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LA ALEVOSÍA.

  • Escrito por Redacción

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A los pocos momentos de esta ocurrencia, el cabo 2.º de la Guardia Civil, Félix Robledo, acompañado de otro Guardia, pasaban por aquel sitio.

I.

Si muchas veces no se consuma el crimen no es por falta de maldad en el que lo ejecuta, sino porque, ó bien una circunstancia imprevista viene a impedir la realización del delito, ó bien el delincuente en el momento de perpetrarlo no cuenta con la serenidad necesaria para consumarlo hasta su último grado y lleno de miedo busca en la fuga la impunidad de su mal proceder.

El homicidio es el delito que más ejemplos nos suministra de esta verdad.

No siempre el asesino espera con sangre fría a recoger el último suspiro de la víctima; no siempre escucha el ¡ay! postrero del moribundo, ni presencia impasible el último movimiento convulsivo de su agonía.

Algunas veces la perspectiva terrible que le espera del castigo, la sombra inexorable y severa de la justicia, y siempre la terrible voz de la conciencia que le acusa y le delata ante sí mismo, le obligan a separarse con horror de la víctima, cuando ya no es tiempo de detener el puñal que ha esgrimido traidoramente sobre el pecho del desgraciado.

En otras ocasiones, el delincuente huye a impulsos de su voluntad, ó por temor al castigo ó instigado por los remordimientos de su conciencia; porque en el instante de ir a perpetrarlo, su pensamiento se ocupa solo del hecho y del deseo que le subyuga, sino porque se le oponen obstáculos y dificultades imprevistos que no puede vencer y los que le obligan a huir sin dar tiempo a satisfacer sus deseos.

Otras veces, por último, los juzga satisfechos y cumplidos, y creyendo haber arrancado una existencia, deja todavía un soplo de vida en el corazón que hirió con el arma homicida.

¡Venturosa al menos la víctima que en su infortunio ha tenido la suerte providencial de representar a los ojos de su asesino los síntomas de una muerte cierta!

Esa feliz circunstancia le salva por de pronto de una muerte tan horrorosa como verdadera.

Esa casualidad dichosa le devuelve muchas veces la existencia de que una mano alevosa había querido despojarle.

Veamos un ejemplo.

II.

Sobre una hermosa llanura en el camino real de Bercedo está situado el pueblo de Villaverde Peñahorada perteneciente a la provincia de Burgos.

En 1860 habitaba en dicho pueblo Anselmo de la Fuente.

Ocupado en su trabajo para ganar el sustento de su familia; el buen hombre vivia muy tranquilo y no abrigaba la menor sospecha de que tuviera entre sus convecinos enemigos mortales.

En esta confianza, hija acaso de su honradez y buena conducta, vivía tranquilo en tanto que Pedro Sagredo, Emeterio González y Eugenio González habían establecido una especie de espionaje incesante que gracias a su astucia y sagacidad no había advertido Anselmo de la Fuente.

Este, por su parte, por consiguiente ni hizo alteración en sus costumbres, ni se cuidó de tomar ninguna precaución porque desconocía el riesgo, ni abrigó el más leve temor porque ignoraba completamente el plan terrible que aquellos tres hombres fraguaban contra su vida.

Los tres espías, unidos por los vínculos de la amistad, habían estrechado más sus lazos desde que se confiaron mutuamente el criminal proyecto que meditaban.

Impacientes por llevarlo a cabo, y deseando consumar el delito a la primera ocasion, no .cesaron en sus observaciones, hasta que pudieron adquirir por medio de ellas todos los datos que les eran indispensables para asegurar el buen éxito de sus culpables proyectos.

Como resultado de estas observaciones, habían adquirido la seguridad de que Anselmo de la Fuente frecuentaba los días de fiesta cierta tienda de comestibles que abastecía de vino y aguardiente a los parroquianos que se reunían en ella a falta de un establecimiento más decente que una taberna. Reuniéronse los tres el día 1.° de Febrero para tener la última conferencia sobre el asunto y acordar los medios de llevar a cabo su plan de la manera más pronta, segura y menos expuesta.

—Mañana, decía Pedro, es día de fiesta. Anselmo no faltara al anochecer a la tienda a echar sus acostumbrados tragos, y como se retira cerca de las diez y tiene su casa en un sitio solitario, antes de que llegue a la puerta tenemos tiempo de sobra para quitarle de enmedio.

—Lo mismo, creo yo, repuso Eugenio; la ocasión la pintan calva, y de mañana no pasa sin que la cojamos por los cabellos. Yo estoy deseando despacharle y creo que a vosotros os sucederá otro tanto. Pero se me ocurre que no será bueno dejarle tendido donde caiga, y estoy pensando un medio de evitar el inconveniente de que tengan sospechas...

—Eso es muy sencillo, dijo interrumpiéndole Emeterio; a mí me parece que se le puede sacar al campo y allí ¡Pero calla! ahora me ocurre que mi primo tiene siempre el carro a la puerta de su casa, y podemos colocar el muerto entre las ruedas; de esa manera de todos sospecharan menos de nosotros.

—¿Y cómo le llevamos?

—¡Toma! ¡Toma! a la rastra exclamó Emeterio; como si acabara de resolver una cuestión muy importante.

—No es mala idea.

—¿A vosotros os gusta?

—Ya lo creo, dijeron a la par Eugenio y Pedro.

—Pues entonces es cosa convenida. No hay que hablar más. El sitio de espera ya lo sabemos; detrás de las tapias de la iglesia. Allí nos ocultaremos lo mejor que se pueda y cuando pase Anselmo salimos del escondite a darle las buenas noches.

—¡Buenas van a ser!

—Y tanto que serán buenas, como que no volverá a pasarlas mal.

Esta chanza terrible hizo reír a los tres asesinos que se miraron mutuamente con pérfida satisfacción.

Al poco rato se separaron, no sin haberse citado para la mañana del día siguiente.

III.

El día 2 de Febrero, ó sea el de la Purificación de Nuestra Señora amaneció triste y oscuro.

Una espesa capa de nieve se extendía por las llanuras de Villaverde como una inmensa sabana cuyo límite no encontraba la vista que lo confundía con el horizonte.

Los arboles doblaban sus ramas bajo el peso de la nieve, y los tejados la destilaban derretida en gotas de agua.

Como a pesar de la festividad el mal piso no brindaba al paseo, algunos vecinos se habían reunido por la tarde en la tienda a donde Anselmo acostumbraba concurrir.

Allí se bebía alegremente, se jugaba al tute y a la brisca, y se hablaba con toda la libertad que es propia entre labradores ó habitantes de un pueblo pequeño.

A las siete de la noche Emeterio pasó por aquel sitio y miró sin objeto, al parecer, al interior ele la tienda. Anselmo que jugaba con otros tres compañeros, sentados alrededor de una mesa, no se apercibió ni aun remotamente de aquel suceso.

Emeterio, que no quería inspirar sospecha, no volvió a pasar por allí. Se fue a cenar con sus compañeros, y cuando concluyeron, marcharon a situarse conforme habían convenido, junto a las tapias de la iglesia.

La lluvia había sustituido a la nieve, que derritiéndose la de los tejados, aumentaba la corriente de las canales. A las nueve de la noche Eugenio distinguió a un hombre que, como una sombra, se deslizaba junto a las paredes de las casas para librarse de la lluvia copiosa que en aquel instante caía. Este hombre era Anselmo de la Fuente.

—Ya es nuestro, dijo Eugenio a sus compañeros; miradle allí en frente, ahora va a volver la esquina de la calle.

—No la volverá, exclamó Emeterio echando a correr navaja en mano.

Pedro y Eugenio le siguieron en la misma actitud. En menos tiempo del que se necesita para contarlo, cayeron los tres asesinos a la vez sobre el infeliz Anselmo. A la primera puñalada cayó al suelo y se revolcó convulsivamente entre el lodo y la nieve tintos con su sangre.

Los barbaros agresores no se dieron por satisfechos. Repitieron los golpes hasta que cesaron los movimientos del moribundo, y cuando le vieron completamente inmóvil a sus pies, cuando juzgaron que habían extinguido el último aliento de vida en el corazón del desventurado Anselmo, se lo cargaron entre los tres, y lo depositaron debajo del carro del primo de uno de ellos, cuya casa estaba casi fuera del pueblo.

IV.

A los pocos momentos de esta ocurrencia, el cabo 2.º de la Guardia Civil, Félix Robledo, acompañado de otro Guardia, cuyo nombre sentimos no recordar, pasaban por aquel sitio.

A pesar de la oscuridad de la noche, distinguieron un bulto negro debajo del carro a cuyo lado pasaban.

Cual fue su sorpresa al encontrarse con el desgraciado Anselmo, caliente todavía, y bañado en la sangre que brotaban sus heridas!

Robledo aplicó el oído a aquel pecho destrozado, y escuchó aun un latido imperceptible.

Llamó a la casa del vecino más próximo, y después de prodigar los primeros auxilios al herido, salió inmediatamente en persecución de los delincuentes, creyendo con razón, que no podrían estar lejos. Sin embargo, Pedro, Eugenio y Emeterio no se habían detenido, y aunque la noche era cruel y la nieve caía en abundancia, corrieron mucho para libertarse de la acción de la justicia; pero fue tanta la actividad y el acierto del incansable cabo Robledo, que al amanecer del siguiente día logró capturarlos.

Entregados a la autoridad, fueron después sentenciados a presidio.

Anselmo de la Fuente pudo recobrar la vida gracias a la oportunidad con que le había recogido el cabo Robledo, sin cuyo auxilio hubiera perecido indudablemente.

Este benemérito cabo entregó los culpables a los tribunales, y fue además para la pobre víctima, una mano providencial que le libró de la muerte.

A su exactitud y al celo más extremado en el cumplimiento de sus deberes, se debió el éxito satisfactorio de tan importante como humanitario servicio que consignamos gustosos en nuestras Crónicas, como digno de figurar en ellas.

CRÓNICAS ILUSTRADAS DE LA GUARDIA CIVIL

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