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LOS CABALLEROS DE INDUSTRIA (23 de Mayo de 1858)

  • Escrito por Redacción

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LOS CABALLEROS DE INDUSTRIA (23 de Mayo de 1858)

I.

En todos los pueblos civilizados se considera la vagancia como un incentivo ó como el origen del vicio. De aquí al crimen no hay más que un paso muy corto.

Por eso los gobiernos han sancionado leyes para el castigo de los vagos, y muchos menos delitos se cometerían en las grandes poblaciones, si la policía que se destina para otros servicios, se dedicara a la persecución de estos.

Ciertamente que es difícil hacer una clasificación exacta de los que pudieran calificarse de tales, pero esta falta en que acaso incurriría la ley que nunca desciende a casos particulares, podría llenarse perfectamente por los encargados de ejecutarla, teniendo en cuenta la historia y los antecedentes del individuo que se detenía ó se calificaba como vago.

Permítasenos esta digresión en obsequio del buen deseo que nos anima, porque reconocemos con harto sentimiento, que hay muchos hombres que viven del engaño, de la estafa y del robo, sin que les alcance la justicia de los tribunales, por los medios que aquellos emplean para ejecutarlos.

Semejantes ejemplos son perniciosos en sumo grado, porque sirven de escuela y alientan a los holgazanes, que pudiendo dedicarse a la agricultura, a la industria y a las artes, prefieren la vitta bona, como les hemos oído decir a algunos, por más que sea indigna, a la del hombre honrado y laborioso.

Acaso los autores del hecho de que vamos a ocuparnos, pertenecerían, ó mejor dicho, serian alumnos de esa perniciosa escuela, que existe ya desgraciadamente hasta en las pequeñas ciudades y villas.

II.

Nos encontramos en este instante en la populosa y rica ciudad de Jerez de la Frontera.

Serian sobre las nueve de la noche del día 23 de Mayo de 1858.

Un hombre llamado Cristóbal Redondo, que había llegado en aquel mismo día a Jerez, pasaba muy despacio por la plaza llamada del Arenal, cuando se acercaron a él dos individuos.

Vestía uno de ellos un traje que en nada le diferenciaba de un caballero; y el otro con traje también de persona decente, llevaba un bastón de autoridad.

Se acercaron al Cristóbal, y después de saludarle cortésmente, el del bastón le preguntó:

—¿Es usted Cristóbal Redondo?

—Sí señor; le contestó sencillamente.

—Pues tiene usted que venirse con nosotros, replicó seca y fríamente el del bastón, que le levantó en alto como para darle a entender que era una autoridad.

—Más porque motivo...

—¡Silencio!

—Vamos, dijo el tercero, yo interpongo mi influencia en favor del señor Cristóbal. Desde que le he visto me parece un hombre honrado, incapaz de...

—¿Incapaz de qué? repuso bastante azorado el Cristóbal.

—Silencio, repito; dijo a media voz el que se fingía autoridad. Han dado contra usted una delación...

—¡Pero, señores, por Dios! si yo acabo de llegar esta mañana a la ciudad, a donde he venido a hacer algunas compras...

—¿Y no ha estado usted en ninguna parte? le preguntó intencionadamente el del bastón.

—No, señor, en ninguna; pues ni aun he dado un paso para comprar el mas pequeño encargo, y aun tengo los dineros en el bolsillo.

Al oír esto los dos caballeros se hicieron una seña pisándose el pié, lo que no advirtió el sencillo Cristóbal, que estaba aturdido pensando en lo que podría sucederle.

—Ya ven ustedes, continuó, si yo habré hecho alguna cosa por la que me tenga que amonestar la autoridad.

Además son muy pocas las personas que me conocen en esta población.

—Pues, sin embargo, dijo el del bastón; a usted se le acusa de una omisión que encierra cierta gravedad.

—Pero, señor; quién ha podido...

—Ya ve usted que no caminábamos al acaso y que sabíamos su nombre.

—Cierto que sí; pero... Y el infeliz forastero se abismaba cada vez más en tristes reflexiones.

¡Pero eso es una calumnia, una impostura infame!

—Sí, sí; replicó el fingido caballero: yo así lo creo. El señor Cristóbal tiene cara de hombre de bien...

—Seguramente que lo soy.

—No obstante, repuso el otro; aun cuando yo haga en obsequio de este señor cuanto pueda, sin embargo, es preciso que nos siga para que preste su declaración, desmintiendo el hecho que se le imputa, y allí veremos el mejor medio de arreglar este asunto desagradable.

—Eso ya es otra cosa, manifestó el desconocido que había mediado en favor del Cristóbal.

—Bien; de ese modo... Pero déjenme ustedes ir a la posada, y al momento iré a donde me digan.

—No puede ser, replicó la supuesta autoridad. En ese caso tenemos que acompañarle hasta allí, y si se hace público este hecho, porque nos ven entrar en la posada, con usted, ya no hay remedio posible porque se comentara nuestra visita y...

—¿Será cosa de poco tiempo? preguntó el que vestía de caballero.

—Cosa de pocos momentos, gracias a usted que ha intercedido.

—Pues entonces, señor Cristóbal, vaya usted con la autoridad y así queda libre... Vaya yo les acompañaré también.

—Pues vamos, dijo pensativo el Cristóbal; y los tres partieron de la plaza del Arenal y se dirigieron por una de las calles que desembocaban en ella.

III.

Preocupado el Cristóbal con tan imprevisto acontecimiento, no reparó por donde le llevaban aquellos dos sujetos.

Estos, por otra parte, comprendiendo la impresión dolorosa que había causado en el ánimo del forastero su inventada delación, continuaron hablándole de ella por el camino.

Como nuestros lectores habrán comprendido, eran dos caballeros, pero de los que suelen llamarse vulgarmente, caballeros de industria.

Ignoramos quiénes hubieran podido darles noticias del Cristóbal, del dinero que traía y de otras particularidades referentes a su persona, que fueron las que al oirías aquel referir a la fingida autoridad, le dejaron completamente absorto y confundido.

Tampoco sabemos si el forastero diría algo en la posada acerca de su procedencia y de su objeto, y si alguno pudo oírle; pero de todos modos, este y otros hechos debieran servir de lección a los imprudentes que en los mesones, paradores ó fondas, revelan todo lo que les concierne, sin conocer los sujetos que los escuchan.

Los dos caballeros de industria, merced a la ceguedad del Cristóbal, ó a la pasión de ánimo que en aquellos instantes le dominaba, consiguieron sacarle al campo, y cuando estuvieron en un lugar apropósito le intimaron la entrega del dinero.

—¿Cómo es eso? dijo el asustado forastero.

—¡O la bolsa ó mueres! le gritó uno de los acompañantes.

Entonces volviendo en sí el sencillo Cristóbal, echó una mirada en torno suyo y viendo que se encontraba en el campo, y sin más auxilio que el de Dios, se resignó a entregarles cuánto dinero llevaba, para desviar de su pecho los dos puñales que amenazaban herirle de muerte.

Los rateros tomaron la bolsa y al ver que nada faltaba de lo que se prometían, intimaron a su víctima el más profundo silencio, diciéndole el que llevaba el bastón de autoridad:

—Ya ves que te conocemos; como digas una sola palabra ó des parte, vas a morir aun cuando sea al revolver una esquina.

Y marcharon apresuradamente.

IV.

Aquellas terribles y amenazadoras palabras: «vas a morir aun cuando sea al revolver una esquina,» resonaban como un eco fúnebre en los oídos del asombrado y aun acobardado Cristóbal.

Largo tiempo estuvo sin atreverse a dar un paso; fijo en el mismo sitio, como si fuera una estatua; pero volviendo poco a poco en sí, comprendió que no le quedaba más remedio que resignarse y marchar a la posada.

Lo hizo efectivamente, y al cabo pudo llegar a ella sin tropezar con nuevos percances.

En aquella noche, por más que cerró sus ojos, el sueño huía de él, y su imaginación le presentaba a cada momento el peligro en que se había encontrado.

Después caía en un abatimiento profundo al considerar la gran pérdida que había sufrido y la que probablemente sería causa de muchos é irremediables disgustos.

Se levantó al siguiente día y anduvo dando vueltas por las calles de la población como aturdido y sin saber que hacerse.

En ese estado de intranquilidad permaneció por espacio de algunos días.

Ignoramos si permaneció en Jerez ó marchó a su pueblo; pero es lo cierto que no se atrevió a dar parte a la autoridad de aquel robo.

Tampoco sabemos a quién le contaría el hecho, pero es lo cierto que al cabo de unos cuantos días se resolvió a tomar una determinación.

Serian como las seis de la tarde del día 11 de Junio del mismo año de 1858 cuando un hombre, que no era otro que el Cristóbal Redondo, llegó a las puertas de la casa-cuartel de la Guardia Civil, que se hallaba situado frente de la misma plaza del Arenal, donde tan mañosamente le sorprendieron los ladrones.

Preguntó por el comandante y le entraron donde estaba el que lo era a la sazón Juan Chamizo.

En el momento que se quedaron los dos solos contó a este toda la historia del robo de la noche del 23 de Mayo, y la amenaza que le dirigieron al despedirse, de que le quitarían la vida, si daba parte.

Le tranquilizó Chamizo, y le ofreció al mismo tiempo, que muy luego caerían en su poder los ladrones, para cuyo fin pidió al Cristóbal las señas que recordase de ellos.

Este se las dio con la mayor precisión, pues los retratos de aquellos dos hombres tal como se habían presentado a sus ojos, se grabaron en su memoria con la mayor exactitud.

Se despidió Cristóbal y Chamizo volvió a darle las mayores seguridades de que guardaría el secreto de su nombre, hasta que los rateros cayesen en su poder.

V.

Semejante hecho y sobre tocio consumado a las mismas puertas del cuartel de la Guardia Civil, dio que pensar a Chamizo, pues juzgaba, y con razón, que los ladrones debían ser muy hábiles.

Leyó sus apuntes; trató de recordar los antecedentes de todas las personas sospechosas y en vano se deshacía en conjeturas y en suposiciones más ó menos fundadas; pero le dejaba desconcertado la hábil estratagema de que los ladrones se valieran para ejecutar el robo con el mayor descaro del mundo.

A pesar de estas dudas, empezó a practicar varias gestiones, y al fin un rayo de luz vino a iluminar su ofuscada mente.

Fijó su vista en Juan Rendón y Joaquín Maldonado, dos sujetos sobre los que recaían sospechas de algunos otros robos, pero que no se habían hallado las suficientes pruebas, por las circunstancias con que los perpetraron, eran a su modo de ver los autores del de Cristóbal Redondo.

Su vida licenciosa, además, les acriminaba pues no salían de la casa de esas desgraciadas mujeres que comercian con su honra.

Adoptó, pues, sus medidas, investigó de nuevo y ya casi tuvo una completa seguridad.

Con efecto, procedió a la captura del Rendón y Maldonado y logró sorprenderles en una de aquellas casas, cuando más libres se creían en los brazos de sus queridas.

Les puso en seguida a disposición de la a autoridad y al poco tiempo se supo clara y patentemente que no solo habían sido los autores del robo del Cristóbal, que los reconoció en la cárcel, sino también de otros cuyos perpetradores se ignoraba que fueran hasta aquel momento.

Chamizo, en esta ocasión, prestó un servicio muy importante a la ciudad de Jerez de la Frontera, librándola de dos bandidos, que acaso hubieran sido el azote de sus vecinos.

CRONICAS ILUSTRADAS DE LA GUARDIA CIVIL

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