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¡ FUEGO !

  • Escrito por Redacción

cronicas-7

En un instante se desvanecen todas las esperanzas, y el espectáculo de la propia desgracia no engendra más que pensamientos tan sombríos y tristes como el mismo infortunio.

¡ FUEGO !

I.

El fuego es sin duda el elemento que más consternación produce en el seno de las familias.

Terrible es en efecto ver como devoran las llamas la casa en que se habita, los bienes de fortuna que constituyen a veces el patrimonio de una familia, y lo que es aun más horroroso, como perecen entre las abrasadoras llamas, el niño y el anciano, la mujer y el robusto joven que lucha por salvar la vida a sus padres, a sus hijos ó a su esposa.

En un instante se desvanecen todas las esperanzas, y el espectáculo de la propia desgracia no engendra más que pensamientos tan sombríos y tristes como el mismo infortunio.

Y es que el fuego al abrasar y reducir a cenizas un patrimonio reunido a costa de trabajos y privaciones, destruye también las encantadoras ilusiones que en él se fundaron.

Todo perece en la catástrofe. Después de ella no quedan más que los montones de calcinados escombros y las cenizas y pavesas como un recuerdo siniestro y sombrío de lo que fue.

El cuadro suele a veces tomar un colorido más terrible. Entonces ya no son los bienes de fortuna solamente los que van a servir de pasto a las voraces llamas, sino que es el hombre también la víctima de ese elemento; el hombre, que agitándose convulsivamente y lleno de un profundo terror, se desliza como una sombra fantástica en medio de un círculo de resplandecientes llamas.

Entonces crece la angustia y el pavor se apodera de gentes que presencian aquel imponente espectáculo.

Entonces tiembla el débil, y el valeroso se precipita con arrojo a salvar de entre las llamas al hombre que va a perecer abrasado por ellas.

Veamos lo que pasaba a la una de la madrugada del 8 de Setiembre de 1863 en Sanlúcar de Barrameda.

II.

Las campanas de la parroquia de Santa María anunciaban la señal de fuego, y como acontece siempre en tales casos los vecinos se despertaron alarmados y corrieron al lugar del siniestro.

El siniestro era en la calle de San Agustín, en una tienda de comestibles, que interiormente servía también de almacén de granos.

Toda la familia y aun los dependientes dé este comercio se hallaban incomunicados porque estaban cercados por las llamas, y desde la calle se oían los gritos de los que pedían auxilio.

Algunos vecinos intentaron penetrar por una ventana a la altura del cuarto principal; pero el fuego que consumía la portada de la tienda, se comunicó también a la ventana y fue imposible pasar por ella sin exponerse a ser víctima del destructor elemento.

Sin embargo, los instantes eran críticos y las voces reclamando socorro eran más apremiantes a medida que las llamas iban estrechando a los infelices que habitaban aquella casa, que se iba convirtiendo en una inmensa hoguera.

Acudieron las bombas al vibrante sonido de la campana y empezaron a trabajar sin descanso, pero apenas adelantaban porque el fuego había tomado grande incremento. Los gritos pidiendo socorro eran más tristes y lastimeros.

En tan crítica situación se presentaron los Guardias civiles Leandro Fernández, Antonio Gastón, Joaquín Baliñas, José Ponce y Antonio Iniesta al mando del cabo 1.° Juan Chamizo.

Estos seis hombres, llegaron al lugar de la desgracia en los momentos más críticos y apremiantes, como si fueran los que había destinado la Providencia para salvar los intereses y la familia que se encontraba en tan grave trance.

III.

Chamizo distribuyó su pequeña fuerza con admirable prontitud, y luego se vieron aparecer aquellos Guardias en los sitios de más peligro y a donde nadie se había atrevido a situarse por la gravedad del riesgo.

Cambiaron los fusiles por piquetas y pronto se oyó el estallido de las puertas y ventanas que saltaban en tostadas y humeantes astillas bajo sus golpes.

Entonces principiaron a caer al suelo pedazos de viga ardiendo, escombros calcinados que se estrellaban con estrépito en las losas de la calle, y tejas que caían entre una nube de humo y polvo a lo largo de la fachada.

El fuego se había extendido a todas las dependencias de la casa y amenazaba consumir una cámara en la que se encerraban más de mil fanegas de grano que constituía la fortuna de la atribulada familia, que oprimida más estrechamente a cada instante por las llamas, demandaba sin cesar auxilio.

Chamizo, escuchó los ayes lastimeros de aquellos infelices cuyos vestidos principiaban ya a chamuscarse.

Preciso era para salvarlos atravesar una barrera de llamas que le separaba de ellos.

En estos momentos supremos ordenó a los Guardias Gastón y Ponce que abrieran un boquete en la pared por la cual serpenteaban las llamas.

A los diez minutos una ancha brecha dejó ver a los dependientes y dueños del establecimiento, que agrupados en un rincón único que no ardía, esperaban con angustia una muerte en medio de una terrible y dolorosa agonía.

Chamizo a riesgo de morir entre las llamas, atravesó como una sombra mágica por ellas y llegó a donde estaban aquellos infelices.

Uno de ellos medio asfixiado no pudo sostenerse en pié y fue preciso que el intrépido cabo Chamizo lo sacara casi arrastrando.

Pero en el momento en que acababa de salvar la vida de aquellas tres personas, Chamizo sintió su cabeza desvanecerse y flaquear sus piernas; un sudor frio corrió por todo su cuerpo, se ahogó la respiración en su pecho, y cayó al suelo sin fuerzas ya para resistir por más tiempo aquella atmósfera espesa y sofocante.

Gastón y Ponce, que se hallaban cerca, vieron caer a su buen compañero y corrieron a auxiliarle creyendo que algún pedazo de escombro ó algún madero se habría desplomado sobre él; pero cuando Después de registrarle no encontraron herida ni señal de ningún golpe, se apresuraron a sacarle a la callo y a guarecerle del humo en una de las casas inmediatas.

Chamizo estaba también medio asfixiado.

Se le prodigaron todos los auxilios que su estado reclamaba.

Se roció su frente con agua fresca, se abrieron los balcones de la habitación donde le habían trasladado, y a los diez minutos se consiguió volverle en sí.

Apenas vuelto a la vida preguntó si había cesado el fuego, y al oír que aun duraba, a pesar del estado de languidez y postración que enervaba sus fuerzas, marchó al lugar del conflicto, desoyendo los consejos y las advertencias de todos cuantos le rodeaban, y que se habían apresurado a socorrer a quien con peligro de su vida salvara un momento antes las de todos los individuos de una familia.

IV.

Este rasgo de valor admiró a todos los que presenciaron la abnegación y la serenidad de este hombre humanitario y valiente cuya vida iba a exponer de nuevo en medio de los horrores de un fuego cada vez más imponente.

Todos los esfuerzos del cabo Chamizo se dirigieron entonces a salvar el almacén en que se encerraba el grano.

Reunió a todos sus serenos y valerosos Guardias, y a las cuatro de la mañana, Después de esfuerzos gigantescos y de un trabajo ímprobo y penoso pudieron aislar por completo las llamas no solo salvando de ellas todo el granero, sino impidiendo que se propagase a las casas inmediatas, cuyas medianerías principiaron a crujir invadidas por el fuego, pocos momentos antes.

Infinidad de vecinos de Sanlúcar de Barrameda y la misma autoridad de la villa que presenciaron el heroico comportamiento de los valientes Guardias, tuvieron ocasión de apreciar hasta que punto llevaron su abnegación en el cumplimiento de sus deberes.

El dueño mismo del establecimiento incendiado, Don Bernardo Rubín de Celis, y sus dependientes, salvados de una muerte segura por el cabo Chamizo, no sabían cómo expresara este su gratitud. Y en verdad, considerada la magnitud del servicio, no era posible recompensarlo con ninguna clase de objetos materiales.

Ni el eterno agradecimiento de los salvados, ni las gracias que recibió Chamizo en nombre de las autoridades, podían igualarse a la satisfacción de su conciencia.

Solo en ella encontraba la recompensa más grata, porque es en efecto la más dulce que puede sentir el hombre.

CRÓNICAS ILUSTRADAS DE LA GUARDIA CIVIL

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