos palabras sobre este punto, y es que en este acontecimiento como en los demás que embellecen el libro de las Crónicas, figura en primer término esa Guardia Civil que se ha granjeado las simpatías y la gratitud de los pueblos. En este concepto, pues, faltaríamos a la justicia y a la misión de que estamos encargados, si no dedicásemos una página al brillante comportamiento con que el tercio de la Guardia Civil de Madrid se condujo en el terrible incendio de la fábrica de tabacos de la corte.

I.

A las seis de la mañana del 5 de Diciembre del pasado año de 1864, las campanas de todas las parroquias de la capital anunciaban la señal de fuego.

Espesas columnas de humo principiaban a rodear el edificio de la fábrica de tabacos, que pronto se vio envuelto en una nube densa que se desvanecía lentamente en la atmósfera.

El señor coronel del Tercio de Madrid, D. Marceliano Álvarez y Fernández, acompañado del capitán de la octava Compañía, D. Francisco García Osorno, y los tenientes de la misma, D. Fulgencio Salinero y D. Antonio Díaz Barrionuevo, se presentaron a los pocos momentos con la fuerza de su mando, que unida a la del puesto establecido en dicha fabrica, principiaron a trabajar para cortar el fuego, con un admirable arrojo. En un instante se vio a los valientes Guardias en los sitios de más peligro, dirigiendo las bombas, ayudando a los obreros, derribando paredes, salvando efectos y procurando, a costa de grandes esfuerzos, cortar la comunicación de las llamas con los almacenes de tabaco. El fuego sin embargo, tomaba por instantes un incremento espantoso, y al poco rato invadía las cuevas de la fábrica, en las que había depositada una gran cantidad de tabaco en polvo.

El humo entonces se hizo tan espeso que impedía la respiración, y nadie se atrevió a atravesar aquella atmósfera palpable, que parecía ser un baluarte de defensa de las mismas llamas.

Grandes riquezas iban a quedar reducidas a cenizas, tal vez el edificio entero iba a perderse si el fuego reducía a calcinados escombros la base que le sustentaba. Los señores oficiales de la Guardia Civil, los jefes del establecimiento, los bomberos todos de la villa, rivalizaron en valor, dándolos primeros el ejemplo, y alentando a sus subordinados con su arrojo. Pero todo fue en vano. El fuego seguía haciéndose cada vez más violento, y de las ventanas de los sótanos salía un humo pestilente é impenetrable que impedía todo género de maniobra.

II.

En tan crítica situación un pelotón de Guardias civiles, despreciando el peligro, corren a luchar frente a frente con la muerte, y llegan atravesando las llamas, hasta el fondo de las cuevas.

Aquellos hombres parecían invulnerables, y nada les detenía en su arriesgada y temeraria empresa.

En medio de aquella atmósfera nauseabunda y sofocante, dirigen las bombas, y piden sin descanso a los de fuera agua para apagar aquel pestilente volcán.

Infinidad de personas contemplan asombradas este rasgo inaudito de valor, que nadie en aquellos momentos, más que los Guardias, habría sido capaz de llevar a cabo.

Gran número de espectadores, y hasta las autoridades mismas, esperan con ansia el resultado de aquella prueba suprema que había dejado muda de asombro a la multitud que la presenciaba. Los Guardias entre tanto, sofocados por el humo, rendidos de fatiga, destilando tan pronto agua, como sintiéndose quemar sus ropas, siguen trabajando sin cesar, animados por la esperanza de extinguir el fuego por completo.

Pero lejos de eso, el destructor elemento tomaba mayor intensidad, y fue tanto el humo, tanta la angustia y la estrechez en que se encontraron algunos Guardias, que el de segunda Antonio García Nogal, cayó medio asfixiado, y tuvo la doble desgracia de recibir un fuerte golpe en una pierna, que le causó un tablón al desprenderse de la techumbre. No fue este el único contratiempo desagradable. El Guardia Agustín Fernández sufrió una herida en una mano, y el de su misma clase, Vicente Lluch Esteller hubo que sacarle de entre las llamas, recibiendo como su compañero Nogal, un golpe terrible con un cajón. Pero los incidentes desgraciados no se habían concluido.

Faltaba todavía el episodio más conmovedor.

El Guardia 2.º, Vicente Roncero Sánchez, se internó tanto en los sitios de más exposición, que de repente se vio solo, rodeado por las llamas y sin comunicación ni amparo de ninguna especie. Este valiente Guardia creyó llegado su último momento, y principió a rezar cristianamente, esperando la muerte con la tranquilidad de un mártir. En tan horrorosa situación, pudieron los bomberos introducir por la ventana una manga, con cuyo auxilio el bravo Roncero se defendió por más de una hora, de las llamas que le acosaban a dos pasos de distancia. Todos los señores jefes y oficiales de la Guardia se apresuraron a dictar las oportunas medidas para salvar al infeliz Roncero, cuyas fuerzas se agotaban en aquella defensa desesperada que hacía de su existencia. Después de esfuerzos inauditos, se pudo arrancar uno de los barrotes de hierro de la ventana del sótano en que Roncero iba tal vez muy pronto, a encontrar su sepulcro en medio del fuego. Un momento más tarde, el valiente Guardia hubiera dejado de existir.

III.

El fuego duró más de dos días, durante los cuales los servicios de la Guardia Civil fueron innumerables, y de tanta importancia, que el señor gobernador de la provincia, el director general de estancadas, las autoridades locales y los jefes todos del establecimiento, colmaron de elogios a los valerosos Guardias que con tanto arrojo y tanta abnegación habían prestado sus poderosos auxilios.

IV

La Guardia Civil añadió en este día un nuevo galardón a los muchos gloriosos que registra en las páginas de su brillante historia.

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