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LA INGRATITUD. (1851)

  • Escrito por Redacción

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«Caballero: la Guardia Civil no necesita de ninguna recompensa, pues su única gloria está cifrada en el exacto cumplimiento de sus deberes, y la divisa amarilla que distingue al cuerpo no será manchada por sus individuos mientras en ellos no se abriguen otras ideas que las de honor, fidelidad, subordinación y cortesía»

I.

La ingratitud es el vicio más despreciable que puede abrigar el corazón del hombre.

El que recibiendo inmensos beneficios, el que teniendo asegurada su subsistencia en la mesa de su protector, el que contando con el auxilio poderoso de este, se olvida después de todos esos favores y fragua contra la vida de quien se los ha dispensado una conspiración infame, es un hombre miserable, inicuo y criminal.

No se concibe nada más repugnante que la ingratitud.

No se encuentran palabras capaces de calificar ciertos actos.

La ingratitud escondida entre las fibras más secretas del corazón, se reviste en el exterior de una máscara hipócrita, hasta que llega el momento de manifestarse a los ojos del mundo en toda su deformidad.

Vean aquí nuestros lectores una prueba de esta verdad.

II.

En 1851 servía en la Carolina en casa de D. Antonio Polo un criado que se llamaba Roque.

Este sirviente recibía pruebas constantes y distinguidas de cariño y de consideración de sus amos, y no pasaba día sin que le dispensaran un nuevo favor ó una nueva muestra del interés que demostraban por él.

Roque recibía todos estos favores con aparente agradecimiento, y fingía empeño en cumplir con celo todas las cosas que le estaban encomendadas en la casa de sus amos.

Bien pronto dejó el sirviente de aparentar lo que no sentía y empezó a admitir hasta con desagrado los obsequios que sin cesar le hacía D. Antonio Polo.

Sin embargo, Roque abrigaba secretos proyectos, y antes de reñir con su amo procuró apoderarse de los datos y antecedentes necesarios para sus planes en lo sucesivo.

Así es, que valido de la confianza que depositaban en él, pudo sorprender el sitio donde se guardaba el dinero y las alhajas de la casa.

Hecho este descubrimiento, sacó modelos de algunas cerraduras, estudió detenidamente las que por su disposición no se prestaban a este género de diseños, tuvo presente el carácter y las costumbres de sus amos, y por último no se escapó a su perspicacia ninguna circunstancia que no tomase en cuenta para el logro y buen éxito de sus ulteriores propósitos.

Entretanto había trabado amistad bastante estrecha con tres sujetos de mala vida, de sospechosos antecedentes y de dudosa conducta.

Roque que consideraba a sus compañeros necesarios y aun dignos de compartir con él la empresa que se había propuesto, no dudó ya en confiársela y ofrecerles la correspondiente participación en ella.

Formado ya este plan, que en realidad no era otra cosa que una amenaza de muerte contra D. Antonio Polo, deliberaron los cuatro si sería conveniente ó no que Roque se despidiera de la casa, ó bien que permaneciese en ella para llevar a cabo el plan que se habían propuesto. Roque decidió la cuestión, como jefe que era de la cuadrilla, y «determinando despedirse de la casa en que servía, lo puso por obra sin pérdida de tiempo.

III.

La trama se reducía a asaltar una noche la casa do D. Antonio Polo; asesinar a éste y apoderarse después de todos sus intereses.

Una vez fuera de la casa en que servía, Roque se proveyó de todos los instrumentos que necesitaba, como ganzúas, cordeles, llaves de diferentes tamaños, pistolas y cuchillos para armarse, tanto él como sus compañeros.

Provistos de todo, se reunieron la noche del 3 de Agosto para tener la última conferencia sobre el asunto.

A pesar de sus precauciones y de su sigilo, a pesar de las medidas que habían adoptado para que su proyecto fuese un misterio, el sargento de la Guardia Civil Carlos Batalla, comandante del puesto de la Carolina, gracias a su exquisito celo, a su incansable actividad y a su especial discreción, había sorprendido el secreto.

La reunión tenía lugar en las afueras de la Carolina y al pié de las vertientes de Sierra Morena, y esto no lo ignoraba el sargento Batalla, el que procediendo con una discreción que le honra, y con una prudencia de la cual ha dado señaladas pruebas en sus buenos servicios, tuvo la habilidad de esconderse a pocos pasos del sitio donde los criminales se reunían en cita.

Agazapado cómo pudo, escuchó toda la conversación que mediaba entre los cuatro.

—Estoy seguro, decía uno, que tocamos a mas de mil duritos por barba.

—¿De veras? replicaba otro.

—Figúrate si yo lo sabré, habiendo tenido tanto tiempo para echar mis cuentas.

—¡Buen golpe va a ser, camarada!

—Tal creo; pero para hacerlo bien, es preciso que le demos antes donde no cojee a mi antiguo amo.

—Tienes razón, amigo Roque: los muertos no cantan.

—Fuera estorbos, añadió otro de los que componían el grupo.

—Si queréis, yo me encargo de quitar de enmedio a D. Antonio; entre tanto, vosotros hacéis el negocio.

—Corriente: pues a la una es la hora convenida. Nos reuniremos aquí mismo, y marchamos en derechura allá. Ahora vamos a remojar los paladares

El sargento Batalla escuchó atentamente los pasos de los que se alejaban, muy ajenos de sospechar que sus palabras habían sido sorprendidas.

IV.

Al siguiente día por la mañana fue el sargento a verse con D. Antonio Polo, a quien enteró de lo que se fraguaba contra su vida y hacienda, y cuyo plan debía ponerse en ejecución aquella misma noche.

D. Antonio Polo preguntó al benemérito sargento cual era la determinación que debía adoptarse en aquel caso, y si se debería dar parte a la autoridad ó al juez de primera instancia.

Batalla, como hombre experimentado, aconsejó al señor Polo que suspendiese todo género de procedimientos porque podrían ser conocidos por los culpables, y era entonces posible que se fugasen; así fue que él solo tomó la dirección que debía darse al negocio, y como perito en trances de este género, aseguró al Sr. Polo que nada temiese porque aquella misma noche los cuatro criminales quedarían en su poder.

Con estas seguridades se despidió el sargento de don Antonio, adviniéndole que volvería a ir a su casa a las ocho de la noche acompañado de algunos individuos de su mando.

En efecto, poco antes de la hora convenida, y tomando las mayores precauciones para no ser vistos, se presentó acompañado de los Guardias Ignacio Pérez, Gabriel Vianete, Vicente Pérez, é Ildefonso Lozano, cuya fuerza distribuyó Batalla dentro de la misma casa, colocándose él junto a la puerta de entrada.

Mientras esto pasaba, Roque y sus compañeros se habían reunido en el mismo sitio que el día anterior, y después de pagarles una especie de revista para ver si estaban corrientes de pistolas, cuchillos, cuerdas y demás pertrechos, se fueron a rondar por las cercanías de la casa de D. Antonio Polo, aunque cada cual por diferente sitio, para no inspirar sospechas.

A las doce y medía de la noche se oyó en la calle un silbido fuerte y penetrante, que era la señal convenida para dar el asalto y reunirse los cuatro criminales.

Las puertas de la casa, que se habían dejado de asegurar intencionadamente por el sargento Batalla, no se resistieron a las ganzúas de Roque, así es que en un momento franqueó las dos porque tenía que pasar, y un instante después los cuatro bandidos, puñal en mano, penetraban en las habitaciones.

En el momento de arrojarse sobre el Sr. Polo para asesinarle, Batalla y sus compañeros, apuntándolos con las carabinas, los intimaron su rendición.

Los cuatro bandidos, mudos de asombro, miraron a todas partes buscando un punto por donde poder escapar, pero se hallaron completamente cercados por los valientes Guardias, y aunque por un momento quisieron resistirse, Batalla los advirtió que el menor movimiento les costaría la vida.

Se entregaron, pues, y se les ató fuertemente para conducirlos a la cárcel.

D. Antonio Polo pudo entonces contemplar detenidamente las fisonomías de sus asesinos.

¡Cual no fue su sorpresa al ver entre ellos a su antiguo servidor, a quien había dispensado tantos favores!

Miró con indignación a aquel ingrato, que quería pagarle la cariñosa protección que con él tuvo, arrancándole la vida.

Los cuatro presos fueron conducidos a la cárcel, y más tarde a un presidio.

A poco de la ocurrencia, D. Antonio Polo, agradecido al sargento Batalla, a quien debía la vida, quiso recompensar el inapreciable servicio que le había prestado, pero el benemérito sargento le respondió:

—«Caballero: la Guardia Civil no necesita de ninguna recompensa, pues su única gloria está cifrada en el exacto cumplimiento de sus deberes, y la divisa amarilla que distingue al cuerpo no será manchada por sus individuos mientras en ellos no se abriguen otras ideas que las de honor, fidelidad, subordinación y cortesía»

Copiamos estas palabras del Guía del Guardia civil del 20 del mismo mes de Agosto, y las reproducimos con el mayor gusto; pues honran tanto al sargento Batalla, que por este buen servicio recibió las gracias del gobernador civil de la provincia y del Excmo. Sr. Director general del Cuerpo, como a la institución que cuenta en su seno tales individuos.

 

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