Menu
  • 01
  • 02
  • 03
  • 04
  • 05
  • 06
  • 07
logo-circulo-ahumada
Sábados culturales en Benemérita al Día

Sábados culturales en Benemérita a…

SUMARIO SÁBADO 03 de...

MANIFESTACION DE ODIO EN ALSASUA

MANIFESTACION DE ODIO EN ALSASUA

Miles de personas ...

Los majaderos de Alsasua

Los majaderos de Alsasua

Tras el acto terro...

POR SUS HECHOS LOS CONOCEREIS

POR SUS HECHOS LOS CONOCEREIS

A cada uno por los...

DOMINGOS BENEMÉRITOS

DOMINGOS BENEMÉRITOS

SUMARIO: DOMINGO 13 ...

Prev Next

hospimedicalpatrocinador

UN ACTO DE ARROJO (Diciembre del año de 1852)

  • Escrito por Redacción

cronicas-4

La generosidad después de la victoria es una de las virtudes que más distinguen a los corazones elevados.

UN ACTO DE ARROJO.

I.

De nuevo tenemos que hacer mención de un individuo de la Guardia Civil, que ya ocupa en estas Crónicas una página distinguida.

Este individuo se llama Joaquín Carril.

En el penoso servicio que prestan continuamente los individuos de esta benemérita Institución, parece que hay hombres predestinados por la casualidad a contraer nuevos méritos, que son otros tantos títulos de honor no solo para quien los alcanza, sino para los jefes que mandan tales soldados.

En esta como en todas las instituciones, hay personas que sobresalen, sin que por esto deje de ser la totalidad digna de toda consideración y de aprecio.

Vamos pues a añadir a este libro una nueva prueba de los excelentes servicios del cabo Joaquín Carril.

II.

A principios de Diciembre del año de 1852, una cuadrilla de hombres capitaneados por un tal Pedro Bolón, natural de San Pedro de Rebordelos, asaltó la casa de D. Pedro Seijas, cura párroco de San Cristóbal de Lema.

Robaron a este cuanto tenia, y después huyeron sin que pudiesen ser habidos los malhechores por espacio de muchos días.

El cabo Joaquín Carril en cuanto tuvo conocimiento de este atentado, reconoció la casa de Pedro Bollón a quien la opinión general acusaba de ser el autor del robo, más no pudo encontrarle ni sorprenderle en ella.

Resuelto sin embargo a apoderarse de quien había causado una verdadera alarma en aquel corto y tranquilo vecindario, no descansó en sus averiguaciones ni en sus pesquisas.

A los tres días un peón caminero a quien Carril había hablado para que le suministrase cuantas noticias pudiera, se presentó en el puesto de la Guardia y aseguró a Carril que Bolón estaba oculto en el monte inmediato.

—¿Cómo has adquirido esas noticias? preguntó Carril.

—Yo mismo que le vi entrar en el monte, y esconderse en la espesura.

—¿Pero estas seguro que era él?

—¡Yo lo creo! exclamó el caminero, como que apostaría la mano derecha a que no me equivoco.

—Pues entonces, dijo Carril disponiéndose a marchar, no hay que perder un momento.

El Guardia Manuel Pallas que oyó la conversación de su compañero desde el cuartito inmediato, salió en seguida para acompañar a Carril.

A los diez minutos estaban en marcha con el peón caminero que los guió hasta la entrada del monte.

Allí se despidió de ellos deseándolos un feliz resultado, y encargándoles mucha prudencia, pues era fácil que toda la partida de Bolón estuviese oculta en el monte.

El peón sin embargo aseguró de nuevo a los Guardias que él no había visto más que al jefe de la cuadrilla.

III.

Comprometido era sin duda internarse en un monte, en que nueve hombres armados y preparados, esperaban el momento de defenderse en caso de verse sorprendidos.

Sin embargo, Carril y Pallas no titubearon un momento.

Penetraron por los matorrales y principiaron una especie de ojeo tanto más peligroso cuanto lo accidentado del terreno se prestaba a sorpresas difíciles de evitar, aun con las mayores precauciones.

Carril, árbol por árbol, maleza por maleza iba practicando el registro más minucioso.

Pallas le seguía, y miraba de nuevo lo que su compañero iba examinando.

Tres horas hacia que duraba aquella inspección, y ningún indicio confirmaba la presencia de los criminales.

Carril empezó a sospechar si el peón caminero se habría equivocado, ó habría confundido a Bolón con otro cualquiera.

Pero en el momento en que esta duda cruzaba por su imaginación, y como si la realidad quisiese desvanecerla, un hombre saltando zanjas y arbustos con la agilidad de una cabra montés salió de entre un espeso matorral y echó a correr.

Carril no tuvo tiempo más que para seguirle al mismo paso, en la persuasión de que era indudablemente el bandido a quien perseguían.

En efecto era Bolón, que habiendo distinguido a los Guardias, abandonaba su madriguera.

Este hombre de una gran historia de criminal, estaba dotado de un valor y arrojo a toda prueba.

En su juventud viéndose perseguido por uno de sus muchos atropellos, desarmó a un soldado y con su fusil, puso en dispersión y en abierta fuga a un piquete que le seguía muy de cerca.

Obligado a huir en aquel momento, corrió sin descansar más de media legua, delante de Carril que jadeante y fatigoso procuraba igualarle en velocidad y ligereza.

Cuanto más se acercaba el Guardia, más parecía correr el criminal, que escondiéndose por un instante entre las zanjas, tomaba aliento, y volvía a aparecer más ágil que nunca.

Carril sintió desfallecer su pecho, flaquear sus piernas de fatiga y de cansancio, después de tan larga carrera; pero sin embargo, comprendiendo que la situación era apremiante hizo un esfuerzo supremo y se precipitó al fondo de un barranco en donde Bolón había desaparecido a sus ojos.

Cuando saltó al fondo, Bolón a ocho pasos procuraba subir medio a gatas el lado opuesto por donde bajara Carril, pero también estaban agotadas sus fuerzas y comprendiendo que le faltaba para llegar a la salida del barranco se volvió bruscamente y se tiró sobre el Guardia.

IV.

Se trabó una lucha cuerpo a cuerpo.

Bolón apretaba entre sus brazos de hierro a Carril que procuraba en vano desasirse de ellos. Por dos veces se sintió resbalar sobre la tierra húmeda y escurridiza y a no apoyarse en el fusil cuya posesión le disputaba el delincuente, sin duda alguna hubiera caído a sus pies y se hubiera visto en grave riesgo.

El Guardia esperaba con toda la impaciencia que era natural en tan apurado trance el auxilio de su compañero Pallas, más este habiendo perdido de vista a Carril en la precipitada carrera que emprendió tras el bandido no pudo encontrarle, y se halló perdido en medio de las espesuras del monte, sin saber por dónde había de dirigir sus pasos.

Entre tanto que Pallas llamaba a gritos a su compañero, este continuaba con Bolón la terrible lucha que iba tal vez a concluir con la vida de alguno de los contendientes.

El criminal enfurecido de la resistencia que otras veces había domado, ciego de coraje arrastró a Carril consigo mismo, y por un momento se creyó vencedor, pero el Guardia pudo desasirse y una vez libre descargó tres ó cuatro golpes de fusil sobre Bolón que cayó al suelo.

En aquel instante pensó Carril concluir de una vez con el delincuente, y tuvo el fusil preparado para hacerle fuego, pero un pensamiento cristiano detuvo la terrible acción, y murmuró estas religiosas palabras:

—Dios que le ha dado la vida se encargara de quitársela.

Este rasgo de caridad evangélica salvó la vida a Bolón, que se dejó atar y conducir sin oponer entonces la menor resistencia.

Carril encontró en el camino a Pallas y entre los dos condujeron al preso al pueblo de Carballo donde hicieron entrega de él.

En este importante servicio no sabemos que es más digno de admirar; si el valor del cabo Carril, ó sus nobles sentimientos de humanidad hacia el que acababa de vencer.

La generosidad después de la victoria es una de las virtudes que más distinguen a los corazones elevados.

Carril no quiso manchar con sangre el triunfo que acababa de conseguir.

Esta es la mejor apología que pudiéramos hacer de su conducta: conducta imitada repetidísimas veces por infinitos individuos de la Guardia Civil.

CRONICAS ILUSTRADAS DE LA GUARDIA CIVIL

Escribir un comentario


Código de seguridad
Refescar

Benemérita al día

Actualidad

Cultura y Sociedad

Otras Secciones

Boletín de Noticias

SUSCRÍBETE >> Recibe gratis todas las noticias en tu correo
Términos y Condiciones