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LA LUCHA (12 de Mayo de 1849).

  • Escrito por Redacción

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Este hecho no necesita que nosotros le encomiemos a los ojos de nuestros lectores, se recomienda por sí solo y su lectura arrancara desde luego un aplauso para el héroe de la jornada y para sus compañeros, que en tan escaso número acometieron tan heroica empresa.

I.

Los grandes acontecimientos que tuvieron lugar en muchas naciones de Europa en el año de 1848, dejaron profundamente conmovido el ánimo de los pueblos.

Las nuevas ideas bastante robustecidas ya, se colocaron frente a frente de las antiguas; y en una sangrienta lucha, si no alcanzaron el triunfo por completo, obtuvieron al menos una grande influencia en los destinos de las naciones.

Sin embargo, los hombres de las ideas vencidas no podían declararse reducidos a la nulidad, sin hacer antes un esfuerzo supremo.

También en nuestra España hubo conmociones, y también tanto los partidarios de unas como los de las otras, intentaron su predominio.

Esta fue la causa de que en algunas provincias de nuestro país se levantasen facciones proclamando la misma causa que perdieran en los campos de Vergara.

Ya hemos tenido ocasión de describir en una de nuestras Crónicas uno de sus más desesperados esfuerzos, y que acaso fuera el último; pero el hecho que vamos a narrar, aunque de la misma índole, como anterior a aquel, se ofrece a nuestra consideración como uno de esos movimientos convulsivos que anuncian la agonía del enfermo.

Sentados estos preliminares, vamos, pues, a ocuparnos del importante servicio que con ese motivo prestó a la nación la Guardia Civil.

II.

Ya hemos dicho que el año de 1848 concluyó dejando una profunda agitación en el corazón de los pueblos.

Aunque parecía reinar la tranquilidad en todas partes, esta sin embargo, era aparente, y la menor chispa hubiera podido encender el más voraz incendio.

Bajo tales auspicios empezó el año de 1849.

Cuando los pueblos de la provincia de Alicante dormitaban en esa especie de letargo, el grito dado por un faccioso, vino a despertarles, y a causar en ellos una viva y continua agitación.

El cabecilla Orta al frente de unos 30 hombres, empezó a recorrer los campos de la provincia.

Como si estuviera en los tiempos de la malhadada guerra de los siete años, entraba en los caseríos y los saqueaba a la menor resistencia; se presentaba en los pueblos y exigía a los ayuntamientos cuanto le era necesario para su partida.

En el instante que el gobierno tuvo noticia de este hecho, declaró la provincia en estado de sitio, y el Comandante general y el de la Guardia Civil salieron en su persecución.

También se organizó una pequeña columna de trece Guardias Civiles al mando del sargento 1.°, graduado de subteniente, D. Inocencio Ramos.

Conocedor del terreno el cabecilla Orta, y amaestrado en la lucha de guerrillas, burlaba perfectamente los planes de las columnas que le perseguían, y amenazaba en un lugar para dar el golpe al día siguiente en otro punto distinto y a muchas leguas de distancia.

Estas estratagemas tenían desconcertados a los jefes que iban en su persecución.

Los pueblos, en vista de los resultados de la campaña, estaban intranquilos, viendo entrar al cabecilla y su partida por las puertas de sus casas.

Pero semejante estado de cosas no podía durar mucho tiempo, y el día de un combate decisivo estaba muy próximo.

-Veamos cómo desapareció aquella partida en pocos instantes.

III.

Amaneció el 12 de Mayo de 1849.

El activo subteniente D. Inocencio Ramos tuvo noticias de que la facción estaba próxima al punto donde él había pernoctado, y poniéndose a la cabeza de sus 13 Guardias, marchó a la sierra de la Pila, que era donde aquel se guarecía en aquellos instantes.

Este monte, por su situación especial y por los muchos matorrales y pinos que crecen en todas direcciones, servía al cabecilla Orta de un gran baluarte de defensa, que era imposible ganar en una sola acción a no mediar una sorpresa.

Demasiado lo comprendió así el subteniente Ramos, y adoptó las disposiciones más oportunas para lograr su objeto.

Largo tiempo anduvo la partida de matorral en matorral, y de vericueto en vericueto, sin que notase la menor huella, y sin que descubrieran el más insignificante indicio.

Ya por fin, se oye un grito, y Ramos comprende que era la voz de alerta que daba algún centinela de la facción.

¡Y no se engañó!.

Orta con su partida descansaba en aquellos momentos; pero el vigía que había divisado los Guardias, daba la voz de «a las armas.»

Una y otra fuerza se preparó entonces al combate, y a un combate al parecer sangriento, por la proximidad de los combatientes.

Empezó la acción, y Guardias y facciosos estuvieron haciendo fuego sin resultados decisivos.

Lo quebrado del terreno imposibilitaba toda clase de maniobras, y era preciso marchar de matorral en matorral para estrechar a los facciosos, y para eso no contaba con suficientes fuerzas el subteniente Ramos.

Semejante indecisión le desesperaba, pero muy luego iba a decidirse la acción, debida a una lucha especial y sangrienta.

IV.

Cuando estaban en lo más reñido de la acción sale de entre unas matas el cabecilla Orta, y se encuentra frente a frente con el Guardia Cristóbal Romero Marco.

Al verlo este, se echa a la cara su fusil y le descarga un tiro, cuya bala pasó silbando por cima de la cabeza de aquel.

Orta retrocedió, y marchaba como en retirada, pero Romero le seguía en actitud de trabar con él un combate decisivo.

Viendo el cabecilla que no había otro remedio, apuntó con su carabina al Guardia, que siguió avanzando.

Entonces Orta le descarga un tiro y tampoco le hiere, y comprendiendo que el Guardia Romero podía acometerle con ventaja si calaba la bayoneta, se arroja precipitadamente sobre él, levantando su carabina en actitud de darle un golpe.

Cruzase entonces con el fusil del Guardia, y ambas armas ruedan por el campo.

Sin armas uno y otro se traban en un terrible pugilato, hasta que al fin se agarran a brazo partido y empieza otra lucha mucho más angustiosa.

Durante algún tiempo permanecen en ese estado, haciendo uno y otro, desesperados esfuerzos para vencer.

El Guardia Romero arranca de un bocado dos dedos al cabecilla Orta, y acaso este hecho decide la lucha.

Un instante después se separa de su adversario, y arrojándole una enorme piedra, consigue herirle de muerte en la cabeza, y arrojarle por último, en un despeñadero donde quedó completamente destrozado.

Así terminó aquella lucha.

En el instante, y a pesar de la fatiga, corrió Romero a dar parte del suceso al subteniente Ramos, que seguía combatiendo a la facción; la que al verse sin jefe, huyó a la desbandada, buscando cada cual su salvación en la fuga.

Terminó la acción, y con ella quedó derrotada la partida facciosa, para no volver a reunirse, quedando asegurada la tranquilidad de la provincia.

Cuando esta noticia llegó a conocimiento de las autoridades por el parte del subteniente Ramos, el valiente Cristóbal Romero fue ascendido a Guardia de primera clase, por aquel hecho de armas, y condecorado después con la cruz pensionada de M. I. L.

El subteniente Ramos y los demás Guardias recibieron también las gracias de las autoridades por su denuedo y arrojo.

Este hecho no necesita que nosotros le encomiemos a los ojos de nuestros lectores, se recomienda por sí solo y su lectura arrancara desde luego un aplauso para el héroe de la jornada y para sus compañeros, que en tan escaso número acometieron tan heroica empresa.

CRÓNICAS ILUSTRADAS DE LA GUARDIA CIVIL

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