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UNA EMPRESA ATREVIDA.

  • Escrito por Redacción

cronicas-1

Un nuevo relato, una nueva historia en el haber de la Guardia Civil, en este caso los hechos ocurren en el año 1862, en la provincia de Cádiz, y os lo traemos aquí como lo hicimos en otras ocasiones, sin corregir a quien plasmó este hecho y a quien lo llevó a las páginas del Libro CRONICAS ILUSTRADAS DE LA GUARDIA CIVIL, hemos querido de esta manera respetar el lenguaje hablado y escrito de la época.

UNA EMPRESA ATREVIDA. (1862)

I.

El delito, es tanto mas temible, cuanto mas meditadas son las circunstancias que le preceden para asegurar su éxito.

El proyecto del crimen, madurado por la reflexion, y por el cálculo, llega á perfeccionarse como cualquier plan que el estudio, la meditacion y la calma han ilustrado con detenimiento.

La accion de la policia debe constantemente vigilando muy de cerca á los tachados de sospechosos, para evitar en lo posible, que se lleven á efecto ciertos hechos estemos, punibles ya por sí solos, y que constituyen un delito que es el precursor de la consumacion de otro de mas tristes consecuencias.

Destruido el primero, que ha de servir de base al segundo, no puede este verificarse y cortado en su principio el mal tan solo puede abortar aquel en perjuicio de sus autores.

Pero no siempre hay ocasion de ejercer esa vigilancia tan constante y tan minuciosa, que descubre y penetra todo lo que el criminal ha tenido buen cuidado de velar en el mas profundo secreto.

Preciso seria para eso un guardian constante que no perdiese nunca de vista al tildado de sospechoso, que siguiera sus pasos, que le espiase sin cesar y que fuese su sombra inseparable.

La prevision y el celo de las autoridades no puede llevarse hasta ese punto exagerado, y por lo tanto, nada tiene de estraño que el que un dia y otro, se ocupa en la preparacion de un delito llegue á consumarle, si es que una circunstancia imprevista ó casual no se lo impide.

En prueba de esto citaremos un atentado que aunque no llegó á consumarse por completo, demuestra los efectos de esa fatal perseverancia que anima al delincuente hasta ver realizado el fin que se propone.

II.

A primeros de Marzo de 1862, se principió á estender en Cádiz el rumor, que una cuadrilla de malhechores que habia vagado por toda la provincia, habia llegado á la capital, en la que proyectaba dar golpes de mano, del mismo género que los que con una maravillosa habilidad habia dado en los caminos.

El comercio se alarmó; el sobresalto cundió como sucede siempre que se difunden este género de noticias, y la autoridad dictó todas las medidas que la prudencia aconsejaba en tales casos.

A pesar del incremento que adquirían estos rumores, nadie sin embargo podia presentar ni una prueba patente de su fundamento, ni nadie hasta la fecha habia visto su morada ó su vida amagada de un atentado culpable; así es que todo el celo de las autoridades no era suficiente para descubrir el origen, la causa de estos temores, que estaban en el ánimo de todos, y que ninguno podia justificar.

A pesar de esto, lo cierto era que la conspiracion se fraguaba, y que la poblacion lo presentía mas bien por instinto que por tener motivos justificados para ello.

Veamos lo que ocurria efectivamente.

III.

La opinion general no se equivocaba.

Una docena de malhechores, capitaneados por un bandido que nosotros no conocemos por otro nombre que el de Butifarra, que era el que sus compañeros le daban, se habia propuesto hacer en Cádiz unos robos de consideracion.

Fijáronse por lo tanto en las casas cuya pingüe fortuna ofrecía abundante pasto á sus deseos y por consi guíente la primera, objeto de sus miras, fué la de unos ricos capitalistas que treinta años antes habían sido robados de la misma manera y euyo crimen quedó sepultado en las sombras del olvido, sin que hasta hoy se sepa ni aun por mera presuncion quiénes pudieran ser sus autores.

Butifarra, descoso de hacer una segunda edicion de la obra que con tan buenos resultados principiaron sus antecesores en la profesion, quiso probar si la fortuna le sonreia tan favorable y tan propicia como á aquellos.

La empresa por otra parte era digna de un maestro, y conforme Butifarra la proyectó, seguramente no la hubiera llevado acabo un principiante del oficio.

Abrir una galería subterránea-en una calle, atravesar los cimientos de una casa hasta llegar á la inmediata, y continuar los trabajos da zapa, hasta dar con una losa que debia abrirle paso á lo que habia de robarse, no era obra solamente de paciencia y trabajo, sino de estudio y cálculo.

Butifarra, sin embargo, no era un hombre de medianos alcances; trazó su plano, estudió el terreno, calculó el tiempo necesario para concluir su proyecto, y despues de tomadas las precauciones necesarias, dióse principio á los trabajos de la mina dirigidos por él mismo, con el aplomo del mas hábil ingeniero.

A los veinte dias de un trabajo incesante y penoso, la mina en línea recta tocó con los cimientos de la casa en que se habia de dar el asalto.

El perforamiento de la piedra presentaba una nueva dificultad; pero Butifarra, lejos de desesperar redobló su constancia, se proveyó de nuevos instrumentos, y arrancando piedra por piedra, ladrillo por ladrillo, consiguió horadar el cimiento y abrió un hueco que á modo de gazapera, le permitía el paso aunque estrechamente.

Por fin la galería subterránea llegó á corresponder en línea recta con la habitacion, en la que se podia entrar fácilmente levantando una de las losas del pavimento.

Cuando Butifarra se convenció de que la obra reunía todas las condiciones de seguridad que podia apetecerse, reunió á sus compañeros que habían tomado una parte activa en los trabajos, para deliberar, á gusto de todos, el dia en que habia de darse el asalto y la manera de llevarlo con mas facilidad á cabo.

La impaciencia estaba retratada en el tostado rostro de aquellos bandidos, y todos unánimemente convinieron en que se diera el golpe al instante, en cuyo concepto lo fijaron para dos dias despues de aquella reunion.

IV.

La policía entretanto no se habia dormido y sin que nosotros sepamos por que medio, es lo cierto que sorprendió el secreto un dia despues de estar terminada la mina.

Se creyó que el asalto iba á darse aquella misma noche y se tomaron todas las precauciones posibles para que los criminales no descubrieran la emboscada que se les preparaba.

Sin embargo, pasó la noche del 7 de Abril, sin que los vigilantes, oyeran desde su escondite ni el menor ruido que indicara la presencia de los ladrones.

A la noche siguiente volvieron á instalarse en el mismo sitio.

El momento crítico se acercaba.

A las doce en punto, Butifarra y sus compañeros, uno tras otro principiaron á deslizarse por la estrecha abertura que servia de entrada á la galería.

Reinaba la mas completa oscuridad en aquella especie de antro cuyas húmedas paredes se desmoronaban, ligeramente al rozarse con ellas los bandidos.

Siete vigilantes se hallaban preparados en la habitacion, por cuyo piso debian penetrar los criminales.

Una sola puerta separaba á esta habitacion de la en que estaba la caja del numerario, objeto y sueño dorado de los que esperaban poderla arrebatar á su legítimo dueño.

Una vez todos dentro de la galería, Butifarra encendió luz, y con la vela en la mano izquierda y el rewolver en la derecha, se adelantó resueltamente á la cabeza de sus compañeros, que le seguían en la misma amenazadora actitud.

Cuando estuvo debajo de la losa determinada que habia de levantarse para darles paso á la habitacion, la empujó vigorosamente con los hombros y se precipitó dentro; pero en el instante en que los demas de la partida iban áimitarle, Butifarra pudo distinguir á los vigilantes de la policia, y antes de que aquellos pudieran hacer el menor movimiento, disparó á boca de jarro tres tiros de su rewolver, y cerró con la rapidez del pensamiento, una de las hojas de la puerta que le separaba de sus perseguidores.

Después, escurriéndose por el mismo agujero que habia entrado, tuvo la discreta ocurrencia de dejar encendida la luz detrás de la puerta que pocos momentos antes habia cerrado de golpe.

Los vigilantes de la policia miraban á dos pasos el resplandor, y creyeron que los ladrones los esperaban detrás de aquella débil barricada) y temían correr á una muerto segura; pero cuando despues de esperar por espacio de una hora no oyeron el menor ruido, resolvieron abrirse paso y decidieron arrostrar el peligro. Pero ya era tarde.

Butifarra y sus compañeros no pensaron un momento en esperar á los vigilantes, y emprendieron la fuga precipitadamente.

La policia quedó burlada.

V.

Al siguiente dia no se hablaba en todo Cádiz mas que de esta ocurrencia, que ningun resultado habia tenido.

La alarma, por lo tanto, se aumentó, y la autoridad tomó enérgicas disposiciones para la captura de los delincuentes.

Se dió aviso al comandante de la Guardia Civil de la provincia, que lo era á la sazon D. Antonio Gonzalez y Gonzalez, y éste se propuso librar á todo trance á la poblacion de la cruel inquietud y sobresalto en que se encontraba.

Para conseguirlo reunió la fuerza de que podia disponer, y habiendo descubierto la guarida de los ladrones, la sitió para impedir toda probabilidad de evasion.

Esta guarida era una casa inhabitable, ó por mejor decir, un solar encerrado en cuatro altas paredes, inmediato al palacio viejo del Obispo, que tambien estaba desierto.

Allí habia vivido Butifarra con sus compañeros todo el tiempo que habian durado los trabajos de zapa, y allí fueron á refugiarse cuando, frustrado su intento en la noche anterior, tuvieron que apelar á la fuga.

El activo é inteligente comandante Sr. Gonzalez, distribuyó su fuerza á las inmediaciones de aquella madriguera, y seguido de algunos Guardias, penetró en ella resuelto á concluir de una vez con los que eran motivo del desasosiego general.

Pero á pesar del escrupuloso registro que practicaron, nada encontraron allí.

El caseron estaba desierto.

Debemos esplicarlo.

Cuando Butifarra se vió acosado como el leon en su caverna, subió al lomo de una pared que lindaba con el patio del palacio viejo del Obispo, .y se descolgó al suelo, agarrándose á uno de los machos de ladrillos que la servían de sosten.

Dos compañeros le siguieron.

Reunidos los tres, y reinando en el pátio una completa oscuridad, pues eran ya dadas las diez de la noche, tuvieron que encender una cerilla para buscar la salida, cuyo fulgor, pasando por las grietas del viejo palacio, fué su sentencia de muerte, pues el Sr. Gonzalez lo distinguió claramente desde el sitio en que se hallaba apostado, donde permaneció escondido en la persuasion de que los ladrones no tardarían mucho en lanzarse á la calle.

Así sucedió en efecto.

Butifarra miró cautelosamente si habia alguno qué espiase su salida, pero nada vió, y engañado por su mismo deseo, se lanzó á la calle y pudo atravesarla; pero al desembocar por una estrecha callejuela frente á la cárcel, sonaron dos tiros, y Butifarra cayó.

D. Antonio Gonzalez habia disparado su rewolver, y le habia muerto, hiriendo al mismo tiempo al que con él huia, llamado Chorta por mote.

El resto de la cuadrilla, hasta el número de once, que era el de que se componía, fué cayendo en poder de la Guardia Civil en los dias siguientes.

Este importantísimo servicio tranquilizó á la poblacion, y toda ella se mostró agradecida al Sr. Gonzalez que la había librado de tan temibles huéspedes.

A los pocos dias un sicerdote se presentó manifestando que en la confesion se le habían entregado 51,000 reales para que los devolviese á los señores capitalistas que treinta años antes habían sido robados, y que ahora habían estado á punto de volverlo á ser.

Otro sacerdote entregó por el mismo concepto 1,000 reales, suplicando como el anterior perdon para el delincuente que no po lia hacerlo de mayor suma.

Los elogios que pudiéramos tributar al Sr. Gonzalez por tan importante servicio, serian pálidos, ante los que hizo de su conducta la poblacion entera á la que con su celo y su actividad consiguió devolver la pérdida calma.

CRONICAS ILUSTRADAS DE LA GUARDIA CIVIL

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