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La heroica conducta del Cuerpo de Carabineros en la revolución de Asturias, 1934

  • Escrito por Redacción

ChileGolpe

A los periodistas españoles la re­volución de Asturias nos sor­prendió sin una buena preparación técnica para narrar revoluciones. Acostumbrados al pequeño suceso cotidiano, al relato del crimen «lla­mado vulgar», al detalle minncioso de un asesinato en el que siempre el criminal cometía una torpeza por la que era descubierto, los re­porteros salíamos airosos de nues­tra misión informativa.

Pero he aquí que el panorama nacional se tiñe de rojo. Unos miles de hom­bres salen de los pozos de carlión de la cuenca asturiana y vuelcan sobre la famosa ciudad de Oviedo su odio, hecho de literatura bolchevique y de oratoria marxista. Durante unos días los enemigos de la propiedad se hacen dueños de todo lo que encuentran a su paso, cambiando el plomo de sus balas por billetes del Banco. Arden los grandes edificios de Oviedo, algunas calles quedan convertidas en cascotes, y los muertos y heridos se cuentan por millares. El periodista no especializado en hecatombes siente flaquear su poder narrativo,  y no sólo queda  aturdido del ímpetu destructor de los re­volucionarios, sino que exige del lector que  se asombre, no de los hechos acaecidos, sino  de quien los narra.

Y frente a los par dones  derruidos y chamuscados, y los montones de cadáveres, el reportero, víctima del vértigo retórico, escribe  sus crónicas «revolucionarias», en  las que  para  informar a sus lectores concluye con el tópico de que «todo es pálido ante la realidad».

Y es que nuestro poder de descripción—fuerte y emotivo al tratarse de un crimen  corriente— queda cortado y alicaído cuando  surge el crimen colectivo.

EL ATAQUE DE LOS REVOLUCIONARIOS A LA CO­MANDANCIA.
HEROICA DEFENSA DE LOS CA­RABINEROS

En la tolvanera levantada por el montón de noticias, reportajes e informaciones publica­das acerca del movimiento revolucionario de Asturias quedó inédito para muchos ciudada­nos españoles el comportamiento de las fuerzas de Carabineros que en los días de la sedición, cuando todas las fuerzas del Estado daban pruebas gallardas de su valor y disciplina, ellos honraban su uni­forme luchando contra la rebeldía des­bocada con un tesón y un entusiasmo admirables. Este pequeño sector del Cuer­po de Carabineros, que tan bravamente ha luchado en la revolución asturiana, ha aportado al número de los que han caí­do víctimas del cumplimiento de su de­ber, unos cuantos nombres de jefes, oficiales y soldados, que han hecho cara a la muerte con una imperturbable serenidad y en­ tereza.

En la noche del 6 del pasado Octubre, el co­mandante de Carabinsros don Norberto Mu­ñoz Ortiz se marchó a la casa de huéspedes donde estaba de pupilo a descansar de las fae­nas del día, sin sospechar que la barbarie revo­lucionaria iba a hacer víctima de su furia a la ciudad de Oviedo.

A eso de las dos y media de la madrugada un fuerte tiroteo despertó al comandante Mu­ñoz. Saltó rápido de la cama y se asomó al mirador. Abajo, en la calle, había pelotones de revolucionarios que disparaban sus fusiles y gritaban enardecidos. El señor Muñoz Ortiz pretendió salir de la casa para incorporarse a la fuerza que estaba acuartelada en la Coman­dancia. Tuvo que desistir momentáneamente de su propósito ante la imposibilidad de cruzar las calles, donde los sediciosos lanzaban bom­bas de mano y hacían continuamente fuego de fusilería. Cuando pasadas unas horas – a las ocho de la mañana— vio que el fuego ha­bía disminuido, se lanzó a la calle, con grave riesgo de su vida, y llegó a la Comandancia, donde se unió a sus compañeros. Los revolucionarios no cesaban de bombar­dear la casa cuartel, donde los valientes cara­bineros los tenían a raya, haciendo un fuego eficaz que hizo en el enemigo  muchas bajas.

El grupo revolucionario que combatía a los ca­rabineros había elegido como lugar estratégico el ángulo que forman las calles de la Magdale­na y de Campomanes.

El día 7 de Octubre redoblaron los sediciosos su ataque al cuartel. Los grupos son cada vez más numerosos. Unos miles de revolucionarios se apiñan, atacan y tratan de asaltar la casa, donde un núcleo escaso de carabineros los hace retroceder con descargas cerradas. La lucha ad­quiere una inusitada violencia. El oleaje hu­mano, compacto y arrollador, llega a pocos me­tros de la puerta. Los más audaces se aproxi­man, arrastrándose para hurtar el cuerpo a la puntería de los heroicos defensores del cuartel. Estos castigan la osadía de los sediciosos dejando la calle llena de heridos y de muertos Los rebeldes han tenido doce muertos y cua­renta y nueve heridos

«SONÓ UNA DESCARGA, Y LOS DOS HOMBRES CA­YERON AL SUELO PARA NO LEVANTARSE MÁS»

La falta de municiones hace más trágica la situación de los carabineros. Tienen que espa­ciar los disparos para economizar proyectiles. El cerco es cada vez más angustioso. La mul­titud revolucionaria vencerá por el número, pero no por el valor. Jefes y soldados hacen prodigios heroicos. No hay municiones, y abajo los revolucionarios se preparan a caer sobre aquel puñado de hombres con un golpe arrollador y definitivo.

Se lanzan los rebeldes al asalto del cuartel. Caen muchos heridos, pero el bloque arrolla a los valientes carabineros. Les quitan las armas, calientes aún por los disparos, y los sacan a la calle, llevándolos en hilera hasta el comienzo de la de Campomanes. Allí unos cuantos mal­vados sacan de la fila al comandante don Mi­guel Cátala Clemente y le dicen:

—Avanza unos pasos.

Lo hace así el comandante, y entonces el que hacía de cabecilla de los revolucionarios le disparó un tiro. El señor Cátala no cayó, entonces un grupo se echó los fusiles a la cara y lo acribilló a balazos.

Los carabineros presos fueron llevados a Mieres, y al teniente coronel don Andrés Luengo Varea y al comandante don Norberto Muñoz los condujeron al pueblo de Turón, donde fueron  fusilados en la madrugada  del día 9 de Octubre.

Estos dos jefes dieron pruebas de un valor extraordinario en el momento de ser colocados frente al pelotón de revolucionarios que los iba a ejecutar. Al quitarle al señor Muñoz su correaje uno de los sediciosos y ver el coman­dante que el que lo había despojado no sabía ponérselo, le dijo amablemente: «Voy a tener el gusto de enseñarle cómo se coloca el  correaje.» Y se lo puso en el acto. Después, separados unos metros de sus asesinos, el teniente coronel y el comandante se abrazaron, gritando: «¡Viva España!» y volviéndose al pelotón ejecutor rígidos y cuadrados, con las manos en posición de saludo, les dijeron: «¡Ya pueden tirar!» Sonó una descarga, y los dos hombres caye­ron al suelo para no levantarse más. La tierra recogía, misericordiosa, los cuerpos exánimes de aquellos dos héroes.

http://www.1936-1939.com

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