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INGENIO Y ACTIVIDAD (28 de Abril de 1858)

  • Escrito por Redacción

cronicas-5

INGENIO Y ACTIVIDAD.

"Había entrado en la casa donde tuviera lugar el atropello, diez minutos después de salir los que le habían cometido, y habiéndose encontrado a la mujer en el lamentable estado que aquellos la dejaron..."

I.

Hay ciertos actos precursores del delito que pueden considerarse en algunos casos como los preparativos de su perpetración.

En el momento en que el criminal tiene ánimo deliberado y se ha resuelto llevar a cabo su obra, sus deseos se desenfrenan, y una vez en la senda del vicio, rara vez retrocede arrepentido.

Cuando ya en el terreno práctico principia a poner en ejecución los medios para realizar su pensamiento, la idea de un próximo lucro le seduce, y la esperanza de una impunidad completa le sonríe.

Halagado por esta ilusoria creencia, nada teme, y aun antes de llegar al fin que se ha propuesto, no vacila en cometer cualquiera otro atropello contribuya o no a su primer propósito.

El daño que se comete sin ser necesario a la consumación del delito, y que solo es hijo de un deseo inmoderado y brutal está considerado como una circunstancia que agrava la responsabilidad criminal porque realmente esos abusos prueban un refinamiento de maldad, doblemente punible.

Nosotros vamos a narrar un hecho que era precursor de otro de mayor consideración que no pudo realizarse, por el éxito que tuvo el primero.

II.

Cerca del pueblo de Pontonsen la provincia de Barcelona, se divisa una casa de campo de alegre aspecto, aunque de modestas apariencias.

En ella habitaba una familia que se dedicaba al cultivo de la tierra, única renta con que contaban para su subsistencia.

Escuchemos la conversación que tenían tres hombres que se hallaban cerca de esta casa el día 28 de Abril de 1858.

Estos hombres de mal aspecto y de siniestra catadura, estaban en una actitud expectante y como dominados por un idea de duda o incertidumbre.

—Roque, decía uno de ellos; te has empeñado en que gastemos el tiempo, y estamos aquí nosotros dos esperando a que te resuelvas. Magín y yo no tenemos tus dudas.

—Amigo Ramón, dijo Roque, cada uno piensa a su manera. Si nos metemos ahora en esa casa y principiamos a linternazos, ya sabes lo que son las mujeres; ponen el grito en el cielo y es fácil que por la tontería que tenéis de almorzar de gorra, nos salga más cara la función y no podamos estar mañana en Villanueva que es lo que nos interesa.

Nos exponemos a meter más ruido del que nos conviene, y ya ves que perderlo torio por una necedad vuestra, no me parece acertado.

¿Cuánto mejor es que almorcemos lo que llevamos, que acogotar a esas mujeres de la casa que chillaran más que una carraca?

—Vaya, Roque, repuso Magín, hoy te has empeñado en verlo todo negro, y lo peor es tu necio empeño de no querer almorzar y que nos quedemos en ayunas.

La cosa es muy sencilla Roque: entramos, pedimos de comer, matamos un par de gallinas y después de tener reforzado el estomago nos iremos a Villanueva.

Si tú no quieres tomar parte en este negocio, lo ventilaremos entre Ramón y yo que no tenemos escrúpulo.

Con que vamos ¿qué resuelves? dilo pronto porque ya tengo gana, y no me gusta dar tormento a mi cuerpo.

—Haré lo que queráis, respondió Roque; porque no digáis que soy un mal compañero. Pero a vosotros no se os puede ocultar el peligro que corremos, y mucho más si hay hombres dentro, cuando vais muy persuadidos de que no hay más que mujeres.

En fin, ya lo veremos, dijo Roque, como el que da por concluidos todos sus argumentos y se propone no cansar más tiempo a sus interlocutores. Dios quiera que el almuerzo no nos salga más caro de lo que pensáis.

—Vaya que estas empalagoso, replico Ramón, algo amostazado por los escrúpulos de Roque.

—Al contrario, exclamó este, ya ves si soy condescendiente cuando hago lo que queréis, sin ser de mi gusto. Vamos a almorzar; y se dirigió a paso largo hacia la casa de campo.

—Ya me figuré que por fin serias un muchacho razonable, dijo Magín acompañándole.

III.

En el portal de la casa a nadie encontraron que pudiese hacerles sospechar que dentro había más gente de la que creían, así es que entraron en la cocina y solo vieron a una pobre mujer medio dormida en una silla, que Magín se encargo de despertar de un puntapié.

A tan brusco como bestial aviso, la pobre mujer despertó con sobresalto, y cuando se vio rodeada de tres hombres desconocidos que de esta manera principiaban a tratarla, comenzó a dar gritos.

—Lo que yo me figuraba, dijo Roque. Sin embargo, los gritos no duraron mucho, porque Ramón la hizo entender que lo que querían era que los diese de almorzar, y que no se la haría daño si les daba de lo que tuviera en la casa. La mujer contesto que no tenía más que pan, huevos y vino, y que si esto les gustaba, que lo pondría a su disposición.

—¿Y no hay más en la casa? pregunto Magín.

—Nada más.

—¿Pues y esas gallinas que cacarean en el corral?

—¡Ah! también son mías, pero no me acordaba de ellas.

—No tiene usted que figurarse nada más que ahora mismo traerlas y matarlas.

Magín agarro de un brazo a la pobre mujer y fue con ella hasta el corral, en donde la obligo a matar tres gallinas, calculando que necesitarían una por cabeza.

La mujer temblando principio a desplumarlas en la cocina, mientras Roque preparaba la sartén y sacaba el vino.

Se encendió lumbre, y cuando las gallinas estuvieron en sazón de poderse comer, cada cual cogió la suya, mientras que la mujer miraba llena de susto a los tres desconocidos.

Cuando saciaron su apetito, y cuando el vino principio a calentar sus cabezas, la llenaron de insultos y de golpes por haber tenido el atrevimiento de pedirles el importe del gasto que habían hecho.

La contestación fue tan brutal que dejaron a la desdichada mujer casi sin sentido.

Cuando la vieron en este estado, que no la permitía dar aviso de lo ocurrido, los tres hombres salieron de la casa satisfechos del almuerzo que a tan poca costa se habían proporcionado.

IV.

Una vez en el campo, Ramón y Magín hicieron ver a Roque lo infundado de sus temores antes del almuerzo, y éste no pudo menos de dar la razón a sus compañeros.

—Ya ves, le decían, como no ha ocurrido nada. Hemos almorzado de valde, y no lo sabe ni la tierra.

Sin embargo, estos hombres se equivocaban.

Si a la medía hora de camino hacia Villafranca, hubiesen vuelto la cabeza y mirado con detención, hubieran distinguido a uno que a larga distancia los seguía sin perderlos de vista.

Este hombre llevaba al hombro una carabina, y sus polainas y su canana de baqueta, no daban lugar a duda que era un guarda-bosque. La causa porque los seguía era muy sencilla.

Había entrado en la casa donde tuviera lugar el atropello, diez minutos después de salir los que le habían cometido, y habiéndose encontrado a la mujer en el lamentable estado que aquellos la dejaron, la pregunto el motivo. Apenas tuvo noticia del hecho, el honrado guardabosque echo a correr en busca de los malvados que así habían maltratado a una indefensa mujer, y por las señas que ésta le dio de los facinerosos, no pudo menos de reconocerlos al poco rato.

Los siguió con toda prudencia y precaución para que no advirtiesen su presencia, y cerca ya de Villafranca del Panadés, se encontró con el cabo de la Guardia Civil, Ramón López Fernández, comandante a la sazón del puesto de la citada villa, a quien en breves palabras conto lo ocurrido.

El Guardia le ordeno que no se detuviese un momento, y que cuando se enterase donde paraban, que fuera corriendo a darle aviso al puesto, que allí le esperaba; que él no iba en su seguimiento, porque sería fácil notasen que un Guardia les espiaba, y esto sería bastante a inspirarles sospechas, y todo se habría perdido.

Magín, Roque y Ramón, muy ajenos de que les seguían la pista, llegaron a Villafranca y se alojaron en la posada del Chocolate, donde pidieron una habitación, que se les facilito en el acto.

Todo esto fue observado por el buen guarda-bosque, el cual se apresuro a dar parte al cabo López, que ya le esperaba con impaciencia.

V.

El cabo López Fernández no necesitaba más datos.

Acompañado de los Guardias segundos Hipólito Balbas Francés (1) y José Caldas Viñals, se presento en la mencionada posada, y tomando todo género de precauciones para no ser vistos, se situaron a la puerta de la habitación en que Magín y sus compañeros se alojaban.

La puerta estaba cerrada.

El cabo López no quiso sorprenderlos forzándola, y rogó a la posadera que llamase con el pretexto de que iba a sacar de allí un poco de ropa.

La posadera llamo, y Roque abrió la puerta de par en par: en el momento que la preguntaba qué se la ofrecía, López salió de su escondite y le intimó que se diera preso. Roque, sorprendido y lleno de asombro, ni aun tuvo tiempo de dar ni una sola voz de alerta a sus compañeros, que oyendo la intimación abrieron precipitadamente una ventana, y trataron de huir tirándose desde ella al suelo, pero estaba a tal altura que fue imposible la evasión.

Los Guardias, pues, entraron y los obligaron a tenderse en el suelo para evitar cualquier traición. Se les ato fuertemente y se procedió a un minucioso registro, que dio por resultado encontrarles varias cédulas de vecindad falsas, un puñal disforme con cinco dientes de sierra en la punta, una navaja sevillana que abierta tenia de cuatro a cinco palmos de largo; tres pistolas, una de ellas de dos cañones; municiones, ropas de disfraz, caretas de tela, y cuantos útiles se necesitan, y de los cuales se proveen los delincuentes para el logro de sus proyectos criminales.

Con estos elementos contaban para hacer un robo de consideración en Villanueva y Geltrú, que era al que se refería Roque al hacer presente a sus compañeros el mal éxito que se esperaba del almuerzo, que quizás iba a desbaratar el plan principal que se habían propuesto.

Roque no se equivocaba, porque fue condenado a diez años de presidio, en el cual acababa de cumplir otra condena de quince.

Sus compañeros lo fueron por el mismo tiempo, si mal no recordamos, y los tres pagaron bien caro el almuerzo, que como inauguración o introducción del otro drama, habían celebrada en la casa de campo.

Por este buen servicio, las autoridades militar y civil y los señores jefes superiores del tercio dieron las gracias al cabo López y a los dos Guardias que le acompañaron a prestar este buen servicio, pues con la captura de aquellos criminales evitaban nuevos atropellos que sentir, y nuevos delitos que lamentar en lo sucesivo.

CRONICAS ILUSTRADAS DE LA GUARDIA CIVIL

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