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UN SOCORRO A TIEMPO.

  • Escrito por Redacción

cronicas-5

Cuando presenciamos uno de esos rasgos de caridad, de abnegación ó de amor al prójimo, sentimos inundarse nuestra alma de una secreta y dulce alegría, que es difícil de explicar, porque no hay frases ni palabras que retraten las afecciones, como no hay colores que imiten la luz.

UN SOCORRO A TIEMPO.

I.

Nada es más bello que el sentimiento de humanidad que abrigan los corazones nobles; nada más cristiano que salvar a la víctima ó socorrer al desvalido en el momento crítico del peligro ó de la angustia.

Cuando presenciamos uno de esos rasgos de caridad, de abnegación ó de amor al prójimo, sentimos inundarse nuestra alma de una secreta y dulce alegría, que es difícil de explicar, porque no hay frases ni palabras que retraten las afecciones, como no hay colores que imiten la luz.

Por otra parte, el recuerdo de estas acciones queda grabado para siempre en nuestra memoria, porque así como la imagen del vicio nos inspira horror y repugnancia, y tratamos de borrarla de nuestra memoria, la huella de la virtud no se extingue nunca y la acariciamos en nuestro corazón, porque como una flor hermosa nos inunda de un perfume eterno é inextinguible.

Poquísimas líneas necesitaremos para bosquejar el cuadro de uno de esos hechos que atraen sobre la persona que lo ejecuta, las simpatías de los hombres y las bendiciones del cielo.

Y nada importa que la narración se encierre en cortos renglones, porque no por eso deja de ser menos laudable la generosa acción de que vamos a ocuparnos.

II.

La Guardía Civil, por su misión especial, parece que está llamada a embellecer su historia con todos los hechos dignos que puedan distinguir a cualquiera institución.

La mayor parte de los individuos de que se compone, se ha coronado con las alabanzas de las gentes honradas, y con la gratitud sincera de los pueblos.

¡Qué mas satisfacción y gloria!

Pero dejemos estas reflexiones que son pálidas ante las que pudiéramos hacer si fueramos a consignar las que nos sugieren todas las acciones generosas, todos los hechos brillantes que constituyen la historia de la Guardía Civil.

Entremos, pues, en el hecho que nos ocupa.

El pueblo de Calamonte está situado a medía legua de Mérida, en una hondonada, y defendido por varios cerros que le dominan.

A últimos de Enero de 1856, los caminos se hallaban intransitables, y el día 28 del mismo mes, y a las doce de su noche, los Guardias Antonio Manzano y Ramón Trigo regresaban a Calamonte después de proteger la marcha del correo, interrumpida por el deplorable estado en que se encontraba el camino que había de recorrer.

Próximos ya a Calamonte sintieron un estrépito que confusamente llegó a sus oídos como el ruido de una descarga lejana, ó el desplome de alguna casa.

El ruido fue momentáneo, y por lo tanto los Guardias no tuvieron el suficiente tiempo para apreciar con exactitud de qué parte provenía; sin embargo, sin perder un instante, picaron espuela a los caballos y corrieron a todo escape en dirección del pueblo, de cuyo punto pareció que venía el eco de aquel.

III.

Los Guardias no se equivocaron.

La noche estaba nebulosa, y en medio de la oscuridad que los rodeaba, llegaron a sus oídos los lastimeros ayes de un ser que pedía auxilio.

Pasaron una calle, y al llegar cerca de la plaza, pos gritos principiaron a oírse con más claridad. Por fin, Trigo y Manzano, al cruzar una callejuela buscando el lugar del siniestro, presenciaron un espectáculo doloroso.

Una casa se había desplomado dejando solo en pié algunas vigas y maderos que se destacaban en la oscuridad, como los huesos de un esqueleto.

La familia que en ella se albergaba, dormía en el momento de la catástrofe, muy lejos de sospechar que las alas de la muerte se cernían sobre su cabeza.

La casa se desplomó y envolvió entre sus escombros a tres personas de que se componía aquella desdichada familia, que se vio en un instante sepultada entre un montón de ruinas.

Los Guardias no perdieron ni un momento.

Echaron pié a tierra, se quitaron las botas de montar para obrar con mayor agilidad y prontitud, y principiaron a levantar los pesados paredones de tierra y de ladrillos, que gravitaban sobre aquellos infelices.

La tarea era larga, la operación fatigosa.

Sin embargo, la constancia, el ánimo, y sobre todo el sentimiento de caridad, pudieron más que las dificultades que se oponían; y Trigo descubrió debajo de los terrones que lo cubrían, el cuerpo de un hombre que pudo con mil trabajos sacar con vida, aunque magullado y herido.

El desdichado conservaba el conocimiento, y aunque la voz se había ahogado en su garganta, dio a entender por señas que aun quedaban otros seres a quien salvar de entre los escombros.

Trigo lo comprendió, y volvió a remover aquellos con nuevo ardimiento, ayudado de su compañero y de algunos vecinos que acudieron para tomar parte en tan caritativa obra.

No tardaron mucho en ver coronados sus deseos, pues a poco extrajeron una mujer que prorrumpió en lastimeros alaridos, llamando a su hija querida.

La desgraciada madre, a pesar de sus contusiones, se precipitó sobre las ruinas buscando el tesoro de su corazón.

Impulsada por el amor maternal, se vio a aquella mujer levantar enormes piedras, cuyo peso hubiera rendido a un hombre.

Pero ¡ay! el desengaño fue horrible, cuando concluyó la duda.

El cadáver, aun caliente, de una niña fue lo único que se encontró.

El alma había volado a la eternidad.

Los escombros sirvieron de sepulcro a la infeliz criatura, que yacía en el sueño eterno.

Los Guardias contemplaron mudos de pesar el inmenso dolor de aquella desgraciada madre, a quien todos sus esfuerzos no habían podido devolver su adorada hija.

Los Guardias, sin embargo, salvaron de una muerte segura a los padres, y esta satisfacción mitigó el sentimiento que les ocasionó la irreparable pérdida que lamentaban.

Manzano hizo cuanto pudo por la salvación de todos, pero sobre sus fuerzas estaba el decreto inescrutable del destino, contra el cual era imposible toda lucha.

Pero los Guardias Trigo y Manzano cumplieron con sus nobles y humanitarios sentimientos.

Después de esto, ¿qué elogio podríamos tributarles?

¿Qué alabanza puede igualar a la satisfacción que gozan al hacer el bien de sus semejantes las almas generosas?

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