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UNA MUERTE ALEVOSA. (4 de Mayo de 1862)

  • Escrito por Redacción

cronicas-9 copia

La muerte empezaba a helar aquel cuerpo y los Guardias vieron con dolor que todos sus esfuerzos eran inútiles.

UNA MUERTE ALEVOSA.

I.

Hay un adagio que aun cuando vulgar encierra una gran verdad en el fondo y es digno de tomarse en cuenta.

No vive el leal más que lo que quiere el traidor.

Esto es lo que desgraciadamente ocurre con frecuencia.

Coged las estadísticas criminales, examinad una por una las circunstancias de las víctimas y los antecedentes del malvado, y casi nunca encontrareis en las primeras más que honradez é inocencia y en los segundos alevosía y premeditación.

Rara vez la víctima es culpable, rara vez ha dado motivo a que un asesino infame corte el hilo de su existencia con su puñal homicida, y sin embargo el criminal le hace blanco de sus iras, le espía, le acecha sin descanso y cuando encuentra un momento oportuno sacia en él su sanguinario furor.

Esto es desconsolador y terrible, pero es lo que la realidad nos demuestra, y no podemos cerrar los ojos a esas pruebas que la experiencia nos enseña.

Grato seria poder borrar de la historia de la humanidad esos episodios sangrientos que son otras tantas páginas de baldón para sus miserables autores: más para eso sería preciso hacer un estudio de todos los corazones, de todos los sentimientos y de todas las conciencias, darles la educación apropósito, y aun después de esto no dejaría de haber hombres depravados.

Ya que el crimen sea tan antiguo como el mundo; ya que su triste historia no se concluye nunca, sigamos la narración de uno de esos hechos que manchan con sangre los anales de la humanidad.

II.

A la derecha del camino de Badajoz a Sevilla está situada la villa de Gilena, y en frente de esta están las Ventas de la Pajanosa.

Estas ventas se reducen a ocho casas-posadas de bastante capacidad, y algunas de ellas tan espaciosas que pueden albergar de trescientas a cuatrocientas caballerías de los arrieros que en ellas suelen hacer parada.

La noche del 4 de Mayo de 1862 una de estas posadas estaba tan llena de gente que desde fuera se escuchaban los gritos y la algazara de los que allí pernoctaban.

Infinidad de pasajeros, la mayor parte arrieros, iban y venían de la cuadra a la cocina, del pajar a la bodega.

Como principiaba a hacer calor una gran parte se habían salido al portal mientras se preparaba la cena y esta circunstancia permitió oír desde la calle la conversación que sostenía aquel grupo de gente.

No la referiremos entera, pero desde luego podemos asegurar que no era muy amistosa, porque los votos y los juramentos se sucedían; las amenazas menudeaban, y aun los movimientos agresivos principiaban a indicarse y hubiera ido más adelante, si los testigos de aquella escena no los hubieran contenido.

El ventero avisó en este momento que la cena estaba preparada y cada uno fue a tomar un asiento al rededor de la mesa.

Dos hombres, sin embargo, aparentando distracción no hicieron caso del llamamiento, y lejos de acudir a él salieron a la calle y se pararon a espalda de la venta.

—Perico, decía uno de ellos, esta noche vamos a despachar al diablo del cirujano.

—En eso venia pensando, Sebastián.

—Y esta noche más a propósito que nunca. Ya sabes que si él está aquí, es porque siempre anda buscando por el campo esos yerbajos con que dice que cura las heridas; pero me parece que la que yo le haga no se la cura con yerba.

—Déjamele a mí, Sebastián, tú me acompañaras; pero el golpe quiero dárselo yo. Tengo ese gusto.

—Y yo también; pero en fin si te empeñas le dejaré por tu cuenta. ...

—La que dé yo de él...

—Es seguro que antes de amanecer ya está buscando las yerbas, ni más ni menos que una cabra en el monte; pues bien, nosotros también vamos a cogerlas esta noche, nos tropezaremos con él en una mata espesita. ¿Entiendes, Perico? —¡Toma! que si entiendo.

—En cuanto tropecemos, con una buena que le arrimes con ese pincho en el sitio que te puedes figurar, hemos concluido.

—Pero oye, Sebastián, para hacer eso mejor sería marcharnos ahora por el camino que el lleva y allí podríamos esperarle.

—De ese modo no le encontrarías nunca.

—¿Por qué?

—Porque tendría sospechas.

—¡Bah! lo que menos se piensa el hombre es que vamos a escabecharle.

—De todos modos mejor es ser prudente. Volveremos ahora mismo a la posada, y antes que el cirujano se ponga en camino, nosotros nos adelantamos, y así no puede sospechar.

A Perico le pareció aceptable el plan de su compañero, y echando a andar entraron los dos nuevamente en la posada.

III.

Los huéspedes estaban todos cenando, y era objeto de la conversación de algunos la disputa que se había suscitado poco antes con D. Pedro Díaz.

Nunca ha llegado a nuestros oídos la causa de aquella cuestión que tan funestas consecuencias había de tener.

D. Pedro Díaz Linares era un estudioso cirujano establecido en Gilena, en cuyo pueblo estaba muy acreditado en el ejercicio de su noble profesión.

Había estado en la guerra de África, y prestó eficaces auxilios a los heridos en aquella campaña.

Concluida la guerra vino a establecerse a Gilena, y en la noche que nos ocupa se hallaba incidental mente en las Ventas de Pajanosa, porque según antigua costumbre suya, recogía yerbas cuyas propiedades medicinales aprovechaba con éxito, y habiéndole sorprendido la noche, determinó quedarse allí para salir más de madrugada a continuar su tarea.

Después de la disputa que tuvo con Perico y Sebastián, D. Pedro Díaz deseando en lo posible no volverla a renovar, y obrando con suma prudencia, no quiso permanecer más en la posada donde se hospedaban aquellos dos hombres, y se trasladó inmediatamente a otra un poco más arriba.

Cuando Perico y Sebastián observaron que su víctima había desaparecido, y figurándose que no estaría muy lejos, principiaron a recorrer las posadas inmediatas sirviéndoles de pretexto para observar, los vasos de vino que pedían.

Llegaron por fin a la en que D. Pedro Díaz se había refugiado temeroso de promover un nuevo altercado, pero Perico y Sebastián le descubrieron y le provocaron de nuevo y el escándalo y alboroto subió de punto.

Un niño de doce años que presenciaba la escena tuvo la feliz ocurrencia de ir corriendo a dar aviso a la Guardia Civil, cuyo puesto esta a un kilómetro de la venta de la Pajanosa.

IV.

A los diez minutos el cabo 1.° José Marqués y el Guardia Fernando Rodríguez se presentaron en la posada que el niño les indicara; pero el ventero lejos de declarar la verdad, dijo que en su casa no había oído ni una sola voz, ni un grito; que tal vez habrían disputado en la calle; pero que él nada tenia que ver con lo que ocurriese fuera de la venta.

Los Guardias, temiendo que el niño hubiera equivocado la posada, fueron preguntando una a una, pero en todas les dieron contestaciones por el estilo de la que habían recibido en la primera.

Con tan escasos datos no era posible juzgar ni emprender ningún género de procedimiento.

Todas las pesquisas y preguntas de los Guardias no obtuvieron ningún resultado favorable.

Tomaron, pues, un camino que da al campo y dejaron la carretera sobre la cual están situadas las mencionadas ventas.

Era la una.

La noche estaba oscura, pero los Guardias, conocedores del terreno, seguían su vereda pisándola aunque sin distinguirla apenas.

A dos tiros de bala de la carretera el cabo Marqués tropezó con un objeto.

Un gemido imperceptible llegó a sus oídos.

Se bajó al suelo, y un hombre se hallaba tendido a sus pies, procuró ayudarle a levantarse, pero en vano; el cuerpo cayó a plomo impotente ya para sostenerse.

Marqués sacó una caja de cerillas y encendió luz, mientras Rodríguez buscaba un poco de esparto y ramas secas con que hacer una pequeña hoguera que les alumbrase.

Sentaron al herido y le recostaron sobre un árbol que había cerca.

—¿Quién os ha herido, buen hombre? le preguntó Marqués.

El moribundo abrió los ojos al resplandor de la llama y exhaló un ¡ay! doloroso.

—Hablad por Dios, decía el Guardia; ¿quién, quién ha sido el asesino?

El herido, haciendo un esfuerzo supremo, levantó cuanto pudo la mano señalando el camino; después se estremeció convulsivamente, dejó caer la cabeza sobre el pecho y sus ojos empañados por el soplo de la muerte, se cerraron para siempre.

Cuando el cabo Marqués se convenció de que tenía a su lado un cadáver, desabrochó la ropa empapada en sangre, y a la luz de la hoguera distinguieron una profunda y ancha herida en el pecho sobre el corazón, y otra del mismo tamaño en el costado derecho, las dos mortales a juzgar por sus dimensiones.

Quisieron, sin embargo, hacerla última prueba. Bañaron su frente con agua fresca, restañaron la sangre de las heridas, y con sus pañuelos intentaron detener la que aun corría.

¡Todo fue en vano!

La muerte empezaba a helar aquel cuerpo y los Guardias vieron con dolor que todos sus esfuerzos eran inútiles.

El infeliz D. Pedro Díaz había dejado de existir. Perico y Sebastián habían consumado su proyecto.

V.

Comprendiendo Marqués y Rodríguez que sus auxilios de nada servían ya al que acababa de espirar, creyeron con fundamento que el asesino ó asesinos no podrían estar muy lejos y sin perder un instante echaron a andar precipitadamente en su busca.

Al cuarto de hora divisaron dos hombres que corrían en dirección contraria a Gilena.

Estos dos hombres debieron también a su vez distinguir a los Guardias, porque a su vista corrían con más rapidez.

Aquello se parecía mucho a una fuga, y Marqués creyó con razón, que los que huían serian los asesinos del infeliz cirujano.

Así, pues, se propuso darles alcance.

El día 5 principiaba a amanecer.

Los escarpados barrancos y riscales que abundan en aquel término, sirvieron para que Perico y Sebastián ocultándose en ellos, perdieran de vista a los Guardias que los seguían.

Marqués y Rodríguez se internaron entre los chaparros y acebuches que pueblan aquellos montes, y practicaron el más escrupuloso registro.

Nada encontraron.

Sin embargo persuadidos que los fugitivos estaban ocultos muy cerca, determinaron esperar, y se colocaron detrás de los espesos matorrales que por allí abundan.

Perico y Sebastián que se habían ocultado entre las grietas de un estrecho y profundo barranco permanecieron en el escondite, hasta que creyeron que los Guardias habían pasado.

A la media hora, muy lejos de figurarse que los estaban esperando, abandonaron su escondrijo y arrastrándose y casi a gatas pudieron salir a terreno más llano; pero en el momento de emprender nuevamente la fuga, la voz de alto dada por los Guardias, que les salieron al encuentro, vino a desvanecer todas sus esperanzas.

Todavía intentaron huir, pero Marqués, apuntándolos con su carabina, les advirtió que el menor movimiento que hiciesen les costaría la vida.

Perico y Sebastián no pudieron menos de rendirse.

Se les ató fuertemente y se les condujo a Gilena.

Practicadas las primeras diligencias per el juez del partido resultaron ser los autores del crimen que se les imputaba.

Los asesinos se llamaban Pedro Asete y Sebastián Delgado, siendo el primero el que consumó el crimen.

Trasladado el cadáver a la cabeza de partido se practicó la autopsia, declarando los facultativos ser mortales por necesidad las dos heridas que había recibido.

Cuando se le recogió tenía todavía en la mano un puñado de yerbas empapadas en sangre, que el infeliz cirujano en sus últimos momentos aplicó sin duda a su herida como el remedio supremo.

¡Ay! aquel desdichado estaba muy lejos de sospechar que aquellas yerbas que recogía para la curación y alivio de las heridas de los demás, estaban destinadas a mojarse con la sangre de las suyas.

Ignoramos la pena que impusieron los tribunales a los autores de tan horrible crimen.

Lo único que sabemos es, que el cabo José Marqués recibió por tan importante servicio las gracias del juez, y del Excmo. Sr. Director General de la Guardia Civil.

CRÓNICAS ILUSTRADAS DE LA GUARDIA CIVIL

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