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LAUREADOS EN LA GUARDIA CIVIL: La épica defensa de un guardia civil enfermo en el asedio del cuartel de Caravia

  • Escrito por Redacción

caravia

La épica defensa de un guardia civil enfermo en el asedio del cuartel de Caravia

Guardia Civil… Saludemos a esta vieja fábrica de héroes. Vedlos pasar, no en el desfile, sino en el continuo y lento peregrinar por carreteras. Vedlos por parejas; son dos inseparables camaradas… Y anotemos de paso que es en el Reglamento de este Benemérito Cuerpo, donde se usa por primera vez la palabra «camarada» para hablar de un compañero de cuerpo: «Cuando un Guardia encuentre a otro compañero o camarada…» Así reza una frase de su libro principal…

La Guardia Civil… Charoles en las alturas; tricornios por las carreteras y por los caminos; extraño sombrero que aparece en todos los lugares donde el orden se relaja, donde el criminal atenta contra la Ley… Guardia Civil, guardadora celosa de esa Ley… Guardia Civil que teje continua y cotidianamente un largo rosario de heroísmo, que parecen pequeños por lo desconocidos que son… Guardia Civil que no tiene hogar, que no tiene familia, que no tiene más que deber, ya que en sus aras lo sacrifica todo, Guardia Civil, que es como dijo una vez Emilio de Zurano en una conferencia de la Económica Matritense, «paz, orden, heroísmo y amparo de toda desgracia…»

También la Guardia Civil ha tenido en la lucha que aun dura en los campos hispanos, un puesto de honor; también la Guardia Civil ha luchado con todo el heroísmo innato en el Cuerpo, contra la barbarie. Y la Guardia Civil ha dejado en las trincheras lo más florido de todos sus componentes y lo más bravo de todos sus bravos hombres. Y quizá haya sido la Guardia Civil el cuerpo que ha contado con más bajas, dentro de sus escasos cuadros. Miremos a Oviedo y preguntémoslo…

Pues bien; de la Guardia Civil vamos a hablar hoy; de un Guardia Civil de encharolado tricornio y de uniforme verdoso. De un Guardia Civil que ha sido un héroe mas entre todos sus compañeros héroes. De un Guardia Civil que ha abandonado su familia, su hogar, sus cariños de hombre joven, sus aspiraciones para ofrecer su vida en aras de su único sostén y de su único afán: el deber.

Julio de 1936. En todas partes comienza la lucha en ocasiones feroz. Y en Asturias se secunda el plan de la toma de Oviedo. Pero el General Aranda ordena la concentración de todos los puestos de la Benemérita…

A la capital asturiana van afluyendo todos esos hombres con los ojos puestos en el deber.

Caravia es el lugar de la escena dantesca que vamos a contemplar al conjuro de nuestras palabras. Caravia mira a la mar respaldada por la magnificencia del Sueve. Caravia tiene también su casa cuartel, mirando hacia la carretera: sus ventanas se abren como ojos inquietos y avizores.

Y los Guardias desfilan; el único sostén del orden se traslada hacia la capital, para rellenar huecos imposibles de cubrir a no ser con estos hombres. Un guardia se encuentra enfermo: se llama Antonio Moreno Rayo. Es hombre joven, soltero, afable, cariñoso y buen compañero. La fiebre atenaza sus carnes y el traslado se hace imposible. Por orden «en la Guardia Civil no hay más que ordenes» de sus jefes. Antonio Moreno se queda en el cuartel; se queda solo; alguna mujer acudirá a cuidarle. Pero el cuartel de las ventanas avizores y la mirada hacia la carretera que serpentea a los pies del Sueve queda como posesión de Antonio Moreno, enfermo y febril.

Pasan apenas dos días… La fiebre sigue su curso en el cuerpo del Guardia.

24 de Julio. Mientras se lucha de forma fratricida y encarnizada por el Alto de León, en aquel cuartelillo de Caravia en que suda su fiebre un Guardia Civil, se presentan, como a las once de la mañana, los miembros de un flamante Comité de Guerra. Los nombres de los cabecillas: Emilio Palacios, Manuel Rivero y Francisco Sánchez. La pretensión de estos miembros del Comité de Guerra no es otra que la de recibir el Cuartel, que habrá de entregar, con todo lo que dentro haya, el guardia que en él vive, Antonio Moreno.

El hombre no se amilana. Sabe lo que le espera. No conoce detalles de las luchas; no sabe si quien gana o quien pierde; ignora todos los detalles que puedan orientarle en una directriz de conducta. Quizá para poder comprobar algo, dice que consultará por teléfono con sus superiores que están en… Los maleantes del Comité le dieron permiso para telefonear, cruzaron una siniestra y torpe mirada de comprensión y sonrieron cínicamente; de sobra sabían ellos que con Oviedo no había comunicación telefónica…

A las tres de la tarde volvieron a presentarse aquellos tres hombres ante el cuartel con la misma pretensión de la mañana; pero algo sospecharon de la honradez del guardia y del respeto al deber que es sus única norma, y por eso no iban solos ahora, sino que llegaron escoltados por un gran número de fusileros y escopeteros de la mas heterogénea especie, reclutados quizás entre lo peor de aquel pueblecillo sonriente y de los otros circunvecinos. E intimidaron a Moreno a que entregase el cuartel. Entre unos y otros se cruzo un dialogo de términos poco más o menos análogos a estos:

-Entrega el cuartel.

-No lo entregaré nunca.

-Lo tomaremos por la fuerza.

Antonio Moreno se había cerrado por dentro; Antonio Moreno había tomado sus precauciones. Conocía este guardia como todos lo que aquellos hombres representaban, lo que querían y lo que hacían, ya lo había vivido la Guardia Civil en años anteriores, durante la Revolución de Asturias, sabía que él representaba a la Guardia Civil, en aquel hombre y en aquel momento se representaba a toda la Guardia Civil. No sabía lo que en el resto de España pasaba; pero tenía fe en Dios; amaba a su patria y tenía un deber que cumplir. Antonio Moreno se preparó; acarreó las municiones que tenía; preparó el fusil y se dispuso a luchar por Dios, por la Patria y por el Caudillo.

Intentó el grupo violentar las puertas; se lo impidió el Guardia. Se replegaron prontamente y apuntaron a una de las ventanas; sonó un disparo y la bala fue a incrustarse en la pared arrancando cal y haciendo saltar la piedra. Las hostilidades habían comenzado y el dialogo se había roto. Había que defenderse y había que defender aquel reducto que le habían encomendado a pesar de estar enfermo. Antonio Moreno contestó con otro tiro certero, que fue a herir al Palacios, quien cayó en el suelo blasfemando y sangrando. El tiroteo continuo por ambas partes. Una muchacha se acercó al Palacios para recogerlo. Su actuación no fue ciertamente la de una Dama de la Cruz Roja; puesto que no solo blasfemaba si no que injuriaba no solo al guardia sino al cuerpo Benemérito y a todo lo sagrado que existía; otro disparo hirió a la muchacha. Antonio Moreno no hizo más que seis u ocho disparos, pues los «valientes» no necesitaron más para recomendar a sus piernas un poco de ejercicio hacia la parte opuesta de la casa-cuartel.

Antonio Moreno no se durmió sobre los laureles. Sospechaba que la turba había ido a buscar refuerzos. Y así fue, pues más tarde llegaron varios camiones con personal de Ribadesella y de Sama; no sabemos cuantos hombres serían, pero de cualquier manera la desproporción era fantástica, muchísimos contra uno y contra uno, enfermo, débil y… solo. Pero Antonio Moreno era un Guardia Civil; Antonio Moreno tenía un deber que cumplir y para ello no se miden las dificultades. Y Antonio Moreno resistió.

Ante la fachada que el cuartel tenía hacia la carretera, emplazaron una ametralladora… Ella sola haría más disparos que los que Moreno podía hacer disparar a su fusil en el día. Y la ametralladora comenzó a funcionar llevando su seco tableteo a todos los rincones del pueblecillo sonriente que sestea en las faldas del Sueve. Por la otra fachada la dinamita, de los «feroces» mineros de Sama, empezó a caer sobre la fachada y el tejado del cuartel, llenándolo todo de detonaciones, de cascotes y de explosiones.

Antonio Moreno resistió valientemente; valientemente y astutamente; había colocado en una ventana un tricornio; en otra el gorro de cuartel; en otra la boina, el sombrero mas allá; un montón de ropa en otra… Esas prendas eran sus únicos aliados. Y desde las veinticuatro ventanas que tiene el cuartel, el heroico Guardia Civil llevaba hacia quienes por la fuerza querían asaltar el cuartel, su casa, los certeros disparos de su fusil… Se multiplicaba, tan pronto salían los disparos del primer piso, como del entresuelo, de una ventana como de la otra. Y así siguió. Mientras la ametralladora continuaba arrojando metralla sobre las paredes y las ventanas y la dinamita iba abriendo muros, levantando escombros hacia el cielo.

Cuál sería la actividad y agilidad del Guardia Moreno que según declararon testigos presenciales, los mineros de Sama llegaron a decir que se les había engañado, que en el cuartel había un batallón de guardias civiles y de “fascistas” y que a esto no había derecho.

Por fin el drama se acercaba. Era mucho el estrago de los proyectiles; pero era mayor el estrago de la fiebre; el valiente guardia sentía desfallecer sus piernas; sus ojos se velaban a veces. Sus fuerzas decaían. Era mucho esfuerzo; mucho correr; mucho gritar contestando a los insultos de los atacantes.

Una carga de dinamita cayó en pleno tejado y lo voló; sobre las habitaciones cayó un diluvio de cascotes, de maderas, de piedras, de tejas. El muro quedó resquebrajado y al mismo tiempo la resistencia física del guardia se agotó, como se agota un manantial en el verano… Cayó desvanecido…

Y así pudo ser detenido. En el cuartel no había más guardias que él mismo, no había “fascistas” ni mucho menos: no había más que un valiente, un héroe; tan solo encontraron a un Guardia Civil…

¿El final?... El que corresponde a una época y a una guerra sin sentido. No podía ser otro. Una Parodia de juicio. Unas preguntas contestadas con la misma valentía con que había contestado a los disparos y a los cartuchos de dinamita:

- ¿Alguien le aconsejó a V. que se resistiera?

- Nadie

- ¿Y por qué no se rindió V. si estaba solo?

- Porque soy un soldado y un guardia civil y conozco mi deber.

Goyo, el alcalde de Ribadesella, no tuvo más remedio que sentir la grandeza de aquel soldado, de aquel Guardia Civil y dijo que un hombre como aquel no debía ser fusilado nunca…

Sin embargo había quien no pensaba lo que él: había personas que en vez de corazón tenían una vejiga de hiel y Antonio Moreno murió cinco días después no se sabe si cara a sus agresores en un fusilamiento o «paseado» impunemente por aquella horda ávida de sangre.

Hasta la fecha no se conoce el lugar de la ejecución ni el sitio donde este cadáver reposa de su gesta heroica.

Sabemos que sus compañeros trataron de buscar una recompensa para él y su familia.

Antonio Moreno murió como un héroe, como un... Guardia Civil y al final obtuvo la recompensa que su compañeros pedian por su heroica defensa de su casa, de su cuartel, fue condecorado a titulo póstumo con la Laureada de San Fernando.

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