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LA INUNDACION.

  • Escrito por Redacción

cronicas-10

Por mucho que desde ciertos sectores, por mucho que ciertos individuos, por muy importantes que sean o por muy altos cargos que tengan, quieran desprestigiar a la Guardia Civil con sus palabras y con sus mentiras, la trayectoria de la Institución siempre ha sido la misma, una trayectoria de rectitud, de sacrificio, de heroismo, de servicio desinteresado a los demás, acreditada y demostrable, como lo demuestran estos relatos de los primeros años del Cuerpo.

LA INUNDACION.

I.

Tomamos la pluma para recordar un suceso que llenó de consternación y luto a una de nuestras más hermosas provincias, y que afectó profundamente al resto de España con sus desastrosas consecuencias.

Nos referimos a las inundaciones que afligieron a muchos pueblos de Valencia en los primeros días de Noviembre de 1864.

Esta época será tristemente memorable, mientras que existan todos aquellos que la presenciaron y han sobrevivido a la espantosa inundación que convirtió los feraces y deliciosos campos de Valencia, en un vasto cenagal, sembrado de escombros, que arrastrados por las aguas, quedaron en aquellas dilatadas llanuras como un recuerdo» terrible de la desgracia, como los tristes restos de su devastación y ruina. . .

Todavía recordamos con dolor aquella campiña llena de piedras y de despojos, que poco antes se ostentaba a las miradas del encantado viajero, risueña y frondosa, como si quisiera enorgullecerse de su rica feracidad; todavía recordamos aquella noche aciaga, cuyo lóbrego cielo cubierto de tenebrosas y siniestras nubes, arrojaba sobre aquellos desdichados pueblos torrentes de fuerte lluvia al compas de espantosos relámpagos y de terribles truenos que sembraban la destrucción y la muerte.

Episodios horribles, conmovedores detalles podríamos citar de aquella inmensa catástrofe, cuya memoria ha quedado tristemente grabada en el corazón de los pobladores de aquella fértil comarca, pero en otra ocasión, y acaso con el mismo motivo, diremos lo que hoy callamos.

No queremos acumular en la sola narración de un hecho todos los accidentes, todas las escenas tristísimás que entonces ocurrieron, porque afligiríamos demásiado el corazón de nuestros lectores. Vamos a referir tan solo uno de esos rasgos de heroísmo, cuyos héroes con el mayor denuedo y abnegación salvaron la vida a muchos infelices en aquellos angustiosos momentos en que la creían perdida.

II.

La villa de Anna está situada a nueve leguas de Valencia, y distante una de Enguera, que es la cabeza del partido judicial a que pertenece aquella.

Situadas en un hondo formado por dos alturas llamadas de las Eras y de Ñero, tiene a sus inmedíaciones un barranco que lleva este mismo nombre.

Las aguas de la Albufera, que está en su término, las de la fuente Negra y otros manantiales cercanos, forman un riachuelo llamado indistintamente de Anna ó de la Albufera.

Esta posición topográfica, que contribuye mucho a la fertilidad de sus campos, le es sumamente fatal y desventajosa para el caso de una inundación tan terrible como la que sufrieron el pueblo de Anna y sus inmedíatos.

El día 3 de Noviembre, y poco después de anochecer, empezó a cubrirse la atmósfera de pardos nubarrones, y a las diez de la noche la lluvia no ofrecía ningún indicio que hiciera presumir el espantoso incremento que había de tomar pocas horas después.

Amaneció el día 4 lóbrego y sombrío.

El agua que caía era tan abundante que los tejados principiaron a resentirse; el viento reinante, parecido al huracán, azotaba con violencia las paredes de los edificios, envolviéndolos en impetuosos torbellinos que formaba con el aluvión.

Las campanas, balanceadas por el huracán, tañían de vez en cuando, como si su clamor anunciara la oración fúnebre de los que iban a sucumbir.

Al anochecer, el temporal arreció espantosamente.

La luz del relámpago centelleaba entre la densidad de las nubes.

La tierra parecía estremecerse al furioso retumbar del trueno, y la lluvia, cada vez más fuerte y copiosa, se asemejaba a otro nuevo y espantoso diluvio.

El mar bramaba como un furioso león, y sus terribles bramidos, llegaban a los oídos de los vecinos de Anna como el eco fúnebre de aquella inolvidable y funesta tempestad.

A la una de la noche parecía que el cielo quería hacer la paz con la tierra; pero, ¡ah! cuan efímera y pasajera fue aquella tregua engañosa.

No habían trascurrido dos horas, cuando en medio de la oscuridad de aquella noche fúnebre, empiezan a turbar el silencio ayes lastimeros, y espantosos gritos.

¿Qué nuevo peligro amenaza a aquellos habitantes?

¿Por qué gimen y gritan las mujeres, por qué lloran los niños, y por qué, en fin, los hombres aturdidos y aterrados, buscan en vano un refugio para salvar a sus queridas familias?

¡Oh! sí: es porque se ven amenazados de otro peligro más horrible que la lluvia.

El rio de Anna, la Albufera, los manantiales todos que circundan la villa, se desbordaron instantáneamente y sus olas esparcidas, empezaban a batir los débiles muros de las casas, cuyas puertas se desquician a sus ímpetus, y se anegan todas sus habitaciones.

En todas partes no se ven más que desoladoras escenas.

Pero en estos instantes supremos de dolor y de mortal angustia, y cuando todos se disponen a morir invocando el santo nombre de Dios, tres guardias civiles arrostrando todo género de peligros, se presentan en las calles de Anna, animando con la voz y con el ejemplo a sus angustiados vecinos.

Estos tres guardias son el sargento 2.°, comandante del puesto de Enguera, Vicente Llorca, el Guardia 1.º Inocencio Ubeda, y el 2.° Andrés Gras.

III.

Nada más horrible que el espectáculo que en aquellos momentos presentaba el desdichado pueblo de Anna.

Las aguas se acumulaban sin encontrar una salida capaz de darlas paso, y el impulso que recibían de minuto en minuto hacía temer que se abrirían un camino que dejarían sembrado indudablemente de ruinas y de cadáveres.

Un gran grupo de gente de uno y otro sexo, apiñada en la plaza de los Álamos, imploraba a grandes gritos:

—¡Misericordia, Purísima Concepción! ¡Misericordia para Anna!

El cielo contestaba con horrorosos truenos, como si se negase a escuchar aquella expresión suprema del terror.

El huracán cada vez más furioso, acrecentaba, el ímpetu de las olas, y la noche parecía cubrirse aun con un velo más funesto, como nuncio terrible de la destrucción de aquel pueblo afligido y pasmado.

En tan terrible conflicto el sargento Llorca y sus compañeros dieron un ejemplo de serenidad admirable.

Se sitúan en los sitios de más peligro, y aun a riesgo de perder su existencia, no vacilan en exponerla por salvar la de los demás. .

¡Rasgo de abnegación sublime, de que solo son capaces los corazones valerosos y esforzados!

Más para abrir paso a las aguas no bastaban los esfuerzos de aquellos tres valientes; se necesitaban otros brazos que les ayudasen en la peligrosa maniobra de echar a tierra un murallón, que era un dique para los torrentes, que no encontrando un cauce accesible, se extendían a derecha é izquierda, inundando las casas.

Llorca llama a los vecinos, que acobardados ante el peligro, no se habían atrevido a salir hasta entonces; les anima con su ejemplo, y atraviesa charcos y barrancos, y al pié de la muralla, pide a gritos herramientas para empezar la obra de salvación.

Sus compañeros le imitan, y principian a trabajar llenos de entusiasmo y de arrojo.

IV.

Entre tanto ocurrían en el pueblo escenas de desolación y de duelo difíciles de pintar.

La madre buscaba al hijo, el hermano al hermano, los hijos a sus padres. No parecía sino que se acercaba el fin del mundo en aquella infausta noche, y muchos subidos en los tejados de sus casas esperaban temblando la ola que les sepultara para siempre en el abismo.

Un gran número de árboles corpulentos arrancados a cuajo, flotaban sobre la corriente, y muchas caballerías nadaban tratando instintivamente de salvarse del turbio remolino que las impelía con rapidez.

Los gritos, los llantos, las plegarias se sucedían sin cesar, y muchos infelices huían despavoridos al campo creyendo encontrar su salvación cuando solo les esperaba una muerte segura.

Algunos encaramados en los arboles más altos, esperaban con la angustia en el corazón, y el terror en el alma, el momento de perder aquel único sostén de su vida, harto débil por desgracia, en aquella aciaga noche.

Los gritos de ¡misericordia y piedad, Santísima Virgen! se confundían con el ronco bramido de las aguas, que crecían sin cesar.

Infinidad de personas desnudas y descalzas corrían atribuladas sin saber a dónde dirigir sus pasos, y aquí tropezando, allí cayendo, más allá sintiéndose hundir en el cieno, los ojos demandando clemencia en aquella muda y sublime plegaria del dolor.

Corramos un velo sobre este cuadro desgarrador, y borremos de nuestra memoria el fúnebre recuerdo de aquella noche.

El infeliz pueblo de Anna era víctima como sus convecinos de una inundación devastadora como ninguna de las que recordaban los más ancianos.

En esta riada el agua subió seis palmos más alta que la célebre de 1805.

Entretanto los valerosos guardias trabajaban sin descanso para dar cima a su empresa.

V.

Después de inauditos esfuerzos Llorca consiguió rodearse de alguno aunque muy pocos vecinos del pueblo; atraviesa, seguido de aquellos, profundos barrancos, y aun a riesgo de hundirse entre el fango que van depositando las aguas consigue llegar al pié de la muralla que las servía de barrera, contra la que se estrellaban con ímpetu.

El solo empieza a derribar uno de los trozos del murallón, y sus incansables brazos manejan la piqueta y la pala con vigor y agilidad.

Sus compañeros Ubeda y Gras intentan el ejemplo y aquellos tres hombres, llenos de lodo, descalzos, sin uniforme se les ve aparecer en los sitios de más peligro, luchando con las aguas que les llegan hasta su cintura.

Por fin después de un ímprobo trabajo logran derribar el murallón, y las olas se precipitan por entre los escombros en estrepitosa corriente.

Por dos veces estuvo Llorca a punto de ser sepultado por las olas y por dos se le vio a aquel hombre valeroso luchar con la muerte a la cual parecía inexpugnable.

Pero aquel heroísmo tenía un premio.

El pueblo vio que las medidas adoptadas por Llorca le habían salvado de una completa inundación, y todos los vecinos acudían a él como a su ángel salvador demandándole el auxilio que todavía necesitaban.

Llorca, compadecido, valiente y animoso como nunca emprende la segunda parte de su obra, y atravesando mil peligros penetra en las casas, donde había muchos seres cuya muerte hubiera sido segura, si no los hubiese prestado un pronto y eficaz socorro.

El valiente sargento, sacaba en sus brazos asustados niños, angustiadas mujeres, ancianos venerables que iba trasladando a la casa-palacio del señor conde de Cervellón, que era la única que por su sólida construcción ofrecía garantías de seguridad en el amargo trance por que atravesaba el pueblo de Anna.

Hubo casa en que fue preciso a los Guardias entrar a nado para salvar a los que desde dentro pedían-al cielo misericordia y socorro.

Aquellos infelices hubieran perecido al furor de los torrentes que invadían sus propias habitaciones si estos tres hombres intrépidos y arriesgados no hubieran extendido sus humanitarios brazos para conducirlos al puerto de salvación.

Las oscuras y lóbregas sombras de aquella borrascosa noche de truenos y relámpagos, de rayos y de torrentes, de huracán y de lluvia no permitió medir en los primeros momentos toda la extensión del siniestro; pero al llegar el día, cuando los afligidos labradores levantaban los ojos al cielo en acción de gracias porque les había salvado la vida, presenciaron el espectáculo más triste y desconsolador que podía ofrecerse a su vista después del de la muerte, el de sus fértiles campos convertidos en desierto de arena, sin árboles ni frutos, yermos y devastados.

Cascajos, piedras y arena cubrían aquella campiña, que veinticuatro horas antes eran el encanto de sus ojos y el sueño de sus esperanzas.

Nada quedó que pudiese atestiguar su frondosa y rica vegetación.

Todo había muerto en aquella horrible noche. Solo en el término de Anna ocho fabricas de paños, cinco batanes y tres molinos harineros fueron arrastrados por las aguas.

Industria, cereales, ganado, todo se había perdido, y los que contaban con su subsistencia del invierno quedaron en la más espantosa miseria sin ropas ni casa donde guarecerse.

Los guardias no descansaron en veinticuatro horas, ni un solo momento, y su celo, su actividad y su valor salvaron innumerables víctimas de las garras de la muerte.

Se sabe, sin embargo, que el rio en los momentos de más crecida arrebató cuatro personas, ignorándose el sitio en que ocurrió este triste suceso, y si fue hijo de la imprudencia ó de la fatalidad.

El sargento 2.° Vicente Llorca, y los Guardias Ubeda y Gras, fueron esa noche un auxilio que la Providencia quiso dar al desventurado pueblo de Anna, que sin él hubiera perecido entero entre las ruinas de sus casas y el furioso oleaje de los torrentes.

Tanto valor, tanta abnegación y tanta caridad, dignos son de los elogios y alabanzas que les tributó el pueblo entero de Anna; nosotros no queremos más que consignar sus nombres para que juzgue sus hechos la posteridad.

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