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EL CABECILLA CARRIÓN.

  • Escrito por Redacción

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"En el instante que las autoridades civil y militar de Palencia tuvieron noticia del levantamiento del coronel D. Epifanio Carrión, que proclamaba a Carlos VI, se comunicaron órdenes a los comandantes de todos los puestos de la Guardia Civil, para que reuniesen los Guardias y se trasladasen a la capital".

EL CABECILLA CARRIÓN.

I.

Las guerras civiles son el azote más cruel que puede enviar la Providencia a los pueblos en castigo de sus extravíos.

Mientras que dura la lucha, la pasión, el encono y la venganza imperan como las únicas leyes en la guerra mortífera y feroz que se hacen los bandos enemigos.

Las grandes y pequeñas ciudades, las villas y las aldeas, los cultivados campos y los ricos montes, se ven convertidos muchas veces en tristes ruinas, en paramos desiertos y en montones de carbón y de cenizas.

La agricultura y la industria, las artes y el comercio se paralizan y desfallecen ante la esfinge sangrienta y feroz de la desoladora guerra.

Los habitantes de las ciudades toman las armas para defender sus recintos, y los de las villas ó aldeas de escaso vecindario, abandonan sus hogares para buscar un asilo de salvación.

Nada hay seguro, mientras que dura encendida la tea de la discordia civil.

La vida, la honra y la hacienda de los ciudadanos, están al arbitrio del vandalismo de los latro-facciosos que se cubren con la bandera de partido, para ejercer toda clase de crímenes impunemente.

No pretendemos trazar aquí un cuadro acabado de todos los males que traen a las naciones las guerras civiles; basta tan solo a nuestro propósito, indicar algunos de los efectos que produce; efectos que nadie más que la civilización puede borrar, después de muchos años de instrucción, de mejora y de progreso.

Solo se reduce nuestro propósito a indicar que semejantes males no se extinguen en las creencias de los pueblos, sino después que una y otra nueva generación ha venido a sustituir en el mundo a las generaciones que tomaron parte ó presenciaron la lucha.

Mientras que estas alienten, ni pueden cesar los odios, ni los rencores.

Mientras que estas alienten, podrán los vencedores engreídos con el tiempo olvidarse de los agravios, de la sangre vertida en pro de una idea, de un sistema de gobierno ó de una dinastía; podrán ser tolerantes y hacer la ventura de la nación; pero los vencidos no se olvidan nunca de su desgracia.

Los vencidos, si gozan del beneficio de respirar el aire de la patria y de vivir entre sus conciudadanos y amigos, se nutren, por decirlo así, en el oscuro rincón de su morada con la idea de su causa, y se empeñan con mas fervor y entusiasmo en defensa de ella, por lo mismo que se ve humillada de sus contrarios.

Los vencidos, si comen el amargo pan de la emigración, el mismo amor a la patria, cuya ausencia lloran, les infunde mayor perseverancia en sus ideas, y más decidido y enérgico empeño en apelar a las armas, para lograr el triunfo de su causa.

Las contiendas civiles, son como una furiosa y deshecha tempestad, que después de haber descargado con horrible pavor y estrépito el agua y piedra, los relámpagos y truenos que guardaba en su preñado vientre, vagan las sombrías y tenebrosas nubes por la atmósfera, ocultando el limpio azul del cielo la vista de los aterrados mortales, y truenan y relampaguean de tarde en tarde, por espacio de algunas horas, hasta que al fin desaparecen allá por los lejanos horizontes.

Pues dé la misma manera son las luchas civiles. Después de vencidos en grandes batallas los ejércitos de un partido; después de exterminadas las pequeñas facciones, que se retiraron y defendieron hasta la desesperación en las ocultas guaridas de inaccesibles montañas, siempre quedan partidarios de aquella causa perdida; siempre quedan partidarios valerosos, que arrebatados por un ciego entusiasmo, se lanzan con las armas en la mano al campo del combate, sin consideración a su impotencia, para durar lo que dura el fugaz relámpago, y lo que es más triste, para venir a acrecentar con su heroico é inútil sacrificio, la sangrienta hecatombe que la guerra cruel elevara como un monumento a las generaciones venideras, para su escarmiento y enseñanza.

¿Queréis ejemplos de esta verdad?

Bien pudiéramos citaros los innumerables que nos ofrece la historia de todas las naciones, pero no son aquí necesarios; vamos a narrar uno que puede alegarse como un hecho que prueba nuestras aseveraciones.

II.

No habrá nadie que no recuerde ó sepa cómo terminó nuestra guerra civil de los siete años en los campos de Vergara.

Nadie ignora tampoco la que en años no muy lejanos intentó la causa carlista en Cataluña, quedando al fin vencidos sus partidarios, después de sangrientos combates y represalias.

Nadie ignora en fin, el acontecimiento que en 1860 vino a turbar por un momento la tranquilidad de nuestro país.

Los sucesos de San Carlos de la Rápita.

Este acontecimiento fue para las ideas carlistas como el último y débil relámpago de la tempestad.

Pues el hecho que vamos a historiaros, tiene su enlace directo con aquellos sucesos.

III.

Vivía en uno de los pueblos de la provincia de Patencia D. Epifanio Carrión, coronel que fue de las huestes carlistas.

De acuerdo sin duda con los hombres de su partido, conspiró también para provocar un alzamiento en España, y colocar en el trono de San Fernando a Carlos VI.

En el instante que el general D. Jaime Ortega desembarcó con algunas fuerzas del ejército en San Carlos de la Rápita y se supo aquel suceso, inmediatamente el coronel Carrión se lanzó al campo, y con una pequeña partida intentó sublevar todos los pueblos de la provincia de Palencia.

Pero los pueblos permanecieron tranquilos, y ninguno respondió al grito de Carlos VI, que el desdichado Carrión daba, titulándose, para dar mayor prestigio a su proclama sin duda, capitán general de Castilla la Vieja.

Esta actitud de los ciudadanos fue desde luego, como no podía menos de suceder, muy funesta para el ciego coronel Carrión.

El país rechazaba los principios de una causa que quedó muerta, para no volver a resucitar más, en los campos de Vergara.

Los resultados vinieron a comprobar muy luego esta creencia, que más bien pudiéramos llamar verdad indestructible.

El general Ortega que había sacado tropas de la isla de Mallorca, y que le siguieron obedeciendo sus órdenes; en el instante que pisaron el suelo de la Península y supieron la intención del general, le abandonaron inmediatamente, y éste cayó prisionero en manos del Gobierno.

Ortega pagó su intento con su cabeza.

Carrión tenía que sufrir igual castigo; sin embargo, dejémosle por un momento vagar por los confines de la provincia de Palencia, y veamos de que manera trataron las autoridades de proceder a su captura.

IV.

En el instante que las autoridades civil y militar de Palencia tuvieron noticia del levantamiento del coronel D. Epifanio Carrión, que proclamaba a Carlos VI, se comunicaron órdenes a los comandantes de todos los puestos de la Guardia Civil, para que reuniesen los Guardias y se trasladasen a la capital.

Entre aquellos se hallaba mandando la línea de Paredes de Nava el teniente D. Juan Rodríguez Rodríguez.

El día de Jueves Santo del año de 1860, recibió este la orden y el Viernes Santo se encontraba ya en Palencia con la mitad de la fuerza de su mando, llegando la otra mitad al día siguiente.

Cuando el teniente Rodríguez supo que el coronel Carrión vagaba con una partida por los pueblos de la provincia, manifestó al comandante Sr. Cánovas deseos de salir en persecución del cabecilla; pero este le contestó que el gobernador civil se oponía a ello, porque hacía falta la fuerza* en la población y había salido ya en persecución de aquel, un capitán con veinticinco Guardias.

Aunque se sabía perfectamente que en el estado que se encontraba el país, y el buen sentido que dominaba a sus habitantes, no hallaría eco la intentona del coronel Carrión, sin embargo, reinaba cierta alarma en los ánimos que era preciso calmar a todo trance.

Recibióse aquella noche un parte del oficial que mandaba la fuerza que perseguía al cabecilla, el que no debió ser satisfactorio cuando a la mañana siguiente empezaron a circular voces que ponían en duda la fidelidad de aquellos Guardias.

En el instante que llegó este rumor a oídos del teniente Rodríguez, se presentó de nuevo al señor Cánovas y le manifestó que era preciso que a todo trance se le permitiera salir en persecución de los rebeldes, para dejar vindicado el nombre de la Guardia Civil.

El comandante se avistó en seguida con el Sr. Gobernador, y pocos momentos después el teniente recibía la orden de presentarse a aquella autoridad. No se detuvo ni un solo minuto y corrió al Gobierno de provincia, donde halló reunidos a los Gobernadores civil y militar, quienes le preguntaron, si deseaba salir en persecución del Coronel Carrión, y si conocía el terreno por la parte de Herrera del Rio Pisuerga. A todo contestó aquel afirmativamente, y entonces vista su decisión por las dos autoridades, una de ellas le dijo:

—Daremos a usted una orden para el comandante de caballería del cuerpo, que con unos cuarenta y cinco caballos se halla estacionado en Torquemada, para que este siga el plan de persecución que usted le indique como conocedor del terreno.

—Está muy bien; respondió lleno de entusiasmo el teniente Rodríguez, y dio las gracias a las autoridades por la confianza que le dispensaban.

A los pocos minutos recibió la orden, y marchó a su casa a preparar su viaje.

Después de tomar algún alimento, salió al fin de Palencia a las dos de la tarde del mismo Sábado Santo en dirección de Torquemada.

El teniente Rodríguez caminaba lleno de satisfacción, y durante el tiempo de su viaje fue pensando en el plan de campaña para que el cabecilla Carrión no pudiese escapar de sus manos.

Había solicitado aquel puesto de honor, y era preciso corresponder a la confianza que en él depositaran Las autoridades de la provincia.

V.

Apenas llegó nuestro oficial a Torquemada entregó las órdenes de que era portador al comandante de caballería, quien inmediatamente mandó montar a caballo para emprender la marcha.

—¿Por dónde cree usted que nos dirijamos? preguntó el comandante al teniente Rodríguez.

—En mi concepto debemos seguir por la orilla izquierda del rio Pisuerga, que viene desde Herrera, contestó este.

—Pues adelante.

—Adelante, repitió el teniente Rodríguez, y si usted me lo permite marcharé a vanguardia.

El comandante accedió a esta pretensión, y el teniente con algunos Guardias se puso en camino siguiéndole el comandante con el resto de la fuerza.

Anduvieron toda aquella tarde sin encontrar nada y sin que pudieran adquirir ninguna clase de indicios acerca del paradero de la facción.

Ya era casi de noche cuando entraron en el pueblo de Villalaco, donde pernoctaron.

Rodríguez trató de aprovechar el tiempo é hizo discretas investigaciones acerca del paradero del cabecilla Carrión, pero no le dieron ningún resultado.

Apenas empezó a despuntar la aurora del domingo, se oyó el toque de botasillas, y a las seis salía la fuerza de Villalaco, guardando el mismo orden que en el día anterior, siguiendo la misma orilla izquierda del rio Pisuerga.

Era muy cerca de la una del día, cuando pasaban por el pueblo de Lantadilla, y sin detenerse a dar pienso, continuaron la marcha.

A muy poco divisaron el pueblo de Osornillo.

Se encontraban ya como a unos tres cuartos de legua de aquel, cuando el teniente Rodríguez observó que unas mujeres habían corrido hacia el pueblo, ignorando si seria en señal de aviso, al divisar la fuerza de la Guardia Civil.

Puso en conocimiento del comandante esta observación, y este le contestó, que nada tenía de particular, pues siendo día de pascua se estarían divirtiendo.

No pensó de la misma manera Rodríguez, que siguió con más cuidado sus observaciones, marchando a paso un poco más largo y sin perder un instante de vista las entradas y salidas del lugar.

A la distancia de una media legua corta volvió a notar cierto movimiento, y al poco rato vio unos cuantos hombres montados salir al galope por detrás de unas casas y dirigirse hacia las orillas del rio.

Sin poder contenerse ya, mete espuelas a su caballo, y volviéndose a sus compañeros les grita, señalando a los que abandonaban precipitadamente el lugar: «ellos son,» miradles, «a ellos.»

El teniente Rodríguez parte al galope y le sigue el alférez D. José Espósito y Molina y otros ocho ó nueve Guardias.

Aun cuando el comandante lo había oído y observado todo, juzgó que aquellos indicios no eran bastantes para convencerse de que tales hombres pertenecían a la facción que evacuaba el pueblo a la presencia de los Guardias.

Dejemos por unos instantes marchar al galope al bizarro y arrojado teniente acompañado del decidido alférez y de un puñado de valientes Guardias, y al comandante sin acelerar el paso con el grueso de la fuerza, unos y otros en dirección del pueblo.

VI.

Desde el mismo instante que el coronel D. Epifanio Carrión tuvo noticia del desembarco del general Ortega en San Carlos de la Rápita, se lanzó al campo seguido de unos cuantos de sus parciales, y proclamó rey de España a Carlos VI.

Conocido por sus opiniones ultramontanas en el país, así como por su valor y arrojo, no hubo nadie que ni quisiera abrazar su causa ni que le combatiese.

Aquellos pueblos de corto vecindario recordaban los horrores de la guerra civil y se creían además impotentes para resistir a un hombre decidido que mandaba una partida de facciosos, acaso de los mismos que en otra época combatieron bajo sus órdenes.

He aquí la razón porque los habitantes de las aldeas y villas por donde pasaba el cabecilla, ni resistieron su entrada en ellas, ni dieron señales de oposición.

Bien comprendía el jefe carlista que aquella indiferencia era para él de mal agüero; pero como la esperanza jamás muere en el hombre hasta que este no deja de existir, confió en el triunfo de la expedición del general Ortega.

Pero le engañaban sus deseos; el general Ortega había caído prisionero en poder de las tropas del gobierno.

Esta noticia no había llegado aún a conocimiento del cabecilla, de modo que lejos de internarse en las provincias para buscar en las montañas una guarida más segura, siguió recorriendo los pueblos de los confines de la provincia de Palencia para reclutar gente que engrosasen su partida.

Todo fue en vano. Llegó en la mañana del domingo de pascua al pueblo de Osornillo y pensó descansar en él todo el día; pero cuando más descuidado estaba unas mujeres le dieron parte de que fuerzas de caballería se aproximaban al lugar.

Estas fueron las mujeres que vio correr el teniente Rodríguez.

Corrió el cabecilla a un punto elevado, y convencido de que venían fuerzas en su persecución, mandó a los suyos montar a caballo inmediatamente, y marchar en dirección de la provincia de Burgos, vadeando el rio Pisuerga, que sirve en aquel punto de línea divisoria entre las dos provincias.

Cumpliéronse exactamente sus órdenes y toda la partida emprendieron la fuga en buen orden.

Estos fueron los jinetes que vio el teniente Rodríguez y en persecución de los que se lanzó al galope seguido de una escasa fuerza.

Carrión y sus parciales marcharon a paso regular, creyendo que no podrían darles alcance; y ya, a orillas del rio, empezaron a vadearle con bastante calma.

VII.

No perdió inútilmente el tiempo el teniente Rodríguez.

Demasiado impaciente por encontrar la facción siguió espoleando su caballo, y en muy pocos minutos llegaron a las tapias de Osornillo.

Desde allí divisó al cabecilla que vadeaba en aquel momento el rio Pisuerga y volviéndose nuevamente a los suyos, les dijo:

—Ahí tenéis la facción, ved si he acertado.

—Es cierto, contestó el alférez, que casi marchaba al par de él.

—¿Hay alguno que no pueda seguir a la carrera?

—No, señor, contestaron los Guardias; tenemos confianza en nuestros caballos.

—Pues seguidme; dijo el teniente, y picando espuela partieron a escape.

Llegaron a la orilla del rio, logrando vadearlo no sin alguna exposición porque el agua casi cubría los caballos.

Una vez a la orilla opuesta, continuaron en persecución de la partida, consiguiendo darla alcance muy cerca de Villasandino, pueblo perteneciente a la provincia de Burgos, y distante cuatro leguas de Osornillo.

Vióse desconcertado el coronel Carrión con semejante sorpresa, así es que no pudo ganar el pueblo para oponer una resistencia mayor, y presentó el ataque.

Aun cuando el decidido teniente Rodríguez comprendía perfectamente la desventaja del número, y además la de su fuerza, que venía bastante fatigada, no se intimidó; antes por el contrario, dio la voz de ataque y en pocos momentos quedó muerto en el campo un hijo del cabecilla y este prisionero, cogiendo además tres caballos y varias armas de diferentes clases.

La gente que componía la partida huyó a la desbandada, y el teniente tuvo que contentarse con aquella sola victoria y renunciar a la persecución de los facciosos.

VIII.

Disuelta la partida, muerto un hijo del coronel Carrión, y prisionero este, el teniente Rodríguez determinó pernoctar en el inmediato pueblo de Villasandino.

Le constaba de una manera fidedigna, que la mayoría de los habitantes de esta villa eran demasiado fanáticos; así es que tuvo que adoptar las mayores precauciones para la seguridad del prisionero.

Ignorando si el comandante habría ó no seguido sus huellas, su primer cuidado también fue el de enviar en su busca a algunos de los paisanos que le ofrecían mas confianza, pero en distintas direcciones.

Con impaciencia esperaba el teniente Rodríguez noticias de aquella fuerza, porque sus ocho ó nueve Guardias, rendidos como estaban de fatiga, tenían que prestar un doble y penoso servicio, siendo además muy escaso su número para resistir un ataque, y mayormente en un pueblo en que el fanatismo dominaba a la mayor parte de sus habitantes.

Al cabo de tres horas de estar en esta especie de inquietad, sintió las pisadas de los caballos, y saliendo inmediatamente del sitio donde se encontraba, vio al comandante que venía seguido de toda la fuerza.

Refirió enseguida a este todo cuanto había ocurrido en muy breves palabras, y aplazó darle una noticia detallada de todos los acontecimientos del día.

IX.

Satisfecho de haber cumplido con su misión correspondiendo a las esperanzas de las autoridades de la provincia, el teniente Rodríguez, no se cuidó ni de sí mismo ni de la gloria de la jornada que le pertenecía toda entera.

Pasó a la casa donde se alojara el comandante y le hizo una relación exacta y detallada de todo lo ocurrido, pues aun cuando él era quien debía dar el parte de la destrucción de la facción y de la captura del cabecilla, sin embargo, no quiso desairar al comandante, y dejó a este en libertad para que lo diera.

En el instante que circuló esta noticia todos los pueblos volvieron n a recobrar su tranquilidad habitual, y no hubo nadie que no tributara gracias en el fondo de su alma al teniente Rodríguez.

El comandante ofició inmediatamente al gobernador de Falencia poniendo en su conocimiento aquel hecho de armas; pero ignoramos como y en qué forma lo hizo.

Solo sabemos que pocos días después de este suceso salió una real orden agraciando al comandante con el grado de teniente coronel, declarando por este hecho de armas en turno de elección para el ascenso inmediato al alférez Molina y condecorando a algunos individuos de tropa con cruces de M. I. L. pensionadas con 30 y 10 rs.

Del teniente Rodríguez, verdadero héroe de la jornada, ni siquiera se hizo mención en dicha real orden, porque indudablemente el gobierno no habría tenido conocimiento de su nombre.

El bizarro oficial recibió con calma y sangre fría aquel revés de la fortuna, que tan poco propicia, gracias a su delicadeza, se le había presentado en aquella ocasión.

Muchos ciertamente habrán sido los disgustos que habrá sufrido por un acto de injusticia involuntaria por parte del gobierno; pero en cambio le queda la satisfacción de que en la provincia de Palencia, no hay un solo individuo, que no sepa que el apresador del cabecilla Carrión, el héroe de la jornada del domingo de pascua lo fue el entonces teniente de la Guardia Civil D. Juan Rodríguez y Rodríguez.

Habrá perdido una gracia por razones que ignoramos, pero la historia le concede por lo mismo una doble corona.

El teniente Rodríguez debe contentarse con este precioso premio, que no está al arbitrio de nadie el concederlo, y que solo le alcanza quien es digno de él.

CRONICAS ILUSTRADAS DE LA GUARDIA CIVIL

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