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PEQUEÑA HISTORIA DEL HIJO DE UN GUARDIA CIVIL

  • Escrito por Redacción

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Pequeña historia del hijo de un guardia civil, que a muchos de nosotros, hijos del Cuerpo nos retrotrae a nuestros propios recuerdos y vivencias infantiles, a nuestras experiencias vividas en el seno de la gran familia de la Guardia Civil.

Mi padre era guardia civil. Vivíamos en el Pirineo de Huesca, en la casa cuartel de Aínsa, un pueblo cubierto de nieve seis meses al año y donde el resto del año predomina el gris de la piedra, el marrón de la madera y el verde de la hierba, todo ello barnizado con el brillo del agua. El estadillo de cada noche recogía que el destacamento estaba formado por un sargento, dos cabos y seis números, y aunque allí no aparecía, por sus respectivas familias. Yo era, soy, lo que llamamos un hijo del Cuerpo, algo que siempre me ha hecho sonreír porque todos somos hijos de un cuerpo, pero para nosotros esa expresión tiene un significado especial, compartir un orgullo, unas vivencias, unos valores, una vida trashumante de casa cuartel en casa cuartel.

En los pueblos no había término medio, la gente o te odiaba o estaba feliz de tener a los guardias cerca. Mi padre decía que dependía de los que nos hubiesen precedido y cómo habían tratado a los vecinos. Si los guardias eran amables, y esto era algo tan sencillo como saludar, compartir un pitillo o afrontar un problema hablando con tranquilidad, todo iba bien; pero si algún guardia había sido un hombre complicado o en alguna ocasión se le habían cruzado los cables, o el sargento era rápido a la hora de presentar una denuncia por algo fútil, entonces la situación se tensaba y era muy difícil reconducirla. Mi padre decía que la primera obligación de un guardia civil, salvando lo de Todo por la Patria, claro, era hacer las cosas bien para que el siguiente guardia que fuese enviado a ese destino encontrara una buena acogida. Creo que el que nos sustituyera en Aínsa, sin él saberlo, tuvo suerte. Mi padre fue querido, hasta donde podía serlo un guardia civil en aquellos tiempos. Pero si allí todavía se acuerdan de él es por la historia que voy a contar.

Las casas cuartel son pequeños microcosmos, territorios muy cerrados, donde la mezcla de familia y trabajo, la jerarquía profesional en personas que comparten un mismo techo y las relaciones entre las esposas de los guardias e incluso entre los hijos de unos y otros, pueden hacer que aquello sea el mejor de los mundos o el infierno perfecto. Además, estaba la proximidad de la cordillera. Creo que las montañas, con su enorme masa, generan mareas igual que la Luna. Ya no en el agua, sino en los cerebros de la gente que vive cerca, en sus sentimientos, en sus ideas, en sus emociones. Las montañas generan vaivenes, pasiones, momentos de tensión y océanos de tranquilidad como jamás he sentido en otro lugar. Y los Pirineos son montañas vivas, celosas, juguetonas, orgullosas, a veces, como todas, peligrosas.

En la casa cuartel, los chicos tuvimos suerte. Había buen ambiente, un clima sano. El sargento era un hombre soltero, mayor, un grandullón con un poblado bigote canoso que no esperaba hacer más carrera ni tenía ningún interés en desplazarse a otro sitio. Era un hombre seco y serio con los adultos pero nunca con un niño. Él, que no tenía hijos propios, era un auténtico padrazo con los niños de sus subordinados y nos adoptaba a todos y cada uno. Nos dejaba subir en el Land-Rover, entrar en su despacho en cualquier momento y probarnos su tricornio. Siempre llevaba algún caramelo en el bolsillo y le gustaba que le llamásemos tío, el tío Samuel. Los chicos, como es lógico, le llamábamos sargento, cosa que tampoco le hacía perder su enorme paciencia. Los cabos eran Boca de ángel, que tenía ese apodo porque de tres palabras que decía dos eran tacos y la otra un juramento y el Murci o Murciano, llamado así con alguna extraña lógica porque era de Toledo. Los números eran el Tijeras, que mejoraba el sueldo haciendo de peluquero, Eulogio, Torpe, llamado así porque su mujer había dicho una vez que se parecía a un futbolista alemán apodado Torpedo Müller, lo que había generado las bromas imaginables, Sebas, Tomás, el Nica y mi padre, que se llamaba Vidal. Mi padre no era alto, pero tenía las espaldas como un armario ropero y unas piernas cortas y musculosas como un jugador de fútbol. Se había hecho guardia civil al terminar la mili pero antes, desde los nueve años, había trabajado en las tierras del abuelo en Zamora, empujando el arado detrás de dos mulas y guardando sacos de cebada y capazos de patatas en el altillo de un viejo pajar.

En Aínsa, las principales tareas de mi padre y sus compañeros eran la vigilancia del tráfico, el contrabando desde Francia o hacia Francia, los pleitos por las vacas que aparecían en pastos ajenos, evitar posibles incendios y la montaña. En aquellos años de mi infancia, no era tan masivo como ahora pero cada vez eran más frecuentes los deportistas, los montañeros, gente que subía a la montaña por placer, para disfrutar, por retar a los picos y ponerse a prueba.

La montaña era una presencia omnipotente. Como antes decía, tiene vida, una vida conjunta, la de toda la cordillera y luego una vida individual cada uno de los picos, cada peña y cada piedra. No es que unos sean parte de los otros, más bien son seres distintos, unos gigantes, otros pequeños, mezclados, mestizos, moviéndose unos lentos y otros rápidos, unos firmes y sólidos, otros frágiles e inestables. Como los propios hombres.

Allí pude ver que los vecinos del pueblo, e imagino que sigan así, evitan mirar a la cordillera de frente, y no levantan nunca la vista del nivel de los ojos de otra persona. Es como si quisieran olvidar que la montaña está allí o quizá sientan que mirarla directamente es una forma de retarla, de provocarla. Los montañeros, en cambio, tienen la mirada opuesta, la observan con codicia, con lujuria, con deseo; los ojos se van a las cimas, las quebradas, las rutas. Solo he visto esa mirada cuando un hombre quiere hacer suya a una mujer o una mujer a un hombre. Sí, quizá se fuman el mismo cigarrillo al coronar la cima.

Mi padre le gustaba charlar con los montañeros porque era gente distinta, de regiones diferentes, muchos de ellos personas cultas y que contaban historias entretenidas. Unos y otros le iban enseñando cosas de su afición y sin llegar a convertirse en un montañero, se trasformó, si es que entonces hubiese existido algo así, en un guardia civil de montaña. Él era al que más le gustaban las caminatas y la escalada de todos los compañeros de aquel cuartel, realmente el único al que le gustaba, así que el sargento le tenía asignado el seguimiento de los montañeros, que subiera todos los días hasta el refugio, que intentase evitar lo que más odiaban todos, tener que llamar a una familia, que está feliz en su vida cotidiana, para informales de que un hijo ha tenido una desgracia. Mi padre tenía acordado con los dueños de las pensiones y el hostal para que llevaran estrictamente el control de los que subían y los que bajaban. Todos sabían que era un hombre cariñoso pero que si incumplían aquel acuerdo no escrito tendrían problemas con él. Ellos debían anotar la hora de salida, el itinerario previsto y la hora de llegada. Lo que peor llevaba eran los domingueros, la gente que subía sin equipo, los que ignoraban los avisos de la montaña, los que insistían en seguir subiendo cuando las nubes se abalanzaban sobre las cumbres, los que se creían alpinistas y solo eran necios.

Una tarde, la dueña de la pensión Carmen, que alquilaba habitaciones a turistas y montañeros, llamó al cuartelillo. Una pareja, dos alemanes, habían subido al amanecer y no habían regresado. En aquella época todavía no había móviles. El sargento mandó a un número, el Nica creo, a recorrer los bares al mismo tiempo que avisaba a mi padre que metió inmediatamente el equipo de montaña y socorro en el Land Rover. Hay estúpidos que quieren lucir el piolet, los crampones, los pantalones empapados y al llegar se van a tomar algo por los bares en vez de ir a cambiarse y ponerse ropa seca. Pero al poco rato, solo había tres bares en el pueblo, el Nica llamó por la radio para confirmar que no estaban. Al equipo de montaña con botas, cuerdas, un piolet con pala y maza, cordinos, mosquetones, tornillos, la linterna, mi padre sumó una camilla plegable, el botiquín y toda la parafernalia de los primeros auxilios. El Torpe iría con él, los guardias solo saben ir en parejas y a la montaña no se le ocurriría a ninguno ir de otra manera. La noche se había echado encima de repente, como hace siempre allí arriba, pero había una luna llena espectacular. El paisaje parecía iluminado por un fluorescente de pocos watios. Los dos compañeros y amigos se pusieron en camino mientras el Nica hablaba con la gente de la pensión y los inquilinos, para saber a dónde habían ido, por dónde les habían visto salir, qué ropa llevaban, si se manejaban subiendo, toda la información que pudiera ser útil para buscarlos en aquella inmensidad. Unos jóvenes de Madrid les habían visto en la subida pero iban demasiado lentos y les habían dejado atrás. Parecían una parejita de enamorados, persiguiéndose y riendo sin parar, cogiendo alguna flor y poniéndosela uno en el pelo al otro. A la vuelta no les habían encontrado pero ellos habían hecho cima pronto y habían decidido bajar por la otra vertiente. No había habido tormentas pero el otoño estaba entrado y las noches eran gélidas.

El plan era sencillo, los dos guardias civiles debían recorrer la pista forestal hasta el final, llegar al refugio que estaba a pocos metros y darse la vuelta. Si estaban los chicos, perfecto. Si no estaban, habría que establecer un dispositivo de rescate a la mañana siguiente. Ese era el plan y las órdenes, pero mi padre no aguantó. Tras un trayecto a buena velocidad, con el Land Rover saltando en cada bache, llegaron al refugio. No había nadie. La luna brillaba demasiado con esa luz que encandila a las bestias y que provoca algo profundo en el alma de los humanos. Torpe trató de disuadirlo, con buenas y con malas palabras. Era una locura meterse en la montaña de noche, aunque te conocieras las vertientes y cada árbol y cada piedra; era una locura aunque la luz te engañara y sedujera haciéndote creer que era casi de día. Mi padre le dijo que solo iba a llegar hasta la cabaña del pastor, sería media hora de subida y otra media de bajada. Torpe no dijo nada pero le miró con desaprobación coger la mochila con las cuerdas y el piolet. Torpe lo volvió a intentar:

-                “Voy contigo, Vidal.”

-                “Déjate de historias, Emeterio.” Mi padre era el único que le llamaba por su nombre real. “A ti no te gusta nada subir y yo iré mucho más rápido solo. Aquí está el coche, la radio, la posibilidad de pedir ayuda, voy y vengo.”

-                “Vidal, por favor.”

-                “No te preocupes, reviso por si se quedaron en la cabaña y bajo.”

Sin decir palabra mi padre se cambió las botas de uniforme por las de montaña, agarró la mochila y se perdió bajo aquella luz lechosa. Torpe aguantó la primera hora pero no mucho más. A los 75 minutos justos de que se hubiera marchado mi padre, llamó al cuartel. Habló con el sargento y le explicó lo que pasaba. Los dos estaban cabreados y preocupados pero los dos sabían que el otro lo estaba pasando peor que uno mismo y se trataron con deferencia y respeto. Ya habría tiempo de ajustar cuentas después. A las tres horas de seguir sin noticias de mi padre, el sargento decidió que mi madre tenía derecho a saber lo que estaba pasando. Hacía rato que veía distraída la tele, las rodillas tapadas con una manta, esperando a mi padre para irse los dos a dormir. Al recibir las nuevas, pensó en avisar a alguna de sus amigas, solo la mujer de un guardia civil puede entender del todo a la mujer de un guardia civil. Pero probablemente estaban dormidas o preparadas para estarlo en unos pocos minutos. Así, por algo que nunca he sabido explicar ni quise preguntar, decidió llevarme a mí. Totalmente dormido, abrí los ojos cuando ella me tocó el hombro.

-                “Cariño, tenemos que ir a esperar a papá. Vístete y abrígate bien.”

Quizá yo no sabía si estaba aún soñando y desde luego estaba totalmente desorientado, pero me vestí con cuidado, poniéndome capa tras capa de ropa como me había enseñado mi padre. Mi madre debía llevar un rato trajinando porque estaba en la cocina llenando dos grandes termos, uno con cola-cao y otro con café, los dos hirviendo. Me sirvió un vaso de cola-cao con un poco de leche fría y lo estaba terminando cuando sonó un golpe suave en la puerta. Era Boca de ángel. Me puse colorado pensando en las palabras que habría dicho cuando le sacaron de la cama una noche como aquella, pero no dijo nada y fue amable con mi madre, con esa cortesía brusca y tierna de los guardias civiles. Mi madre agarró los termos, un anorak y la manta y seguimos al cabo hasta el coche. Nadie habló en ese trayecto a través de la pista forestal. Al fondo se veía el otro Land Rover con las luces encendidas y el tubo de escape echando humo. Tenía el motor conectado, seguro que para mantener la calefacción y los focos alumbrando. Las luces delanteras parecían dos faros, avisando por donde se llega a puerto, ese lugar donde uno puede salvar la vida.

Mi padre se había puesto a andar a eso de las seis y media de la tarde. Nosotros debimos llegar entre las once y media y las doce de la noche y se seguía sin saber nada de él. Cuando aparcamos al lado del Land Rover, Torpe se bajó del todoterreno y abrió la puerta del nuestro. Cuando vio a mi madre, sentada en el asiento delantero, junto a Boca de ángel, se echó a llorar. Nunca había visto a aquel hombretón, grande y rubio, con aquella expresión de dolor. Empezó a intentar disculparse pero mi madre le abrazó, le dio un beso suave en la mejilla y le dijo

-                “Hemos traído café con leche y cola-cao, y unas galletas, toma un poco.”

No sé porqué las madres piensan que el 90% de los males del mundo se arreglan comiendo. Torpe se giró y agachó la cabeza como si buscara algo en el suelo para que no le viéramos las lágrimas. Se volvió a meter en su coche, apagó el contacto y se vino al nuestro, que venía con el depósito lleno, una precaución de Boca de ángel antes de salir. Este también dejó el motor al ralentí y las luces encendidas, mirando a las montañas. Los faros apenas alcanzaban unos metros y se fundían suavemente con aquella claridad nocturna que me ha perseguido en tantos sueños y pesadillas. Las siguientes horas quedan en mi corazón, jamás las olvidaré. Mi madre y los dos guardias hablaron de familias, de destinos, de los sueños de la vida, de historias de sus pueblos, de anécdotas divertidas del sargento, que cada media hora exacta nos llamaba por la radio. Hablaron, hora tras hora, de todo menos lo único que tenían en la cabeza, qué habría pasado, qué estaría pasando con mi padre y con aquellos chicos. Sí sé que esté donde esté, sea lo que sea de mi vida, nunca olvidaré aquella noche y pensaré en aquellos hombres vestidos de verde, el recuerdo de su solidaridad, de su forma de expresar los sentimientos sin palabras, de su sentido del deber y el servicio a los demás. Ni una hora del día o la noche, dejan de ser quienes son. Dicen que el tricornio es plano por atrás, porque no se lo quitan ni para dormir. Otra gente tiene un trabajo o una profesión, ellos son guardias civiles.

Pasadas las cuatro de la mañana, una sombra gigantesca apareció delante de los faros. Casi pegué un chillido pues lo primero que noté es que tenía dos cabezas. Torpe y Boca de ángel saltaron del coche y echaron a correr hacia él. Aquel monstruo bicéfalo seguía acercándose y entonces vi que una de las cabezas era igual que la de mi padre. Y sonreía. Llevaba a cuestas a un rubio gigantesco, que venia con la cabeza desmayada y los ojos cerrados. Los ojos de mi padre estaban llorosos, no sé si del frío o de la emoción. Venía doblado como uno de esos campesinos de los Andes que parecen más pequeños que la carga que llevan. Desde luego, aquel zamorano era más pequeño que aquel germano que acarreaba en las espaldas. Torpe y Boca estaban a su lado y vi que le estaban desatando. Se había atado al alemán a la cintura  para correr menos riesgo de que se le cayera y sobre los dos había echado un poncho de tela impermeable. Mi madre le agarraba la cara y no paraba de reír, de llorar, de mirarle como si le descubriera por primera vez. Los compañeros echaron al gigante en la camilla de atrás y mi padre se acurrucó junto a mi madre, aterido y viejo como nunca lo había visto. Sin que le preguntaran nada, al mismo tiempo que el Land Rover arrancaba, empezó a hablar.

-                “Estaban en una grieta intentando protegerse del frío más allá de los prados de Semián, en el fondo del collado de Piedras Negras. Era el único camino lógico para intentar bajar si no eran totalmente idiotas. Cuando llegué ya no se podía hacer nada por la chica. Había muerto con los ojos abiertos, con un azul blancuzco como el que a veces tiene el hielo. Llevaba flores azules, rojas y moradas, enredadas en el pelo. Rubio como la paja. Parecía un hada. El vikingo este- e hizo un gesto hacia el bulto cubierto de mantas con los dos termos pegados a los costados con el que volábamos hacia el pueblo-, se había quitado su anorak para arroparla. Solo por eso, por ser tan idiota y tan valiente, sentí que no era posible, que no era justo que muriera allí también.”

Los dos compañeros se miraron. Bajar del collado en pleno día casi en línea recta no era un camino fácil. Subir y volver a bajar de noche, con setenta kilos alemanes a la espalda era algo que si no lo hubieran visto, no lo podrían creer jamás. Mi padre se quedó dormido antes de llegar al cuartel. Le sacaron medio a rastras y le llevaron a acostar. Durmió todo el día siguiente. Al vikingo le esperaba un baño caliente y un médico que le volvieron a traer a la vida. Al amanecer subió una partida y encontraron el lugar pero no el cuerpo de la chica. Se subió una y otra vez sin hallar ni rastro. A veces, dicen que en las noches de luna llena se la ve en la montaña, tal como la describió mi padre, tumbada y relajada como si durmiera. Los escépticos hablan de un pequeño derrumbe, animales salvajes, pero nadie se lo cree. Ahora aquella grieta se llama el refugio del hada.

A los pocos meses, le dieron a mi padre una medalla que guardó en una caja de madera que antes había tenido puros “Montecristo”. Jamás aceptó que le trataran como a un héroe ni respondió a los periodistas primero y montañeros después que preguntaban por él. Nunca quiso contar lo que pensó ni lo que sufrió aquella bajada donde fue un monstruo de dos cabezas y se deslizó como un trineo sin control en una ladera a oscuras. Recuerdo que de más niño, cuando me quejaba de los deberes, él decía que siempre se puede dar un paso más y luego otro y luego otro y eso es lo que debió hacer toda aquella noche.

Quizá cansado de la popularidad, pidió traslado en el siguiente concurso y nos fuimos a los campos de encinares de Salamanca. Añoraba los horizontes amplios de Castilla y decía que quería que estudiase y para eso teníamos que estar cerca de una universidad. Quizá también me quiso alejar de la montaña.

Todas las Navidades nos llegaba una caja de cartón con el remite del sargento Samuel. Nos enviaba cosas que le daban para mi padre en el pueblo: un queso que nos enviaba Carmen la de la pensión, unas cecinas de ciervo de una peña de cazadores a quien mi padre había ayudado con las licencias y conservas caseras que nos mandaban algunas vecinas que recordaban con cariño a mi madre. Aquella versión casera y aragonesa de una cesta navideña era nuestro lujo en las cenas de Nochebuena y Nochevieja. El sargento adjuntaba una carta escrita con letra redondita en una hoja cuadriculada arrancada de un cuaderno. Nos contaba las novedades del cuartel, los que se iban y los que llegaban, algunas travesuras de algún muchacho en la casa cuartel, las mejoras que se hacían en el pueblo con la llegada de cada vez más turistas y montañeros. Preguntaba por mis estudios, mandaba cariños a mi madre y alguna broma a mi padre. También venía en la caja, año tras año, una postal que llegaba de Alemania, dirigida Herrn Vidal, Casa Cuartel, Aínsa, Spanien  y una única palabra junto a la dirección: Danke. Gracias. Mi padre la miraba, le enseñaba la fotografía, normalmente un castillo o una iglesia o catedral con las cúpulas verdes a mi madre y le decía:

-                “El Vikingo nunca se olvida”

-                “Es verdad”, respondía mi madre, “nunca.” y luego mientras mi padre llevaba la postal a su caja de montecristos, nos decía

-                “Venga, poned la mesa, que la cena ya está lista”

Y yo miraba a la caja, a mis padres, y recordaba aquella noche de alegría y tristeza, de dolor y esfuerzo, de monstruos y hadas, de muerte y vida, de hielo, piedras y cola-cao, de esas cosas que solo pasan en la montaña.

Por José Ramón Alonso, en UniDiversidad - El Blog de Jose Ramón Alonso

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