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LA RIVERA.

  • Escrito por Redacción

inundaciones

Entonces el hombre enmudece de sobresalto; la débil mujer suspira y tiembla; los ancianos rezan y los niños corren espantados a guarecerse en los brazos de sus madres.

LA RIVERA.

I.

Ya nos hemos ocupado en otro lugar de nuestras Crónicas de uno de los muchos y brillantes servicios qué prestaron los individuos de la Benemérita Guardia Civil a los desgraciados pueblos de la provincia de Valencia, con motivo de la terrible y horrorosa inundación qué sufrieron en los primeros días del mes de Noviembre de 1864.

Vamos a ocuparnos ahora de otros hechos idénticos, y más adelante tendremos que volver a narrar nuevos y eminentes servicios prestados con igual motivo por los bravos individuos de esa brillante Institución.

Apenas habrá una persona en nuestro país qué no recuerde con espanto la narración de los horribles sucesos qué llenaron de desolación y de luto a los infelices pueblos de la Rivera, y qué publicaron no solo los periódicos de Valencia, sino también los de Madrid y de las demás capitales de España.

Valencia, esa provincia donde la agricultura en casi todos sus ramos se ha elevado al mayor grado de desarrollo; donde el encantado viajero no sabe qué admirar más, si la infinita variedad de sus frutos, ó la belleza qué ofrecen a su vista aquéllos campos, qué la mano del hombre ha convertido en frondosos vergeles.

Valencia, esa provincia qué fue el emporio de la agricultura de aquéllos árabes, qué después de más de ocho siglos abandonaron su fértil suelo, derramando ardientes lagrimas, al exhalar el doloroso suspiro de eterna despedida, al partir a las inclementes playas del africano suelo.

Valencia, esa provincia emporio hoy de agricultura española, hace algunos años qué viene siendo víctima desgraciada de las injurias del tiempo.

Horribles terremotos han tenido en muda consternación a algunos de sus pueblos, mientras qué llenaban de espanto, de desolación y de muerte a muchos los qué se ostentan en el deliciosísimo jardín de sus preciosas hermanas las provincias de Murcia, Alicante y Castellón.

Terribles inundaciones destruyeron a veces y en un instante las inmensas riquezas qué creara la hábil y hacendosa mano del labrador, dejando sus campos cubiertos de una capa de estéril arena; pero ninguna de esas inundaciones, fue tan terrible como la qué sufrieron los pueblos de su Rivera en los primeros días del mes de Noviembre de 1864, cuyo tristísimo recuerdo pasara con terror de estas generaciones a la memoria de las generaciones futuras.

II.

Amanece uno de esos nebulosos días del mes de Noviembre y negros y siniestros nubarrones empiezan a mecerse sobre el cenit de los pueblos de la Rivera.

Brilla el relámpago, retumba el trueno, y gruesas gotas del aluvión, empiezan a caer sobre la tierra, que sonríe de frescura en aquéllos momentos. ¡Ah! triste sonrisa de frescura qué solo pudiera compararse a la de las flores qué adornan la cabeza del cadáver de la virgen, cuyo cuerpo colocado en la fosa del panteón, cubre la tierra para siempre.

Las sombrías nubes estrechan los horizontes; el día se hace más oscuro y tenebroso; el relámpago se repite con más siniestro brillo; el trueno retumba con mas fragor y las cataratas del cielo se precipitan en torrentes sobre la tierra.

Los hombres no ven al principio en aquél fenómeno más que un suceso natural; pero viene la noche, y la tempestad crece y todos los elementos se declaran en guerra contra los míseros mortales.

Entonces el hombre enmudece de sobresalto; la débil mujer suspira y tiembla; los ancianos rezan y los niños corren espantados a guarecerse en los brazos de sus madres.

A tan terrible espectáculo del cielo, sucede otro no menos horroroso de la tierra.

Con aquél diluvio crecen los ríos, salen de madre y convierten la llanura en un inmenso lago.

Los habitantes de los pueblos y de las aldeas encerrados en sus casas oyen sobrecogidos rugir las olas de aquél nuevo mar; pero aquella medrosa expectación cesa, cuando escuchan que las aguas baten los flancos de sus moradas y llaman bramando a sus puertas amenazando arrebatarlas en su corriente después de convertirlos en escombros.

Oyese entonces y en todas partes un grito desgarrador.

Los individuos de las familias se apiñan y acogen bajo el amparo del mas animoso; poseídos del miedo más profundo le privan de toda acción.

Agarranse a él como el naufrago a la tabla, donde piensa librar su vida.

Este espectáculo tan conmovedor, tan triste y tan espantoso se repite en todas las casas.

Los vecinos y los amigos se olvidan unos de otros, y ¿qué extraño es cuando en tan supremos instantes no se acuerdan los padres de los hijos y estos de aquéllos, las esposas de los esposos y los parientes de los parientes, procurando cada cual por un instinto de conservación salvar su propia existencia?

Pero todos aquéllos esfuerzos aislados y dentro de las cuatro paredes qué resguardan por un momento la vida de aquéllos seres infelices, son tan impotentes, como los que hace el furioso león encerrado en una fuerte jaula, para despedazar entre sus garras al domador qué le hostiga desde fuera.

La tempestad acrece; la lobreguez de la noche aumenta, el huracán ruge, y las olas de aquél nuevo mar braman y se estrechan en las débiles paredes con más espantoso estrépito.

Las casas se conmueven hasta en sus cimientos, y el crujir de las maderas de las techumbres es el nuncio precursor de la ruina inmediata, qué colma de un profundo terror a las familias.

¿No habrá nadie qué acuda al socorro de aquéllos desventurados, qué sufren en aquéllos momentos el más atroz martirio, hasta el grado de la desesperación?

¿No llegaran sus plegarias hasta el trono donde se sienta el Señor de los orbes?

III.

Vamos a recorrer una línea de algunas millas; porqué en todos los pueblos comprendidos en ella es igual el drama.

Nos encontramos en este momento en la villa de Cárcel, donde la mayoría de sus habitantes esperan la muerte en medio de las más atroces angustias.

Pero no; no sucumbirán.

Afortunadamente se encontraba en el pueblo el bravo teniente de la Guardia Civil D. Nicolás Kaiser y Villa, comandante de la línea de Alberique, a donde había ido para el desempeño de asuntos del servicio, y habrá de prestarlos en esta ocasión mucho mayores y apreciables.

Al contemplar el valiente Kaiser todo lo terrible de aquél siniestro se lanza inmediatamente a la calle seguido de los Guardias qué existían en aquél puesto, y acude a los puntos de mayor peligro con exposición de su propia existencia.

Oye en una casa, pronta a desmoronarse en ruinas, el llanto desgarrador de dos criaturas de unos ocho años qué en aquélla escena de espanto habían dejado abandonadas sus padres, y penetrando en sus habitaciones llega donde aquéllos desdichados se albergaban, y tomándolos en sus brazos los lleva luchando con la fuerza del oleaje y en medio de la oscuridad, a sitio seguro de salvación.

Durante el trayecto escucha angustiosos gritos en otra casa casi en el mismo estado qué la anterior, y después de haber puesto a salvo a las dos criaturas, vuelve al lugar donde creyó haber oído los sollozos de un ser humano, y con efecto, percibe aun los quejidos. Entonces, haciendo un esfuerzo inaudito, se adelanta al lugar de donde aquéllos salían, guiado por el sonido, y con el agua hasta el pecho, penetra en la casa, coge en sus brazos a una joven de unos trece años, qué también habían dejado abandonada sus padres, y la lleva a sitio seguro.

Animado por el resultado brillante de tan difícil empresa, lejos de desmayar ante el peligro qué a cada instante se hacía más inminente, redobla sus esfuerzos y da a sus subordinados órdenes precisas qué cumplen estos, excediéndose en valor, actividad y energía.

Mientras qué el teniente Kaiser se echa a nado para salvar tres caballerías mayores qué arrastraban las aguas, las qué consigue sacar sanas y salvas a lugar seguro, el cabo 2.° Luciano Ibáñez Pallares arrebata de las garras de la muerte, exponiendo con un valor inaudito su vida, a una niña próxima a perecer entre las olas. En seguida atraviesa el rio Sellen y lleva a las familias qué se encontraban en la opuesta orilla las provisiones de qué carecían.

El Guardia 2.º Isidoro Naranjo Guerra oye los lamentos de una mujer, y no pudiendo penetrar por la puerta de la casa, se sube al tejado, abre un agujero y por él sea una desdichada mujer, qué hallándose en los últimos meses de su embarazo, no podía hacer ningún esfuerzo para salvarse.

Semejante estado no podía menos de servir de obstáculo, pero todos los vence el valiente Naranjo, el qué ya en la calle, aun cuando con el agua hasta el pecho, marcha llevando en sus brazos a la qué había salvado; pero un nuevo accidente pone en peligro sus vidas.

Con la oscuridad qué reinaba no advirtió qué se había separado del camino recto y fue a caer en el fondo de unas ruinas cubiertas de agua.

Sumérjense aquéllos dos seres en el fondo, pero los ve el Guardia segundo Bartolomé González Román, quien precipitándose también en las ruinas, consiguió sacar a su compañero y la pobre mujer, conduciéndoles a casa del alcalde qué podía considerarse como un puerto seguro de salvación, ya donde había conseguido llevar a otras muchas personas.

IV.

Entretanto qué tales escenas tenían lugar a un extremo del pueblo, en el otro los Guardias segundos Francisco Puig Valls y Juan Pérez Redondo cooperaban poderosamente con sus eficaces auxilios a la salvación de muchas personas.

Corrieron a la cárcel, y sacando a los infelices presos los colocaron en lugar seguro.

Después, ya obedeciendo las órdenes de su intrépido jefe el teniente Kaiser, ya dejándose llevar de los generosos impulsos de su corazón, penetraban en las casas amenazadas de ruina, y con exposición de su existencia procuraban librar del siniestro, los pocos bienes en qué tal vez consistía la fortuna de aquéllas desgraciadas familias.

Así qué terminaron su peligrosísima pero altamente caritativa misión, el teniente Kaiser a la cabeza de sus bravos Guardias el cabo segundo Ibáñez, y los de segunda clase Naranjo, González, Puig y Pérez corrió a Alberique.

Allí se presentaron a sus ojos las mismas escenas de desolación y de luto; y allí también con incansable valor, con una heroicidad sin ejemplo, empezaron la misma obra qué habían llevado a cabo con tanta abnegación en el pueblo de Cárcel.

Salvaron a muchas familias de una muerte segura bajo los escombros de las casas, qué destruían con su ímpetu las olas de aquél nuevo mar.

También libertaron a los presos, y después se dedicaron a extraer los bienes y las caballerías de las casas, llevándolos a la parte más alta del pueblo, a fin de ponerlos al abrigo de perecer entre las aguas.

Desde allí, lejos de descansar un instante, marcharon a Benegida, donde prestaron los mismos auxilios.

En seguida, y cuando ya no eran necesarios sus servicios, se dirigieron a Alberique; pero en este pueblo ¿no se ofreció a su vista el mismo espectáculo qué en los otros?

¿No había estado y estaba sufriendo, por ventura, los mismos terribles rigores de la tempestad y de la inundación, prestando a su vista el cuadro más doloroso y desconsolador qué pueden mirar los ojos de los mortales?

¡Oh! sí: todo esto era muy cierto.

Pero Alberique tenía para ellos una doble atracción, porqué allí moraban sus esposas y sus hijos.

¿Mas llegaron tarde en su socorro por haber pasado el tiempo en la salvación de sus conciudadanos?

No; y ya veréis por qué

V.

Mientras qué el bizarro teniente con sus bravos Guardias, consagraban sus servicios y hasta con la mayor abnegación exponían mil veces su vida para salvar las de sus conciudadanos, los dos Guardias segundos D. Manuel Bon Savater y Miguel Roca García, qué quedaron custodiando el cuartel de Alberique, hacían actos de inaudito valor, de arrojo y de heroísmo.

Su primer cuidado fue el de auxiliar a las familias de su jefe y demás compañeros ausentes, porqué eran las más amenazadas del peligro.

Llegó hasta ellos el triste quejido qué exhalaban los presos de la cárcel, expuestos a perecer de un instante a otro entre los escombros ó las aguas, y los valientes Bon y Roca corrieron a su auxilio, y sacándolos del edificio, los condujeron a las casas del ayuntamiento, colocadas en un sitio del pueblo mucho más elevado, y edificio mucho más sólido también, y qué ofrecía casi una completa seguridad.

No habían terminado su obra cuando de nuevo tuvieron que acudir a otros puntos donde la caridad cristiana imploraba su presencia.

Poseídos de un terror infantil, cinco hijos del Guardia segundo, Francisco Puig, se habían extraviado huyendo de aquélla horrible escena, y su madre desolada, los llamaba a grandes voces; pero Bon y Roca los conducen pronto a sus brazos, sanos y salvos.

Por lo mismo qué se encontraban solos, redoblaban sus esfuerzos, y con una precisión admirable acudían siempre a los sitios donde el peligro era más recio ó más inminente.

Cuando el teniente Kaiser y sus compañeros llegaron a Alberique, no pudieron menos de admirar llenos de gozo, la gran solicitud y el heroísmo de sus dos camaradas, qué en la misma escala qué ellos, merecían una parte de la gloria qué habían alcanzado con tan beneméritas acciones.

Consagraronse, pues, todos a la terminación de su obra, y las familias de Alberique quedaron, en cuanto era posible a las humanas fuerzas, a salvo del siniestro a los muy pocos instantes de la llegada de tan poderoso socorro.

Al narrar semejantes hechos, hechos mucho más gloriosos y heroicos qué los qué acontecen por regla general en un campo de batalla, sentimos dilatarse las fibras de nuestro corazón, y no tenemos palabras bastante expresivas para tributar a sus autores las alabanzas qué se merecen.

Cuanto pudiéramos decir aquí sería muy pálido en comparación de las demostraciones de agradecimiento qué tributaron los pueblos a sus salvadores.

También las autoridades elogiaron su heroica conducta.

Nosotros, condensando todos los unánimes sentimientos, diremos: ¡Merecieron bien de su patria y de la humanidad entera!

CRONICAS ILUSTRADAS DE LA GUARDIA CIVIL

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