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EL RIO GUADIANA.

  • Escrito por Redacción
cronicas-10

EL RIO GUADIANA.

Nada mas justo que los hechos dignos de alabanza se consignen, y nosotros que así lo hemos comprendido, debemos dar cabida en nuestras Crónicas á todos aquellos que por su mérito especial merezcan publicarse, para que todos conozcan y aprecien debidamente los elogios á que la Guardia Civil se hace acreedora, granjeándose de esta manera la estimacion general.

Cuando las autoridades, á pesar de los medios de que disponen, no han podido llevar á efecto cualquier disposicion ó mandato; cuando á pesar de sus medidas y precauciones, ven burlados sus deseos, y no pueden dar exacto cumplimiento á los deberes que su posicion les impone, está doblemente agradecida á quien la ayuda y aun mas, á quien realiza lo que no le ha sido dado llevar á efecto.

El criminal que huye, y envuelve su delito y su persona en la oscuridad, no es posible someterle al fallo de las leyes; pero cuando se conoce su nombre aunque se ignore su paradero, hay ya un precedente que basta para condenarlo en rebeldia.

Un caso de esta naturaleza ocurría el año 1852 en la provincia de Huelva.

II.

Se habia cometido un asesinato en la persona de un matriculado de marina, y aunque se sabia con evidencia que el asesino se llamaba Manuel Gallardo, no fueron suficientes las diligencias y exhortos del juzgado para apoderarse de él.

Se ignoraba el sitio que le servia de refugio, y nadie tenia el menor indicio ni noticia acerca de su paradero.

El juzgado de Marina, que era el que instruía el proceso, le sentenció en rebeldia, pero la sentencia no podia cumplirse por no parecer el culpable.

Por este tiempo era comandante del puesto de la Guardia Civil en Villanueva de los Castillejos, distante siete leguas de Huelva, el cabo 1.° Francisco.Martínez, subteniente del Cuerpo en la actualidad. Este, con un celo infatigable, se propuso por todos los medios que estuviesen á su alcance, apoderarse del delincuente.

Por mucho tiempo sus diligencias é indagaciones no tuvieron resultado favorable, como no lo habian tenido las judiciales practicadas hasta entonces; pero no por esto desistió de su propósito, ni perdió las esperanzas de capturarlo.

Redobló con mas actividad y prudencia sus investigaciones, y á fuerza de paciencia y de perseverancia, pudo conseguir alguna luz sobre lo que tan oscuro habia sido para todos.

Tuvo noticia que el Manuel Gallardo se hallaba á orillas del Guadiana labrando un huertecillo que le daba lo suficiente para vivir.

Sin embargo, la persona que le diera estos detalles le aconsejó que no se desvelase en perseguirlo, porque nunca dormia en su pequeña hacienda, y siempre estaba alerta y pronto á pasarse al vecino reino de Portugal por medio de una lancha que al efecto tenia preparada para pasar el rio.

Como puede comprenderse, el cabo Martínez agradeció estos antecedentes, aunque sin hacer caso de esta última observacion, porque lo principal era saber dónde estaba el delincuente, y una vez averiguado, era problemático que se escapase á Portugal por muchos elementos que tuviera para la fuga.

Su deber sobre todo, era perseguirle, y ante esta reflexion el infatigable Martínez no titubeó un momento en combinar su plan.

Una vez combinado, lo puso en ejecucion del siguiente modo.

III.

Acompañado de los Guardias segundos Antonio Alvarez y Rafael Batallan, se dirigió Martínez hácia el pueblo de El Granado, distante dos leguas de allí.

Era una noche del mes de Julio de 1852.

Hacia un calor sofocante, y se hacia doblemente molesto porque los Guardias no queriendo seguir por el camino recto, les fué preciso atravesar por el medio de un monte lleno de encinas y jarales.

Esta circunstancia hizo que cayera en sus manos cierto sujeto que habia robado dos costales de trigo en una era, encuentro inesperado que les produjo la necesaria dilacion, porque tuvieron que entregarle á la autoridad del pueblo de Granado.

Cuando dejaron el preso á disposicion del alcalde, éste preguntó á los Guardias qué camino iban á seguir; á lo cual el cabo Martínez contestó que tenían pensado pernoctar en Sanlúcar de Guadiana, para lo cual necesitaban que el alguacil los pusiera en camino. Los Guardias en realidad le conocían, pero sabiendo que el delincuente Gallardo, que estaba oculto á una legua de allí, era en cierto modo protegido por algunos vecinos, aparentaron ignorarlo, para que no sospechasen la persecucion, y corrieran á darle aviso de lo ocurrido. Así es que, despues que el alguaciLios puso en el camino y se despidió de ellos, deshicieron lo andado, y se dirigieron en busca de las orillas del Guadiana.

Hasta que amaneció no pudieron reconocer con exactitud el terreno, pero al fin divisaron una choza en lo mas alto de un cerro, en medio de las malezas y jarales que la defendian.

Se escondieron entre los matorrales y se pusieron en observacion.

IV.

La aurora disipando las tinieblas de la noche y alumbrando suavemente los campos, vino á favorecer el proyecto de los Guardias.

Cerca de la choza dormia una familia, que indudablemente era la del criminal; sin embargo, no se veia ningun hombre, y esto desorientaba un poco á los Guardias, que estaban resueltos á esperar para salir de la duda.

Apenas el sol principiaba á dibujarse en el horizonte, una mujer bajó del cerro por una estrecha senda, y al poco rato volvió acompañada de un hombre alto que llevaba un capote sobre el hombro.

Pasaron los dos á veinte pasos de donde estaban ocultos los Guardias, y esta casualidad les permitió oir lo que decia el hombre.

—Ya por hoy estamos libres.

—No es poca fortuna, respondió la mujer.

—Anda, Juana, despierta á los chicos, pues ya sabes que hay que ir á Portugal á vender los tomates, y es preciso madrugar.

—Voy corriendo. Este corto diálogo fué el suficiente para convencer á los Guardias que aquel era el sujeto que buscaban, así es que, sin perder un momento, el Sr. Martínez dispuso que el Guardia Batallan tomase por detrás del cerro á la izquierda, mientras él, acompañado de Alvarez, bajaban por la derecha, á fin de cogerlo en medio.

Pero bien fuese que Batallan le diese vista antes que sus compañeros, ó bien que estos se salieran antes de entre los matorrales que los ocultaban, es lo cierto que á los dos minutos vieron que el hombre se dirigia como una flecha hácia el rio, metiéndose en un cañaveral sembrado de malezas.

Los tres Guardias habian sido sorprendidos antes de que ellos hubieran tenido tiempo de dar el golpe.

El criminal siempre alerta, habia distinguido el sombrero de uno de ellos, cuyos blancos galones se destacaban entre los arbustos.

Corrió, pues, y los Guardias emprendieron tras él á la carrera en distintas direcciones.

El cabo Martínez, saltando barrancos y destrozándose el uniforme, fué el primero que pudo divisarle á tiempo que saltaba en una lancha y cogia los remos para abordar la orilla opuesta.

Le intimó entonces y á cierta disiancia, la rendicion, pero viendo que desobedecia y que por el contrario redoblaba sus esfuerzos para vogar y salvarse en la fuga, le disparó su carabina, pero el piston faltó, y el criminal que agachado en la lancha lo habia observado, trató de ganar tiempo y ponerse á salvo.

En este momento Alvarez se incorporó á Martínez, que le mandó hacer fuego sobre Gallardo, pero en vez de ejecutar esta orden, se tiré al agua, y agarrándose á «no de los bordes de la lancha, procuró detenerla para subir en ella.

El criminal, luchando cuerpo á cuerpo con Alvarez, procuraba arrancar á este el fusil, y sin sospecharlo ayudó con sus sacudidas á que el Guardia pudiera abordar la lancha.

Martínez que presenciaba la lucha, no se atrevió á hacer fuego, porque su compañero y Gallardo formaban un grupo, y era preciso tener una puntería muy certera para no dar á uno en vez de otro.

Asi es que el único recurso que le quedaba era arrojarse tambien al agua, lo que ejecutó en el acto lleno de resolucion y valor por auxiliar á Alvarez que aeguia luchando con Gallardo.

Tiróse, pues, al rio, pero con tan mala fortuna, que cayó en un pozo que le cubrió por completo; pero gracias á un poderoso esfuerzo que hizo pudo salir áflor de agua y agarrarse al borde de la barquilla, que dando una sacudida despidió á Martínez y le separó de ella algunas varas.

Por segunda vez se encontró sepultado en una profundidad insondable, y aunque sabia nadar oprimido por el correaje y embarazado con el fusil, Martínez se sintió arrollado por la corriente que le hacia dar vueltas á su fuerte impulso. Cuando volvió á sobrenadar en la superficie, aturdido, mareado y sin saber casi donde se encontraba, estendió instintivamente las manos, que abandonando el fusil buscaban un punto de apoyo en que agarrarse, y una casualidad providencial le hizo tocar por segunda vez el borde de la lancha.

Agarrándose entonces á ella con la tenacidad propia de todo el que se ahoga, cogió el brazo derecho de Gallardo, lo cual dió tiempo á que Alvarez sacase la bayoneta y le obligase á rendirse. En seguida se le pusieron esposas en las manos y arrimaron la lancha á la orilla de donde habia partido. Una vez en tierra, la familia del delincuente se presentó ante los Guardias atrayendo con sus gritos una infinidad de paisanos de aquellas inmediaciones que en actitud hostil parecian oponerse á su paso. A pesar de esto, Martínez obró con suma prudencia y y sin emplear la fuerza, se limitó á impedir que aquella gente se les acercase. Aguardó al conductor del correo, que desde Ayamonte venia en una lancha con la correspondencia, y cuando llegó, Martínez le encargó que bajase al rio por los sombreros y el fusil que el agua se había llevado durante la refriega.

Las dos cosas se encontraron á larga distancia y Martínez recompensó con un duro el trabajo del conductor, que acomodó en su lancha á los tres Guardias y el preso y los condujo á Sanlúcar de Guadiana.

El señor gobernador del castillo de este punto y las autoridades hicieron los mayores elogios de la conducta de los Guardias, y al dia siguiente se trasladaron estos á la capital de Huelva para entregar el preso á la autoridad de Marina, al mismo tiempo que daba parte á su comandante Sr. D. José María Losada, que en 29 del mismo mes de Julio dirigió una atenta comunicacion al cabo Francisco Martínez, en que le incluía la que el gobernador civil de la provincia le mandaba dando las gracias á los individuos del puesto de Villanueva de los Castillejos por su celo y arrojo en el cumplimiento de su deber.

D. Francisco Martínez, que como hemos dicho anteriormente, es la actualidad subteniente, está encargado hoy de la línea de Priego en la provincia de Córdoba, donde indudablemente seguirá prestando los importantes y buenos servicios que tan gratos recuerdos han dejado en los demas puntos que ha mandado durante su carrera.

 

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