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LA BODEGA. (Baza, enero-1865)

  • Escrito por Redacción

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Cuando a la caridad y al amor al prójimo se une la abnegación y el valor, y cuando no puede ejercerse el acto humanitario sin una intrepidez casi temeraria, entonces hay un verdadero mérito que encomiar.

LA BODEGA. (Baza, enero-1865)

I.

Si siempre son dignos de consignarse los actos de valor y de arrojo de que tantas pruebas están dando los individuos de la Guardia Civil, no lo son menos los que hijos de un sentimiento de humanidad salvan de una muerte inminente al que en medio de un gravísimo peligro desespera ya de su salvación.

Cuando a la caridad y al amor al prójimo se une la abnegación y el valor, y cuando no puede ejercerse el acto humanitario sin una intrepidez casi temeraria, entonces hay un verdadero mérito que encomiar.

Sería una falta imperdonable que nosotros, cronistas imparciales de los brillantes servicios de la Guardia Civil, dejásemos de consignar lo que tanto realce y prestigio da, no solamente a uno de los individuos sino a toda la Institución.

Muy pocas líneas necesitaremos para narrar un servicio que valió un premio distinguido al que lo prestó; pero aunque corta nuestra breve relación, será una nueva y justa recompensa para el agraciado Guardia que por más de un concepto se hizo acreedor a ella.

II.

El hecho de que pasamos a ocupamos es reciente, ha tenido lugar en el presente año en la ciudad de Baza, y esta por lo tanto grabado en la memoria de todos los que tuvieran ocasión de presenciarlo. Hay recuerdos que nunca mueren en el alma del que los lleva.

Sabido es que en las bodegas se produce cierta atmósfera en determinados períodos de la fermentación del vino, tan peligrosa y tan cargada de gases que hace imposible la respiración y es por consiguiente mortífera.

Los que ignoran este peligro, ó los que sin ignorarlo no saben apreciar toda su magnitud, se ven expuestos a gravísimos conflictos y muchas veces pagan con la vida su imprudente temeridad.

Estas asfixias doblemente terribles, porque son casi siempre instantáneas, no dan tiempo a socorro de ningún género, y de darlo, el peligro es tan grande para el que quiere salvar a la víctima, como para la víctima misma.

Por esta razón la salvación es tan difícil; además de ser muy expuesto el socorro, rara vez se consigue arrancar a la muerte al que de repente se ve sorprendido por ella, en medio de la oscuridad de una bodega subterránea.

A principios de Enero del presente año de 1865 tres vecinos de Baza, deseosos de conocer el estado del vino, que tenían en fermentación, bajaron a una de las bodegas de dicho punto. A pesar de las reflexiones que la familia les hizo presintiendo sin duda el peligro; a pesar de tal vez presentirlo ellos mismos, despreciaron temerariamente el riesgo y desoyeron los oportunos consejos de la prudencia y los no menos atendibles de la practica.

Pronto sin embargo sintieron los efectos de su atrevimiento insensato; al poco rato de ocuparse en las operaciones de destapar tinajas y de probar el mosto, sintieron un desvanecimiento profundo que los sumergió en un mudo letargo precursor de la muerte.

La familia bajó al poco rato y llamó a la puerta de la bodega, pero nadie respondió.

Atribulada, temblando y segura de la catástrofe salió apresuradamente a la calle pidiendo auxilio. Bajaron a la bodega algunos hombres, pero cuando vieron que las laces que acercaban a las rendijas de la puerta se apagaban no se atrevieron a entrar.

El peligro era verdaderamente grande.

Donde no puede verificarse la combustión, la vida no puede tampoco sostenerse, y era evidente que aquella atmósfera apagaba la existencia, como la luz de una cerilla.

La angustia de la familia crecía al ver estas dificultades, que eran otras tantas dilaciones fatales para los infelices que estaban dentro.

Nadie se atrevía a penetrar en aquella morada de la muerte; nadie quería arrostrarla porque todos comprendían la inmensidad del riesgo, a que se exponían. Entretanto se pasaba un tiempo precioso, el terror crecía en los corazones, y ninguna resolución se tomaba para salvar, si es que aun era tiempo a los que yacían mudos é inmóviles en la bodega. En tan críticos momentos, un hombre valeroso mandó abrir la puerta que daba paso a la escalerilla que conducía a la bodega. ¿Quién era este hombre que así desafiaba a la muerte? ¿Cómo se llamaba el que tan valerosamente la despreciaba?

Era el cabo 1.° de la Guardia Civil Juan Calvo Rojas, comandante a la sazón del puesto de Baza.

III.

En cuanto tuvo conocimiento de la ocurrencia el valiente cabo corrió a prestar su socorro al sitio de la desgracia. Cuando llegó a la casa se le hizo presente el peligro que corría si penetraba en la bodega; pero el decidido Guardia nada escuchó, y penetró en ella con su compañero el Guardia 2.° Alejo Parrilla García que le siguió denodadamente.

Muchas personas agrupadas al pié de la escalera esperaban impacientes el éxito de aquel acto de arrojo, de verdadera abnegación y de humanidad. ¡Lección severa de valor para los pusilánimes que la presenciaban aturdidos! A los pocos momentos el Guardia Parrilla sacaba un hombre sobre sus hombros y el cabo Calvo le seguía con el otro. Sin esperarse un instante a escuchar las expresiones de júbilo, de admiración y de gratitud que les prodigaban sus espectadores, volvieron a internarse en la bodega con el fin de extraer al tercero y último de aquellos desgraciados.

Cuando fueron depositados en brazos de su familia que ya los juzgaban muertos, cuando los oyeron respirar y vieron que iban lentamente recobrando el sentido y la vida, es imposible describir los trasportes de alegría, de reconocimiento y de cariño de que fueron objeto los dos valientes Guardias.

Su acción generosa, su comportamiento heroico merecía un premio, y fueron agraciados con la cruz sencilla de M. I. L.

El pueblo de Baza manifestó también su gratitud a los dos Guardias que habían salvado de una muerte tan segura, como cercana, a tres de sus vecinos.

CRONICAS ILUSTRADAS DE LA GUARDIA CIVIL

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