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LA MANO DE LA PROVIDENCIA.

  • Escrito por Redacción

cronicas-4

A la Guardia Civil, desde sus comienzos, ni el desánimo, ni el peligro, ni las dificultades, ni saber que los criminales podían estar protegidos, ya por miedo, ya por afinidades, han logrado apartarla o disuadirla de su misión, la protección, la ayuda y la defensa del necesitado.

LA MANO DE LA PROVIDENCIA.

I.

Cuando la Guardia Civil no existía en España, no pasaba día sin que se contaran robos y muertes ocurridas, ya en las vías públicas, y ya también en los pueblos.

La autoridad municipal y la judicial eran impotentes para extinguir los malhechores que recorrían sus respectivos distritos.

En vano en algunas poblaciones se organizaron partidas de paisanos para dar batidas a los criminales; en vano cooperaron las tropas del ejército, porque los ladrones se dispersaban a la vista de las fuerzas que los perseguían, y a ninguno de ellos le faltaba un encubridor que le proporcionara un escondrijo.

Las gentes honradas y pacíficas, y particularmente los que tenían que pasar su vida en el campo, no se atrevían a denunciar a los malhechores, porque su denuncia se hacía pública, llegaba al conocimiento de aquellos, y tarde ó temprano el denunciador venia a caer en las manos del bandido, que en su tremenda ira, le arrancaba la existencia.

Muchos ejemplos pudiéramos ofrecer a la consideración de nuestros lectores, pero como éstos los saben tan bien ó mejor que nosotros, renunciamos a ello¦ para no pecar de difusos.

La denuncia, pues, de los criminales, era poco menos que imposible.

Veces hubo en que estos acababan de robar a una familia, y que salían casi al mismo tiempo de la casa en la que entraba la justicia por diferente puerta, y sin embargo esta atribulada familia guardó silencio aunque acababa de ser la triste víctima de su rapacidad.

Guardó silencio, aunque habiendo pronunciado una palabra, era lo bastante para que los bandidos cayeran en poder de la justicia.

Pero guardó silencio por miedo, por temor a un nuevo y más trascendental atentado, cosa entonces muy fácil, atendida la impunidad de que gozaban los ladrones.

La institución de la benemérita Guardia Civil, no solo ha prestado el eminente servicio de limpiar los campos de facinerosos, sino que ha conjurado todos los males que antes pesaban sobre él denunciador.

El hecho que vamos a narrar, nos ofrece la más palpable y convincente prueba de ello.

II.

Estamos en el mes de Febrero del año de 1857.

La noche era lluviosa y fría en extremo.

D. Guillermo Falgueras y León mandaba la línea de la Guardia Civil de Coin y se encontraba aquella noche en casa de unos amigos que habitaban en la indicada villa.

Como acontece naturalmente, mientras más cruda, fría y lluviosa era la noche, mayor placer tenían los que estaban reunidos en aquella casa, de disfrutar en un bien preparado y cómodo gabinete de la deliciosa compañía de unos cuantos amigos.

Serian ya las diez de la noche cuando se oyeron unos fuertes golpes en las puertas de la casa.

Salió un criado y al abrir penetró un embozado en el portal preguntando por el jefe de la Guardia Civil, Don Guillermo Falgueras.

Invitóle el criado a que pasara a una de las habitaciones inmediatas, en tanto que daba el recado, pero aquel se negó a ello.

Entró entonces el criado en la sala donde se hallaba el Sr. Falgueras, a quien dijo todo lo que ocurría; en vista de lo que éste salió en seguida de la habitación y se dirigió al portal donde se encontraba el embozado.

Después de cambiarse entre los dos un frio saludo, tomando la palabra el embozado, dijo:

—Es el Sr. Falgueras, jefe de la Guardia Civil de la línea de Coin con quien tengo el honor de hablar?

—Servidor de Vd., contestó aquel.

—Pues vengo a poner en su conocimiento que el bandido José Rincón vaga por el partido de los Arenalejos, que está situado a las vertientes de la sierra de las Nieves por la parte de Tolox, y que nunca más apropósito que ahora, que esta noche para sorprenderle y cogerle.

—Doy a Vd. las gracias por el aviso: ¿más no puedo saber a quién tengo el gusto de hablar?

—Permítame V., replicó el embozado, que conserve el incógnito.

Esta respuesta desconcertó al oficial, el que presumió si aquella confidencia seria una trama. Sin embargo, conociendo el embozado que aquel dudaba de sus aseveraciones, le manifestó que no sabía más, y que lo dicho era cierto.

Falgueras le hizo ver las grandes dificultades que ofrecía aquella empresa en una noche tan mala y cuando tenían que recorrer un terreno, que además de ser muy escabroso, les era desconocido.

En vista de tales dudas el embozado les ofreció un joven que les sirviera de guía.

Esta oferta animó a Falgueras, y le decidió a emprender la persecución del bandido. Convinieron, pues, el sitio y hora en que se había de encontrar el joven para unirse a Falgueras y a los Guardias que le acompañasen, y se despidieron afectuosamente.

Falgueras volvió a entrar en el gabinete donde conversaban sus amigos, y se despidió de ellos manifestándoles que un asunto urgente del servicio le obligaba, contra su gusto, a privarse de tan deliciosa sociedad.

Un instante después salía de aquella casa, y con paso apresurado se dirigía a la casa-cuartel de la Guardia Civil.

III.

Apenas llegó Falgueras al cuartel, dio orden a cuatro de los Guardias que en él se encontraban, para que se armasen al instante y le siguieran.

Los Guardias obedecieron inmediatamente, y no habrían dado aun las once cuando los cinco partieron en dirección del punto donde había de unírseles el guía.

Hallaronle, en efecto, a la salida del pueblo, y todos juntos echaron a andar en dirección a un gran barranco, distante unas dos leguas.

Como la noche era bastante oscura y sombría, y el agua caía a torrentes, la marcha se hacía más penosa; no solo por estas circunstancias, sino también por las grandes dificultades que presentaba el terreno.

A cada paso tenían que saltar barrancos y cortadas. Tres veces tuvieron que pasar a vado y con agua hasta la cintura, el rio Grande.

Llegaron por fin, y al cabo de tres horas al pié del barranco, y ya colocados en una estrecha vereda, el guía les manifestó que no podía seguir más adelante.

Despidiéronse los Guardias de aquel y prosiguieron su camino, que solo veían al resplandor de los relámpagos.

Más de una vez se extraviaron y perdieron la senda, y más de una vez volvieron atrás para encontrarla.

Serian ya las tres de la mañana cuando descubrieron una pequeña casa de labor: al verla Falgueras dijo a uno de los Guardias que llamase, con ánimo, no solo de guarecerse de la furiosa lluvia que entonces caía, sino también con el de adquirir noticias acerca del terreno.

Pero todo fue inútil. Nadie contestó a los repetidos golpes, lo que indicaba que no había nadie dentro.

En tal situación, ¿qué convenía hacer?

Falgueras se decidió esperar la luz de la aurora para continuar la persecución del bandido.

IV.

Semejante disposición no pudo ser más acertada.

El terreno era de suyo muy escabroso, y la lluvia lo había puesto intransitable.

Además, muy cerca de allí, se oía el ruido estrepitoso de un torrente, y hubiera sido fácil que en medio de la oscuridad de la noche, encontraran en él su sepultura los valerosos Guardias.

Resuelto, pues, Falgueras a esperar la luz del día, y a resistir la copiosa lluvia que casi les asfixiaba, mandó a los Guardias que se colocasen debajo de los arboles, pero guardando cierta distancia unos de otros.

Así estuvieron muy cerca de una hora, sufriendo con la mayor resignación el fuerte aguacero, pero a cosa de las cuatro de la mañana se pronunció con tanta fuerza, que no parecía sino que se habían abierto las cataratas del cielo.

Falgueras temió entonces por los Guardias, a juzgar por lo que a él mismo pasaba en aquellos instantes, y para asegurarse de que nada les había sucedido, los llamó por medio de un silbido, que aquellos no percibieron a pesar de que estaban a corta distancia, por el ruido sordo del torrente y por el que producía la lluvia al caer sobre los arboles.

Repitió la señal una y otra vez; y al hacerlo la última, y cuando ya Falgueras estaba resuelto a buscarlos, oyó un silbido que respondía al suyo, pero el eco venia en dirección opuesta de donde estaban los Guardias, y el que lo había dado descendía de lo alto de la sierra según el rumor de sus pasos.

Admirado y advertido al mismo tiempo, repitió la señal, la que también fue contestada, aunque el que las hacia estaba más próximo.

En esto, uno de los Guardias, llamado Antonio Trujillo, que había oído las dos señales y que comprendió perfectamente lo que aquello significaba, se acercó a su jefe y le manifestó su creencia.

Falgueras que pensaba lo mismo, situó al Guardia en en el sitio que creyó conveniente, y colocado él donde antes estaba, volvió a repetir la seña.

Esta vez no tuvo contestación.

Silbó por segunda y tercera vez, y tampoco le devolvieron el silbido.

Ocurrióle entonces meterse un dedo en la boca, y con las manos en hueco aplicadas a la misma, a fin de disfrazar la voz, dio un grito como queriendo pronunciar un nombre.

No bien le había dado, cuando a tiro de pistola le contestó una voz gruesa y varonil: «Ya voy.»

En tal estado deja el bravo Falgueras aproximarse al desconocido, y cuando ya percibió el bulto y le tuvo a cuatro pasos, pistola en mano, le intimó la rendición.

Al oir esto el desconocido, con una ligereza pasmosa, da un salto atrás y amartilla su retaco.

La oscuridad se interpone entonces entre los dos, pero Falgueras se precipita sobre aquel, y antes de llegar donde estaba, oye exhalar un ¡ay! y ve caer un bulto casi a sus mismos pies.

Da un paso hacia él, y distingue entonces al valiente Guardia, Antonio Trujillo, que fue el que, arrojándose con la velocidad del rayo sobre el bandido al oír la voz de «ríndete,» le había derribado y caía sobre el criminal poniéndole la rodilla sobre el pecho.

Preso ya el bandido, y despojado de su retaco, de su enorme cuchillo, de unas alforjas y de una zalea, confesó ser el José Rincón a quien perseguían.

Los otros Guardias apenas se apercibieron del suceso, y se reunieron a su decidido jefe y al valiente Trujillo a las repetidas voces que les dieron llamándoles.

Después de asegurado el bandido, determinó el señor Falgueras aguardar los primeros albores de la aurora para marchar con más desembarazo, y así lo ejecutaron llevándose al bandido, que merced a una casualidad providencial, había caído en sus manos.

El José Rincón, que ocho días antes había asesinado alevosamente a un guarda de campo llamado Nebro, fue a espiar al presidio de Granada todos sus crímenes, donde murió, al poco tiempo de haber sido capturado por la Guardia Civil.

Por tan importante como arriesgado servicio, todas las autoridades dieron las gracias a los atrevidos Guardias, y especialmente al intrépido oficial Sr. Falgueras y al valiente Guardia, Antonio Trujillo.

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