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LOS MONTES DE OTZAURTE (23 de Enero de 1864)

  • Escrito por Redacción

cronicas-1

Oscurecía el día 23 de Enero de 1864. La luna principiaba a iluminar tibiamente los montes de Otzaurte, por cuyas espesuras se deslizaba un hombre con un costal al hombro, como si llevase una manta. Después de andar largo rato mirando a un lado y otro y especialmente al suelo, como si buscase algún objeto perdido, se detuvo en uno de los sitios mas sombríos, y principio a llenar el costal de hoja seca.

I.

Hay comarcas o provincias en las cuales parece que las tendencias criminales han adquirido cierta naturalización por la frecuencia con que se repiten los delitos, y hay otras mas afortunadas, que aparecen en la estadística sin tener apenas un hecho punible. A estas últimas pertenecen las Provincias Vascongadas. Allí el delito es tan raro, que cuando alguno se comete, produce una profunda impresión en los pueblos, que miran con horror semejantes acciones, a las cuales no se prestan sus sanas y buenas costumbres.

Últimamente, sin embargo, con motivo de las obras del ferrocarril, la aglomeración de gentes entre las que se contaban sujetos de antecedentes sospechosos ha producido disgustos, desconocidos hasta entonces, por los pacíficos vascongados.

En estas mismas obras, hay una especie de puestos d cantinas donde acuden los trabajadores en sus horas de descanso y días de fiesta y que sirven también de posada para los de su misma clase que encuentran allí un hospedaje próximo al punto donde trabajan.

Con motivo de la concurrencia estas cantinas han ido ascendiendo en categoría, hasta tener cuadras de que carecían antes. Esta circunstancia insignificante al parecer, y que lo es en realidad, fue causa de que se cometiese un delito en la provincia de Guipúzcoa, que consterno a todos los vecinos de la villa de Cegama, y que hubiese quedado impune, si la actividad de los individuos de la Guardia Civil de aquel puesto no hubiese dado una nueva prueba de su celo y de la exactitud que los distinguen en el cumplimiento de sus obligaciones.

II.

Oscurecía el día 23 de Enero de 1864. La luna principiaba a iluminar tibiamente los montes de Otzaurte, por cuyas espesuras se deslizaba un hombre con un costal al hombro, como si llevase una manta. Después de andar largo rato mirando a un lado y otro y especialmente al suelo, como si buscase algún objeto perdido, se detuvo en uno de los sitios mas sombríos, y principio a llenar el costal de hoja seca.

Este hombre se llamaba Alejandro Manuel Salaverri, que a pesar de saber que aquel terreno era de la propiedad particular de D. Bartolomé Arza, y que por consiguiente nadie estaba autorizado para aprovecharse de sus producciones, iba con la intención de burlar la vigilancia del guarda, como otras veces lo había hecho, cogiendo hoja seca, que le servía después para surtir a las caballerías que eran conducidas a su cantina, inmediata a las obras del ferrocarril.

El guarda, sospechaba hacía tiempo que alguno entraba a deshora en el monte a proveerse furtivamente de la hoja caída y esta sospecha le había hecho redoblar su celo, con la esperanza de sorprender alguna vez al autor de aquel hurto.

La noche a que nos referimos Salaverri llenaba apresuradamente su costal, más a pesar de su ligereza y en el momento en que concluía su tarea y se cargaba a las espaldas la hoja recogida, un hombre se abrió paso por entre las zarzas y los matorrales y sujetándole fuertemente del brazo, le dijo:

—Al fin te cogí.

—Sí, aquí estoy, contesto Salaverri dejando en tierra el costal que acababa de llenar.

—¿Conque eres tú el que me quitabas la hoja?

—Yo no le quito nada a nadie.

—¿No eh? ¿Pues que llevas ahí?

—Hoja seca, dijo Salaverri con la misma seguridad que pudiese decir, «llevo lo mío.»

—¿Y quién te ha dado permiso para cogerla?

—Nadie, la tomo yo sin necesidad de pedirlo.

—Entonces te tomaras el trabajo de volverla a dejar donde estaba 4 sin perjuicio de llevarte ahora mismo a disposición del señor alcalde.

Salaverri u posar de ser casi un niño, pues no contaba más que 18 años, se sonrió de la amenaza del guardar monte que principiaba a impacientarse.

—Vamos, ¿qué esperas?

—¿Qué he de esperar? que me deje usted llevarme mi costal porque de lo contrario le va a salir caro su empeño.

El guarda asombrado de la entereza con que Salaverri pronunciaba estas palabras, miro a su alrededor como si temiese que hubiera alguno oculto, pero solo vio a su hijo, niño de pocos años, que le buscaba y que vino corriendo a ponerse al lado suyo en cuanto le distinguió.

—Muchacho, dijo el guarda a Salaverri, si no vuelcas el costal ahora mismo voy a desocuparle yo. No seas terco.

—No será usted quien desocupe el costal.

—¿Como que no? Mira, y el guarda acompaño la acción ú la palabra. Pero en el momento en que levantaba el saco para vaciarle, Salaverri saco una navaja y hundió toda la hoja en el costado derecho del infeliz guarda que se había vuelto de espaldas. El golpe fue mortal, y el guarda-bosque cayó al suelo bañado en sangre. Salaverri se inclino entonces sobre él y le dio otras cuatro puñaladas.

Cuando el guarda ceso de respirar, cuando su débil gemido hubo espirado en sus labios, el asesino cogió el costal y echo a correr con él acuestas hacia las obras del ferrocarril.

El niño que había presenciado el asesinato de su padre rompió en llanto y llamando a voces a su madre llego a su casita temblando y horrorizado de lo que había visto.

Pobre niño! Una mano alevosa había labrado su orfandad y la de sus dos hermanitos, en un momento.

III.

A las nueve de aquella misma noche tuvo conocimiento de este delito el cabo 1.º de la Guardia Civil, comandante del puesto de Cegama, Isidoro García Rueda y a pesar de hallarse postrado en cama hacia algunos días, se levanto dispuesto a perseguir al culpable; pero sus fuerzas no le permitían dedicarse a tan fatigosa tarea y pronto sintió el desvanecimiento propio de su débil estado.

Obligado por la necesidad a desistir de su pundonorosa intención, mando al Guardia Justo Isasí que acompañado del 2.° José Ballesteros, procediesen sin pérdida de momento a la captura del asesino.

La escasez de datos hacia dificilísima esta aprehensión. Las huellas del delincuente no pudieron descubrirse, y únicamente indagaron por de pronto lo que el pobrecito huérfano pudo decirles, que se redujo a dar una idea muy vaga de la dirección que había tomado el asesino después de consumar su crimen, y que había sido la de las obras del ferrocarril.

Con tan ligeros indicios era punto menos que imposible el descubrimiento del delincuente.

Los Guardias anduvieron toda la noche registrando las avenidas del monte sin encontrar señal ninguna que aclarase un tanto sus dudas. Regresaron al amanecer al puesto y dieron cuenta al cabo García Rueda del escaso resultado que habían alcanzado sus diligencias.

El cabo ordeno que inmediatamente registrasen acompañados de un alguacil, todas las cantinas del ferrocarril, pues presumía con razón que la hoja robada en el monte estaría destinada a surtir alguna de sus cuadras.

Los Guardias fueron preguntando una a una en todas aquellas, sin poder adquirir nuevas noticias. Cuando llegaron a la de Salaverri, y preguntaron por él, contesto una cuñada suya que había marchado muy de mañana al pueblo de Alsasua; pero que volvería a las doce. En esta contestación descubrieron los Guardias una turbación visible en el rostro de la interrogada, cuyas respuestas cortadas y poco seguras-, fueron una sospecha inequívoca de su intranquilidad. Se despidieron de ella y se situaron a larga distancia esperando el regreso de Salaverri, a quien vieron entrar en su cantina poco antes de la hora que su cuñada había dicho a los Guardias. Volvieron estos a preguntar a él mismo en donde había estado al oscurecer del día anterior, y respondió que en las ventas de Otzaurte.

Sin perder un momento, los Guardias ordenaron al alguacil que se quedase custodiando la cantina mientras ellos iban a preguntar a las ventas si era cierto lo que había dicho Salaverri.

El ventero negó rotundamente que fuese verdad semejante aserción, y aseguro a los Guardias que por su venta no había parecido tal persona el día anterior. Constituido en prisión Salaverri por sospechoso, empezó el sumario y continúo el proceso durante dos meses sin que fuese posible averiguar el autor del hecho.

Faltaban testigos, y el delito por lo tanto no podía esclarecerse tal como había sucedido.

A los dos meses y medio de prisión Salaverri pidió por fin una entrevista con el señor juez de primera instancia del partido de Azpeitia, y le confesó el delito con todas sus circunstancias.

Este desgraciado, hijo de una honrada familia del pueblo de Ordicia, arrastra hoy y arrastrara toda su vida la cadena de presidio.

Los Guardias prestaron un gran servicio en esta captura, y los están prestando desde que se estableció el puesto de Cegama, en cuya demarcación se han hecho más frecuentes los delitos con motivo de las obras del ferrocarril. Tanto es así, que el valiente cabo Isidoro García Rueda ha presentado en el juzgado de Azpeitia de dos años a esta parte más de cuarenta reos.

Tanto él como los dignos Guardias que servían a sus órdenes merecieron bien de sus jefes, y en efecto su comportamiento es tan digno como acreedor a todo género de alabanzas.

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