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RELATOS: LOS CRIADOS INFIELES.

  • Escrito por Redacción

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LOS CRIADOS INFIELES.

La fidelidad es la condición esencial que debe adornar al que presta su trabajo por un salario. Sin ella el servicio doméstico viene a ser una inquietud continua para el amo que no deposita su confianza en el sirviente con quien vive.

I.

Cuando la sospecha ha nacido en su ánimo, rara vez llega a desvanecerse, porque casi nunca se ha concebido sin fundamento.

Pocas veces desconfía el amo del criado si este no le ha dado motivo para ello.

El criado debe ser un modelo de integridad, por la sola razón de que su servicio es el que con más frecuencia le presenta ocasiones para sorprender los secretos de la familia a quien sirve, y a veces para apoderarse de su fortuna.

El que arrastrado por un deseo culpable se apropia lo que no le pertenece; el que falta a los deberes de lealtad de una manera abusiva y encubierta, es un criminal miserable.

La ingratitud y la infidelidad, esas dos hermanas gemelas, hijas de las almas mezquinas, han sido causa de muchos delitos, cuyos autores los han purgado casi siempre arrastrando una cadena en un presidio.

Ved en el hecho siguiente a lo que conduce un momento de debilidad, y comparad el provecho que ha reportado el delincuente; la expiación de la culpa en un lugar que cubre de ignominia a todo el que pisa su suelo, arrojado allí por los tribunales.

II.

El año de 1858 estaban avecindados en la villa Canjayar dos sacerdotes, que vivían en la misma casa, llamados D. Esteban y D. Francisco Estébanes.

Estos señores tenían a su servicio un criado que se llamaba Bernardo, y una criada cuyo nombre, si mal no recordamos, era el de Antonia.

Presumiéndose estos que sus amos guardaban quizás pingües tesoros, y deseosos de apoderarse de lo que debiera ser sagrado para aquellos que no eran sus dueños, se pusieron en connivencia, y esperaban impacientes el instante oportuno de consumar su proyecto.

Para llevarlo a cabo necesitaban primero saber el baúl ó cajón donde el dinero se guardaba; después de esto, era preciso un instrumento apropósito para abrir este mueble en el que ellos contemplaban escondida su felicidad futura; y sobre todo, contar con un momento oportuno para dar cima a la empresa.

Bernardo, por lo tanto, se propuso espiar a sus amos con todo el interés que tenía en averiguar la verdad; así es que de noche miraba por el agujero de la cerradura del despacho de sus señores, a fin de observar si oía algún sonido metálico que pudiese servirle de antecedente para cerciorarse del sitio en que guardaban aquellos el dinero.

Los señores Estébanes, muy lejos de sospechar que eran objeto de este continuo espionaje, no se rodeaban de ninguna precaución, y por el contrario, parecían tener depositada toda su confianza en sus malvados sirvientes.

Bernardo no perdía ninguna de cuantas ocasiones se le presentaban, y lo mismo de día que de noche, seguía los pasos de sus amos como la sombra sigue al cuerpo.

Antonia por su parte, hacia lo posible por ayudarle, y más de una vez lo sustituyó con ventaja, en el desempeño de su ocupación.

En prueba de ello, debemos decir, que al separarse una noche de la cerradura de la puerta, punto que les servía de observatorio, fue a la cocina llena de regocijo, y llamó a Bernardo a su lado. —Sabes, le dijo, que ya he descubierto el secreto? —¿De veras? exclamó Bernardo con la expresión de una vivísima alegría.

—¡Toma! y tan de veras.

—¿Y cómo?

—¡Bah! De una manera muy sencilla. Me acerqué, como tú sabes, a la cerradura y oi que contaban dinero; por más que miré no vi nada más que la luz del quinqué, pero resuelta a salir de la duda, me acorde que la puerta del pasillo que da a la alcoba, estaba entreabierta por casualidad, y me metí dentro. Como el despacho no está separado del dormitorio más que por una vidriera, que tiene una cortinilla, calculé que levantándola medía línea, podría ver en un solo instante todo lo que necesitamos saber.

—¿Y qué? preguntó Bernardo.

—Nada: que ha sucedido como creía, y he visto que guardan el dinero en la cómoda que está en el despacho. En seguida me salí, y como no quería saber más, he venido corriendo a darte la noticia.

—Vaya, vaya, dijo Bernardo entusiasmado con la relación; eres un lince. Lo que es yo no me habría atrevido a entrar en la alcoba.

—¿Eso crees?

—¡Y tanto! He estado yo sin descansar veinte días y no he podido hacer tanto como tú en dos noches.

—Es la casualidad, Bernardo; pero, en fin, eso es lo de menos, dijo Antonia; lo que ahora importa, es buscarnos una llave que pueda abrir la cómoda con tanta facilidad como la abría esta noche D. Francisco.

—Pues entonces probaremos las que tenemos entre los dos, y puede que alguna sirva.

—Yo tengo siete, dijo Antonia; mañana cuando se marchen a misa estos buenos señores, nos entretendremos en probarlas, y si alguna hace al caso, esperaremos ocasión para apoderarnos de ese dinero, cuyo sonido me ha gustado tanto esta noche.

—Más te ha de gustar cuando lo cuentes.

—¡Ya lo creo! exclamó Antonia cogiendo la luz y marchando al despacho al oír la voz de sus amos que la llamaban para que sirviese la cena.

—Esta chica es una verdadera alhaja, murmuraba Bernardo, frotándose las manos con satisfacción y alegría.

III.

En efecto, Bernardo no se equivocaba al creer que la chica, como él decía, iba a ser una gran cosa, porque al otro día, en cuanto se vio sola cinco minutos, cogió su manojito de llaves y en presencia de su cómplice, principió a probarlas en la cerradura de la cómoda, con un desembarazo digno de un maestro del oficio.

Bernardo miraba con asombro el sutil ingenio de su compañera, y envidiaba su destreza.

Antonia menos reflexiva, pero en cambio mucho más activa que Bernardo, probaba una llave, cogía otra, la volvía a probar, hasta que por fin el pasador de la cerradura cedió en uno de los ensayos, y el cajón quedó abierto.

Al ver el oro Bernardo y Antonia, sintieron una inmensa alegría, y estuvieron a punto de cogerlo todo en aquel momento y huir con él, pero Bernardo, que aventajaba en prudencia a su compañera, la hizo ver que los señores no tardarían ni cinco minutos en volver, y que lo mejor era esperar otro momento para hacerlo más despacio, y no exponerse a ser sorprendidos en aquel, como era muy fácil que sucediera.

Antonia se convenció, y aunque con pena, volvió a colocar en el mismo sitio las monedas de cinco duros que fascinaban irresistiblemente sus ojos. Cerró el cajón con todo el aplomo y satisfacción con que pudiera hacerlo su dueño, y se guardó la llave, convencida de tener a su disposición un capital.

IV.

Desde aquel momento no se ocuparon más que de aguardar un instante que conviniera a la realización de sus planes.

No se hizo esperar mucho.

El día 24 de Diciembre se acercaba, y tanto Antonia como Bernardo calcularon con fundamento que sus amos irían a celebrar la misa del Gallo.

Llegó por fin la deseada Noche-Buena.

Antonia tomó la llave con que había de abrir el cajón donde se guardaba el anhelado objeto de su codicia, y Bernardo la siguió con la luz, la que dejó sobre la cómoda.

—Lo que es ahora, dijo Antonia tirando ya del cajón y cogiendo algunas monedas, me parece que no se escapan de nuestras manos.

—Vales un imperio, querida, decía Bernardo mientras iba guardando en una bolsa las doblillas de cinco duros.

—Todo lo hago porque te quiero bien, ya lo sabes.

—Como tarde ó temprano nos hemos de casar, bueno es que tengamos para los gastos de boda.

—¿Limpiamos el cajón del todo?

—No; a juzgar por el bulto hemos cogido una tercera parte, y de ese modo no lo echaran de menos en seguida.

—¿No te parece bien?

—Sí.

—Pues cierra pronto y vámonos a la cocina para contar a cuanto sube lo que nos hemos ganado.

—¡Qué Noche-Buena tan hermosa, Bernardo!

—En mi vida pienso pasar otra mejor. Pero, mira Antonia, me ocurre que nosotros no podemos tener este dinero en nuestro poder. ¿Dónde te parece que podríamos guardarlo?

—Vaya una cosa difícil, exclamó Antonia. Eso es muy sencillo. D. Francisco te ha dado permiso para ir a ver a tu padre estas pascuas a la sierra de Baza; pues bien, te llevas el dinerito y lo escondes allí. ¿No te parece?

—¡Bien pensado, Antonia! Estaba por darte un abrazo.

—Cuidadito, Bernardo, que esas son palabras mayores. Cuenta, cuenta a ver lo que tenemos.

Bernardo principió a contar, y cuando hubo concluido:

—Tenemos la friolera de una taleguita. Qué gusto, Antonia! Mañana mismo voy a principiar a disfrutar de ella.

—¿De veras?

—De veras, Antonia. Tengo capricho por una capa nueva, y ya que cuento con dinero me la voy a mandar hacer, a ver si te gusto más con ella que estando como estoy a cuerpo gentil.

—¡Presumido! ¿Si creerá que no le quiero lo mismo de una manera que de otra?

V.

Al siguiente día Bernardo emprendió su marcha en dirección a la sierra de Baza con el beneplácito de sus amos.

Entre tanto los señores Estébanes nada habían sospechado, porque precisamente en aquellos días no tuvieron necesidad de abrir la cómoda donde creian tener guardados todavía el fruto de sus ahorros y de sus economías.

Antonia estaba impaciente y temerosa de verse sola y contaba los minutos que tardaba Bernardo en volver.

A los tres días se presentó al fin en la casa. Cuando se vio solo con Antonia la explicó la seguridad con que había dejado oculto el dinero, y aplaudió de nuevo aquella feliz ocurrencia del escondite.

—Y aquí continuó ¿Ha ocurrido alguna novedad? ¿Nada han sospechado?

—Nada, dijo Antonia. Pero si vieras que sustos he pasado al verme sola.

—Vaya, no te apures; ya estoy yo aquí, y nada tienes que temer. ¿Sabes que ya me he mandado hacer la capa? —¿Cuando?

—Hoy mismo, antes de venir aquí. Y por cierto que he tenido un encuentro al salir de la tienda que no me ha hecho mucha gracia.

—¿Pues a quién te has encontrado?

—Al sobrino de los amos que entraba en ella a tiempo que yo salía. Me he hecho el desentendido y no he querido mirarle para evitar un saludo y las consiguientes preguntas.

—¿Sabes, Bernardo, dijo Antonia, que no me gusta ni chispa eso?

—No tengas miedo, he encargado mucho al de la tienda que no diga una palabra, y siquiera por lo que gane en la capa tendrá muy buen cuidado de no decir «esta boca es mía.»

—No me fío, Bernardo, no me fío; mejor hubiera querido verte sin capa, que...

—¡Vaya! ¿si iras ahora a volverte miedosa? ¿No te digo que le he encargado mucho la reserva al comerciante?

—Dios quiera, Bernardo. Dios quiera que...

—Mira Antonia, no vayas a ponerme en cuidado porque no hay motivo. No me gusta que te vuelvas asustadiza.

—Bernardo, me parece que tu capa va a ser nuestra perdición. Ya lo veras. Antonia tenia razón.

Los Señores Estébanes habían notado el desfalco y no sabían a quien culpar de aquel robo.

El criminal no disfruta por mucho tiempo lo que ha robado, y si alguno le queda para aprovecharse de ello, es siempre entre zozobras y temores.

El sobrino de los señores Estébanes conoció al momento al criado de sus tíos, y no pudo menos de preguntar al comerciante el asunto que le llevaba a su tienda, y mayormente cuando ya tenía conocimiento del robo que habían hecho a sus tíos de algunos miles de reales.

Al comerciante llamó también mucho la atención el secreto que tan especialmente le encargara el mozo Bernardo respeto a la capa que se mandaba hacer, y por lo tanto no vaciló en comunicárselo al sobrino de sus amos, que sin pérdida de momento lo puso en conocimiento del cabo de la Guardia Civil Alonso Trejo Jiménez, como un detalle que pudiera descubrir a los autores del robo.

Este benemérito Guardia de cuyos buenos servicios, no es esta la primera vez que nos ocupamos, se propuso descifrar el misterio que envolvía el encargo de la capa, procedió al detenimiento de Bernardo como sospechoso de aquel delito.

Sorprendido Bernardo cuando menos lo pensaba, trató de negar, y negó a cuantas preguntas le dirigió el Guardia, pero comprendiendo este en la inseguridad de sus respuestas que estaba muy lejos de ser inocente, se dispuso a entregarle a la autoridad, ante cuya actitud Bernardo creyó que la confesión era de todo punto irremediable, y no pudo menos de hacerla, declarando que tenia oculto el dinero en un cortijo distante ocho leguas de Canjayar en la sierra de Baza.

Mientras Trejo prendía a Antonia y la entregaba a disposición de la autoridad, los Guardias del puesto Bañuelos y Martin fueron con el Bernardo al sitio designado, de donde se extrajeron hasta trece mil reales que fueron entregados al juez que desde aquel momento empezó a conocer en la causa.

Bernardo y Antonia fueron condenados a sufrir ocho años de presidio.

El dinero se restituyó a sus dueños, quienes dieron las gracias al cabo Alonso Trejo, que con tanto acierto descubrió a los culpables, gracias a su experiencia, y al celo que le distingue en el cumplimiento sagrado de sus deberes como buen individuo de la Guardia Civil.

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