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EL GUADARRAMA

  • Escrito por Redacción

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A pesar de la agradable impresión que nos producen los viajes, no todo en ellos es comodidad y alegría. Hay percances de consideración, peligros de gravedad, y sobre todo disgustos cuando se emprenden en épocas en que el tiempo no se muestra muy benigno. Las lluvias, las nieves, las tempestades, las avenidas son otros tantos motivos de molestia, cuando no son causas de verdaderos peligros, como ocurrió en el paso de Despeñaperros en diciembre de 1861.

Por fortuna los ferrocarriles van hoy disminuyendo en gran parte estos contratiempos, que no ha muchos años eran frecuentes é insuperables a veces, porque abandonados los pasajeros a la discreción, por lo general escasa, de un conductor de ganado, veían a menudo amenazada su existencia por la falta de prudencia, por la impericia ó la obstinación de un mayoral inconsiderado.

Nosotros, sin embargo, no queremos inferir la menor ofensa a esa clase; debemos ser justos manifestando que la mayor parte de las veces no son ellos la causa de esos percances, que muchas veces ponen en un peligro inminente la vida del viajero, ó le causan un profundo malestar.

Preciso es decir que nuestros caminos estaban en muy mal estado, y aun lo están algunos, donde existen muy malos pasos que requieren mucha prudencia y mucha practica en el jefe ó conductor del vehículo.

El terreno montuoso y quebrado de nuestra España, no puede menos de presentar pendientes y cuestas de un difícil descenso y de no muy fácil acceso.

El paso de Despeñaperros y el de Guadarrama gozan entre nosotros de cierta celebridad por las dificultades que a menudo ofrecen a las diligencias que llenas de viajeros, tienen precisión de atravesar por esos sitios.

En prueba de esta verdad, podemos agregar un hecho más a los muchos que la experiencia ha suministrado, y que hubiera tenido fatales consecuencias, si la Guardia Civil, siempre solícita, siempre oportuna, siempre previsora del peligro, siempre reparadora en lo posible de la desgracia y del infortunio, no acudiera muchas veces a librar a los pasajeros de los apurados trances en que suelen encontrarse en distintas ocasiones.

II.

En los últimos días de Diciembre de 1861, la nieve había caído con tal abundancia, que el puerto de Guadarrama, se puso intransitable, y las sillas-correos que habían intentado atravesarle, se quedaron atascadas ó casi enterradas en la blanca sabana que cubría el camino.

La nieve engaña nuestra vista, y casi nunca puede medirse en campo raso el espesor que tiene, así es que correos, diligencias y todo género de carruajes iban llegando en aquellos días, a lo alto del puerto, y allí se quedaban atascados con los que antes quedaron allí sin que pudieran vencer aquel paso inaccesible y peligroso.

Multitud de pasajeros se vieron en la obligación de sufrir algunas horas dentro de los coches el frio glacial que se dejaba sentir sobre aquellas heladas cumbres, y en la imposibilidad absoluta de permanecer en ellos por más ó menos días, tuvieron que abandonar el carruaje y volverse a pié en busca de una venta ó de un mesón donde guarecerse de los rigores del temporal, sufriendo los perjuicios consiguientes por causa de tales trastornos.

Esta embarazosa situación especialmente durante los tres últimos días se hacía cada vez más penosa, y las dificultades, lejos de disminuirse acrecentaban, pues las fuertes heladas de aquellas noches habían convertido la blanda capa de nieve en un espejo terso y resbaladizo que hacia el paso materialmente imposible.

El día 29 de Diciembre se hallaban reunidos en un solo punto hasta veintitrés carruajes de diferentes clases.

Sigamos con la vista a uno de ellos que principiaba a atravesar el puerto a las ocho de la noche de aquel mismo día.

III.

Intentar aquel día y en aquellas horas pasar el puerto de Guadarrama en el estado en que se encontraba la carretera, era efectivamente una temeridad imprudente, que podía comprometer las vidas de los que se atrevieran a acometer tan arriesgada empresa.

Sin embargo, a juicio del mayoral, de cuyo coche nos ocupamos, se ponderaba más el peligro ó las dificultades de lo que eran en realidad, y sin vacilar un momento siguió su camino muy confiado que vencería cuantos obstáculos se opusieran a su paso.

La nieve helada producía al pasar el carruaje un ruido semejante al de un vidrio cuando se pisa, y las caballerías caían a menudo de rodillas en la resbaladiza superficie en la que penosamente podían sentar los cascos, porque las herraduras se escurrían en el hielo sin encontrar punto donde apoyar sus cascos para hacer empuje y tirar del carruaje.

La capa de nieve iba siendo más espesa a cada paso, y al poco rato el estallido del látigo y la voz del-mayoral fueron impotentes para poner en movimiento aquellos animales rendidos de fatiga y de cansancio.

Entonces el mayoral comprendió, aunque muy tarde por desgracia, la imprudencia de su propósito, y como en tales casos sucede, apuró el vocabulario de los votos y juramentos.

Todo fue en vano. Clavadas en el hielo las ruedas del coche, este no se movía ni una línea, pues las ruedas no podían romper la dura mole de nieve en que se habían sepultado.

Se acudió al último recurso, y los hombres agarrados a las ruedas procuraron inútilmente hacerlas girar, pero el peso era enorme y el coche permaneció clavado en el mismo sitio.

Se pensó en volver atrás ó en pedir caballerías que ayudasen a hacer el transito, pero ni una cosa ni otra era fácil en aquel momento.

Los pasajeros entretanto llenos de temor y de angustia pensaban y discutían la manera de salir de la peligrosa situación en que se encontraban, y no hallando recurso ni medio que los pusiera a cubierto del mal, se resignaron a soportar todas las consecuencias del temerario empeño del conductor en cuyas manos se había puesto.

Sin embargo, lo que los hombres aguantaban coa trabajo, no era fácil que lo soportase la señora del general D. Antonio Santa Cruz, que por su estado interesante podían serla peligrosísimos aquellos sustos y contratiempos, precisamente en el momento en que más necesarios la eran los cuidados y la tranquilidad.

Su esposo que la acompañaba, el resto de la familia y de los demás viajeros, no acertaban a salir del apurado trance, doblemente sensible por aquella señora que reclamaba todo género de atenciones.

IV.

En tan críticos momentos unos Guardias civiles se presentaron en el sitio de la ocurrencia.

Estos eran el de primera clase Andrés Soto, y los de segunda Manuel García, Faustino Oytaben y Cipriano Pérez, mandados por el cabo 2.° Pedro Sanz de Frutos.

Los faroles de la diligencia les habían servido de aviso y guía al mismo tiempo, y atravesando peñascos y barrancos aun a riesgo de estrellarse en ellos, el cabo Sanz se figuró lo que allí pasaba y corrió con sus compañeros todo lo que le permitía correr lo accidentado del terreno, y la nieve que lo cubría.

Encerados del suceso, trataron por cuantos medios les sugirió su celo, poner a los viajeros al abrigo de la intemperie, los que ya se preparaban a sufrir en aquella desgraciada noche de su viaje.

El coche había atascado junto al león de piedra que el rey Fernando VI mandó colocar en aquel sitio, punto de división de las dos castillas, encontrándose por lo tanto los pasajeros en la cumbre del puerto.

El general D. Antonio Santa Cruz se dirigía con su familia al Ferrol, para tomar posesión de la comandancia general de aquel departamento.

Los Guardias conocedores del terreno, y prestando los más eficaces auxilios a los viajeros, lograron conducir a estos a una mala casa llamada de Cabrera, distante un cuarto de legua del sitio del siniestro, pero no fue posible buscar más cerca alojamiento porque las más inmediatas estaban llenas de pasajeros socorridos poco antes en idénticas circunstancias.

Aunque habían salvado ya la dificultad más grave y peligrosa, las molestias y el malestar eran de muy difícil ó de imposible remedio.

Era tanta la nieve que rodeaba la pequeña casa que servía de refugio a los viajeros, que casi estaba enterrada.

Al siguiente día hubo bastante blandura y empezaron a derretírselos témpanos que la cubrían.

El agua sin tener salida se abrió paso por entre las piedras de las paredes, y las habitaciones se iban convirtiendo en verdaderos charcos.

Preciso fue a los Guardias hacer unos agujeros en las paredes de la fachada, que como otras tantas cañerías dieran salida a la gran cantidad de agua que penetraba en la casa.

Con tan acertada medida pudo evitarse un segundo conflicto, no menos grave que el que los viajeros habían soportado y vencido pocas horas antes.

V.

El comportamiento del cabo Sanz de Frutos que ocupa en esta Crónica una página honrosísima, fue tan digno de elogio que el general Sr. Santa Cruz, después de agradecérselo personal y cordialmente, en cuanto llegó a su destino, quiso darle un testimonio de su gratitud, escribiéndole una afectuosa carta que debe ser un nuevo motivo de satisfacción para quien está dirigida.

Nosotros que comprendemos lo que vale un auxilio cuando para prestarle se han tenido que vencer verdaderos peligros, no podemos menos de reconocer también todo el mérito de la conducta del cabo Sanz y sus compañeros, tanto en el presente caso como en los infinitos que diariamente se le ofrecían durante los meses de aquel rigoroso invierno.

El cabo Sanz Frutos y los Guardias a sus órdenes prestaron durante tres meses consecutivos tan humanitarios auxilios a los viajeros en aquellas heladas cordilleras, que merecieron por ellos repetidas veces las más honoríficas distinciones, tanto de sus jefes superiores como de las autoridades de la provincia.

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