Menu
  • 01
  • 02
  • 03
  • 04
  • 05
  • 06
  • 07
logo-circulo-ahumada
El gran encierro

El gran encierro

No, no me refiero ...

DOMINGOS BENEMÉRITOS

DOMINGOS BENEMÉRITOS

SUMARIO: DOMINGO 04 ...

Sábados culturales en Benemérita al Día

Sábados culturales en Benemérita a…

SUMARIO SÁBADO 03 de...

MANIFESTACION DE ODIO EN ALSASUA

MANIFESTACION DE ODIO EN ALSASUA

Miles de personas ...

Los majaderos de Alsasua

Los majaderos de Alsasua

Tras el acto terro...

POR SUS HECHOS LOS CONOCEREIS

POR SUS HECHOS LOS CONOCEREIS

A cada uno por los...

Prev Next

hospimedicalpatrocinador

ALMAZAN Y BERLANGA.

  • Escrito por Redacción

cronicas-7

Son tantos y tan diversos los actos de abnegación, de valor y de heroísmo que embellecen la historia de la Guardia Civil, que apenas habrá otra institución que pueda vanagloriarse de tantos hechos dignos de la admiración y del aplauso de los hombres.

I.

Es verdad que los deberes de este brillante Cuerpo le ponen en el camino de combatir el mal y hacer el bien; pero también no es menos cierto que la mayor parte de los individuos que le componen, se exceden muchas veces en el cumplimiento de esos actos de abnegación, valor y heroísmo.

Ejemplos tenemos en estas Crónicas que justifican nuestras aseveraciones.

No hablemos de perseguir al criminal; de salvar la vida de una persona, con riesgo de perder la suya; tampoco de librar la fortuna de una familia de la destrucción ó de una pérdida segura; mirad un pobre que se acerca desfallecido a las puertas de la autoridad de un municipio, del rector de una parroquia, de los principales hacendados del pueblo, y vedle más triste y cabizbajo volverse a una miserable choza a llorar con una hija enferma, el abandono a que les recluyen las gentes, y el espantoso fin a que les condenan.

¡Van a perecer de hambre!

No: aun existe en el mundo quien los salve de las garras de la muerte.

Este ser piadoso y caritativo es un Guardia Civil.

Semejantes acciones no tienen un artículo en su reglamento: porque nadie puede obligar al individuo a que parta su pan con otro, como aquel no quiera hacerlo voluntariamente.

La propiedad es uno de los principios que constituyen la base de las sociedades modernas, y nadie sería capaz de vulnerarlo, menoscabando los derechos que de él emanan.

Ya lo veis.

En las filas de la Guardia Civil se encuentran también individuos a los que la Caridad llamaría, y con justísima razón, sus héroes.

Esta institución, como todas las humanas, tendrá sus defectos; pero es muy probable que los vaya remediando la experiencia.

Vamos, pues, a ocuparnos del hecho que ha dado margen a estas reflexiones, y nuestros lectores dirán si están o no justificadas, mayormente cuando se trata de un asunto parecido a otros que hemos encomiado como rasgos de abnegación y de caridad dignos de imitarse.

II.

Corría el año de 1852.

Celebrabase una feria en Almazan, pueblo de la provincia de Soria, a la que concurrían gran número de comerciantes y de mercaderes de todas partes.

Siendo la afluencia de las gentes tan considerable, el jefe de la Guardia Civil de la línea, que era entonces el capitán D. Frutos Reyes, que estaba destacado en Berlanga, marchó con unos cuantos Guardias a la villa de Almazan, con el objeto no solo de velar por el orden público, sino también para evitar toda clase de delitos.

Su presencia en el pueblo inspiró desde luego la más completa confianza a compradores y comerciantes, lo mismo que se la inspira al viajero la pareja de los Guardias que encuentra recorriendo su trayecto de camino, ante cuya presencia exclama:

—«Ya puedo viajar tranquilo.»

Pero no siempre esto suele ser una verdad desgraciadamente.

Hay hombres tan atrevidos y criminales que, bastante sagaces para burlar la vigilancia de los Guardias, y consumar sus designios criminales, creen también que después de perpetrar el delito, podrán escapar de su persecución.

Esto sucedía entonces.

Mientras que el capitán Reyes y sus Guardias paseaban por las concurridas calles de Almazan, seis bandidos tomaban posiciones en los montes de Oca, dispuestos a robar a todos cuantos por aquellos sitios transitaran.

Armados perfectamente, y en número de seis, se creían con fuerzas para sostener un combate con la pareja de la Guardia Civil que acudiese en socorro de sus víctimas.

Su plan estaba perfectamente meditado, y se prometían felices y prósperas consecuencias.

Acaso un accidente casual vino a aumentar esas esperanzas, mientras que infundía cierto desaliento en los que tenían que exponer sus intereses a un camino que acaso no creían muy seguro, según sus presentimientos.

III.

Tranquilo estaba el capitán Reyes meditando la manera mejor de distribuir sus Guardias para asegurar, los caminos mientras que durara la marcha de los feriantes a sus respectivos pueblos.

Mas un accidente imprevisto le hizo variar instantáneamente de plan, para acudid a punto de mayor peligro.

Recibió un parte de Berlanga en el que se le decía que estaban ardiendo varias casas, contándose entre ellas la misma casa-cuartel de la Guardia Civil.

Inmediatamente reunió sus Guardias y montando a caballo, partió del pueblo de Almazan al lugar del siniestro.

Apenas llegó a las tapias de Berlanga, sin dar un momento de descanso a sus subordinados, se dirigió apresuradamente, no a la casa-cuartel, sino a las de los particulares que en aquellos momentos devoraban las llamas.

La consternación y la más profunda ansiedad estaban retratadas en todos los semblantes.

No bien estuvo el intrépido capitán Reyes frente del incendio, tendió una mirada sobre el espacio que dominaba el destructor elemento, y reflexionando un instante distribuyó sus Guardias y empezó su obra de salvación.

A los pocos instantes de haber empezado los trabajos logró aislar completamente el fuego, y poco tiempo después consigue dominarle y aun extinguirlo.

Su actividad y su arrojo vencen cuantas dificultades se oponen a sus deseos, y después y aun durante el incendio, cuida de las personas y de los bienes de los infelices a quienes tal vez dejaba en la miseria aquel siniestro terrible.

Mientras que los habitantes de Berlanga contemplaban con asombro salir a los Guardias de entre los escombros llenos de cenizas y chamuscados sus uniformes, el capitán Reyes los reunía, les dirigía algunas frases cariñosas, y les daba órdenes para correr a salvar de las llamas su propia morada.

Parten apresuradamente entre los gritos de admiración y de entusiasmo de las gentes que se habían reunido en el sitio de la fatal ocurrencia, y a pesar de las fatigas y del cansancio de la marcha y del trabajo, empiezan de nuevo sus trabajos.

El fuego tomaba entonces un espantoso incremento.

Los Guardias no retroceden ante el peligro y se lanzan en distintas direcciones para luchar con el voraz elemento; pero una voz los detiene y los hace retroceder.

Era la de su jefe que los llamaba.

¿Qué sucede?

¿Teme por ventura el bravo capitán comprometer su existencia y la de sus valientes Guardias? No; y ya sabréis el motivo.

IV.

Cuando el capitán Reyes, dadas sus órdenes se preparaba también a tomar parte en los trabajos para apagar el fuego de la casa-cuartel, un hombre, atravesando por entre la multitud, llega hasta él y le entrega un oficio.

Rompe el sobre y lee el contenido a la luz de las llamas. Era un parte en el que se le daba cuenta de la conspiración fraguada por los seis ladrones en los montes de Oca, dispuestos a robar a todos cuantos feriantes transitaran por aquel sitio.

Entonces fue cuando dio la voz de alto.

El bizarro capitán quedó pensativo por unos momentos.

¿Qué hacer en trance tan terrible?

Si marchaba a los montes en persecución de los bandidos, la casa-cuartel, presa entonces de las voraces llamas, a su regreso la vería convertida en un montón de escombros.

Si por el contrario, trataba de apagar primero el fuego, acaso llegaría tarde y los forajidos habrían consumado algún crimen.

En esta disyuntiva se decidió por el socorro de las personas.

Consideró que entre dos pérdidas, la menor era la de la casa-cuartel, mientras que los ladrones podrían no solo robar a los viajeros sino también asesinarles.

Reunidos pues los Guardias a su voz les manda que se armen, y estos ejecutan sus órdenes con la mayor presteza.

Ni el uno, ni los otros, se quejan del viaje que tienen que emprender, después de las rudas tareas que acababan de desempeñar.

Monta el capitán Reyes a caballo y marcha a la cabeza de los Guardias a la vista de la absorta muchedumbre, que no acierta a explicarse aquel repentino cambio, y mayormente en unos momentos tan críticos.

Fuera ya de las tapias de Berlanga el capitán comunica a los Guardias el hecho y da a todos y a cada uno de ellos sus instrucciones.

La noche era bastante oscura, por cuya razón la marcha se hacía mas difícil y penosa.

La empresa además ofrecía grandes dificultades, porque de no hallar a los ladrones y sorprenderles, aquellos esfuerzos eran perdidos, y no se conseguía el objeto de asegurar los bienes, la libertad y hasta la vida de los feriantes; muchos de los que tal vez en aquellos momentos muy ajenos al peligro salían de la villa de Almazan en dirección a sus casas.

Continuando su precipitada marcha empezaron a internarse en el monte.

Volvió de nuevo el capitán a recordarles las órdenes que les había dado y las prevenciones que les hizo al salir de Berlanga, y colocándolos en ala empezó la batida.

Dejemos avanzar a estos verdaderos héroes, en los que no habían podido hacer mella el cansancio y la fatiga para ver qué escenas tenían lugar en los matorrales próximos al camino.

V.

Conocedores los bandidos del terreno que eligieran para llevar a cabo sus fechorías, aguardaban por minutos al paso de las gentes que regresaban a sus casas de la feria de Almazan.

Y tanto más confiaban en el buen resultado de su empresa, cuanto que desde aquel punto se divisaban claramente las llamas del incendio, y creían, y no sin razón, que la Guardia Civil estaría ocupada en apagarlo.

Pero esta vez se equivocaban.

—Mira, dijo uno de los ladrones al compañero que tenia al lado; por esta vez no hay que temer a los Guardias. En Berlanga arden algunas casas y aun me atrevería a decir que una de ellas es la casa-cuartel.

—Ciertamente, contestó el interpelado; yo creo lo mismo que tú.

—Si nos faltaba luz para nuestra obra ya la tenemos, repuso otro.

—¡Oh! exclamó uno de ellos, mientras que nos alumbre ese candil, no hay cuidado que nos sorprendan.

Y siguieron conversando en voz baja.

En esto los Guardias se encontraban a unos cien pasos de los bandidos.

Al pasar una pareja de aquellos por entre un matorral tuvieron que romper unas ramas de los arbustos que le impedian el paso.

Este rumor llegó a oido de los ladrones.

—¿Ois? dijo uno de ellos.

—Sí, replicó otro, me parece haber percibido un rumor de pisadas por esa parte, y señaló a su derecha.

—Ojo alerta, no sea que la Guardia...

—¡Bah! ¡bah! exclamó el que parecía hacer de jefe, a esa no hay que temer hoy: ¿no veis allí la candileja encendida? y tendió su mano apuntando con el índice a las llamas que salían de Berlanga.

—Sin embargo, repuso otro, bueno es estar prevenidos, coged las armas.

—Sí, sí, dijo aquel; tomad las armas y, asomaos dos por ese matorral que da al camino, no sea que se nos escapen esos picaros de tenderos y otros pajarracos de cuenta.

Obedecieron los bandidos y los dos indicados bajaron til matorral y se pusieron en observacion.

Los Guardias que cada vez se acercaban mas a los ladrones oyeron aunque confusamente esta conversacion.

Uno de ellos, el que caminaba delante de todos hasta percibió y pudo recoger alguna palabra, que le hacia sospechar que aquellos eran los ladrones.

—Mi capitan, dijo, los bandidos estan indudablemente tras de ese espeso matorral.

—Así lo creo, contestó aquel; y es preciso marchar lentamente, sin meter el menor ruido, hasta llegar cerca de ellos y cercarlos si es posible, para que no se escapen.

Y continuaron la marcha.

No habían pasado cinco minutos de esto, cuando de nuevo llegó a oidos de los Guardias otro rumor, como si fuera causado por los pasos de varias personas. Y con efecto, no se engañaban; porque los ladrones al oír a su vez el ruido que hacian los Guardias, se habian levantado del suelo y preparado a la defensa.

A, diez pasos ya unos de otros, el capitan Reyes da el «¡Quién vive!»

Los bandidos amartillan entonces sus trabucos.

Repite nuevamente el capitan, «¡quién vive!» y una descarga es la contestacion que le dan los foragidos.

Afortunadamente deja ilesos a los Guardias.

—¡A ellos!— gritó entonces el incansable oficial, a tiempo que su caballo caia herido.

Semejante contratiempo le llena de cólera, y sin cesar de gritaron —«¡a ellos!» hace desesperados esfuerzos para levantarse, consiguiéndolo al fin, cuando los ladrones huian por el monte, dispersos y llenos de pavor.

En aquellos momentos los Guardias rendidos de tantas fatigas, no pudieron continuar en su persecucion, pero el capitan Reyes logró su objeto librando a los feriantes de la pérdida de sus intereses y aun de la misma vida.

Tan brillantes servicios y en tan corto espacio de tiempo prestados, prueban no solo el valor y la inteligencia del bizarro Capitan D. Frutos Reyes, y el arrojo de los Guardias, sino también la incansable constancia y abnegación con que se entregaron a la salvacion de los intereses agenos a costa de su propias vidas.

Nosotros nos abstenemos de tributar los muchos y merecidos elogios a que sus autores se hicieron dignos; pero dejamos que el público se los tribute desde el fondo de su alma, porque ante servicios como el que acabamos de narrar, nunca se aprecia ni se elogia todo lo que merece la benemérita Guardia Civil.

¡A ellos! -gritó el incansable oficial, a tiempo que su caballo caia herido.

Escribir un comentario


Código de seguridad
Refescar

Benemérita al día

Actualidad

Cultura y Sociedad

Otras Secciones

Boletín de Noticias

SUSCRÍBETE >> Recibe gratis todas las noticias en tu correo
Términos y Condiciones