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LAS CUEVAS DE LA CUBÉ - 9 de Junio de 1862

  • Escrito por Redacción

cronicas-8 copia

"La ignorancia engendra en el corazón del hombre la negación de toda la creencia santa o respetable, y quien no cree en nada en nada teme; de aquí al extravío no hay más que un paso, y otro paso aún más corto al delito o al crimen".

I.

Hay hombres que no parece sino que nacieron para servir de azote de sus semejantes.

Ya en otra ocasión hemos manifestado las causas que en nuestro concepto contribuyen a desarrollar en el corazón de esos hombres-fieras las malas pasiones, los deseos criminales y los más inmundos vicios.

Una de las principales que aducimos entonces, fue la falta de educación y por consiguiente de instrucción.

La ignorancia engendra en el corazón del hombre la negación de toda la creencia santa o respetable, y quien no cree en nada en nada teme; de aquí al extravío no hay más que un paso, y otro paso aún más corto al delito o al crimen.

Vamos a ocuparnos en esta Crónica de la fuga y de la captura de un criminal. Este hecho parece de escasa importancia para un capítulo de nuestro libro, sin embargo los antecedentes del bandido son tales que solo el hecho de su fuga de la cárcel, consternó a todo un pueblo, que se lanzó al campo para capturarlo.

Mientras que duró la persecución, no se extinguió la ansiedad de ningún vecino, y todos temían por sus vidas y haciendas.

Véase, pues, con cuanta razón hemos dado importancia al hecho, pues quien es capaz de infundir tan serios temores en todo un vecindario, debe ser una gran notabilidad en la carrera del crimen.

II.

Era Diego Aguilera (a) Mayorazgo, uno de esos hombres que ni temen ni deben, como suele decirse vulgarmente de aquel que acomete cualquiera empresa arriesgada y que no es lícita ni en su esencia, ni en su forma.

Habiéndose lanzado en el sendero del mal, empezó sus correrías en el término de Priego, villa de la provincia de Córdoba, a cuyos habitantes tenía consternados con sus robos y crueldades.

Era Aguilera tan osado y temerario que bastaba concebir un proyecto para que tarde o temprano lo pusiera en ejecución.

En vano las autoridades organizaban batidas para capturarlo; siempre escapaba a su vigilancia, porque siendo el terror de todas las gentes, estas mismas le proporcionaban, por miedo, lugares donde ocultarse.

Instituida la Guardia Civil, correspondió a la villa de Priego tener un puesto, y en el momento que los Guardias tomaron posesión de él, inmediatamente emprendieron la persecución de Aguilera.

La celebridad que este había alcanzado de valiente y experto, le hizo prosélitos y formó una partida de malhechores a cuyo frente se puso como jefe.

Con esta fuerza los robos y las fechorías se multiplicaron, y los Guardias civiles redoblaron más sus esfuerzos para apoderarse de aquellos que eran el terror de toda la comarca.

Un día en el año de 1849, se encontraron frente a frente bandidos y guardias y el Aguilera dio muerte a uno de aquellos guardias, llamado Froilán González.

Cayó al fin el bandido en manos de la justicia y fue condenado a presidio con sus cómplices.

Extinguida su condena, se trasladó otra vez a la villa de Priego, y lejos de haberse corregido, volvió a su profesión, y fue de nuevo el terror de sus convecinos.

Muchas fueron las fechorías que de él se contaron por entonces, pero una de ellas, y por la que fue reducido a prisión, tiene detalles tan horribles que la pluma se resiste a consignarlo en el papel.

No sin razón pues podríamos calificar este bandido de hombre-fiera.

III.

Como a una legua de la villa de Priego, había una casa de labor, que aunque casi completamente aislada, la habitaba el dueño de la misma con su familia.

Este se llamaba Antonio Mata Campaña.

Dedicado enteramente al cultivo de su campo y separado del vecindario, si no tenía amigos en gran número, no tenía enemigos que desearan causarle daño, como suele suceder y sucede en los pueblos con harta frecuencia por desgracia.

Ignorando las fechorías del bandido Aguilera, descansaba tranquilo en el seno de su familia, y no creía ni sospechaba que nadie pensara en él y menos para robarle, por no tener fama de rico, sino más bien de pobre.

Todos los domingos acostumbraba a visitar la villa de Priego, y siguiendo su costumbre, el día 9 de Junio de 1862 se levantó muy de mañana y se dirigió al pueblo.

Permaneció en este casi todo lo más del día, y ya al declinar la tarde emprendió su marcha en dirección al cortijo ó casa de campo.

Alegre y contento caminaba el infeliz Campaña, deseando volver al seno de su familia, a la que siempre la llevaba un recuerdo de cariño. Siempre salían a recibirle sus hijos, con el afán muy propio en la juvenil edad, de ver lo que su paire les traía de la villa.

Acaso Campaña aquel día se excedió de lo acostumbrado.

Acaso aquel día hubiera querido trasportarse de un vuelo, desde Priego a su casa de campo, para gozarse en la alegría que producirían en sus inocentes hijos las chucherías que les llevaba.

Acaso dejándose llevar de un oculto presentimiento hubiera querido ser más expresivo que nunca con los seres que más amaba su corazón, y acaso también durante el tiempo de su viaje, alguna idea llena de amargura turbó la paz de su alma.

Sin embargo, semejante pensamiento debió pasar con la rapidez de un relámpago.

Hacía mucho tiempo que vivía en su casa solitaria y nadie, absolutamente nadie, se había metido con él.

¡Infeliz!

Ignoraba lo que en aquellos momentos ocurría en su morada.

IV.

El bandido Aguilera había fijado sus miradas en el cortijo de Antonio Mate Campaña, y proyectó robar a este cuantos ahorros tuviese.

Convocó al efecto su cuadrilla y les comunicó el plan que fue aceptado unánimemente.

Aguilera se había enterado muy bien de todo cuanto tenía relación con su proyecto, y aunque no supo el objeto de las visitas semanales del Mata Campaña a Priego, su codicia le sugirió la idea de que en aquellos días iría a vender parte de los frutos que le sobraban.

Tal vez no se habría equivocado; pero nosotros ignoramos este detalle.

Puestos de acuerdo los malhechores para dar el golpe y tomadas las medidas que creyeron conducentes para su propósito, empezaron a espiar en la noche del 8 de Junio los alrededores del cortijo.

Amaneció el día 9 y vieron salir a Mata Campaña en dirección a Priego.

Esperaron a que llegase la tarde y cuando Aguilera vio que se acercaba el momento oportuno, hizo la señal convenida y todos se reunieron siguiendo a su jefe.

Un instante después todos ellos penetraban en la casa del desgraciado Campaña, y maltrataban a su indefensa familia, sujetando con fuertes ligaduras los brazos y los pies de cada uno de los individuos que se encontraban en ella, encerrándoles luego en una de las habitaciones.

Libres ya de aquel embarazo que hubiera podido oponer algún obstáculo a la realización de sus planes, se colocaron en acecho esperando la llegada del Campaña.

Su triunfo era seguro, y nadie había en aquellos solitarios campos, no ya que saliera a la defensa de aquella desdichada familia, sino que pudiera descubrir aquel inaudito atentado.

V.

Llegó por fin Antonio Mata Campaña a la vista de su casa y notó con extrañeza que nadie salía a recibirle.

No sabemos si en aquel momento cruzaría por su imaginación la misma idea que a la salida de Priego había turbado por unos segundos la dicha que disfrutaba gozando con el recuerdo de su querida familia.

Pero como a nadie había causado daño tenía la conciencia tranquila; y como era pobre, no temía que sorprendieran su casa para robarles.

Triste engaño.

No importa que el hombre no tenga enemigos, porque no faltara un malvado que atente a su existencia, aunque no haya recibido de él la ofensa más leve.

Esto fue lo que ocurrió en este caso.

Campaña al ver que no salía nadie de la casa apresuró el paso temiéndolo todo, menos el que su familia estuviera encerrada por los bandidos.

No había pasado del portal cuando salió a su encuentro Aguilera con su gente.

El pobre labrador ni opuso ni pudo oponer resistencia, y se entregó en brazos de los malhechores.

Aquellos empezaron a maltratarlo dándole de palos.

En seguida le pidieron cuanto tenía y aquel se lo entregó todo.

Pero no satisfecho Aguilera con tan pequeña suma, empezó a romper cuantas escrituras de propiedad tenía el Campaña.

Aquí hubieran cesado los actos brutales de cualquiera bandido, pero Aguilera y los suyos apetecían gozar del más sangriento espectáculo.

Con la saña y la ferocidad de unos tigres le cortaron las orejas y otras partes de su cuerpo y después de mutilado de manera tan horrible le dispararon dos tiros que le atravesaron el cráneo dejándole muerto en el acto.

Consumado el crimen, los feroces bandidos le retiraron tranquilamente de aquel sitio de horror y de luto, dejando a la familia del desdichado Campaña sumida en la desesperación y el dolor, temiendo por la vida de su jefe y de su amparo.

VI.

La Providencia no podía consentir que aquella familia pereciese en medio de las más desgarradoras angustias, ni que los criminales quedasen impunes de tan infame y perversa acción.

Ignoramos de que manera llegó a noticia de los vecinos del pueblo tan triste nueva; pero en el instante marcharon al lugar de aquella horrible y sangrienta escena, y prestaron algunos auxilios a la desventurada familia, del desgraciado Campaña.

Empezó a formarse la correspondiente causa a los perpetradores del crimen, pero nadie se atrevía a declarar por temor, y los que algo sabían negaban de la manera más terminante.

La voz general los designaba por sus nombres, pero el juez se veía con las manos atadas, porque del sumario instruido no podía saberse quienes eran los autores.

En vano hacían esfuerzos las autoridades; todos se estrellaban contra la mala fe o el temor de las gentes.

¿Pero es posible que los criminales queden impunes?

¡A que tristes reflexiones no daría lugar este suceso si fuéramos a comentarlo!

Por fortuna a los pocos meses de la perpetración del delito fue nombrado jefe de línea de la Guardia Civil del distrito de Priego el subteniente D. Francisco Martínez y Albero.

En el instante que este celoso oficial tomó el mando, se enteró de todos los sucesos y se informó de las personas.

Como era natural, el que más llamó su atención fue el horrible asesinato del desgraciado Campaña, y desde luego comprendió que los criminales eran Aguilera y su cuadrilla.

Desde entonces, no descansó un momento, hasta que consiguió la captura de todos ellos, y en el mes de Octubre del año de 1863, puso a disposición del juzgado a Diego Aguilera (a) Mayorazgo, Antonio Márquez (a) Obílo, Eusebio Trujillo (a) Marqués de los botones, José Basca y su mujer María García y Antonio Úbeda, autores de aquel horrendo crimen.

Preso ya Aguilera, la causa varió de aspecto y las gentes depusieron el temor que coartaba su libertad para declarar la verdad de los hechos.

VII.

Ha pasado ya más de año y medio que el terrible Aguilera dormía en la cárcel de Priego, esperando sin duda la sentencia del tribunal.

En el día 3 de Mayo del presente año la hermandad titulada de la Caridad celebró una solemne procesión, que siguiendo la carrera acostumbrada, pasó por la puerta de la cárcel pública.

Todos los presos se agolparon a las ventanas a ver la función religiosa, pero Aguilera aprovechándose de la ocasión, se escapó de la cárcel por el patio del edificio.

De que medios se valió para fugarse, lo ignoramos; pero lo cierto es, que a la hora, ya todo el mundo sabía el suceso.

Desde aquel instante el pánico se extendió por todo el vecindario y el honrado alcaide de la cárcel quedó como herido de un rayo.

Inmediatamente que llegó a noticia del jefe de la Guardia Civil, que era el mismo subteniente D. Francisco Martínez, dispuso que la fuerza de su mando y de gala como estaba en aquel día a consecuencia de la procesión saliera en distintas direcciones para lograr la captura de tan temido criminal.

El mismo subteniente Martínez con el uniforme de gala que vestía en aquellos instantes, montó a caballo y salió en persecución del Aguilera a la cabeza del Guardia de 1ª clase Manuel Gil Arjona y de los de 2ª Juan Serrano y Francisco Sánchez.

También se organizó una batida por parte del vecindario y por los amigos del contristado alcaide, a quien todo el pueblo quería por sus buenas prendas.

En vano los Guardias y los paisanos recorrieron el término de la villa de Priego.

En vano se hicieron toda clase de pesquisas; ni dieron con el reo, ni supieron siquiera la dirección que había tomado.

Pasóse la noche del 3 en una continua alarma y en la mañana del 4, se extendió la voz por el pueblo de que los Guardias habían cogido al criminal.

Este rumor, fue una celada que tendieron los amigos o cómplices del Aguilera, para hacer desistir a los paisanos que habían salido en su persecución, y al cabo lo lograron.

Pero este expediente no podía producir los resultados que aquellos deseaban.

VIII.

Cuando el vecindario vio entrar por las calles de la villa a los Guardias sin el criminal Aguilera, la alarma y la consternación creció de punto.

Tal era el terror que inspiraba aquel bandido.

Sin embargo, la persecución por parte de los Guardias, continuaba con toda la actividad de que siempre están dando ejemplo los individuos de este benemérito Cuerpo.

Pasaronse uno y otro día y sin resultado; pero al cuarto o quinto de la fuga el subteniente Martínez recibió un aviso de que en las cuevas de Cubé inmediatas a la población se ocultaba un hombre envuelto en una manta.

Sin dar la menor tregua se puso de nuevo a la cabeza de los mismos tres Guardias arriba indicados y partió al sitio que le designaban.

Colocó aquella escasa fuerza de la manera que creyó conveniente y apeándose del caballo, se dirigió él mismo acompañado del Guardia 1.° Manuel Gil a la boca de una de las principales cuevas.

Esta cueva, que se encuentra en medio de un tajo, cuya ladera baña un rio, es sumamente larga, estrecha y con una vía muy escarpada y casi inaccesible, de modo que tanto el subteniente Martínez, como el Guardia 1.º Gil tuvieron que trepar a gatas, agarrándose a las hendiduras de las rocas, para penetrar en su interior.

Emprendieron los dos el reconocimiento más escrupuloso y unas veces uno y otras otro, registraban las cuevas laterales, por las que con dificultad cogía un hombre.

Ya desesperaban de encontrar al bandido, cuando el Guardia Gil al entrar en una de aquellas más estrechas, divisó en el fondo un objeto; entonces, con toda la rapidez que el terreno lo permitía y con un valor a toda prueba, se arrojó sobre él y le obligó a salir a la boca de la cueva, en donde reconoció al Aguilera que pugnaba por desprenderse de sus manos armado de un puñal.

Lanzóse en seguida el subteniente Martínez donde luchaban los dos, y desde este momento cesó la contienda, y el Aguilera fue desarmado y asegurado de la manera más conveniente.

Algunos vecinos que siguieron los pasos del subteniente y los tres Guardias, al ver que habían capturado al feroz Aguilera, corrieron a la villa y dieron la noticia a cuantos encontraron a su paso.

Circuló aquella nueva por la población con una rapidez extraordinaria, y todo el vecindario lleno de alegría, salió a recibir a los Guardias, a los que debió el reo su salvación en aquellos instantes, pues de lo contrario le hubieran escarnecido y arrastrado hasta quitarle la vida. Tal era el odio que tenían al criminal.

Fue tanto el júbilo y tantas las demostraciones de gratitud de las gentes a los Guardias por este hecho, que llegó hasta el extremo de abrazarles en el tránsito de las puertas de la villa a las de la cárcel, donde dejaron de nuevo el reo, a disposición del juzgado.

Tan importante servicio no podía pasar desapercibido de las autoridades, las que correspondiendo a las demostraciones de los vecinos de Priego, tributaron también las más expresivas gracias al decidido subteniente Martínez, al valiente Guardia 1.° Gil y a los otros dos que les acompañaron en tan difícil como arriesgada empresa.

CRÓNICAS ILUSTRADAS DE LA GUARDIA CIVIL

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