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UNA LECCION PROVECHOSA ( Navarra, 1850).

  • Escrito por Redacción

cronicas-2

Un nuevo servicio, una nueva historia, un nuevo relato de CRONICAS ILUSTRADAS DE LA GUARDIA CIVIL, sin retoques, sin correcciones, cuidando y respetando el relato, la época y al autor

UNA LECCION PROVECHOSA (1850, Navarra).

I.

¿Quereis gozar de las bellezas del campo?

¿Deseais que la agricultura prospere, que la repoblacion rural se aumente cada dia, que se conviertan los montes en frondosos viñedos y ricos olivares, y las vegas en deliciosas huertas y encantadores jardines?

Pues inspirad seguridad al labrador, al propietario y al capitalista de que sus intereses y sus personas están al abrigo de la codicia y de la saña de los bandidos, y todos aquellos emplearán sus brazos y sus capitales en multiplicar sus riquezas, aumentando la pública y convirtiendo los campos en un delicioso vergel, que recreará vuestra vista, distraerá vuestra imaginacion y alegrará vuestra alma.

Sin esa seguridad, nada de esto es posible.

Sin esa seguridad, no puede estender sus alas el progreso, ni desarrollarse á su benéfico influjo los intereses materiales de una nacion.

Sin esa seguridad, no podreis ver nunca esos feraces campos y esas deliciosas campiñas, que aun cuando nada de ellas os pertenezcan, al menos recrean vuestros sentidos, y hasta sirven de consuelo ó de placer á vuestros corazones.

Por eso los Gobiernos ilustrados que piensan y trabajan por el bienestar de su país, lo primero que cuidan es de la proteccion del individuo y de la propiedad.

Hace treinta ó cuarenta años, ¿quién se hubiera atrevido á plantar una pequeña viña, á construir en ella una casita de recreo, y rodearla de un precioso jardin á un cuarto de legua de los muros, no de una aldea, sino de una poblacion ó ciudad importante?

Nadie.

¿Y sucede esto hoy, por ventura?

No.

Comparad la seguridad de aquella época con la presente, y sacad la consecuencia lógica.

Recordad la manera que teniais de transitar entonces por los caminos públicos, acompañados de escopeteros, ó reunidos en numerosas carabanas para no caer en manos de los bandidos que poblaban los campos, y comparadla con la seguridad que recorreis hoy todas las provincias, con el bolsillo en la mano, y sin necesidad de llevar un arma para la defensa de vuestras personas y de vuestros intereses.

Hé aquí las causas que dieron origen á la creacion de la Guardia Civil.

Hé aquí la mision especial que la está confia 3a, y de la que nunca debiera distraérsela ni un solo instante.

Y ciertamente que ha llenado su objeto; y es indudable que habrá de producir aun mayores beneficios cuando llegue á perfeccionarse mas tan necesaria institucion.

Vais á convenceros de la veracidad de estas aseveraciones.

II.

Corria el año de 1850.

La provincia de Navarra estaba infestada de malhechores, que tenían siempre en un continuo sobresalto á sus honrados y laboriosos habitantes.

En las merindades de Estella y Tafalla, era donde hacian sentir mas su terrihle azote los bandidos; sin que las autoridades pudieran, á pesar de sus desvelos, dar nunca alcance á aquellos hombres, que parecian seres invisibles.

En vano tenían las autoridades conocimiento de un robo, porque sus agentes no hallaban nunca á los perpetradores; ni laesquisita vigilancia que desplegaban, ni sus cautelosas averiguaciones les suministraron el mas mínimo rayo de luz.

Cometido el delito, los delincuentes desaparecian como por encanto, y los agentes de la justicia se veian precisados á correr tras de las sombras.

Semejante espectáculo, lejos de calmar los ánimos, lo sobreescitaba mas, y el temor crecia en una proporcion enorme en el corazon de todas las gentes.

No habia nadie que creyera seguras sus vidas y haciendas de los golpes de aquellos invisibles hijos del mal, que tan misteriosamente escapaban de los rayos de la justicia humana.

Todo era consternacion, todo era miedo.

El habitante de los preciosos caseríos esparcidos por la campiña, abandonaba su hogar y venia á guarecerse en la poblacion inmediata, creyéndose allí mas seguro que en su casa de campo.

El vecino de la aldea, de la villa ó de la ciudad duba la voz de alerta á sus convecinos, y acordaban la señal de socorro en el caso de que los terribles bandidos asaltasen sus respectivas miradas.

Tal era el estado de ansiedad en que se encontraban los pueblos de las dos merindades.

Pero semejante situacion no podia prolongarse por mucho tiempo, sin gravísimos daños.

Viendo las autoridades que no bastaban á remediar el mal las disposiciones que se habían adoptado hasta entonces, recurrieron á un medio que satisfizo por completo los deseos del país.

III.

Encontrábase en aquella época de comandante del puesto de la Guardia Civil en Tudela de Navarra, el sargento 1.° graduado de subteniente D. Andrés Artieda Ceballos (1), muy apreciado de sus jefes por su disposicion y actividad.

Comprendiendo, sin duda, los jefes superiores, las buenas facultades y disposiciones que distinguían al sargento Artieda, acordaron que se encargase accidentalmente del mando de la línea de Tafalla, con residencia en esta poblacion, y para la que salió de la de Tudela en 25 de Febrero de 1850.

Diéronsele las instrucciones mas precisas y secretas para que se consagrase exclusivamente á la persecucion de aquellos invisibles bandidos, que tenían consternado el país con sus fechorías.

En el momento que llegó a su destino recorrió su demarcacion con cierto aparente indiferentismo y como si fuese una visita pura y simplemente oficial.

Llamó á los Guardias y se informó del estado de las cosas en toda la línea.

Proyectó su plan y empezó sus indagaciones de una manera tan hábil, que nadie pudo apercibirse de ellas y mucho menos los ladrones.

Cogió tan bien los hilos de la madeja, que no dudaba alcanzar el éxito mas completo, y á la primera intentona capturar á sus autores.

Hacia ya cerca de un mes que se hallaba el sargento Artieda en esa actitud espectadora.

Desde su llegada á Tafalla hasta entonces, ni se habia perpetrado ningun robo, ni habia tenido ninguna confidencia de que hubiera una sola conspiracion; sin embargo, el país seguía alarmado.

Sentía el sargento que aquel estado de cosas se prolongase, porque deseaba hacer un escarmiento, para que cesara aquella angustiosa situacion.

Pero no recibia aviso alguno, y esto le desesperaba.

¿Habian desistido los bandidos de sus proyectos?

Imposible.

Artieda creia á pesar de todo que aquella tregua era para adormecerle, y ciertamente que no se engañaba.

IV.

Ocupabase una tarde el sargento Artieda en revisar la correspondencia y demas antecedentes que existian en el archivo del cuerpo, y siendo ya muy cerca del anochecer, volvió a colocar los legajos en su puesto y sentóse al pié de una ventana.

A penas habia descansado un instante cuando entró un Guardia y le anunció que un paisano deseaba hablarle.

Artieda dijo al Guardia que le condujese hasta allí inmediatamente.

Al salir este, el sargento pensó, si aquella inesperada visita, seria alguna confidencia, anunciándole una conspiracion ó un proyecto de robo.

Ante semejante idea, empezó á latir con violencia su corazon, porque deseaba que llegase un momento de prueba.

Cada minuto que tardaba en entrar el paisano se le hacia un siglo.

Por fin oyó la voz del Guardia que decia:

—Entre usted por aquí.

El paisano obedeció, y un instante despues se encontraba frente á frente del sargento Artieda.

El Guardia les dejó solos y cerró al marchar la puerta de la habitacion.

Despues de un cortés saludo entre el sargento y el paisano, preguntóle aquel el motivo de su visita.

—Vengo, dijo este, á descubrir á usted una conspiracion.

—Se lo agradezco mucho, replicó Artieda.

—Me consta que se trata de robar el caserío llamado de Iriberri que dista como una legua de esta poblacion.

—¿Y cuándo? preguntó con viveza el sargento.

—Tal vez mañana en la noche ó á mas tardar pasado mañana.

—Y tiene usted seguridad de que...

—Completa; repuso el paisano interrumpiéndole. Pero debo advertir á usted que el plan está muy bien estudiado, y que han tomado todas sus medidas para evitar una sorpresa.

—¿Sí? ya caeran en el garlito.

—Dificil es que usted los coja, como no adopte medidas estraordinarias, y sobre todo que lo haga con el mayor sigilo.

Pienso que los bandidos, no solo espian los alrededores del caserío, para dar el golpe con toda seguridad, sino que tambien observan el movimiento de la Guardia Civil.

—Mucho me alegro que haga esa revelacion. ¿Y no sabe usted el número de que se compone la partida?

—Lo ignoro, contestó el paisano.

—¿Pues dónde ha adquirido usted esas noticias?

—He sorprendido una conversacion y esto unido á oíros antecedentes que ya teníanme hacen conocedor del proyecto de los malhechores.

—Pero está usted seguro dijo el sargento, como quien desconfia de la certeza del hecho...

—Segurísimo, y no tendría inconveniente en responder de ello hasta con mi cabeza.

—Está bien, pues si lo intentan...

—Mucha cautela.

—No tenga usted cuidado, caerán en mis manos. Y el paisano y el sargenlo se despidieron afectuosamente, ofreciéndose sus servicios y respetos.

V.

Muy contento quedó el sargento Artieda de la confidencia que se le acababa de hacer, por aquel desconocido; pero á medida que reflexionaba en el plan de su captura, se iba enfriando mucho su entusiasmo.

Tenia que haberselas con unos bandidos cuya perspicacia y sutileza eran proverbiales en el país.

Autores de varios robos, jamás pudieron descubrirlos los agentes de la autoridad, por mas indagaciones y por esfuerzos que hicieron para dar con su madriguera.

¡Con su madriguera! ¿Y cuándo habian de encontrarla cuando esta no existia?

¿Cómo habian de sorprenderlos, si en el momento que robaban un caserío, se disolvían instantáneamente retirándose cada cual á sus faenas, como si tal cosa hubiera pasado?

Así pensó el sargento Artieda que sucedian todos aquellos actos vandálicos, y no se equivocaba.

Llamó pues, á los Guardias primeros, que merecian toda su confianza, Manuel Sanchez, Valentín Arteaga, Francisco Rodriguez Yrtoiz y otro cuyo nombre no recordamos.

Reunidos todos en la misma habitacion que recibiera al paisano, les comunicó el proyecto que este le habia revelado, y les participó tambien parte de su plan.

Todos aplaudieron las medidas que pensaba adoptar su jefe, y se prepararon, para ejecutarlas con la mayor exactitud.

El dia siguiente era el designado, y la hora entre nueve y diez de la noche.

Pasóse pues, el dia como de costumbre, de modo que los bandidos no advirtieron ningun movimiento en la casa-cuartel de la Guardia Civil.

Confiados, sin duda, en que esta ignoraba sus planes empezaron á ponerles en ejecucion, y otro tanto hizo el sargento Artieda.

VI.

Sonaron las diez de la noche en el reloj de Tafalla.

El sargento acompañado de sus cuatro Guardias salió sigilosamente de la casa-cuartel en direccion opuesta del caserío de Iriberri, para evitar toda sospecha, caso de que alguno se apercibiese de su salida.

Despues que estuvieron fuera de la poblacion se dirigieron dando un gran rodeo hácia el caserío, al que llegaron á las doce de la noche, no sin verse obligados á vencer grandes dificultades y tropiezos.

Para que no fueran vistos dispuso el sargento que en trasen por una puerta trasera.

Los dueños de la casa quedaron sorprendidos al ver penetrar de aquella manera á los cinco Guardias, pero se tranquilizaron por el pronto, y se alegraron mucho despues cuando supieron el objeto de la venida improvisada de aquellos.

Tratóse en seguida del asunto y acordaron el sitio donde habian de esconderse aquellos en acecho de los malhechores.

Los bandidos tampoco se descuidaban.

Se habian citado para reunirse en aquella misma noche en un monte inmediato al caserío, desde donde se dominaban perfectamente todas las entradas y salidas de este, y donde tambien estaban á cubierto de toda mirada y de toda pesquisa.

A la misma hora que los Guardias trataban con el dueño de la casa del lugar donde debian ocultarse, los foragidos celebraban consejo para acordar la forma, modo y hora de dar el asalto.

Convinieron en que era mas conveniente sorprender á los dueños del caserío por el dia, y mejor aun por la tarde, puesto que siendo segundo dia de pascua de resureccion, irían á los pueblos inmediatos.

Conformes en el plan adoptaron sus medidas para evitar cualquier sorpresa y se entregaron al descanso. Mientras tanto los Guardias permanecían ojo alerta en su escondite acechando la llegada de los bandidos.

VII.

En este angustioso estado de incertidumbre pasóse toda aquella larga noche.

Cuando amaneció el primer cuidado del sargento Artieda fué el de echar una mirada por la campiña desde las ventanas de la casa, pero sin asomarse á ellas, á fin de no ser descubierto.

Mas á nadie vió que pudiera infundirle la mas leve sospecha.

Llamó pues á los dueños del caserío y les propuso que salieran de él la mayor parte de los individuos que componían la familia, los que no volverían hasta anochecido.

Aceptaron las proposiciones del sargento, y unos ahora y oíros luego fueron abandonando la casa hasta que no quedaron en ella mas que el ama y los cinco Guardias.

Los bandidos que observaban desde el bosque inmediato todo cuanto pasaba, adquirieron mayor confianza y creyeron que el golpe seria mas seguro; pero determinaron esperar hasta la tarde.

Desesperaba el bravo Artieda de conseguir su apetecido objeto y aun dudaba si la confidencia habría sido una añagaza que se le habiadado aun cuando no hubiese sido de mala fe.

Dieron las doce, la una, las dos, y ya eran muy cerca de las tres de la tarde, y no se veia un alma por aquel silencioso y desierto campo.

Asomóse entonces el sargento por una especie de aspillera que tenia el caserío y vió con grande alegría que empezaban á descender del monte ó bosque inmediato los bandidos, uno tras otro, armados de trabucos y guardando entre sí cierta distancia, hasta el número de cinco.

Al ver esto los Guardias se dispusieron á recibir la agresion.

Los malhechores adoptaron tambien todas sus medidas, y un momento despues entraron en el caserío dos de ellos con la cara cubierta y trabuco en mano, dirigiéndose á la cocina, que era donde se encontraba el ama; intimaron á esta para que les entregase todo el dinero que tuviese, amenazándola de muerte caso do no verificarlo.

El ama, con una imperturbable serenidad que pasmaba á los bandidos y á los Guardias, condujo á los primeros á un cuarto inmediato y les entregó varias monedas de oro; pero no conformándose con tan poco los malhechores redoblaron sus terribles amenazas.

El ama no se conmovió siquiera.

Pero viendo tanta imperturbabilidad, uno de los bandidos hizo un ademan en significacion de herirla, sino les entregaba todo el dinero que tenia, á cuyo tiempo para evitar una catástrofe, salió de su escondite el denodado Artieda, acompañado de otro Guardia, y con voz de trueno intimó la rendicion á los malhechores.

Lejos aquellos de obedecer la intimacion fueron á echarse los trabucos á la cara.

Los Guardias no les dejaron levantar los brazos repitiéndoles nuevamente que se rindiesen; pero aquellos opusieron resistencia, y viendo los Guardias que les iban á hacer fuego, dispararon sus fusiles dejando á los dos malhechores tendidos en tierra y sin vida.

En cuanto los otros tres oyeron el fuego emprendieron á todo escape la fuga hácia el monte próximo; así es que fué imposible á los Guardias que los seguían darles alcance, por las escabrosidades y asperezas que ofrecía el terreno.

Sin duda se creyeron ya libres.

Pero no sucedió así; en aquella misma noche cayeron los tres en poder de los perseguidores, quienes les condujeron á Tafalla.

Tambien al dia siguiente fueron trasportados á la misma poblacion los dos cadáveres, que quedaron expuestos en la plaza pública á la admiracion de las gentes.

Este hecho resonó como una gran victoria en todos los pueblos de las dos merindades, y fué tal la ejemplaridad del escarmiento, que desde aquel dia no volvió á oirse ningun otro robo, y desapareció el estado de ansiedad que preocupaba á todos sus habitantes.

Los tres ladrones que quedaron con vida, fueron condenados á presidio á poco tiempo de su captura.

El sargento primero graduado de subteniente, D. Andrés Artieda Ceballos, y los Guardias que le acompañaron á tan peligrosa como dificil empresa, recibieron las gracias de todas las autoridades de la provincia, del Excmo. Sr. Inspector del cuerpo y del Gobierno además de las que les tributaron los pueblos de la comarca.

Un servicio de tan trascendental importancia no merecia menos.

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