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EL CAMINO DEL CRÍMEN.

  • Escrito por Redacción

cronicas-4

Hay hombres cuya historia es una serie de maldades, una cadena cuyos eslabones representan otros tantos crímenes. Hay corazones que, dejándose llevar de los instintos más reprobados, se familiarizan con el vicio, y concluyen con dar abrigo a los pensamientos más livianos y criminales, viniendo a ser por sus acciones la escoria de la sociedad y el oprobio de los hombres.

I.

Reciente está todavía en la capital de España el recuerdo de un malvado que sublevó en masa la opinión pública, é impresionó profundamente todos los ánimos con la perpetración del atentado más inhumano y feroz.

Nos referimos al miserable que, bajo el nombre de Eugenio López Montero, asesinó inhumana y alevosamente, en la calle de la Justa, a la desgraciada doña Carlota Pereira, cuando esta infeliz señora iba acompañada de sus inocentes hijas.

No era el primer crimen que este hombre perverso cometiera; no era la primera vez que sus manos impuras y cobardes se manchaban con la sangre de sus víctimas; no inauguraba entonces la infame profesión de asesino.

Este crimen había de ser el epílogo de su sangrienta historia.

No vamos nosotros a referir el terrible suceso que aun contrista el ánimo de la opinión pública; no vamos a remover las cenizas del que, juzgado por Dios y por los hombres, ha abandonado la mansión de los vivos; pero su recuerdo nos es imprescindible, y aunque es funesto el personaje de que vamos a ocuparnos, uno de sus delitos dieron margen a importantes servicios, que honran a quienes los prestaron.

Por no oscurecer esos méritos nos vemos precisados a hacer mención de López Montero. A no ser por esta circunstancia dejaríamos dormir ese nombre en la misma tumba del que lo llevó en vida.

Nosotros seríamos injustos si por borrar su recuerdo borrásemos de nuestras Crónicas una página del que por su celo, su actividad y sus buenos servicios, se hizo acreedor a este galardón.

Empecemos, pues, la historia.

El episodio es corto pero horrible.

II.

En el año 1851 desempeñaba el cargo de alcaide de la cárcel de la Carolina, en la provincia de Jaén, un sujeto llamado Juan Martínez Moreno (1).

Preciso nos es echar una mirada retrospectiva sobre la historia de este hombre, y hacer mención aunque someramente de los principales hechos que la caracterizaban antes de la fecha a que nos acabamos de referir.

Martínez Moreno era natural de Sierra Morena, de esa tierra que, si no ha producido, dio abrigo al menos a muchas funestas celebridades. En cuanto había cumplido la edad para entrar en el servicio de las armas, ingresó en el cuerpo de carabineros, de donde fue expulsado y condenado a presidio, en virtud de la sentencia dictada por el consejo de guerra a que se le habia sometido. Cumplió la condena, y estuvo en Madrid desempeñando un insignificante empleo de policia, pero fue desterrado de la capital sin que nosotros podamos decir a nuestros lectores los motivos que impulsaron a la autoridad para tomar aquella determinación.

Estableciose en la Carolina, y por influencias que también desconocemos, consiguió el empleo de alcaide de la cárcel de dicha villa.

Sin embargo, en este nuevo destino, su conducta fue tan censurable, que el juez del partido se vio precisado a decretar su separación en vista del mal desempeño y cumplimiento de las obligaciones que le estaban encomendadas.

Martínez Moreno se resintió muchísimo de tan súbita separación, y juró tomar venganza de los que fuesen causa de ella, que a su modo de ver, no eran otros que el alcalde, el juez y el fiscal de la Carolina.

Su resolución era irrevocable, y decidió vengarse a toda costa de estos tres funcionarios públicos.

Trató de conciliar un plan; procuró combinar los medios de realizarlo; pero sus deseos eran tan vehementes, su odio tan profundo, que su razón fue impotente para moderar la impetuosidad de la pasión que le arrastraba a la perpetración del crimen que al fin no pudo su reflexión anudar bien todos los hilos de la trama.

III.

A las ocho de la mañana del día 9 de Abril del mismo año de 1851, Juan Martínez Moreno salió de su casa embozado completamente en su capa, y se dirigió a la del alcalde de la Carolina, D. Lorenzo Lara.

Su proyecto era por demás sencillo, pero no por eso era menos horrible. Llegó a la casa, preguntó por el alcalde, y le contestaron que no estaba en ella.

Semejante contratiempo parecía contrariar los deseos de Martínez Moreno; pero resuelto a llevar a cabo su venganza aquel mismo día, marchó en derechura hacia la del juez, D. Trinidad de las Cuevas, a quien tampoco pudo hallar.

Este segundo desengaño no le hizo desistir de su propósito. Todavía le quedaba uno que pudiera servir de víctima a su rencor, y este era el fiscal D. Francisco Franco, que en aquel momento estaba aun en la cama.

Al llamar a la puerta de la casa, salió la criada, y advirtió a Moreno que su amo estaba durmiendo, pero aquel manifestó que tenía que hablarle con urgencia, y que le era imposible marcharse sin darle el recado que para él traía.

Este pretexto le abrió la puerta de la casa, y en seguida se dirigió a la alcoba en que dormía D. Francisco Franco, el que despertándose al ruido, y viendo entrar a Moreno precipitadamente y con el semblante descompuesto, se incorporó un poco sobre el lecho, y le dijo estas palabras:

— ¿Qué quieres, Moreno?

—Matar a Y., respondió éste. Al mismo tiempo sacó una pistola que llevaba debajo de la capa, y descargó un tiro a quema ropa sobre el desgraciado fiscal, pronunciando al mismo tiempo una expresión que la decencia no nos permite trascribir.

El víctima infeliz no tuvo tiempo para nada, y en un instante las blancas sabanas que le cubrían se tiñeron con su sangre.

Moreno no perdió un minuto, y de un brinco se puso en la escalera y escapó a correr por la calle. La familia del Sr. Franco, al oír la detonación, entró azorada en la alcoba, y al presenciar la horrible catástrofe, principió a gritar pidiendo socorro.

Como sucede en casos semejantes, la gente se aglomeró a la puerta de la casa, atraída por la curiosidad. Un hombre se abrió paso apresuradamente por entre la multitud, se enteró en pocos minutos de lo ocurrido, y volvió a salir al instante.

IV.

Este hombre era el benemérito sargento de la Guardia Civil, D. Carlos Batalla (1).

Corrió a la casa-cuartel, en la que solo se encontraban tres Guardias francos de servicio.

Dividiéronse los cuatro en dos parejas, y corrieron hacia la sierra, que según sus presunciones, era el sitio al que el criminal se había dirigido.

Después de tres horas de fatiga y de marcha, y cuando principiaban a sospechar que Martínez Moreno burlarla su persecución le dieron vista aunque a larga distancia.

El delincuente los vio a su vez, y retrocedió en el camino que llevaba, pero a los pocos pasos se encontró de frente con la otra pareja compuesta de los Guardias segundos Francisco Cubo y Evaristo González, y se dispuso a la resistencia. En este momento llegaba Batalla acompañado del Guardia Ildefonso Lozano. Moreno se vio rodeado por todas partes y quiso a todo trance buscar la fuga.

Sacó una pistola y apuntó al Guardia Cubo que era el que más próximo tenia, pero la Providencia no quiso que el tiro saliera y este incidente evitó una nueva víctima.

Semejante contratiempo desesperó al criminal que un instante despees se vio acorralado por las cuatro carabinas de los Guardias que le apuntaban.

Entonces desistió de una resistencia inútil y temeraria y se entregó a los Guardias que le condujeron a la Carolina, donde Batalla lo puso a disposición de la autoridad a las cuatro horas después de haber cometido su horroroso delito.

Esta importantísima captura debida a la diligencia y actividad del valiente sargento, valió a este las gracias de las autoridades y del señor inspector general del cuerpo, que según la comunicación que dirigió a sus jefes quedaba muy satisfecho de la fuerza del puesto, y la daba las gracias por la importancia de este servicio.

Palabras auténticas que trascribimos gustosos, para añadir este nuevo galardón a los méritos del actual teniente D. Carlos Batalla, que reúne en su hoja de servicios muchos, muy importantes y distinguidos.

Para concluir esta narración, diremos a nuestros lectores que Martínez Moreno fue a cumplir una condena de veinte años al presidio de Ceuta, de donde se escapó para seguir el camino del crimen que lo llevó al patíbulo.

CRÓNICAS ILUSTRADAS DE LA GUARDIA CIVIL

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