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UNA VENGANZA.

  • Escrito por Redacción

cronicas-1

UNA VENGANZA.

De las malas pasiones que se apoderan con frecuencia del corazón humano, ninguna mas terrible y criminal que la de la venganza y el odio.

I.

La venganza es esencialmente inhumana, y su mayor delicia es la de ensañarse con la víctima que es blanco de su perversa y tremenda ira.

Cuando el odio hacia alguno liega a enseñorearse de nuestro corazón, nunca se amengua, antes por el contrario, cada dia recibe mayor incremento.

El tiempo y la ausencia del objeto odiado no haran mas que entibiarlo, pero extinguirlo, imposible.

El proyecto de venganza es irrevocable, y el que lo abriga, perfeccionandolo muchas veces en el fondo de su alma, no encuentra obstaculos que no venza, dificultades que no allane, ni reflexión que lo contenga.

Hoy o mañana la víctima sufre el martirio.

Este es el triste hecho que se deduce de lo qué la realidad y la experiencia nos demuestran; este es el síntesis terrible de los proyectos de un corazón rencoroso y vengativo.

Un adversario puede ser y es casi siempre noble; el hombre vengativo nunca; es lo que mas le distingue y caracteriza por sus traidoras miras.

El adversario busca a su adversario; el hombre vengativo acecha a su víctima; el primero perdona a veces, el segundo se ensaña siempre; en el uno hay generosidad y valor, en el otro solo se encuentra el cálculo frio de la cobardía.

Ningún punto de contacto les une, ninguna analogía los asimila.

La venganza es una debilidad funesta que ciega y deprava el corazón: mata en él todo sentimiento elevado, aniquila todo impulso generoso, y le sonríe por último con esperanzas sangrientas, y el espectáculo de la víctima moribunda es la realización más dulce de sus sueños.

Ésta es la venganza.

Implacable, sombría, tenebrosa como el mismo crimen, se desliza invisible hasta el lecho de la víctima para apoderarse de ella; la acecha, la espía sin descanso y estando la tiene entre sus manos, la oprime sin compasión y la atormenta sin piedad.

A veces la hace sufrir un martirio lento, doblemente insufrible y angustioso y se goza en los acerbos dolores la tortura su crueldad.

Si a los rigores que siempre son anejos a la venganza se agregan los infortunios de un cautiverio a que se ha condenado para la víctima, esta es entonces más digna de lastima y de compasión.

Nosotros conocemos una pequeña historia que debemos dar a conocer a nuestros lectores, como la comprobación de lo que acabamos de decir.

II.

En 1856 se fugo del presidio de Granada un penado que se llamaba Fernando Ruiz González (a) Charaque.

Este hombre natural de Guaro, pueblo de la provincia de Málaga, dedicado a cometer todo género de atropellos y delitos en el territorio de la provincia, cayó por fin en manos de la autoridad, gracias al celo del alcalde de Guaro D. N. Cuesta, que con sus acertadas disposiciones consiguió su captura.

Sentenciado a presidio Charaque fue a cumplir su condena, cuya duración no recordamos, pero no olvido nunca que el autor de su desgracia era el alcalde de su pueblo, que tanto empeño había tenido de reducirle a prisión.

D. N. Cuesta, tranquilo y satisfecho de su conducta, librando a la provincia de aquel facineroso, y seguro además de haber cumplido fielmente con los deberes que su autoridad le imponía, no sospecho siquiera que se había granjeado un odio mortal.

Charaque, sin embargo, juro en su corazón vengarse tarde o temprano del que había sido la causa de verse en un correccional arrastrando la vergonzosa cadena de presidiario.

Poseído de esta idea, que sin cesar acariciaba, resignóse al parecer con su triste suerte, y mientras estuvo en el presidio no comunico ni a uno solo de sus compañeros aquel proyecto.

De hora en hora, de día en día iba madurando su proyecto, que aunque lejano y dudoso, no dejaba por eso de sonreírle.

Mas para realizarle era preciso ante todo salir de aquella reclusión y adquirir la libertad aun a peligro de perder la vida.

Solo atravesando este riesgo podía intentarse tan atrevida empresa.

Dedicose pues a estudiar las costumbres de sus guardianes, y muchas noches aparentando que dormía, escuchaba atentamente si dejaban de oírse tas acompasados pasos del centinela que los vigilaba.

Después de muchas noches de insomnio llego una en que los pasos cesaron de escucharse por un rato, volviendo luego a sentirse monótonos como el ruido do la péndola de un reloj.

Esta interrupción se repitió siempre que le tocaba de guardia a cierto cabo, que era cuando únicamente acontecía ese hecho al parecer extraordinario.

Después de algunos meses de continua observación, Charaque se convenció de que el vigilante se dormía cerca ya del amanecer.

Esto era cuanto necesitaba saber.

Las demás dificultades tenia la seguridad de poderlas vencer, gracias a su fuerza, su agilidad y su arrojo.

Fugose en fin del presidio, y cuando al día siguiente se echo de menos su presencia se dio parte a las autoridades y se tomaron todas las medidas necesarias para capturarle.

III.

Estas medidas, sin embargo, no produjeron un resultado satisfactorio.

Nadie había visto a Charaque, y nadie por consiguiente pudo suministrar la menor noticia de su persona.

Nosotros a pesar de esto debemos seguirle por la serranía de Ronda y presenciar el pacto de asociación en que convino con un antiguo conocido suyo llamado Pajardo, que capitaneaba una partida de bandoleros entre los cuales gozaba Charaque de ciertas simpatías, que en esta ocasión favorecían sus planes.

Después de haberle acogido sus amigos con todas las consideraciones que se merecía su distinguido compañero, y cuando fue declarado miembro de su sociedad, Charaque creyó llegado el momento de prueba y deseoso de conocer si Fajardo tenia animo de ayudarle en su empresa le llamo un día aparte y le dijo.

—Tengo que hablar contigo de un asunto de importancia, quiero que me des tu consejo, si es que no te resuelves a prestarme tu ayuda, en cuyo caso yo solo me las compondré.

—Tú dirás, respondió Fajardo.

—Vamos al caso. Si a ti te hubiera echado la mano cierto alcalde; si te hubiera privado de la libertad y de los productos del oficio; si te hubiera entregado a un juez y por su culpa hubieses pasado día por día catorce meses de presidio, ¿qué harías, en el caso de escaparte, con el que te había cazado?

Yo, dijo Fajardo, le esperarla una noche al tiempo de entrar o salir en su casa, y le pegaría sin gastar más tiempo un balazo en el corazón.

—Vamos, veo que eres hombre razonable; pero eso no es bastante.

—¿Te parece poco lo del pistoletazo?

—No, no es mal consejo; pero no me satisface por completo.

—Eres difícil de contentar, Charaque.

—¡Bah! unos son más ambiciosos que otros y no todos se contentan con las mismas cosas.

—No te entiendo, camarada.

—Ahora me entenderás. Ya sabes que el alcalde de mi pueblo, ese maldito Cuesta, me tenía entre ojos, y que al fin y al cabo me hizo caer en el garlito. Por él he sufrido día por día catorce meses de presidio y gracias a mis mañas me he librado de pasar allí mucho más tiempo. Ahora que ya estoy libre y que cuento con tu ayuda he pensado apoderarme de ese condenado y traérmelo por acá. Aquí le haremos sufrir la pena negra, y si se atreve a desmandarse le saco una vez de la madriguera y le fusilo con todas las formalidades de la ordenanza. ¿Qué te parece, Fajardo?

—Me pareces implacable.

—Nada de eso; soy como debo ser. El hombre que no se venga del que ha trabajado por su perdición es un cobarde, y yo he jurado que me las tiene que pagar. Ahora ya conoces mi proyecto; ¿qué me aconsejas?

Que te andes con tiento, Charaque. La desaparición del alcalde meterá mucho ruido. El pueblo entero se lanzara en nuestra persecución y no quisiera que por tal asunto nos perdiéramos todos.

—Hagamos un trato, Fajardo. No quiero que me ayudes sin que tengas tu recompensa y la tenga también toda la compañía; yo tengo bastante con la persona del alcalde, porque pienso darle tormento. Pues bien una vez cogido me lo dejáis por mi cuenta y para vosotros lo que pueda dar de sí su rescate en onzas de oro. Yo renuncio a mi parte de dinero con tal que me dejéis a mí solo disponer del prisionero.

—¿Piensas hacer alguna criba con su pellejo? dijo Fajardo, a quien no disgustaba la proposición.

—Al contrario, pienso cuidárselo a mi manera.

—Pues bueno, lo consultaré con los compañeros, y si convienen en que el capital del alcalde merece que se dé el golpe, nos pondremos de acuerdo.

—Corriente, dijo Charaque. ¿Tardaras mucho en contestarme?

—Mañana a primera hora; es cosa decidida.

—Vamos, no tengo que esperar mucho.

Los dos bandidos entraron en una cueva húmeda y oscura que les servía de madriguera.

IV.

Al día siguiente Fajardo comunico a Charaque la resolución de la mayoría, que había aprobado su plan. Entonces se pensó en la manera de realizarlo y en los medios más adecuados para asegurar el éxito de la empresa.

Charaque, que ardía en deseos de venganza, lo tenía todo pensado de antemano y allano cuantas dificultades parecían oponerse.

Se convino en que con solo tres de la partida había suficiente para dar el golpe, y que la hora más apropósito era la de las diez de la noche. Charaque, Fajardo y otro camarada que se llamaba Benito se dirigieron a Guaro provistos de armas y de caretas.

A las ocho de la noche atravesaban las espesuras del cercano monte, y al poco tiempo daban vista a Guaro.

Fajardo advirtió a su compañero que no había tiempo que perder: se cubrió el rostro con la careta y Charaque le imito, ordenando a Benito que esperase al pié de la pared de la casa del alcalde, y en el caso de que oyera un silbido la escalase y penetrase dentro.

Hecha esta última advertencia, Fajardo se aproximo a la pared y tiro una escala que con un gancho en el extremo quedo colocada a la primera tentativa. Inmediata, mente principio a subir por ella y a los dos minutos se encontró a caballo sobre la pared.

Cuando Charaque vio a su compañero en el caballete subió también, colocaron ambos la escala en la parte interior y descendieron rápidamente al corral de la casa. Aproxímense a una de las ventanas que se hallaba a poca altura del suelo y Charaque abrió suavemente la vidriera; mas como no viese a nadie dentro penetro en la habitación y se escondió con Fajardo detrás de la puerta de una alcoba situada frente por frente de la misma ventana.

Al cabo de media hora de espera, distinguieron el fulgor de una luz que parecía acercarse hacia aquella pieza.

Llegaba el instante crítico.

Apenas D. N. Cuesta había dejado el velón sobre el velador y cuando se volvía de espaldas a la alcoba para cerrar las vidrieras y acostarse, los dos bandidos se precipitaron sobre él sin darle tiempo para hacer el más pequeño movimiento.

Le ataron fuertemente un pañuelo a la boca que sujetaron en la nuca, y le amenazaron pistola en mano, con la muerte si hacia la menor tentativa para huir o pedir auxilio.

El desventurado alcalde sorprendido de aquel súbito recibimiento, se dejo caer desalentado en el suelo.

Hiciéronle saltar por la ventana, para evitar que la gente de la casa se apercibiese del suceso, y abriendo una puerta escusada que debía serles conocida de antemano, sacaron al campo al desgraciado Cuesta, y con malos tratamientos le obligaron a caminar delante de ellos.

A la media hora de marcha, el pueblo de Guaro se perdió a su vista en la oscuridad de la noche, cuyas tinieblas envolvieron a los cuatro caminantes en medio de las espesuras del monte.

V.

Los dos bandidos para conjurar el peligro convinieron, que en el momento de la captura, no debían pensar en apoderarse del dinero que tuviera el alcalde, y que esto lo harían por medio de una carta que le obligarían a escribir pidiendo a su familia un crecido rescate, por la vida del prisionero.

Charaque se encargo de arrancarle este documento, que era lo que más interesaba a sus compañeros.

Abrió una especie de calabozo en que yacía el infeliz Cuesta y le mando salir.

Charaque se había puesto la careta un momento antes de la entrevista que tenía lugar al día siguiente de aprisionarle.

Se acerco a él y con todo el rencor y el odio que sentía hacia él su corazón, dándole un golpe en el hombro le dijo con voz ronca y terrible:

—Ahora me toca a mí.

—Yo no he hecho daño a nadie, respondió el alcalde. No tengo enemigos, he cumplido siempre con mi deber.

—Bueno, bueno, exclamo Charaque interrumpiéndole; ¿Con que no tienes enemigos?

—No los conozco al menos.

—¿Y no has sospechado nunca que habías de pagar lo que has hecho contra alguno?

—Nunca: porque no me parece haber hecho mal a nadie.

— ¿No? Recuerda, recuerda, dijo Charaque con voz más sombría y severa.

—Nada recuerdo, de que tenga que arrepentirme contesto con entereza Cuesta.

—¡Mientes! exclamo Charaque con voz terrible, mientes. ¿No recuerdas la captura de un hombre?...

—No me acuerdo, dijo Cuesta algo pensativo.

—Mírame, dijo Charaque quitándose la careta. Tú enviaste en contra mia la Guardia Civil; tú me entregaste a un juez, que sentenciándome a presidio, me ha hecho pasar mucho tiempo arrastrando una cadena, y mientras yo sufría ese tormento, tú quizás te regocijabas de él.

—Yo nunca me alegro del mal del prójimo.

—Pero pudiste evitarlo.

—No debía, respondió Cuesta. Esta contestación exasperó al bandido que echó mano al cinto buscando su pistola; pero desistiendo de pronto, y acordándose de que sus compañeros esperaban el resultado de la entrevista, se sereno un poco y le dijo:

—Yo no quiero nada de lo tuyo: tengo bastante con tu persona; no deseo más que devolverte con usura el martirio que me has hecho pasar; pero mis compañeros necesitan otra cosa, y quieren que escribas una carta a tu familia pidiéndola cuatro mil duros. Si la respuesta no viene acompañada del metálico que se pide, te fusilaremos a las veinticuatro horas.

—Es inútil, porque no cuento con esa suma.

—Tu familia los buscara si te quiere bien.

—Prefiero la muerte, dijo el infeliz con desesperación.

—No; es preciso que antes escribas.

—Pues bueno, escribiré.

—Aquí tienes papel y lápiz, dijo Charaque presentándole las dos cosas. Escribe.

Cuesta se sentó en el suelo y se dispuso a escribir sobre las rodillas.

Charaque le dicto la carta como creyó más conveniente.

Escrita esta, se la guardo en el bolsillo, y condujo otra vez a su prisionero al lóbrego calabozo; pero en el momento de cerrarle, el prisionero pidió agua.

—¿Tienes sed?

—Quiero beber, dadme agua, tengo sed.

—No hay agua, no es posible complacerte; y sin esperar más contestación, Charaque cerro brutalmente la trampa que servía como de puerta al calabozo; y fue a dar a Fajardo la carta que representaba cuatro mil duros.

Se dispuso que fuese el camarada Benito a recogerlos, y por consiguiente, este digno individuo de la asociación, en que Fajardo tenía toda su confianza, partió aquel mismo día en dirección a Guaro, muy lejos de sospechar que no había de volver.

VI.

Pasaron días y días sin que Benito volviese de su comisión, y todos sus compañeros principiaron a alarmarse seriamente.

Entretanto el infeliz prisionero era objeto por parte de Charaque, del tratamiento mas bárbaro y sal vago. Cuando pedía agua, le tenían ahogándose de sed todo un día, sin darle siquiera una gota. El desventurado Cuesta clamaba al cielo contra aquella feroz inhumanidad; pero de nada le servía, y a los ayes profundos que exhalaba, sucedía el abatimiento más doloroso.

Lo mismo que hacia Charaque con el agua, hacia con el alimento. Tenía al preso muchas horas sin darle un pedazo de pan, y cuando pedía con ansiedad alimento, se le contestaba a puntapiés y a golpes, que le dejaban en el estado más triste. El infeliz pidió a gritos que le matasen antes que seguir haciéndole sufrir aquel martirio. Charaque lejos de compadecerse, llevo su barbarie hasta el punto de constituirse algunas noches en centinela de su víctima para impedir que se durmiese.

El golpe seguía a la amenaza en cuanto cerraba los ojos, y nada enternecía el corazón de fiera de aquel hombre abominable, que contemplaba lleno de gozo los horribles sufrimientos porque hacía pasar al pobre Cuesta.

Pasaron veinte días sin que Benito pareciese; ya no cabía duda que estaba preso, y por consiguiente Fajardo temía de un momento a otro verse sorprendido.

No carecía de fundamento la sospecha. En el instante que se supo en Guaro la misteriosa desaparición de Cuesta, las autoridades dictaron todo género de providencias para apoderarse de los raptores, cayendo en su poder a los pocos días el emisario de Cbaraque.

D. Guillermo Falgueras y León, jefe de la línea de Coin, en cuanto tuvo conocimiento del suceso, principio a trabajar sin descanso durante tres meses para el descubrimiento de los culpables.

Fajardo, sospechando lo que pasaba, determino abandonar la cueva, viéndose precisado a vagar por los montes de Ardite; de cuyas fatigas participaba también el desgraciado Cuesta, que seguía a los bandoleros como uno de la partida.

El infatigable oficial D. Guillermo Falgueras emprendió con sus Guardias una persecución activa é incesante, y ordeno una batida por los montes de Ardite y sus inmediatos.

Pero Fajardo no era hombre que se dejase sorprender con facilidad.

Las sinuosidades del terreno, la espesura del monte, eran otros tantos elementos de refugio para los delincuentes.

D. Guillermo Falgueras pudo por fin, descubrir sus huellas, y se encontró frente a frente con los bandidos que caminaban a la desbandada, prontos a diseminarse.

Se les intimo la rendición, y se trabo entonces un encarnizado combate que dio por resultado la muerte del bandido Charaque y la destrucción de la temible partida.

En este hecho notable se distinguieron como de costumbre todos los Guardias, mereciendo especial mención los llamados Mauricio Escudero González y Antonio García Pérez.

Quince días antes de ocurrir esto, y viéndose estrechamente acosados, los bandidos abandonaron a su prisionero, después de maltratarle bárbaramente, y de hacerle varias heridas, y una en el brazo de gravedad.

El infeliz Cuesta falleció a los ocho días, víctima de los atroces martirios por que Charaque le había hecho pasar.

García Pérez fue ascendido a Guardia de primera clase en premio del arrojo y serenidad que demostró en el encuentro con los bandidos.

Los demás recibieron las gracias de las autoridades, y muy especialmente el Sr. Falgueras por la incansable actividad que había desplegado en la persecución y escarmiento de los culpables.

CRÓNICAS ILUSTRADAS DE LA GUARDIA CIVIL

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